Capítulo 12 La Visita Imprevista
10 de octubre de 2026
10:15 horas
Caserón de los De la Torre
El timbre estridente de la puerta principal aún resonaba en el zaguán de piedra cuando Teresa descorrió los cerrojos y abrió la pesada puerta de roble.
Al ver las gorras verdes -que sustituían desde hacía décadas al afamado tricornio- y el uniforme reglamentario, se quedó petrificada por una fracción de segundo.
Frente a ella se encontraban el cabo Montero, de mirada severa, y el agente Galeote, ambos del puesto de Santo Domingo.
—Buenos días, señora... —comenzó Montero de forma protocolaria—. Buscamos a la familia De la Torre. ¿Se encuentra el señor Julián de la Torre en la residencia?
A Teresa se le encogió el estómago, pero la experiencia de toda una vida al servicio de la casa la hizo reaccionar de inmediato con la hospitalidad automática de la vieja escuela.
—Buenos... buenos días, señores —balbuceó Teresa, recuperando el color y abriendo el portón de par en par—. Por favor, pasen. No esperábamos visita a estas horas... Vengan, entren al recibidor. En seguida les atienden.
Los agentes cruzaron el umbral. En ese mismo instante, desde el salón de la planta baja, salieron casi a la vez Victoria y Alfonso. Alfonso avanzaba con su habitual planta imponente, mientras Victoria lo hacía con la rigidez de quien controla cada milímetro de su entorno.
Al ver los uniformes junto a Teresa, Victoria se detuvo en seco, arqueando una ceja con fría altivez, flanqueada por Alfonso.
—¿Se puede saber qué ocurre aquí, Teresa? —preguntó Victoria, con voz cortante y gélida—. Soy Victoria de la Torre, y este es mi... mi... cuñado—balbuceó de repente.
Unos segundos de silencio espeso y cortante se palparon en el recibidor.
Oficialmente seguía estando casada con Julián, el hermano de Alfonso, ante el papel y la familia, pero la realidad era que llevaban años separados, al menos físicamente —ella residía habitualmente en su piso del centro de Logroño,
y solo había regresado al caserón la noche anterior por el tradicional desayuno sabatino que reunía a toda la estirpe familiar—.
Alfonso, a su lado, la miró de reojo con un gesto indescifrable antes de enderezar el tono para dirigirse a los guardias:
—¿A qué se debe esta presencia en nuestra casa?
—Buenos días —terció el cabo Montero con tono oficial, sin in-mutarse ante la tensión evidente—. Lamentamos irrumpir de esta manera. Venimos comisionados por un asunto urgente relacionado con el señor Julián de la Torre. Necesitamos comprobar que él se se encuentra en el domicilio de inmediato.
El ambiente en el corredor se tornó denso, casi irrespirable. Alfonso frunció los labios, y un destello de inquietud cruzó los ojos de Victoria, pues recordaban perfectamente que Julián no había regresado con ellos tras la gala de la noche anterior.
—Julián no bajará todavía. Anoche hubo actos sociales y descansa en sus habitaciones —respondió Victoria con soltura, intentando ganar terreno y disimular la tensión.
—Pues me temo que va a tener que despertarlo, señora —intervino el agente Galeote con sequedad—. Le rogamos que, por favor, vayan a buscarlo a ver si se encuentra en su habitación.
—Ay, por Dios... —exclamó Teresa con las manos temblorosas y los nervios a flor de piel—. Yo... ¡yo voy ahora mismo a su cuarto a ver si ha aparecido! —dijo ya dispuesta a subir corriendo las escaleras—. Si me permiten un segundo, subo...
—No hace falta que suba a ninguna parte, Teresa —interrumpió una voz débil pero clara, desde la parte alta de la escalera.
Todos levantaron la vista. Asomándose al descansillo, pálida y con el rostro desencajado por la falta de sueño, apareció Lucía.
Se apoyaba en la balaustrada, sosteniendo su vientre de seis meses con gesto cansado.
El embarazo le estaba pesando demasiado, y el agotamiento acumulado se reflejaba en cada respiración.
—Señora de la Torre... —Montero hizo una pausa, alternando la mirada con evidente incomodidad entre Victoria y Lucía, dudando a cuál de las dos dirigirse en propiedad—.
Lamentamos mucho presentarnos así, pero hemos intervenido en el aeródromo de San Torcuato un cuerpo sin vida —explicó el cabo con voz grave, conteniendo el impacto—.
Entre las pertenencias del fallecido se ha encontrado la documentación a nombre de Julián de la Torre.
Les rogamos que, en cuanto les sea posible, se des-placen con nosotros al Instituto de Medicina Legal para proceder a la identificación oficial.
En ese mismo instante, la puerta principal, que había quedado entreabierta, se abrió del todo.
Era Val, que acababa de llegar de su habitual sesión de carrera matutina.
A ella le gustaba mantenerse activa; aunque pertenecía a la familia y tenía sus asignaciones económicas, trabajaba por convicción propia, pues no creía en la vida pasiva y parasitaria de los ricos, y su puesto le exigía un físico atlético y disciplinado.
Entró con ropa deportiva, el rostro encendido por el esfuerzo y una botella de agua en la mano.
Al cruzar el pasillo y escuchar las últimas palabras del cabo Montero sobre el cuerpo hallado en San Torcuato, Val se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par y un gesto de absoluta estupefacción congelado en el rostro.
—¿Qué... qué está pasando aquí? —alcanzó a decir Val, dejando caer los brazos a los costados.
Pero no hubo tiempo para explicaciones. Arriba, en el descansillo, las fuerzas de Lucía terminaron de desvanecerse por completo. Sus ojos se nublaron, las piernas le fallaron y, sin poder emitir un solo sonido, se desplomó hacia delante perdiendo el conocimiento.
—¡Lucía! —gritó Teresa con un alarido de terror, soltando las bandejas y corriendo a trompicones hacia la escalera.
Val dejó caer la botella de agua, que rodó por el suelo de piedra, y se precipitó a la carrera para ayudar a sostener el cuerpo inerte de su cuñada antes de que rodara por los escalones.
El zaguán se convirtió de inmediato en un caos de gritos y carreras, con los guardias civiles conteniendo la respiración ante la emergencia mientras la tragedia estallaba definitivamente en el corazón del caserón.