El acuífero del Infierno Capítulo 26 La Celda de los Condenados
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Capítulo 26 La Celda de los Condenados

—¿H ay alguien?

El eco rebotó contra el hormigón, se perdió en el corredor.

Hendaya esperó. Nada. Apretó el puño contra la puerta metálica; el frío del acero se le metió en los nudillos.

Giró la cabeza. Amara ocupaba un rincón, brazos cruzados, mirada perdida en las grietas del techo.

Desta estaba sentado, espalda contra la pared, las manos esposadas sobre las rodillas.

Nadifa seguía inmóvil desde que entraron, de pie junto a la pared del fondo, con la mirada fija en la única rendija de luz que entraba por una grieta vertical de tres centímetros.

—No esperes respuesta —dijo Desta sin levantar la cabeza—. Nos han metido aquí para olvidarnos.

—No —replicó Hendaya—. Nos han metido para que Whitaker decida cuándo sacarnos.

Amara levantó la vista. Tenía el labio partido, la comisura seca, una costra oscura. Su voz sonó como un hilo de alambre.

—Perdón. Yo los metí en esto.

Hendaya la miró. La celda medía cuatro pasos de largo, tres de ancho. El suelo era cemento pulido, manchado de pisadas viejas y círculos de humedad. En una esquina, un agujero en el suelo que olía a amoníaco y podredumbre.

—Perdón —repitió ella.

—Deja eso.

—Si no hubiera insistido en venir a la aldea, si no hubiera convencido a Nadifa…

—Si no hubiera sido por ti —cortó Hendaya—, estaríamos muertos en el salar, no en una celda. La celda es una mejora.

Amara abrió la boca para responder, pero no encontró las palabras. Nadifa seguía inmóvil, apoyada contra la pared, los brazos caídos a los costados, los dedos rozando el saquito de cuero que colgaba de su cintura.

—Todos elegimos —dijo Hendaya, y su voz sonó más cansada de lo que pretendía—. Yo elegí venir. Nadifa eligió guiarnos. Desta eligió traicionar a su ejército. No cargues con lo que no te pertenece.

—Yo no decidí que Montero fuera un traidor.

—No. Pero decidiste quedarte cuando pudiste haberte ido.

Amara negó con la cabeza, pero no discutió. Se llevó las manos a las rodillas, las apretó. Los dedos vendados dejaban ver manchas de sangre seca, marrones como óxido.

Desta se removió en su sitio. Las esposas tintinearon.

—¿De qué sirve esto? —preguntó—. Culparnos, perdonarnos. Da igual. Estamos aquí.

—No da igual —dijo Hendaya.

—¿No? —Desta alzó la cabeza. Tenía el ojo derecho hinchado, el pómulo amoratado, la camisa con un botón de menos.

El interrogatorio le había dejado marcas que no tenía la noche anterior—.

Han destruido mi carrera. Me han expulsado del ejército por traidor.

Si salgo de aquí, seré un hombre muerto.

No en sentido figurado. Whitaker tiene hombres en cada esquina de esta ciudad.

—Entonces no saldremos por la puerta principal.

—¿Y por dónde?

El silencio se espesó. Hendaya recorrió la celda con la mirada: cuatro paredes de hormigón armado, sin ventanas, una puerta de acero con una trampilla en la parte inferior, un techo de losa maciza. Un cubículo diseñado para que nadie saliera.

Nadifa se movió.

Se arrodilló junto a la pared del fondo, en la esquina opuesta al agujero del suelo. Pasó los dedos por el borde de una losa más oscura que las demás. La palpó con cuidado, como si buscara una costura.

—Aquí —dijo.

Hendaya se acercó. Desta también. Amara se levantó con esfuerzo, apoyándose en la pared.

—¿Qué hay? —preguntó Hendaya.

Nadifa no respondió. Introdujo los dedos entre la junta de la losa y el suelo, tiró. La piedra cedió unos milímetros, pero era pesada, demasiado para una sola persona.

Desta se arrodilló junto a ella. Metió las manos esposadas bajo el borde de la losa, hizo palanca con los antebrazos. Hendaya se colocó al otro lado, encontró un punto de apoyo con los dedos entumecidos, sintió el dolor del corte en la palma derecha al hacer fuerza.

—Ahora —dijo.

Los tres empujaron. La losa se levantó unos centímetros, después otros.

Hendaya sintió cómo el tendón del hombro se tensaba, cómo la herida en la nuca le recordaba que la tenía.

Siguieron hasta que la losa quedó apoyada contra la pared, dejando al descubierto un agujero cuadrado de medio metro de lado.

Del interior subió un olor a humedad subterránea, a tierra mojada, a algo que no había visto la luz en años.

Desta asomó la cabeza. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la oscuridad.

—Conducto de desagüe —dijo—. Huele a alcantarilla, pero es ancho.

—¿Ancho cuánto? —preguntó Hendaya.

Desta metió un brazo, después el hombro. Las esposas raspaban contra el cemento.

—Cincuenta centímetros de diámetro. Tal vez sesenta.

—¿Suficiente para una persona?

—Para una persona delgada. Sin equipaje.

Hendaya se asomó. El conducto descendía en diagonal, con una pendiente suave, y la oscuridad impedía ver el final. Calculó la distancia: desde el borde de la losa hasta el fondo, unos tres metros de caída libre. Luego el conducto giraba, probablemente hacia el exterior.

—¿Hacia dónde lleva? —preguntó.

Nadifa levantó la cabeza. Tenía el rostro cubierto de polvo fino, una capa gris que se acumulaba en las arrugas alrededor de sus ojos.

—Patio trasero —dijo—. He estado aquí antes. Cuando trajeron a los hombres de mi aldea.

—¿Cómo sabes que el conducto llega hasta allí?

—Lo sé. Lo vi una vez. Un perro pequeño salió por él.

Hendaya la miró. Nadifa no era mujer de suposiciones. Si decía que el conducto llegaba al patio, era porque había visto a un perro salir por él.

—Tres metros de caída —dijo—. Y luego un conducto estrecho. Podríamos pasar, pero no rápido. Y no todos a la vez.

Desta se apartó del agujero. Se sentó en el suelo y se frotó las muñecas donde las esposas le habían marcado la piel.

—Supongamos que logramos salir al patio. ¿Y luego? Estamos en el centro de Mekele. Whitaker tiene a media ciudad comprada.

—Saldremos de noche —dijo Hendaya.

—Y sin armas —añadió Desta.

—Y sin armas. Pero con tiempo.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—No lo sé. Depende de cuándo decida Whitaker que hemos dejado de ser útiles.

Amara se había sentado de nuevo, pero esta vez no miraba el techo. Miraba a Hendaya, y había algo en sus ojos que no era derrota. Era atención.

—Tal vez podamos usar el cableado del conducto —dijo Hendaya—. Hay un cable de cobre desnudo que recorre la pared. Si logramos cortocircuitarlo, podemos fundir el sistema de cierre de la celda.

—¿Y si viene un guardia antes? —preguntó Amara.

—Entonces tendremos que neutralizarlo.

Amara dudó un momento. Luego se llevó la mano al bolsillo interior de su chaqueta, donde guardaba el kit médico. Sus dedos vendados buscaron entre el material.

—Tengo cloroformo —dijo—. No mucho, pero suficiente para dejar a un hombre fuera de combate durante unos minutos.

Desta la miró, el ojo hinchado entrecerrado.

—¿Sabes usarlo?

—Soy médico. He sedado a pacientes para cirugías de campo. Esto no es diferente.

—Entonces tenemos un plan —dijo Hendaya—. Trabajamos en el conducto durante las próximas horas. A las cuatro y media, cuando el turno de noche esté más distraído, provoco el cortocircuito. La cerradura saltará, abrimos la puerta y escapamos por el conducto antes de que reaccionen.

—¿Y si el cortocircuito no funciona? —preguntó Amara.

—Entonces improvisaremos otra cosa. Pero tenemos que intentarlo.

Nadifa levantó la cabeza. Su voz sonó grave.

—Yo puedo vigilar el pasillo por la trampilla. Si veo que alguien se acerca, aviso.

—Bien —dijo Hendaya—. Entonces tenemos hasta las cuatro y media para preparar el cableado. Amara, busca algo con lo que pelar los cables. Desta, ayúdame a examinar el conducto.

Hendaya miró su reloj. Las ocho y cuarto de la tarde. Quedaban casi ocho horas.

—Ocho horas —dijo en voz alta—. Tenemos ocho horas para preparar una fuga que nos lleve al patio, de allí a la calle, y de la calle a un lugar donde no nos encuentren.

—Y luego —dijo Amara— necesitamos llegar a Adís Abeba.

—Si llegamos a la salida de Mekele —dijo Desta—, conozco a un hombre que nos lleva al sur. Pero no tendremos coche, no tendremos dinero, y Whitaker tendrá a todos sus hombres buscándonos.

—Entonces —dijo Hendaya— haremos que no nos busquen.

—¿Cómo?

—Whitaker cree que estamos derrotados. Que no tenemos salida. Que nos ha ganado. No sabe lo del conducto. No sabe lo del cortocircuito. No sabe que todavía tenemos los documentos.

Hendaya se tocó el bolsillo interior de la chaqueta.

La carpeta seguía ahí, doblada, manchada de sudor, pero intacta.

Los papeles que Desta le había entregado antes de la detención.

Los informes, las transferencias, los nombres.

Todo lo que necesitaban para demostrar que Aquifer Global no era una empresa humanitaria, sino una operación de saqueo.

—Los documentos son nuestra única arma —dijo—. Si llegamos a Adís Abeba con esto, podemos ir a la prensa. A la ONU. A quien quiera escuchar.

—Y si no llegamos —dijo Desta—, Whitaker se habrá librado de todos los testigos y los papeles desaparecerán con nosotros.

Nadifa se levantó. Sacudió el polvo de la túnica, se ajustó el pañuelo sobre la cabeza. Tenía los ojos brillantes, no de lágrimas, sino de una cólera contenida que solo se liberaba en los gestos pequeños.

—Yo no pienso morir aquí —dijo—. He cruzado Danakil quince veces. He visto morir a mis hermanos en las minas de sal. No voy a pudrirme en esta celda esperando que un blanco con traje decida cuándo matarme.

Hendaya la observó. Había algo en la forma en que lo dijo, en la seguridad de sus hombros, en la manera en que sujetaba el saquito de cuero, que le recordó a los soldados con los que había servido en Bosnia. Gente que no tenía nada que perder.

—Entonces lo haremos —dijo Hendaya—. Esperamos a las cuatro y media. Cuando el cortocircuito funda la cerradura, salimos, atravesamos el patio, saltamos el muro, y corremos.

—¿Hacia dónde? —preguntó Amara.

—Hacia el sur. Hacia la carretera. Después decidiremos.

—Cuatro y media —repitió Desta—. ¿Y si alguien nos descubre antes?

—Amara tiene el cloroformo. Y nosotros tenemos las manos. Improvisaremos.

Nadifa asintió una vez.

—Lo haremos.

El silencio volvió a caer, pero esta vez no era el silencio de la derrota. Tenía otra textura, hecha de respiraciones contenidas, de miradas que se encontraban y se separaban, del roce de los dedos contra el cemento.

Hendaya buscó el interior de su chaqueta. Tocó el borde de la carpeta, sintió el papel áspero bajo los dedos. Los documentos. El testimonio de Iñaki. Las coordenadas. Las transferencias bancarias. Todo lo que necesitaban para llevar a Whitaker ante un tribunal.

Si lograban salir.

Si el cortocircuito funcionaba.

Si nadie los descubría antes de las cuatro y media.

Demasiados si.

Hendaya cerró los dedos alrededor de la carpeta y sintió cómo la hinchazón de los nudillos se lo impedía.

El corte en la palma derecha le ardía, una punzada constante que se negaba a desaparecer.

Recordó el momento en que Whitaker se había ido del interrogatorio, la sonrisa fría, el traje impoluto, la forma en que había dicho «Mañana al amanecer, oficial», sin mirar a nadie.

Mañana al amanecer.

Hendaya levantó la cabeza.

—Desta —dijo—. ¿Cuándo dijo el oficial que vendrían a buscarnos?

Desta parpadeó. Tenía la mirada perdida, pero se recompuso.

—No lo dijo. Pero Whitaker habló de que era urgente. Que no podía haber retrasos.

—¿A qué hora es el amanecer en Mekele?

—Sobre las seis —respondió Desta—. Pero empieza a clarear a las cinco y media.

Hendaya miró el reloj. Las ocho y veinte. Faltaban nueve horas para el amanecer.

—El cortocircuito a las cuatro y media —dijo—. Eso nos da una hora para salir del perímetro antes de que amanezca.

—Puede funcionar —dijo Amara.

—Puede —repitió Hendaya—. Pero depende de que nadie nos vea. De que el cortocircuito funda la cerradura a tiempo. De que Whitaker no haya adelantado la ejecución.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Hendaya no respondió. Se llevó la mano al bolsillo del pantalón, sacó el puñado de arena que Nadifa le había dado antes de la detención. La arena sagrada de Danakil. La apretó contra la palma herida y sintió cómo los granos se clavaban en la carne viva.

—Porque Whitaker no es tonto —dijo por fin—. Y sabe que mientras estemos vivos, somos un peligro.

Nadifa se acercó a él. Le tocó la mano, la que sostenía la arena.

—Guárdala —dijo—. La necesitaremos.

Hendaya obedeció. Devolvió la arena al bolsillo, notó el peso mínimo, el roce del cuero contra la tela del pantalón.

Amara se levantó. Fue hasta la losa levantada, se arrodilló y asomó la cabeza al conducto.

—Huele a humedad —dijo—. Pero no a estancada. El aire corre.

—Significa que el conducto está abierto por el otro lado —dijo Desta—. Si el aire circula, hay salida.

—¿Crees que podemos pasar?

—Tú y Nadifa sí —dijo Hendaya—. Desta y yo somos más grandes. Puede que nos quedemos atascados.

—Entonces iremos primero las mujeres —dijo Nadifa—. Si llegamos al patio, buscaremos algo con lo que abrir el muro.

—No hay muro —dijo Desta—. Es una valla metálica. Oxidada. Puede saltarse.

Nadifa asintió.

—¿Y luego? —preguntó Amara.

—Luego corremos —dijo Hendaya—. Sin mirar atrás. Sin detenernos. Hasta que estemos fuera de Mekele.

—¿Y si nos separan?

—Entonces cada uno por su cuenta. Pero el punto de encuentro es la carretera de Adís Abeba. El primer pueblo al sur. Si llegamos allí, preguntamos por la clínica de MSF. Alguien nos ayudará.

Desta emitió un sonido que podía ser una risa amarga o un gruñido.

—Todo esto suponiendo que el cortocircuito funcione.

—El cable está bien pelado —dijo Nadifa.

—¿Cómo puedes estar segura?

Nadifa lo miró a los ojos, y Desta no desvió la mirada. Ella habló en voz baja, sin énfasis, como si estuviera enumerando hechos.

—Porque he visto cables como este en las minas.

Cuando los tocas con las manos mojadas, el calambre te sacude hasta los huesos.

Pero si los unes con cuidado, la chispa salta y el interruptor se funde.

He visto a un hombre fundir el sistema de ventilación de una mina entera con un solo contacto. Esto no es más complicado.

Desta sostuvo la mirada un momento más, después asintió.

—Está bien —dijo—. Esperaremos.

Hendaya se sentó en el suelo, apoyó la espalda contra la pared. El hormigón estaba frío, pero el aire de la celda era denso, pesado, cargado del olor de los cuerpos encerrados.

Miró el reloj. Las ocho y veinticinco.

Quedaban ocho horas.

Ocho horas para prepararse para lo que podría ser su única oportunidad de salir vivos de Mekele.

Amara se sentó a su lado. No dijo nada, pero Hendaya sintió su presencia, el calor de su hombro rozando el suyo.

Nadifa se había quedado junto al agujero, vigilando. Desta, en la esquina opuesta, con los ojos cerrados, las manos esposadas sobre las rodillas.

El silencio volvió.

Pero esta vez, Hendaya supo que no estaban esperando la muerte.

Estaban esperando el momento de demostrar que Whitaker se había equivocado.

Las ocho y veintiséis.

Las ocho y veintisiete.

El tiempo pasaba.

Y la celda seguía en silencio.