Capítulo 5 Victoria
30 de junio de 2026
11: 00 horas
Despacho de Damián Aguirre
—Damián, Julián es un idiota, pero Lucía es una amenaza —dijo ella, directa—. Está embarazada y Julián se lo ha creído. Ese niño no es de él.
El abogado abrió su maletín de cuero desvencijado, impasible.
—Ella está manipulando a Julián, lo tiene engatusado, el patrimonio está en serio peligro.
Alfonso no permitirá que la fortuna se fragmente —.
Victoria deslizó un sobre sobre la mesa.
—Aquí tienes pruebas de sus movimientos.
Lucía está buscando algo que no debe salir a la luz.
Si el embarazo es una estratagema para asegurar su posición, tenemos que neutralizarla antes de que las cosas se compliquen más.
Don Damián guardó el sobre, sin alterar su rictus profesional.
—Lo que sea necesario —añadió ella, poniéndose en pie—. Julián es un peso muerto para esta familia. Solo necesito que te asegures de que no cometa ninguna estupidez irreversible antes de que podamos tomar el control.
Victoria salió del edificio con la misma rectitud con la que había entrado con sus tacones marcando un ritmo seco y preciso; se sabía satisfecha con lo que hacía.
Caminó dos manzanas hasta una cafetería donde el aroma a café recién molido y el murmullo de conversaciones triviales le devolvieron su zona de confort. Sus amigas ya ocupaban la mesa del fondo, junto al ventanal.
—¡Victoria! Casi te dábamos por perdida —exclamó una de ellas, apartando un bolso de firma para hacerle sitio—. ¿Qué tal con Damián? Espero que no te haya aburrido con sus historias de legajos.
Victoria se sentó, ordenó su postura y esbozó una sonrisa ensayada, despojada de cualquier rastro del veneno que había vertido minutos antes.
—Damián nunca aburre, es un hombre de costumbres —respondió con un tono ligero, casi despreocupado—. Simplemente temas de papeleo que nunca terminan. Lo importante es que lleguemos a tiempo al curso. Ya sabes cuánto me relaja la costura, sobre todo esta semana.
Pidió un café solo, sin azúcar, y se unió a la conversación sobre las novedades del taller de costura, hablando de telas y patrones con la misma frialdad profesional con la que, poco antes, había discutido el futuro de la fortuna de los De la Torre.
Mientras escuchaba las anécdotas banales de sus amigas, Victoria miraba a través del cristal del escaparate, observando el trasiego de la gente, sintiendo que ella era la única en esa mesa que sabía exactamente cómo cortar el hilo que sujetaba todo su mundo.