Capítulo 27 La Fuga del Infierno
L a mano del guardia afar cayó sobre el hombro de Hendaya. Tres golpes secos, el código acordado. A su espalda, la cerradura de la celda emitió un clic metálico que resonó como un disparo en el silencio de la comisaría.
Hendaya se puso en pie. Las cervicales le protestaron. Amara ya estaba levantada, la mirada fija en la puerta que se abría. Nadifa se movió sin ruido, pegada a la pared.
El guardia afar señaló el pasillo. Vacío.
Salieron.
Los pies descalzos de Hendaya apenas rozaban el cemento. Había dejado las botas en la celda, como el resto. Amara pisaba con cuidado, las vendas de sus manos rozando el suelo. Nadifa avanzaba erguida, dueña de aquel silencio.
El pasillo olía a sudor rancio y gasoil. Luces fluorescentes parpadeaban al fondo, fundiendo sombras alargadas contra las paredes de bloque. Hendaya contó los pasos: doce hasta la primera esquina. El guardia afar se detuvo, asomó la cabeza, movió la mano hacia adelante.
Continuaron.
En la segunda esquina, el guardia se detuvo de nuevo. Señaló una puerta metálica al final del pasillo. El patio. Detrás de esa puerta, el muro. Detrás del muro, la libertad o la muerte.
Hendaya miró atrás. Desta salía de su celda con las manos esposadas aún, pero el guardia le había dejado las llaves. El capitán las manipulaba en silencio, girando el metal, buscando el ángulo exacto.
—No puedo —susurró Desta.
El guardia retrocedió, tomó las esposas entre sus manos, forcejeó. El metal raspó la piel. Desta apretó los dientes.
—Déjalas —dijo Hendaya.
—Si llego al patio esposado, no podré trepar.
El guardia farfulló algo en afar, sacó una ganzúa improvisada de su bolsillo, un trozo de alambre retorcido. Lo insertó en la cerradura. Diez segundos. Veinte. Un clic.
Las esposas cayeron al suelo.
Desta frotó sus muñecas, las marcas rojas brillando bajo la luz fluorescente.
—Vamos.
La puerta del patio se abrió sin un crujido.
El guardia había engrasado cada bisagra en los días previos, y ahora se abría con la precisión de un mecanismo bien cuidado.
Salieron al aire de la noche. El cielo de Mekele estaba despejado, las estrellas visibles a pesar de las luces de seguridad que bañaban el perímetro en un resplandor amarillento.
El patio medía treinta metros de ancho. Al fondo, el muro de adobe se elevaba cuatro metros. Hendaya lo había estudiado desde la ventana de la celda: bloques de barro, mortero seco, grietas donde apoyar los dedos. Factible.
El guardia señaló la esquina noreste. Allí el muro estaba más oscuro, fuera del ángulo de los focos. Una sombra densa que prometía cobertura.
Cruzaron el patio en silencio. Hendaya contaba los pasos. Quince. Veinte. Veinticinco.
—¡Alto!
La voz vino desde la izquierda. Un guardia etíope, fusil en mano, la silueta recortada contra la luz de la garita. No había visto al guardia afar. Solo las sombras moviéndose donde no debían.
Desta reaccionó primero. Dio tres zancadas antes de que el guardia pudiera levantar el arma. El golpe seco del puño contra la mandíbula sonó como una rama al partirse. El guardia cayó, el fusil golpeando el cemento.
Pero el ruido ya había volado.
Una luz se encendió en el segundo piso de la comisaría. Una voz gritó en amárico. Luego otra. Luego una sirena que se quebró en la noche.
—¡Corred! —gritó Desta.
Hendaya agarró a Amara del brazo y corrió hacia el muro. Nadifa ya estaba allí, sus dedos encontrando las grietas en el adobe. Trepaba como una lagartija, ágil, precisa, usando las rodillas para impulsarse.
La primera bala pasó alta, rebotando en el muro.
Hendaya levantó a Amara, empujándola hacia arriba. Ella encontró un agarre y comenzó a trepar. Las vendas de sus manos se empaparon de sangre al raspar contra el adobe.
—¡Vamos! —gritó desde arriba Nadifa.
Desta se había quedado atrás, recogiendo el fusil del guardia noqueado. Se arrodilló, apoyó la culata en el hombro, disparó dos ráfagas hacia el edificio. Los cristales de una ventana estallaron. Las luces del segundo piso se apagaron.
—¡Desta! —gritó Hendaya.
—¡Tú trepa!
Hendaya saltó, encontró una grieta, se elevó. El adobe raspaba su pecho, sus brazos. El muro medía cuatro metros. A medio camino, sus dedos encontraron un hueco. Se impulsó, alcanzó el borde, se encaramó.
Amara estaba arriba, tumbada sobre el adobe, jadeando. Nadifa ya había saltado al otro lado.
Hendaya se volvió.
Desta seguía disparando. El guardia afar estaba a su lado, apuntando hacia la garita con una pistola que había sacado de algún lugar. Un tercer guardia cayó antes de alcanzar la esquina.
—¡Desta, ya! —gritó Hendaya.
Desta miró atrás. Veinte metros lo separaban del muro. Los focos del patio se encendieron uno tras otro, bañando la escena en luz blanca. Estaba expuesto.
El guardia afar corrió primero. Llegó al muro, saltó, encontró un agarre. Trepaba con la urgencia de quien sabe que el tiempo se acaba.
Desta disparó dos veces más, cubriendo la retirada del guardia. Luego giró y corrió.
Las balas mordieron el cemento a su alrededor. Una levantó polvo junto a su pie. Otra pasó zumbando cerca de su cabeza.
Llegó al muro, saltó. Sus dedos encontraron el borde. Se izó.
El disparo llegó desde la azotea.
El guardia afar cayó hacia atrás antes de llegar al borde. Su cuerpo golpeó el suelo con un sonido sordo, húmedo. La sangre brotó de su cuello, negra bajo la luz artificial.
Desta se quedó paralizado, colgado del muro.
—¡No! —la voz de Desta se quebró.
Hendaya lo vio. El guardia afar yacía inmóvil, los ojos abiertos mirando el cielo de Mekele. La sangre se extendía formando un charco que crecía segundo a segundo.
—Desta, ¡vamos! —gritó Amara desde arriba.
El capitán no se movía. Miraba el cuerpo del guardia. Miraba al hombre que había abierto sus esposas, que los había guiado a través de los pasillos, que había arriesgado todo por ellos.
—¡DESTA!
Hendaya tomó una decisión. Soltó el borde del muro y cayó al patio. El impacto le recorrió las piernas, la columna. Ignoró el dolor. Corrió hacia Desta.
—¿Qué haces? —la voz de Desta era una mezcla de rabia y sorpresa.
—No te dejo aquí.
—Están muertos. Ambos —Desta señaló el cuerpo del guardia afar—. No podemos salvarlos.
—Entonces salgamos juntos.
El sonido de pasos llegó desde el edificio. Varios hombres. Gritos en amárico. Órdenes.
Desta soltó el muro y cayó junto a Hendaya. Lo agarró por el cuello de la camiseta y lo empujó hacia el muro.
—¡Tú te vas! —susurró—. Yo los cubro.
—No.
—Escúchame, maldito sea —Desta lo sacudió—. Si me voy contigo, nos cazan a todos. Tengo las piernas destrozadas, no puedo trepar ese muro. Pero puedo ganar tiempo.
—No voy a dejarte morir aquí.
Desta sonrió. Una sonrisa amarga, triste, de hombre que ha visto demasiado.
—Ya estoy muerto, Hendaya. Desta Haile fue ejecutado por traición hace tres días. Esto es solo el funeral.
Antes de que Hendaya pudiera responder, Desta lo golpeó en el pecho. No un puñetazo, sino un empujón violento que lo envió contra el muro.
—¡Vete! —gritó Desta—. ¡Haz que valga la pena!
Luego giró y comenzó a disparar.
Hendaya trepó. Encontró las grietas, olió el sudor y la sangre. Sus dedos se clavaron en el adobe, sus pies buscaron apoyo. Trepaba como un animal acorralado, impulsado por la adrenalina, por la rabia, por la certeza de que si se detenía un segundo, todo habría sido en vano.
Alcanzó el borde. Amara lo agarró del brazo, lo ayudó a pasar al otro lado. Cayó sobre la tierra compacta, el polvo seco llenándole la boca.
Nadifa estaba de pie, mirando hacia el muro. Los disparos sonaban al otro lado, ráfagas cortas, precisas.
Luego un solo disparo.
Silencio.
—Desta —susurró Amara.
Hendaya se puso de rodillas. El pecho le ardía. Las manos le sangraban. Del otro lado del muro llegaban gritos, órdenes, el sonido de botas corriendo sobre cemento.
—Tenemos que irnos —dijo Nadifa—. Rodearán el edificio.
Hendaya asintió. Se puso en pie. La cabeza le dio vueltas, pero se obligó a estabilizarse. Amara estaba a su lado, lívida, las vendas de sus manos empapadas de sangre roja. Nadifa ya echaba a correr hacia las calles oscuras.
—Espera —dijo Hendaya.
Volvió al muro. Se arrodilló. Pasó la mano por la superficie áspera y sus dedos encontraron el bolsillo de la camisa. El papel estaba allí. Desta se lo había metido antes de empujarlo. Un mapa doblado, manchado de sudor.
Lo desplegó. No podía ver los detalles en la oscuridad, pero reconoció la silueta de Mekele, las carreteras al norte, y una X marcada en el extremo occidental.
—¿Qué es? —preguntó Amara.
—Un mapa —respondió Hendaya—. Desta me lo dio. Hay un helicóptero.
—¿Dónde?
—Pista de aterrizaje privada. Al oeste de la ciudad.
Nadifa se acercó, tomó el mapa, lo examinó a la luz de las estrellas. Sus dedos siguieron las líneas dibujadas a lápiz.
—Seis kilómetros —dijo—. Campo abierto.
—¿Podemos llegar?
—Si no nos ven.
Las voces al otro lado del muro se intensificaron. Hendaya oyó el chirrido de una puerta metálica, el motor de un vehículo encendiéndose.
—Nos van a buscar —dijo Amara—. Toda la ciudad.
Hendaya guardó el mapa en su bolsillo. Miró el muro. Por un momento, quiso trepar de nuevo, bajar al patio, encontrar a Desta. Pero sabía que solo encontraría un cuerpo.
—Corramos —dijo.
Echaron a correr por la calle de tierra, esquivando baches y montones de basura. Las casas de adobe se alzaban a ambos lados, fachadas ciegas, ventanas tapiadas. No había luces. La ciudad dormía.
Nadifa lideraba, marcando el ritmo. Conocía las callejuelas, los pasadizos entre las casas, los puntos donde la sombra se hacía más densa.
Amara corría detrás, la costilla fisurada le ardía con cada zancada, pero el miedo podía más que el dolor.
Hendaya cerraba el grupo, mirando atrás cada pocos pasos.
Nadie los seguía. Aún.
Se adentraron en un laberinto de callejones. El olor a alcantarilla, a basura quemada, a comida rancia. Perros que gruñían desde los tejados. Ratas que cruzaban como sombras.