Capítulo 9 El Pueblo De García
10 de agosto de 1996
21:30 horas
El pueblo de los abuelos (a 25 Kms de Logroño)
Aquel verano parecía blindado contra el tiempo…
Los hermanos —él tres años mayor que ella— habían cambiado el asfalto de la ciudad por las calles de tierra y piedra del pueblo de los abuelos, donde se reunían cada año con sus primos para exprimir los días hasta el último rayo de sol.
Aquellos meses no conocían pantallas ni prisas; eran pura vida a pulmón abierto, una infancia de rodillas raspadas, olor a polvo de camino y risas que rebotaban contra las fachadas mientras corrían en bicicleta de un extremo a otro, jugando al rescate o al escondite en una libertad hoy extinguida.
En el centro del pueblo, junto a la vieja báscula comunal donde los tractores hacían cola cargados a rebosar de uva para pesar la cosecha, los abuelos aguardaban sentados en la entrada, apoyados en sus bastones, vigilando el compás del mundo con la paciencia infinita de los sabios.
Aquella generación de hierro, que siempre salvaba y salva la vida de hijos y nietos con su esfuerzo callado, era el ancla invisible de todo.
Y entonces, cuando el sol empezaba a fundirse tras los tejados y la penumbra ganaba la partida, se abría la ventana de la cocina. Asomaba la abuela, secándose las manos en el delantal, y lanzaba el grito que marcaba el final de la tregua:
—¡A cenar todo el mundo, que se enfría! ¡Venga para casa!
Ese era el pan nuestro de cada día, el latido de unos veranos perfectos donde la felicidad cabía en una bicicleta y un trozo de pan, antes de que el otoño de aquel mismo año mil novecientos noventa y seis, rompiera los espejos para siempre.