El aeródromo Capítulo 6 Gabriel Y Val
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Capítulo 6 Gabriel Y Val

09 de octubre de 2026

10:00 horas

Caserón de los De la Torre

Gabriel se frotaba los dedos con un trapo de algodón manchado de aceite negro.

Vestía un jersey impecable y un pantalón limpio que no encajaban del todo con el rastro de grasa que se le metía bajo las uñas.

A su lado, Val, cruzada de brazos junto a la chimenea apagada, no dejaba de dar pasos cortos y nerviosos.

—Es que no la soporto, Gabriel. No la puedo ni ver —soltó Val, con la voz llena de veneno—. ¡Se le nota a la legua de qué pie cojea!

—Quieres callarte ya, Val, por favor. —respondió Gabriel sin mirarla, manteniendo un tono firme y sereno—. Lucía está embarazada. Es nuestro hermano o hermana lo que lleva dentro, nos guste o no, y está pasando por un embarazo delicado.

Gabriel apretó el trapo fuertemente entre las manos. Él siempre había sido así: práctico, protector y con un sentido del deber impecable cuando se trataba de cuidar

a la familia.

—¡Ay, por favor! ¡El embarazo delicado! —Val soltó una carcajada agria —Lucía apareció cuando apareció —remarcó Gabriel, encarando a su hermana—. Le dio a esta casa la tranquilidad que faltaba. Y yo pienso estar pendiente de que a ese bebé no le falte de nada.

—¿Tranquilidad? ¿A una aparecida? —Val dio dos pasos rápidos hacia él—. ¿No ves lo raro que es todo? Mamá nos lo ha dicho mil veces. No cuadra nada de cómo se conocieron. Esa historia del "encuentro casual" no se la cree nadie.

—Mamá vive muy acomodada en el piso del centro de Logroño — la cortó Gabriel en seco, dejando el trapo sobre la mesa—.

Desde que terminaron las reformas de ese piso de la familia, solo sale a la Gran Vía a tomar el café y a meter mierda entre todos para no perder el control de lo que pasa aquí.

Lleva meses intoxicándote la cabeza contra Lucía.

—Mamá dice la verdad —insistió Val, apretando los puños—. Lucía no es quien dice ser. Hay algo sucio en cómo se metió aquí.

—Lo que hay es un bebé en camino —replicó Gabriel acercándose a ella—. Y mientras viva bajo este techo, la voy a cuidar. Si mamá quiere seguir escupiendo veneno desde la capital, que lo haga, pero tú no traigas sus miserias aquí.

Val se quedó mirándolo fijamente, masticando el odio en silencio.

En ese momento, unos pasos suaves y pausados resonaron sobre el suelo de madera.

Teresa, la guardesa, apareció desde la cocina cargando una bandeja con una jarra de cerámica humeante de café recién hecho y dos tazas.

Con sus ojos claros y esa expresión llena de ternura, miró a los dos hermanos como los había mirado desde que eran unos niños.

—Por favor, mis niños... no discutáis más —dijo Teresa con esa voz dulce y reconfortante que siempre lograba calmar los ánimos—. Esta casa ya tiene demasiados silencios como para llenarla de voces agrias. Anda, Gabrielito, deja eso un momento y lávate esas manos. He puesto la cafetera.

Gabriel suspiró, aflojando los hombros, mientras Val daba media vuelta hacia la ventana, incapaz de llevarle la contraria a la mujer que realmente los había criado a todos.