El aeródromo Capítulo 14 El Peso Del Silencio
29%

Capítulo 14 El Peso Del Silencio

Año 2001

Caserío Familia De la Torre

Alfonso descendió despacio por la gran escalera desde la alcoba donde estaba su despacho y donde se custodiaban, bajo llave, las escrituras del patrimonio y los secretos familiares que nadie se atrevía a quemar.

Llevaba una carpeta de cuero bajo el brazo y cruzó la galería directo hacia el Salón Principal de la primera planta.

Ahí, bajo el enorme escudo de armas de piedra que dominaba la estancia, le esperaba Julián.

Julián aguardaba junto a uno de los balcones. Tenía el en-cendedor de plata entre los dedos. Clic. Clic. Clic. La pequeña llama bailaba en su zippo grabado con el escudo de armas de su familia, bajo la mirada impasible del mismo blasón, este sobre su cabeza.

—Apaga eso, Julián —ordenó Alfonso, dejando caer la carpeta de cuero sobre la mesa de caoba con un golpe seco—. Pareces un crío jugando con fuego. Y en este caserón lo único que falta es que le pegues fuego a los papeles.

Julián apagó la llama con un chasquido sordo y se giró despacio. Tenía el rostro demacrado; sus treinta y nueve años pesaban como el doble en sus facciones.

—Los papeles... —murmuró con una sonrisa amarga, señalando con la cabeza hacia el techo, en dirección a la alcoba alta—. Veo que vienes de inspeccionar el tesoro. Llevas días ahí arriba encerrado, revisando la contabilidad. ¿Disfrutando de tu posición de administrador único, Alfonso?

Alfonso se colocó en el centro de la estancia, justo debajo del escudo de piedra, ajustándose las mangas de su camisa de lino.

—Yo no necesito disfrutar de nada, Julián. El testamento de nuestros padres es tajante. Y tendría que darte vergüenza insinuar que hay algo que discutir.

—¡Es mi parte de la herencia! —estalló el menor, dando dos pasos al frente—. ¡Tengo una familia a la que mantener! ¡No puedes tenerme pidiendo limosna como a un mendigo cada vez que necesito liquidez!

—Tu familia tiene la vida pagada —siseó Alfonso, señalándole con un índice firme—.

Tienen techo en esta finca y asignaciones dignas.

Pero tú... tú eres incapaz de gestionar un solo euro.

Nuestros padres no eran tontos. Sabían perfectamente de qué pie cojeas, conocen tus deudas de juego y por eso me nombraron a mí administrador exclusivo del dinero.

Si te dejo la mano libre, arruinas a los tuyos en seis meses.

Julián apretó los puños. La humillación le quemaba por dentro, sofocada por la dependencia económica que lo ataba a su hermano mayor.

—Te encanta tenerme suplicando —siseó Julián—. Te aprovechas de mi situación.

Alfonso dio un paso hacia él, recortándose contra la luz que entraba por el balcón del escudo. Encaró a su hermano menor con una sonrisa helada.

—Yo no me aprovecho de nada, hermano. Cumplo la voluntad de los De la Torre —susurró Alfonso con una amenaza implacable—. Os doy lo necesario para sobrevivir... siempre y cuando recuerdes cuál es tu sitio. Y, sobre todo, siempre que mantengas la boca cerrada.

Julián apretó los dientes hasta que la mandíbula le dolió. El silencio del caserón se volvió espeso, sofocante.

—Pretendes que la envíe a estudiar fuera, lejos de esta casa... — murmuró Julián con la voz tomada por una culpa miserable—. ¿Para taparte, Alfonso? ¿Para que no hable...? ¡Es una niña, es tu sobrina! ¿Cómo has podido? ¿Y sigues como si tal cosa?

—Y es la mejor solución para todos, ¿no?

—replicó Alfonso con absoluta frialdad, apoyando las manos en el respaldo de un tresillo de terciopelo verde, impertérrito ante el reproche—.

Los demás crecerán entre algodones, tú tendrás tu asignación todos los meses y el apellido que ves grabado en esa pared no se arrastrará por los tribunales de Logroño.

La niña estudiará fuera y tu secreto —y el mío— quedará enterrado.

Así que no te me hagas el padre modélico a estas alturas, Julián.

Aceptas mi decisión a cambio de la tranquilidad económica que yo te administro.

Julián se quedó petrificado en medio del gran salón, bajo el peso de la piedra labrada y la mirada de los retratos al óleo. La verdad le cayó encima como una losa: estaba dispuesto a tragar con todo, a mirar hacia otro lado y a vender el alma con tal de que Alfonso no le cerrase el grifo del dinero.

—No tienes perdón... —alcanzó a musitar.

—Soy el que paga las facturas de tu casa, que es muy diferente—sentenció Alfonso, recogiendo de nuevo la carpeta de cuero—.

Ahora vete abajo. Y procura no hacer ruido al cruzar el zaguán.

Tu hijo Gabriel está abajo en el patio, y bastante tiene con sus pesadillas como para que lo molestes con tus lloriqueos.

Julián dio media vuelta y caminó hacia la salida con los pasos pesados, derrotado. El sonido del chasquido de su encendedor volvió a resonar, flojo, una última vez antes de perderse por el corredor.

Alfonso permaneció en el centro del salón, ajustándose el chaleco con parsimonia, sin saber que unos metros más arriba, en el primer descansillo de la gran escalera de sillar, la sombra de la balaustrada ocultaba una pequeña figura.

La niña llevaba allí desde que escuchó los primeros portazos.

Con apenas siete años, permanecía sentada en el suelo de piedra, con las rodillas pegadas al pecho y las manitas apretadas entre los barrotes de la madera tallada.

Desde las sombras del descansillo, no alcanzaba a comprender las palabras de los adultos sobre escrituras o dinero, pero sintió perfectamente el peso que acababa de caer sobre la casa: el temblor en los hombros de su padre y la frialdad implacable en la voz de su tío.

Se encogió un poco más contra la pared cuando escuchó los taconazos de su tío alejarse. Sin saberlo aún, su destino acababa de quedar sellado bajo la sombra del escudo de piedra de los De la Torre.