Capítulo 27 La Fuga del Infierno #2
Nadifa se detuvo frente a una puerta de chapa oxidada. La empujó. El espacio interior era un taller abandonado, herramientas cubiertas de polvo, un tractor desmontado.
—Descansen —dijo—. Cinco minutos.
Amara se dejó caer contra la pared, jadeando. Hendaya permaneció de pie, mirando hacia la entrada.
—Tenemos que llegar a la pista antes del amanecer —dijo—. Si despegan con el helicóptero, estamos perdidos.
—Está a seis kilómetros —repitió Nadifa—. Caminando, dos horas. Corriendo, una. Pero hay patrullas.
—Podemos bordear la ciudad por el este.
—Más tiempo. Y más riesgo de ser vistos.
Nadifa abrió el mapa de nuevo, lo extendió sobre el capó polvoriento del tractor. Hendaya se acercó. Amara se levantó para mirar también.
—Aquí —Nadifa señaló un punto—. Pista de aterrizaje. Propiedad de una empresa minera. Whitaker.
—¿Cómo lo sabe Desta?
—Porque lo interrogaron. Lo sabe todo sobre Whitaker. Los helicópteros, las rutas, los contactos.
—Entonces Whitaker sabe que lo sabemos —dijo Amara—. Habrá tomado precauciones.
—O no —respondió Nadifa—. Desta era su prisionero. No esperaba que escapara.
Hendaya observó el mapa. La ruta más corta atravesaba un descampado, luego una carretera asfaltada, luego campos de cultivo.
—Por aquí —dijo, trazando una línea con el dedo—. Descampado, carretera, campos. Sin luces, sin casas. Menos riesgo de ser vistos.
—Más riesgo de ser alcanzados si nos descubren —dijo Nadifa.
—Prefiero eso a ser acorralados en las calles.
Ella asintió. Dobló el mapa. Se lo devolvió.
—Vamos.
Salieron del taller. La calle seguía vacía. El silencio era absoluto, roto solo por el rumor distante de la ciudad: un motor, un perro, el viento que arrastraba basura.
Cruzaron la calle corriendo, agachados. Entraron en el descampado. La tierra estaba seca, cuarteada, sembrada de escombros y matojos. Hendaya sintió las piedras clavándosele en las plantas de los pies. Amara jadeaba a su lado.
Corrieron.
La oscuridad era casi total. Las estrellas apenas iluminaban. Nadifa guiaba por instinto, por memoria del terreno. Hendaya confiaba en ella.
A los diez minutos, el descampado terminaba. Una carretera asfaltada se extendía ante ellos, dos carriles, sin tráfico.
—Esperen —dijo Nadifa.
Se tumbó en el borde, pegó el oído al asfalto. Escuchó durante treinta segundos.
—Nada —dijo—. Vamos.
Cruzaron. Hendaya sintió el asfalto cálido bajo los pies. Al otro lado, un campo de maíz seco, las plantas muertas, los tallos crujientes.
Se adentraron en él. Los tallos raspaban su piel, dejando marcas blancas. Amara tosía, el polvo vegetal irritándole la garganta.
—¿Cuánto falta? —preguntó.
—Dos kilómetros —respondió Nadifa.
El campo terminó en una zanja de riego. La cruzaron, el agua estancada llegándoles a las rodillas. Hendaya sintió el frío, la suciedad, el olor a barro podrido.
Al otro lado, una carretera de tierra. Y al fondo, una figura oscura, recortada contra el horizonte.
Nadifa se detuvo.
—Allí.
Hendaya entrecerró los ojos. Distinguió la silueta: una torre de control pequeña, una pista de aterrizaje, y en ella, la forma alargada de un helicóptero.
—Es él —dijo.
—No hay luces —observó Amara—. Parece desierto.
—O están esperando.
Hendaya estudió el perímetro. Una valla de alambre de espino rodeaba la instalación. Una puerta cerrada con cadena. Ningún guardia visible.
—Demasiado fácil —dijo.
—Quizá Desta tenía razón —respondió Nadifa—. No esperan que escapemos.
Hendaya dudaba. Todo en aquel momento le parecía una trampa. El helicóptero, la pista vacía, el silencio. Pero no tenía alternativa.
—Vamos —dijo—. Con cuidado.
Se acercaron a la valla. Nadifa encontró un punto donde el alambre estaba suelto, separado del poste. Lo levantó con cuidado, creando un hueco.
Pasaron.
El helicóptero estaba a cincuenta metros. Un modelo civil, puertas cerradas, cabina oscura.
—Necesito llaves —dijo Hendaya.
—O un cable —respondió Nadifa.
Llegaron hasta el helicóptero. Hendaya se asomó a la cabina. El contacto estaba puesto. Las llaves colgaban del salpicadero.
—Demasiado sencillo —repitió.
—Sube —dijo Nadifa—. Yo abro la puerta.
Hendaya abrió la puerta del piloto. El interior olía a cuero y combustible. Se sentó, ajustó el asiento. Las llaves giraron sin resistencia. Los instrumentos se iluminaron.
—Tiene combustible —dijo—. Lleno.
—Libéranos entonces —dijo Amara desde atrás.
Hendaya miró hacia atrás. Amara y Nadifa se habían sentado en los asientos traseros, las puertas cerradas.
—No sé pilotar esto —dijo Hendaya.
—Aprende rápido.
Arrancó el motor. Las aspas comenzaron a girar, lentas al principio, luego más rápidas. El ruido llenó la cabina, vibrando en los huesos.
Las luces de la torre de control se encendieron.
—Nos han visto —dijo Nadifa.
Hendaya aumentó las revoluciones. El helicóptero se elevó, vacilante, inclinándose hacia la izquierda. Corrigió con los mandos. Se elevó más.
Las primeras balas impactaron en el fuselaje. El sonido del metal perforado, agudo, metálico.
Hendaya inclinó la aeronave hacia adelante. El helicóptero respondió. Comenzaron a moverse sobre la pista, ganando velocidad, ganando altura.
Más impactos. El panel trasero se astilló. Amara gritó.
—¡Agárrense!
El helicóptero se elevó sobre la valla, sobre los campos, sobre la ciudad. La oscuridad se abrió bajo ellos, las luces de Mekele diminutas, distantes.
Hendaya respiró. Las manos le temblaban sobre los mandos.
—Lo hemos conseguido —dijo Amara.
—No todavía —respondió Nadifa—. Whitaker nos buscará.
Hendaya miró el mapa. Adís Abeba estaba al sur. Cuatro horas de vuelo. Cuatro horas para que Whitaker movilizara a todos sus contactos.
Ajustó el rumbo sur y mantuvo el morro firme. Abajo, Mekele se perdía en la noche. Arriba, las estrellas brillaban indiferentes.
Desta había muerto. El guardia afar había muerto. Pero ellos volaban.
Hendaya apretó los dientes.
—Haz que valga la pena, Desta —susurró.
El helicóptero se perdió en la noche.