El acuífero del Infierno Capítulo 28 El Último Vuelo
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Capítulo 28 El Último Vuelo

—A llí.

Hendaya señaló el destello metálico al otro lado de la llanura.

La pista de aterrizaje privada emergía del suelo reseco como una cicatriz negra.

El sol del amanecer teñía el horizonte de naranja, pero aún no calentaba.

El frío de la noche se le pegaba a los huesos, un frío seco que olía a polvo y a hierba quemada.

Nadifa fue la primera en moverse. Sus pasos apenas levantaban polvo, como si el suelo la conociera y la aceptara.

Amara la seguía a tres metros, con la respiración entrecortada, el moño deshecho y mechones negros pegados a las sienes.

Hendaya cerró la fila, llevando la escopeta que había arrancado de las manos del guardia en la comisaría.

Un viejo Winchester de caza, el cañón caliente por los dos disparos que había hecho contra las cerraduras.

Siete cartuchos en el cinturón. Tenía que ser suficiente.

La pista era una franja de asfalto agrietado, con un hangar de chapa al fondo. Junto al hangar, un helicóptero. Un Bell Jet Ranger, blanco, con las aspas quietas y el plexiglás empañado por la humedad nocturna. Y dos vigilantes.

Estaban sentados en el escalón del hangar, fumando. El más joven bostezó, estirando los brazos por encima de la cabeza. El otro se movió en el asiento, adormilado, la cabeza gacha. Aún no los habían visto.

Hendaya evaluó la distancia. Cincuenta metros. Sin cobertura. El sol a sus espaldas, cegándolos. A su favor.

—Dejadme a mí —susurró.

Amara se detuvo. Nadifa también. Hendaya avanzó solo, la escopeta colgando a un lado, simulando un andar cansado, como si acabara de salir de la ciudad para mear entre los arbustos.

El guardia que bostezó lo vio primero. Se puso en pie, la mano yendo al rifle apoyado contra la pared.

—Alto. ¿Quién eres?

Hendaya respondió en amárico, con el acento tosco del que ha aprendido el idioma en el desierto, pronunciando las guturales desde la garganta.

—Llego de la comisaría. El capitán Desta me envía. El helicóptero tiene que despegar.

Los guardias se miraron. Dudaron. Ese segundo bastó.

Cerró la distancia en cuatro zancadas. El primero no tuvo tiempo de levantar el rifle. El cañón de la escopeta impactó contra su mandíbula con un crujido seco, un sonido de ramas al romperse. El hombre se derrumbó, el cigarro aún encendido rodando por el asfalto.

El segundo vigilante soltó la colilla y buscó su arma. No le dio la oportunidad. Giró la escopeta y golpeó con la culata en la sien. Un golpe preciso, medido. Cayó hacia atrás, los ojos en blanco antes de tocar el suelo.

Silencio. Solo el viento rozó la chapa del hangar con un lamento metálico. Se quedó quieto, escuchando. El motor del helicóptero estaba frío. No había más sonidos.

—¡Al helicóptero! —gritó.

Nadifa y Amara corrieron hacia él. Amara llevaba la mochila con los documentos de Desta, los mapas, los correos, las transferencias bancarias. Nadifa cargaba la cantimplora, medio llena, y el saquito de cuero con la arena sagrada de su aldea.

Subieron a la cabina del Bell. Hendaya se sentó al mando, sus manos callosas recorriendo los mandos.

Nunca había pilotado un Bell, pero los principios eran los mismos que en los simuladores de la legión.

Confiaba en su instinto. Los instrumentos estaban en inglés.

Encendió la batería, activó la bomba de combustible, el magneto. Las agujas empezaron a moverse.

—Ponte al mando —dijo Hendaya, señalando a Amara—. Yo vigilo.

—¿Sabes pilotar esto?

—Sé lo suficiente para levantarlo. Tú lleva la radio.

Amara se deslizó al asiento del copiloto, poniéndose los auriculares. Hendaya activó la secuencia de arranque. Las aspas comenzaron a girar, lentas al principio, luego más rápidas, hasta convertirse en un disco borroso. El ruido llenó la cabina: un batir rítmico que vibraba en el pecho.

El Bell se elevó. La pista quedó abajo, reduciéndose a una línea en el paisaje. Hendaya ganó altura, orientando la nariz hacia el sur. Hacia Adís Abeba.

—¿Sabes dónde estamos? —gritó Amara.

—Lo sé. Seiscientos kilómetros. Dos horas y media de vuelo, con suerte.

Nadifa se sentó en el asiento trasero, su mirada fija en la ventanilla.

La llanura de sal se extendía bajo ellos, blanca y vacía, salpicada de montañas negras como islas en un mar de cal.

Hendaya ajustó el altímetro. Mil metros.

Lo suficiente para estar fuera del alcance de fusiles, pero no de misiles. Y Whitaker tenía ambos.

—Hay una radio VHF —dijo Amara—. ¿Debo intentarlo?

—Espera. Primero quiero saber si alguien nos sigue.

Miró hacia atrás. El hangar se había reducido a un punto. La ciudad de Mekele era una mancha difusa en el horizonte, una mezcla de polvo y techos de chapa. No había nada más en el cielo. Aún.

—Vale. Ahora. Llama a ese periodista del que hablaste.

Amara asintió. Ajustó la frecuencia y comenzó a hablar. Su voz era tensa, profesional, pero Hendaya notó el temblor. Había estado a punto de morir. Todos lo habían estado.

—Estación terrestre, estación terrestre, soy el vuelo... —dudó—. Vuelo Alfa-Noventa y Nueve. Solicito comunicación con el señor David Kimathi. Repito: David Kimathi. Mensaje urgente.

Silencio. Solo el ruido del motor y el zumbido de la estática. Luego una respuesta, distorsionada, como si llegara desde el fondo de un pozo.

—Alfa-Noventa y Nueve, aquí estación terrestre. Cambio.

—Necesito hablar con Kimathi. Es asunto de vida o muerte.

Más estática. Una pausa que se alargó. Hendaya mantuvo el rumbo, el volante firme entre las manos, los dedos prietos sobre el cuero desgastado.

—Alfa-Noventa y Nueve, recibido. Proceda.

Amara respiró hondo. Comenzó a hablar, rápida, lanzando las palabras para no perderlas.

—David, soy Amara Kabbaj. Estoy en un helicóptero rumbo a Adís.

Tengo pruebas de una conspiración. Whitaker, de Aquifer Global, ha estado envenenando el agua en Danakil.

Ha sobornado a militares. Ha intentado matarnos.

El doctor Samuel Berhanu fue asesinado. Tenemos documentos que lo demuestran. Todo. ¿Me oyes?

Silencio. Hendaya apretó la mandíbula.

—Te oigo, Amara —la voz de Kimathi era grave, medida, como la de un hombre que ha visto demasiado—. ¿Estás segura de lo que dices?

—Completamente. Los tengo aquí. Mapas, correos, registros de transferencias. Y testigos. El capitán Desta Haile lo confirmó todo. Desta... dio su vida por esto.

Otra pausa. En la radio se oyó un chasquido, como si Kimathi estuviera moviendo papeles.

—¿Dónde aterrizarás?

—Aeropuerto de Bole. En dos horas.

—Estaré allí. Y tendré gente de confianza. Pero Amara... —la voz se volvió más seria, casi un susurro—. Whitaker tiene contactos en toda la capital. No os fiéis de nadie más. ¿Entendido?

—Entendido.

—Mantén esta frecuencia. Si pasa algo, llama. Voy a movilizar a mis fuentes.

—Gracias, David.

—Gracias a vosotros. Habéis hecho lo que nadie se atrevió. Manteneos vivos.

La comunicación se cortó. Amara se reclinó en el asiento, cerrando los ojos un segundo. Luego los abrió y miró a Hendaya.

—Lo hará. Va a difundir la historia.

—Eso espero —respondió Hendaya, sin apartar la vista del horizonte—. Pero no pienso confiar en que llegue a tiempo.

El helicóptero volaba estable. El sol ya calentaba el cristal de la cabina, y la luz se filtraba en haces de polvo.

Nadifa seguía en silencio, su mano rozando el pañuelo que cubría su cabeza, los dedos moviéndose como si rezaran una oración sin palabras.

Amara comenzó a revisar los documentos, extendiendo mapas sobre sus rodillas, sus ojos recorriendo las líneas y las firmas.

Y entonces lo vieron.

Un punto negro en el horizonte trasero. Creciendo.

—Maldita sea —murmuró Hendaya.

—¿Qué? —preguntó Amara.

—Un helicóptero. Viene desde Mekele.

Amara se giró. El punto ya era una silueta definida, con las aspas recortadas contra el cielo, un bulto verde oliva que se movía con determinación.

—¿Estás seguro de que es...?

—Es Whitaker. Nos persigue.

El pulso se aceleró. Hendaya revisó la escopeta. Seis cartuchos. Uno ya había sido disparado contra los guardias. Quedaban seis. El helicóptero que se acercaba probablemente llevaba más que dos vigilantes somnolientos.

—¿Qué hacemos? —preguntó Amara.

No respondió. Su mente ya calculaba distancias, velocidades, ángulos. El Bell Jet Ranger era más rápido que la mayoría de helicópteros ligeros, pero el que se acercaba era un modelo militar, un Mil Mi-8, más grande, más blindado, probablemente armado con una ametralladora montada en la puerta.

La diferencia de velocidad era mínima. La de potencia, abismal.

—Nadifa —dijo Hendaya—, al fondo hay una escopeta de caza. Cárgala. Seis cartuchos.

Nadifa se movió sin dudar. Encontró la escopeta, la abrió, introdujo los cartuchos uno a uno. El chasquido metálico al cerrar el arma sonó a definitivo.

—¿Sabes disparar? —preguntó Hendaya.

—Sé cazar —respondió ella, sin énfasis, como si hablar de cazar en Danakil fuera lo más natural del mundo.

—Entonces dispara si te digo.

El helicóptero se acercaba. Ya se distinguían los detalles: la carrocería verde oliva, las marcas militares etíopes, la puerta lateral abierta con un hombre asomado, un fusil AK en las manos, la boca del cañón apuntando hacia ellos.

—Nos van a alcanzar en cinco minutos —dijo Amara, la voz tensa—. ¿Podemos acelerar?

—No. Esto es todo lo que da.

Hendaya tomó una decisión. Redujo la altitud. El helicóptero descendió hasta casi tocar las copas de los árboles de la sabana. La hierba se curvaba bajo el viento de las aspas, levantando una estela de polvo y hojas secas.

—¿Qué haces? —preguntó Amara.

—Darles un blanco más difícil. Y prepararme para disparar.

Pasó los mandos a Amara. —Mantén el rumbo. Vuela bajo. Yo voy a la puerta.

Amara lo miró, los ojos muy abiertos, pero asintió. Sus manos temblorosas tomaron el volante, y Hendaya sintió un instante de vértigo al soltarlo. Confiaba en ella. Tenía que hacerlo.

Se levantó, se movió hacia la puerta lateral, la abrió. El viento le golpeó la cara, caliente, cargado de polvo fino que se le metía entre los dientes. Se sujetó con una mano al marco metálico, la escopeta en la otra, el hombro apoyado contra el borde de la cabina.

El helicóptero enemigo estaba a ochocientos metros. Cerrando.

Calculó la distancia. Demasiado lejos para la escopeta. Esperó.

—Van a disparar —gritó Nadifa.

Una ráfaga de ametralladora surcó el aire, levantando tierra a la derecha del Bell. Amara corrigió el rumbo, esquivando las balas, el helicóptero inclinándose en un viraje brusco que casi desequilibraba a Hendaya.

—Más bajo —dijo.

Amara hundió el morro. El helicóptero rozó las copas de los árboles, las aspas lanzando hojas y ramas rotas, un crujido que se sintió en todo el fuselaje.

El Mil Mi-8 se ajustó, ganando altura para mantener el ángulo de tiro. Un segundo disparo, más cercano. Hendaya sintió el impacto de una bala en el fuselaje, un golpe sordo que vibró en el suelo, justo detrás del asiento de Amara.

—¡Nos han dado! —gritó Amara.

—Sigue volando.

Levantó la escopeta. Apuntó. El helicóptero enemigo estaba a quinientos metros. Cuatrocientos. Demasiado cerca. El tirador en la puerta se movía, ajustando la puntería. Apuntó al rotor de cola, la única zona vulnerable de un Mi-8. Disparó.

El retroceso le golpeó el hombro, un golpe seco que le recordó las prácticas en la legión. La bala silbó en el aire y se perdió en la distancia. Fallo.

—Mierda.

Volvió a cargar. El helicóptero enemigo ya estaba a trescientos metros. Podía ver la cara del tirador, un hombre joven, concentrado, la boca apretada en una mueca de esfuerzo.

Otro disparo. La bala pasó cerca del Bell, tan cerca que oyó el zumbido, como un insecto furioso.

—¡Dispara ya! —gritó Amara.

Apuntó con cuidado. El viento. La velocidad. El balanceo del helicóptero. Calculó el desvío. La distancia. El movimiento del tirador. Todo en una fracción de segundo que se alargó como si el tiempo se hubiera vuelto denso.

Apretó el gatillo.

La bala impactó en el rotor de cola del Mi-8.

Una chispa blanca. Un chirrido metálico, como de un animal herido.

Luego el rotor se inclinó, perdiendo sustentación, las aspas golpeando el aire de forma irregular.

El helicóptero enemigo giró sobre sí mismo, dando vueltas como una peonza fuera de control, la cola describiendo un círculo vicioso.

—¡Dentro! —gritó Hendaya, cerrando la puerta.

Amara empujó el mando hacia delante. El Bell aceleró, alejándose. Detrás, el Mi-8 describió una espiral descendente, el rotor de cola ya inútil, el piloto luchando por mantener el control.

Nadifa se giró para verlo.

El helicóptero impactó contra el suelo. Una bola de fuego naranja se elevó hacia el cielo, seguida de una columna de humo negro, espeso, que se extendió como un hongo sobre la sabana. No hubo supervivientes.

El rugido se apagó. Solo el ruido del motor y el viento.

Hendaya se dejó caer en el asiento. La escopeta descansó sobre sus rodillas, el cañón caliente. Cerró los ojos un segundo. He llegado demasiado lejos para morir ahora. Desta no murió para que fracasemos. Cuando los abrió, miró a Amara.

—Hacia Adís Abeba.

Amara asintió. Fijó el rumbo, la nariz del helicóptero orientada al sur. El sol ya estaba alto, y el calor empezaba a llenar la cabina.

Nadifa apoyó la cabeza contra la ventanilla, su mirada perdida en el horizonte. La arena sagrada colgaba de su cuello, dentro del saquito de cuero. Sus dedos lo rozaron, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí.

Amara apretó los documentos contra su pecho, los bordes de los papeles asomando por la cremallera de la mochila.

Hendaya miró sus manos. Todavía temblaban. No del frío. No del miedo. Era otra cosa: la certeza de que habían cruzado una línea de la que no se volvía. Desta había muerto para que ellos llegaran hasta aquí. No podían fallar.

El helicóptero voló hacia el sur, dejando atrás el humo y la muerte. La llanura de sal se extendía bajo ellos, blanca e infinita, y más allá, las montañas, y más allá, la capital, y la posibilidad de un mañana.

Hendaya ajustó el altímetro. Dos mil metros. Viento de cola. Llegarían antes de lo previsto.

Cerró los ojos.

Solo un momento.

Solo para recordar por qué seguía vivo.