Capítulo 11 La Tarde Que Se Rompió El Verano
Agosto de 1996
Última hora de la tarde
En la carretera de Ventosa
Daniel, el hermano mayor de García por tres años, sus primos y los demás chavales del pueblo volvían en bicicleta de Ventosa; una rutina que les hacía muy felices, llena de bicis, merendolas y largos paseos a la Fuente del Colegial.
La abuela Mari siempre les decía que tuvieran cuidado, y lo intentaban, pero la verdad es que antes no había tanto tráfico por las carreteras, y menos por esa, ya que la distancia entre los pueblos era de apenas dos kilómetros.
Además, por aquel entonces, apenas se seguía ninguna norma en las carreteras secundarias, y aquello de los cascos...
bueno, gracias a Dios hay cosas que han cambiado radicalmente con los años.
Ya volvían para casa cuando se truncó la felicidad del verano.
García iba la última, pero pendiente de su hermano, cuando en la recta dos coches que iban a toda velocidad en paralelo llamaron su atención.
No dio tiempo a que los niños se echaran al arcén: varios de ellos fueron arrollados por el coche que iba por el carril contrario en un loco adelantamiento.
García vio cómo su hermano y su primo David volaban por los aires. Otros tres cayeron a la cuneta, y los que iban más atrás pudieron frenar y esquivar al vehículo tras la maniobra temer-aria.
Nadie paró. Nadie hizo ademán de ayudar. Los niños no articul-aban palabra; solo los más mayores pudieron contener a los pequeños y salir corriendo a buscar ayuda al pueblo.
Lo siguiente que recuerda son sirenas. Un alarido metálico rebotando en el asfalto, el parpadeo frenético de luces rojas y azules, y los coches de la Guardia Civil frenando en seco sobre la gravilla.
Entre el caos, solo destacaban las ambulancias con las puertas abiertas y los rostros desencajados de los padres llegando a trompicones, buscando a ciegas a los suyos.
La patrulla que había llegado hasta allí era la de Villamediana de Iregua. A los ojos de la niña, aterrada y encogida en su propio temblor, aquellos guardias civiles no eran simples agentes: eran los salvadores del mundo.
Llegaron pisando firme, abriéndose paso con una autoridad serena que parecía capaz de doblegar al mismo infierno.
Pusieron orden en medio de la pesadilla y se hicieron cargo del horror con una frialdad protectora que la marcó a fuego.
El olor a asfalto recalentado bajo el sol, mezclado con el eco incesante de las sirenas y la planta firme de aquellos hombres uniformados, se grabó a golpe de latidos en su memoria, convirtiéndose, muy, muy adentro, en el motor silencioso de su vocación.