Capítulo 2 La Última Baza
Algún día de diciembre de 2024
21:00 horas
Local clandestino
Al local clandestino a las afueras de Logroño lo envolvía una atmósfera irrespirable, cargada de tabaco caro y una tensión que cortaba el aliento.
Entre paneles de madera noble y bajo la luz cenital de las lámparas clásicas de fieltro verde, la alta burguesía jugaba a ocultar sus desdichas tras fachadas de respetabilidad.
Julián se frotaba las sienes con los nudillos, con la camisa abierta y el rostro húmedo por el sudor. En aquel sótano las deudas ya no se pagaban con dinero, sino con avales que comprometían el patrimonio de apellidos enteros.
Julián compartía asiento y desdicha con don Fermín, un viejo boticario tan ahogado en deudas como él. Enfrente se encontraba El Marqués, que hacía de mano, flanqueado por su inseparable socio Donoso, un especulador inmobiliario de sonrisa cínica.
El Marqués barajaba con una destreza casi insultante, controlando los tiempos de la timba con la tranquilidad de quien tiene la sartén por el mango.
—¡Reparte de una vez, coño! —gruñó Julián, perdiendo los estribos.
El Marqués deslizó el lomo de las cartas sobre el tapete verde, mezclando los naipes con una parsimonia estudiada que exasperaba a los presentes, y entregó cuatro cartas a cada jugador antes de dejar la baraja a un lado.
A la derecha de El Marqués, el boticario —que iba de mano en aquella baza— estudió sus cartas con gesto circunspecto y, sin dudar un instante, deslizó los nudillos sobre el paño:
—Mus —pidió en voz baja.
El turno corrió hacia la derecha recayendo en Donoso, el compañero de El Marqués sentado justo en frente. Donoso asintió de inmediato con una media sonrisa socarrona:
—Mus también —apuntó, queriendo cambiar.
El ambiente en el reservado se cortaba con un cuchillo.
En ese preciso instante, antes de que el proceso de descarte pudiera continuar, Julián interrumpió de golpe.
Tenía los dedos helados mientras abanicaba su mano; un desastre absoluto: un par de doses y dos cartas sueltas que no servían ni para disimular.
Cautivo de la desesperación y de la asfixiante presión que lo acorralaba, se adelantó y cortó por lo sano.
—No hay mus —sentenció Julián con voz seca, arrojando las cartas sobre el tapete con un golpe sordo.
Donoso bufó por lo bajo, contrariado, mientras El Marqués levantaba la vista con una frialdad glacial, asintiendo con suficiencia al ver que el juego se resolvía de cara, con lo puesto, sin dar margen a la especulación.
—¡Espera, Julián, no sigas! —le susurró su compañero de asiento con los nudillos blancos, inclinándose hacia delante y negando con pánico en los ojos—. Yo no te acompaño en esta, no tengo nada... Te estás jugando lo tuyo, piénsalo bien.
—¿Tienes juego? —le preguntó Julián.
—Sí, pero...
Julián, cegado por la rabia, el orgullo herido y las deudas acumuladas de los negocios de la bodega que le apretaban cada vez más, ignoró por completo la advertencia.
—¡Órdago! —rugió Julián de repente, golpeando con fuerza el tapete con los nudillos—. A la grande, a la chica, a los pares y al juego. Todo o nada.
El Marqués lo miró fijamente, manteniendo una compostura implacable, sopesando el patético farol de un hombre desesperado al borde del abismo. Él y Donoso ni siquiera necesitaron cruzar una mirada; sabían perfectamente que la mano que sostenían era un muro infranqueable.
—Lo veo a la grande —respondió El Marqués con voz pausada, firme y mortal, sin vacilar ni un solo segundo.
Julián sintió que el estómago se le encogía hasta desaparecer. Soportando el peso del abismo, supo que su farol era una auténtica basura y que acababa de firmar su propia sentencia.
Las cartas cayeron boca arriba sobre el tapete.
Julián mostró su desastre de doses y cartas sueltas.
El Marqués desplegó su juego con parsimonia: dos reyes, un caballo y un siete.
Una jugada sobria, sin grandes lujos, pero que destrozaba por completo la miseria de Julián.
El aire abandonó los pulmones de Julián de golpe.
Había perdido no solo la mano, sino el último vestigio de control sobre su destino.
—Se acabó el crédito, Julián —le espetó el organizador del local, un hombre impecablemente vestido que lo observaba desde la otra punta de la sala con desdén—.
Ya me has firmado pagarés sobre los coches y las cuentas de los abonos...
Pero lo de esta noche se sale de madre. Acabas de perder las tierras del norte.
Y sabes perfectamente que esas fincas rústicas están bajo la administración judicial de tu hermano mayor.
—¡Cierra la boca! —siseó Julián con rabia contenida, inclinándose hacia delante sobre la mesa—. Te he dicho que te lo pagaré. El apellido vale más que esta maldita mesa.
—Tu apellido vale en los despachos del Círculo Logroñés, aquí solo valen avales firmados —respondió el usurero con una sonrisa fría y distante—.
Como Alfonso o los administradores descubran que has vuelto a empeñar terrenos de la familia a espaldas del patronato, te van a desheredar en cero coma. Estás atado de pies y manos, Julián.
Al otro extremo del sótano, en otra mesa de fieltro donde doña Lucrecia y tres hombres de prominente apellido jugaban en un silencio sepulcral, el estruendo de la discusión congeló el ambiente de la sala.
Julián se levantó de golpe de la silla con tanta violencia que esta chirrió contra el suelo. En su furia ciega, el brazo derecho barrió el borde del tapete y un vaso de whisky estalló contra el suelo, desparramando el líquido ámbar y los cristales rotos sobre la moqueta.
Doña Lucrecia levantó lentamente la vista de sus cartas, con los labios apretados en una mueca de desprecio gélido, mientras los caballeros que la acompañaban contenían la respiración ante el escándalo.
—¡Juro que recuperaré lo que es mío! —bramó Julián al aire, con los ojos saliéndose de las órbitas y la respiración rota, incapaz de asumir la derrota—. ¡Os juro que esto no se queda así!
El eco de sus pasos resonó estrepitosamente por las escaleras del sótano, dejando tras de sí un silencio tenso en el local clandestino, solo roto por el tintineo lejano de las fichas y la mirada imperturbable de doña Lucrecia, que volvió a centrarse en su partida como si nada hubiera ocurrido.