El aeródromo Capítulo 8 Los Desayunos De Los Sábados
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Capítulo 8 Los Desayunos De Los Sábados

10 de octubre de 2026

09:50 horas

Caserón de los De la Torre

Con ojeras marcadas que delataban otra noche en blanco, Gabriel cruzaba una mañana más el zaguán del caserón riojano.

Devorado por el insomnio, se había calzado las botas para refugiarse en su taller de la casa anexa; aquel santuario, equipado con lo aprendido en su curso de Formación Profesional, era su vía de escape para apagar los fantasmas de su mente antes de perderse entre los viñedos.

Mientras tanto, no muy lejos, en la cocina, los guardeses Mateo y Teresa, murmuraban entre ellos:

—No digas tonterías, Mateo, que nos oyen.

Haz el favor de de-sayunar algo caliente antes de irte a los tractores.

Llevas desde las siete dale que te pego con la puesta a punto para el lunes— le riñó Teresa con la cercanía de una esposa que bien conoce sus obsesiones, acercándole una taza limpia y un bollo humeante—.

Y no te entretengas mucho en el cobertizo, que hoy toca limpieza general del ala norte antes de que despierte Alfonso.

—Tranquila, mujer. Voy directo a revisar el depósito del John Deere grande y subo enseguida— respondió el guardés, dándole un trago rápido al café y tomando un bollo al vuelo.

Mateo se despidió cruzando el patio hacia los cobertizos. Teresa dio un largo suspiro que reflejó el peso de los años, revisó el sofrito de verduras que ya burbujeaba en la cazuela grande para el almuerzo y continuó ordenando la plata.

De pronto, un timbre estridente y seco rompió la quietud de la planta baja.

El timbre de la puerta principal comenzó a sonar con insistencia, resonando en el zaguán y rompiendo la quietud de la mañana.

Teresa se detuvo en seco, arrugando la frente con extrañeza.

Nadie venía nunca a llamar a la puerta a esa hora un sábado, y menos, con ese apremio.