Capítulo 15 La Comandancia De Logroño
10 de octubre de 2026
13:30 horas
Comandancia de Logroño
El ascensor de la torre más reciente de la Comandancia de la Guardia Civil descendió con un murmullo silencioso y preciso.
La teniente García había llegado hacía media hora del aeródromo y había decidido darse una ducha antes de proseguir con el nuevo caso.
Ya aseada, y mientras bajaba de su pabellón a la oficina de Policía Judicial, se apoyó contra el espejo de la cabina del ascensor, observando el cansancio acumulado alrededor de sus ojos tras apenas tres horas de sueño.
Cuando las puertas automáticas se abrieron, la luz del sol de medio día la recibió en el portalón de la moderna torre residencial donde ahora ocupaba un pabellón como oficial.
Al cruzar el umbral hacia el inmenso patio, el pasado se le volvió a venir encima como un golpe seco de aire.
Había pedido el traslado a Logroño unos meses atrás, pero atravesar cada mañana el perímetro de la Comandancia todavía le provocaba una extraña punzada en el estómago.
García no se había criado dentro de aquellos muros; su padre no era guardia civil, sino un obrero de fábrica.
De niña, cruzar la garita de la entrada para visitar a sus compañeras de colegio era como adentrarse en un recinto secreto, una ciudad fortificada dentro de Logroño a la que solo unos pocos tenían acceso.
Miró a su espalda. Se alzaba la estructura del edificio residencial, pero a solo unos metros, resistiendo al paso del tiempo, se erigían los viejos edificios de ladrillo caravista con sus garitas de hormigón en los vértices, el núcleo original donde vivían sus amigas de la infancia.
García caminó despacio por el perímetro del patio, pisando el asfalto donde, a esas horas, ya maniobraban un par de furgones verdiblancos.
En la esquina oeste, cerca de la verja que daba a la calle Duques de Nájera, la memoria la arrastró treinta años atrás.
Ahí, en la planta baja del tercer bloque, vivía Verónica.
Recordó las tardes de los noventa al salir del colegio, cuando cruzaba el control de puerta con la mochila a la espalda para quedarse a merendar en su casa.
Recordó cómo las dos patinaban sobre el hormigón gastado ¿Dónde estaría Verónica ahora?
Tenía entendido que vivía en Valencia, trabajando en una empresa de logística, completamente ajena al mundo militar.
Un poco más allá, en los soportales que conectaban con el antiguo pabellón de mandos, García se detuvo un instante.
Ese era el feudo de Marta y Alicia. Marta —hija del sargento de Armamento—, Alicia —la del brigada de Información— y García formaban una banda imbatible.
Entre juegos de escondite por la cantina y el taller, García aún recordaba el olor a pino y aceite de motor de aquel cuartel, donde Alicia las convencía de construir fortalezas con cajas y Marta vigilaba que no las echaran.
Hoy, la fisionomía del cuartel era aplastantemente operativa.
Donde antes estaban las bicicletas infantiles y las cuerdas de tender ropa entre las torretas, se erigía la imponente infraestructura de la Unidad de Acción Rural —UAR— y la zona acorazada de la torre del GAR —Grupo de Acción Rápida—: cámaras de alta definición,
cristales tintados de seguridad y hombres con el uniforme pixelado y la boina verde caminando con paso firme, cargando petates hacia los furgones.
—A sus órdenes mi teniente, buenos días —la saludó un joven cabo del GAR al cruzarse con ella.
—Hola, buenos días—respondió García sonriendo y devolviéndole el saludo.
El chaval no tendría más de veinticinco años.
Para él, la Comandancia de Logroño era la sede neurálgica de la élite antiterrorista.
No tenía ni la menor idea de que, bajo sus botas de asalto, en esa misma franja de asfalto, una niña de fuera llamada García había aprendido a mirar el uniforme con respeto mucho antes de decidir que ella también llevaría uno.
García siguió su camino rememorando aquellos años donde tantas tardes había jugado con sus amigas del colegio, sin ser consciente de que ella, la única de las tres niñas que no podía acceder sola al recinto policial, era la que actualmente residía en el cuartel; no solo la que residía,
sino la teniente de Policía Judicial que, esa misma mañana, tenía esperando, sobre la mesa de su despacho, las fotos del cadáver de Julián de la Torre.