El aeródromo Capítulo 10 Bajo El Mismo Techo
20%

Capítulo 10 Bajo El Mismo Techo

19 de junio de 2026

10:30 horas

Caserón de los De la Torre

El comedor de la casa de los De la Torre desprendía ese aroma a café recién hecho y tostadas que cualquier familia normal consideraría acogedor.

Pero aquello era un paripé cuidadosamente coreografiado.

Como cada fin de semana, la tradición dictaba el reencuentro de todos alrededor de la mesa.

Y, por supuesto, allí estaba Victoria, quien técnicamente residía en Logroño pero parecía haber hecho de la vida de los demás su domicilio per-manente; su especialidad era meterse en todo, opinar de nada y vigilar que cada engranaje familiar girara bajo su atenta y crítica mirada.

El ambiente cojeaba desde el primer minuto. Los cubiertos tintineaban con una tensión sorda sobre la porcelana y las miradas vagaban hacia el recibidor.

—¿Alguien sabe qué le pasa a Julián hoy? —preguntó el tío Alfonso, rompiendo el silencio mientras le daba un sorbo impaciente a su taza con la mano ligeramente temblorosa—. Es raro en él llegar tarde. Con lo cuadriculado que es para estas reuniones de pacotilla.

Victoria suspiró con suficiencia, recolocándose el broche en la solapa como si fuera una condecoración militar.

—Pues claro que es raro, Alfonso. Pero ya sabes cómo es Julián, siempre queriendo llamar la atención o haciéndose el imprescindible. Lo de siempre.

Antes de que Alfonso pudiera replicar, el timbre de la puerta cortó el aire de la estancia.

—Ya va, ya va —se oyó murmurar a Teresa desde el pasillo, apresurándose a abrir como hacía siempre, con esa mezcla de eficiencia y resignación doméstica.

Los murmullos alrededor de la mesa se apagaron de golpe.

Desde el recibidor no tardaron en filtrarse dos voces.

La primera era inconfundible: la de Julián, disculpándose a medias con su tono habitual.

Pero la segunda... la segunda voz pertenecía a una mujer.

No la conocían en persona, pero el nombre y su existencia flotaban en el aire desde hacía tiempo; era ella.

Las miradas de los presentes en la mesa chocaron al instante.

Val, Gabriel, el tío Alfonso y, presidiendo el desconcierto, la propia Victoria, cuyos ojos se estrecharon como rendijas de sospecha.

Tardaron unos minutos interminables en cruzar el umbral. Los pasos resonaron en el parqué hasta que, por fin, Julián apareció en el salón principal. Y, a su lado, con paso tranquilo pero cargado de una presencia magnética, iba ella.

—Buenos días a todos —dijo Julián, tragando saliva con disimulo antes de dar un paso al frente—. Os presento a Lucía.

Pasaron unos segundos de frío silencio en el salón antes de que Julián rompiera la tensión con una sonrisa forzada y un tono profundamente irónico.

Nadie daba crédito a lo que veían. Esa mujer de la que tanto habían oído hablar, de la que se hablaba en susurros y especulaciones, se encontraba por fin frente a ellos.

Pero sus ojos no se detuvieron en el rostro de Lucía; lo que realmente miraban con fijeza era el pequeño vientre que asomaba bajo su camisa de algodón, intentando disimular sin éxito algo que ya era más que evidente.

—Familia, esta es Lucía —repitió Julián, sintiendo el peso de cada parpadeo atónito alrededor de la mesa.

De pronto, un estrépito rompió el hechizo. Alfonso tiró la silla hacia atrás con violencia, haciendo que las patas chirriaran contra el suelo, y se levantó de un salto para enfrentarse a su hermano.

—No tienes vergüenza alguna... Pero ¿qué te crees? ¡No puede ser posible! —estalló Alfonso, con la cara encendida de rabia.

Julián soltó una carcajada seca, sin rastro de humor.

—Vaya, el señor de la casa parece ofendido —respondió, dando un paso al frente con los puños apretados—. Estoy cansado de ti, Alfonso, de tu control, de tus acusaciones... ¡Una vez me…, una vez me...!

Se detuvo en seco, tragándose las palabras que amenazaban con desbordarse con la respiración agitada.

Apretó los dientes, tomó aire, y tras unos instantes para recuperar la serenidad, mirando fijamente a su hermano y al resto de la mesa, sentenció con una frase lapidaria:

—Es Lucía. Espera un hijo mío y viene a quedarse.

Un segundo después, antes de que nadie pudiera articular una sola palabra de réplica, Alfonso dio media vuelta y abandonó el comedor a zancadas, dejando tras de sí un silencio sepulcral.

La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo. La pobre Lucía, intentando romper el hielo y mitigar de algún modo aquella atmósfera insoportable, dio un paso al frente y trató de hablar con voz suave:

—Soy Lucía... No vengo a molestaros y siento mucho esta situación...

¡Ja! Victoria no podía más. El veneno acumulado estalló antes de que Lucía pudiera terminar la frase.

—¿Y ahora me dirás, querido, que vas a proteger a ese bebé? — interrumpió Victoria, clavando sus ojos cargados de desprecio en Julián— ¿Y cuándo lo harás? ¿Mientras juegas, mientras te emborrachas y lo traes a esta casa? ¡No aprendes!

Girándose entonces hacia la recién llegada con una mueca de falsa compasión, remató:

—Querida, creerás que este hombre es rico y que es un gran partido, pero te equivocas...

—Pero, señora... —intentó defenderse Lucía, con los ojos anegados y la voz temblorosa—, yo... yo...

—¡Calla! —bramó Victoria.

Y con esa altanería insoportable que la caracterizaba, dio media vuelta y abandonó también el comedor a paso firme, dejando tras de sí un eco de desdén.

Ya quedaban menos en la sala, pero el aire seguía quemando.

Val no se movió de su asiento. No articuló palabra ante el revuelo; simplemente se limitó a decir un seco —«Papá, Lucía, buenos días»— y continuó con su desayuno como si la granada que acababan de lanzar en medio de la mesa fuera poco más que una molestia menor.

Gabriel, en cambio, fue el único que mostró algo de cariño o comprensión hacia Lucía. A su padre ni se dignó a dirigirle la palabra, pero tuvo un gesto y unas palabras cálidas hacia ella, rompiendo la frialdad del ambiente.

—Bienvenida, Lucía. ¿Cómo estás? Ponte cómoda —le dijo con una sonrisa amable—. Soy Gabriel, el hijo mayor de Julián. Supongo que ya lo sabrás... ¿Has desayunado?

Y, sin darle demasiadas vueltas al drama familiar, se sentó de nuevo en la mesa, invitándola a integrarse.

Teresa, la pobre, estaba al borde del colapso junto al aparador. Sostenía la bandeja con los nudillos blancos de la tensión, sin saber ni qué decir ni dónde meterse, solo deseando con todas sus fuerzas que algo —lo que fuera— interrumpiera de una vez aquel momento insoportable que estaban viviendo.