El aeródromo
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Capítulo 1 El Vuelo De San Torcuato
10 de octubre de 2026
09:10 horas
Aeródromo de San Torcuato
—San Torcuato radio, Eco-Charlie-Lima en carrera de despegue —cantó por el intercomunicador, intentando que no se le notara el temblor en la voz.
En tierra, Roberto observaba el inicio de la maniobra con la radio pegada a la mano y el ceño fruncido, mientras Diego Armando se apoyaba en el marco del hangar cruzado de brazos.
Roberto no respondió por frecuencia; las reglas de la primera suelta eran sagradas: el aspirante debía estar solo con la máquina, el viento cruzado y el horizonte riojano.
El alumno apretó el acelerador a fondo. El motor rugió violentamente y la hélice mordió el aire con fuerza.
El ultraligero biplaza empezó a ganar velocidad rápidamente por la pista de tierra, levantando una estela de polvo a su paso.
El alumno sintió la tensión del despegue, con la concentración absoluta para mantener la nave alineada.
Fue justo en el momento en que las ruedas principales empezaban a perder contacto con el suelo cuando lo vio.
En un principio pensó que era un bulto de paja, o quizás uno de esos plásticos negros que los agricultores dejaban olvidados tras la recolección. Pero a ras de suelo, con la velocidad desbocada y el sol matutino pegándole de costado, el relieve se volvió nítido.
En el mismo centro de la pista, un cuerpo yacía boca abajo, rígido, vestido con ropas oscuras sobre las que el rocío de la mañana brillaba como una fina capa de escarcha.
Una de las extremidades adoptaba un ángulo desnaturalizado, imposible para alguien que, simplemente, hubiera decidido echarse una siesta al raso.
—¡Mierda! ¡Mierda, mierda, mierda! —murmuró por el micro, olvidando la fraseología aeronáutica.
En un acto reflejo, el alumno tiró con brusquedad de la palanca, encabritando el morro lo justo para que las ruedas libraran el obstáculo por centímetros.
El avión tambaleó en el aire, al límite de la pérdida, pero la potencia del motor terminó por arrastrarlo hacia arriba en una trepada descompasada.
En tierra, Roberto bajó la emisora con una mueca de desaprobación, mientras Diego soltaba un taco con un marcado acento argentino. No tuvieron tiempo de recriminarle nada por la maniobra arriesgada. La voz aterrorizada del alumno volvió a restallar en el altavoz:
—¡Roberto! ¡Llama a la Guardia Civil! ¡Llama ya! Hay... hay alguien tirado en mitad de la pista. Y no se mueve.