Capítulo 7 La Pista De San Torcuato
10 de octubre de 2026
10:00 horas
Aeródromo de San Torcuato
El viento azotaba la pista de tierra de San Torcuato.
La patrulla del puesto de Santo Domingo de la Calzada ya había acordonado la zona.
Al fondo, junto al hangar, aguardaban los tres descubridores del hallazgo: Roberto, con la radio colgada de la mano; Diego Armando, secándose las manos en un trapo de taller; y el alumno, Pedro, lívido, aferrado aún a su chaleco reflectante.
La teniente García bajó del coche junto a su equipo de la Policía Judicial. El cabo de la patrulla fue a su encuentro.
—Mi teniente. Perímetro asegurado. Nadie ha tocado nada.
—Bien. ¿Quién ha hallado el cuerpo?
—Aquel chaval de allí, Pedro. Estaba haciendo su primera suelta en el biplaza cuando se ha topado con el bulto en mitad de la carrera de despegue.
Desde la distancia le pareció simplemente un fardo de plástico negro agrario, pero al acercarse vio lo que era.
Casi lo pasa por encima. Los otros dos son Roberto, el instructor, y Diego Armando, el mecánico del aeródromo.
García se acercó al cuerpo. Yacía boca abajo sobre la tierra. El cadáver estaba parcialmente enfardado en los restos de un saco o plástico negro de uso agrícola, pero el encarnizado arrastre del tractor por la pista había roto y desgastado el material, dejando gran parte del cuerpo expuesta.
—Menuda sangría... Lo han arrastrado por toda la tierra —murmuró Adrián Chamborro el agente de Judicial que la acompañaba, observando el desgarro de las prendas—. ¿Lo habrán tirado desde una nave en marcha?
—No —dijo García, agachándose a escasos centímetros del cuerpo—. Si cae desde altura, las fracturas serían traumáticas y la caja torácica estaría reventada. Esto es arrastre. Lo han traído a remolque o lo han arrastrado vivo por el camino.
Con la punta de un bolígrafo, la teniente apartó con cuidado los jirones del plástico negro agrícola y la solapa rota de la chaqueta de la víctima.
Asomando entre los restos de la tela desgarrada, quedaba a la vista una cartera de piel.
Con los guantes de nitrilo puestos, extrajo la documentación. Al leer el DNI, se quedó helada.
—Julián de la Torre —leyó en voz alta.
El cabo de la patrulla abrió los ojos de par en par.
—¿De la Torre? ¿El del caserón? Si parecía un desgraciado
cualquiera tirado en la tierra... Ese apellido pesa mucho por aquí, teniente.
—Pues la cartera dice que es él —contestó García secamente.
Se levantó y caminó hacia el grupo del hangar. Los tres la
miraron al acercarse.
—Soy la teniente García, de la Policía Judicial de la Guardia Civil —se presentó directamente—. ¿Quién es el instructor?
—Yo. Roberto —dijo el hombre de la radio, dando un paso al frente—. Teniente, le juro que el chaval casi se nos mata por esquivar eso en el despegue.
—¿Diego Armando? —miró al mecánico.
—Sí, yo soy el mecánico —asintió el argentino, aún con las manos manchadas de grasa—. Yo estaba en el marco del hangar mirando la salida del biplaza. Cuando este muchacho cantó el aviso por radio nos vinimos corriendo a pie.
—¿Notaron algo raro anoche? ¿Algún vehículo o ruido en el aeródromo?
—Qué va, teniente —intervino Diego Armando—. La valla del fondo tiene un tramo caído desde las lluvias del martes. Entrar con un tractor hasta la pista por la noche es facilísimo. Quien haya dejado a este hombre ahí, ha entrado por tierra.
En ese momento, las sirenas de los furgones del Laboratorio de Criminalística y la comitiva judicial empezaron a resonar a lo lejos, subiendo por el camino de San Torcuato.
García volvió la vista hacia la pista. El cuerpo de Julián de la Torre sobre la tierra destapaba de golpe la cara más oscura de una de las familias más poderosas de la zona.
◆◆◆
Dos horas más tarde…
Las balizas de la Guardia Civil rodeaban el cuerpo de Julián de la Torre, que yacía en el suelo junto al plástico negro y las marcas profundas del tractor.
A pocos metros de allí, junto a la austera caseta de ladrillo que hacía de torre de control, reposaba un mudo testigo de hierro: un carro de combate M48 Patton.
Aquel viejo tanque, convertido en monumento militar, exhibía su imponente torreta semiesférica de acero fundido con su largo cañón apuntando inerte hacia el horizonte.
Una mole blindada de rotunda magnificencia en la que muchos se inmortalizaban, con sus smartphones, subidos a la misma.
La teniente García se encontraba apoyada precisamente junto al blindado, con las manos en los bolsillos del abrigo, observando al equipo desplegado.
A su lado, el sargento Garmendia —el veterano de la vieja escuela, de pelo canoso, escaso y desordenado, con esa expresión perpetua de cansancio crónico y un palillo colgando de la comisura de los labios—.
Garmendia se frotó los ojos con los nudillos antes de emitir un gruñido sordo y rasposo:
—Este hijo de puta no vino a dejar un cadáver, García.
Vino a pasar factura —murmuró Garmendia, con esa calma desganada y cínica del veterano que ya lo ha visto absolutamente todo —.
Demasiado limpio para ser un arrebato de borrachera, demasiado metódico para ser un ajuste de cuentas de secarral. Huele a asunto viejo.
En ese momento, Adri —el joven guardia tecnológico— se acercó con paso firme, sosteniendo una tableta bajo el brazo y con los auriculares colgando del cuello, listo para empezar a volcar datos en cuanto el laboratorio y la zona se lo permitieran.
A unos doscientos cincuenta metros del inicio de la pista, en eextremo del talud de tierra donde terminaban las rodadas del tractor y yacía el cuerpo, Sara Herrero —otra agente que formaba parte del equipo de Policía Judicial de García— se incorporó tras recabar pruebas,
sacudiéndose las rodillas del pantalón.
Levantó la vista y comenzó a caminar con paso firme hacia donde la teniente y los demás la esperaban.
—Sargento, he estado siguiendo el borde de la valla caída —intervino Sara con expresión analítica—.
Las marcas de las botas de quien condujo la máquina o acompañó el arrastre no son de bota campera normal.
Son de suela plana, dibujo técnico de poliuretano.
Muy ligeras. Quien caminó por aquí pesaba poco o se movía con una precisión milimétrica.
Garmendia asintió despacio, sopesando cada palabra mientras se cruzaba de brazos y miraba de reojo las huellas señalizadas con banderines. La teniente García, que había permanecido en silencio asimilando la inspección ocular, dio un paso al frente con la mirada fija en el horizonte de hangares.
—Pues va siendo hora de que empecemos a tirar del hilo y aclarar esto —concluyó García, enderezándose con decisión—.
Adri, ve preparando los equipos para volcar los tráficos y matrículas de la zona en cuanto autoricen.
Sara, ven conmigo a hablar otra vez con los del hangar; quiero saber si alguno oyó arrancar un motor diésel a altas horas de la madrugada.