El acuífero del Infierno Capítulo 25 El Falso Clímax
81%

Capítulo 25 El Falso Clímax

E l sol salió como una brasa sobre el borde del salar. Hendaya parpadeó, sintió la costra de sal en los párpados, el peso de la noche sin sueño. Habían soltado los camellos al amanecer, demasiado exhaustos para continuar. Los dos kilómetros finales los hicieron a pie.

A veinte metros, la silueta de Mekele comenzaba a tomar forma: tejados de chapa ondulada, una antena de telecomunicaciones, el minarete de una mezquita.

—Ya está —dijo.

Nadifa levantó la cabeza. Amara se incorporó apoyándose en un codo. Desta seguía de pie junto al fuego apagado, el fusil colgado al hombro, la mirada perdida en la línea gris del horizonte.

—Todavía faltan dos horas —dijo.

—Dos horas —repitió Hendaya.

Se puso en pie. La rodilla derecha protestó, el hombro izquierdo también. La venda en la palma derecha estaba negra de sangre seca. La apretó con los dientes y empezó a caminar.

Oyó a Amara levantarse, a Nadifa recoger el saco. Desta no dijo nada, pero Hendaya sintió sus pasos. Cuatro sombras caminaban hacia la civilización.

La carretera apareció primero como una línea más oscura en la tierra, luego como una cinta de asfalto agrietado. Había huellas de camiones, marcas de neumáticos recientes. Un poste eléctrico inclinado sostenía un cable que colgaba hasta el suelo.

Hendaya se detuvo. Respiró hondo. Olía a gasóleo, basura quemada, el hedor dulzón de un vertedero. A humanos.

—Vamos —dijo.

Caminaron por el arcén. Los edificios crecían lentamente: primero chabolas de adobe y chapa, luego casas de bloques de cemento, finalmente un muro de hormigón coronado por alambre de espino. Un cartel decía, en amárico e inglés: Bienvenidos a Mekele .

Hendaya sonrió. Apenas una mueca, casi imperceptible, pero era una sonrisa.

—Lo hicimos —susurró Amara.

Pero Desta no sonreía. Miraba la carretera vacía, el polvo que se levantaba al este, el silencio de la mañana. No había tráfico. No había peatones. Solo el viento y el cartel oxidado.

—Algo va mal —dijo.

El jeep apareció de detrás de una gasolinera abandonada. Un vehículo militar, pintado de verde oliva, con una antena de radio en el techo y tres soldados dentro. Frenó en medio de la carretera, bloqueando el paso.

Hendaya se detuvo. Desta dio un paso al frente.

El oficial bajó del jeep. Un hombre de unos cuarenta años, de rostro cuadrado, gafas oscuras, galones de capitán en el cuello. Llevaba una pistola en el cinturón, la mano apoyada en la culata.

—Alto —dijo en amárico.

Desta respondió. Intercambiaron palabras rápidas, cortantes. El oficial no se movió. Desta sacó la placa, se la mostró. El oficial la miró, luego miró a Desta, luego al grupo.

—¿Problemas, mi capitán? —preguntó Hendaya en inglés.

Desta no respondió. El oficial habló por radio. Las palabras eran inaudibles, pero el tono era el mismo. Escuchó, asintió, volvió a mirarlos.

—Acompañen —dijo en inglés.

—¿Adónde? —preguntó Amara.

El oficial no respondió. Señaló el jeep con la cabeza.

—Suban.

Antes de subir, Hendaya sintió un roce en el codo. Desta se inclinó, fingió ajustarse la bota, y susurró en inglés:

—Los documentos están en tu bolsillo interior. Yo no puedo llevarlos.

Hendaya no respondió. Subió al jeep. Sintió el bulto de los papeles contra el pecho, el peso de la responsabilidad que Desta le transfería. No preguntó cuándo los había pasado. No hacía falta.

La comisaría era un edificio de dos plantas, pintado de blanco desconchado, con barrotes en las ventanas y un mástil sin bandera en el patio. Los soldados los hicieron bajar del jeep a empujones, los condujeron al interior.

Hendaya sintió el frío del suelo de cemento, el olor a sudor rancio y lejía barata. Un pasillo largo, puertas de metal, una luz fluorescente que parpadeaba.

Los separaron.

A Hendaya lo metieron en una sala sin ventanas, con una mesa de madera y dos sillas. La puerta se cerró con un golpe metálico. Se quedó solo.

Esperó.

Pasaron cinco minutos. Diez. Oyó pasos al otro lado de la puerta, voces ahogadas, el ruido de una radio. No oyó a Amara. No oyó a Nadifa. No oyó a Desta.

La puerta se abrió.

El oficial entró solo, sin escolta. Cerró la puerta tras de sí, se sentó frente a Hendaya, apoyó los codos en la mesa. Se quitó las gafas de sol.

Tenía los ojos cansados, bolsas oscuras debajo, una cicatriz blanca cruzando el arco de la ceja izquierda.

—Usted es Saúl Hendaya.

Afirmación, no pregunta.

—Sí.

—Ingeniero hidrólogo.

—Sí.

—Español.

—Sí.

El oficial asintió, como si confirmara algo que ya sabía. Sacó un expediente de una carpeta, lo abrió. El papel crujió.

—Se le acusa de sabotaje a una instalación minera, homicidio, colaboración con grupos insurgentes eritreos, y espionaje industrial.

—Eso es mentira.

El oficial no levantó la vista.

—Trabajaba para Aquifer Global. ¿Correcto?

—Fui secuestrado. Me obligaron a trabajar.

—Destruyó la plataforma de extracción al sur de la llanura de sal.

—Estaba envenenando el acuífero. Había uranio en el agua. Litio. Productos químicos. Iba a matar a miles de personas.

El oficial lo miró. Sus ojos no reflejaban sorpresa ni interés. Solo fatiga.

—Eso no es lo que dice su empleador.

—No es mi empleador. Whitaker me secuestró. Montero también. Ellos son los criminales.

—El Sr. Whitaker ha presentado una denuncia formal. Dice que usted robó información confidencial, sobornó a los empleados locales, y huyó con documentos de la empresa.

—Son los documentos que prueban lo que estoy diciendo. Los tengo aquí —Hendaya se tocó el bolsillo interior, sintió el borde de los papeles contra los dedos—. Desta también tenía copias.

El oficial no se inmutó.

—El Capitán Desta Haile ha sido dado de baja del ejército etíope por traición.

Hendaya apretó los dientes con tanta fuerza que sintió el latido en las sienes. La sangre le golpeó detrás de los ojos.

—¿Qué?

—Esta mañana temprano. Orden directa del Cuartel General en Adís Abeba. Se le acusa de colaborar con saboteadores extranjeros y de haber desobedecido órdenes directas.

—Eso es porque Whitaker los sobornó. A todos. A usted también, probablemente.

El oficial se levantó. Dio la vuelta a la mesa, se colocó detrás de Hendaya.

—No sabe de lo que habla —dijo.

El puño cayó en la nuca. Hendaya sintió el impacto en la base del cráneo, el dolor que subía por la columna, el sabor a sangre en la boca.

Cayó al suelo, rodó, se protegió la cabeza con los brazos.

Al girar, sintió el bulto de los documentos contra el pecho, y los apretó instintivamente contra su cuerpo, protegiéndolos.

El oficial lo levantó por el cuello de la camisa, lo empujó contra la pared.

—Confiese que trabajaba para la guerrilla eritrea.

—No —dijo Hendaya.

El puño volvió a golpear. Esta vez en el costado, justo donde las costillas ya estaban resentidas. Hendaya tosió, escupió saliva con sangre.

—Confiese.

—No.

Otra vez. El hombro izquierdo. La pierna derecha. Hendaya cayó, se encogió, esperó. La mano derecha aún presionaba el bolsillo donde dormían los documentos.

El oficial dejó de golpear. Se arregló la chaqueta, volvió a la mesa, se sentó.

—Tiene quince minutos para pensar —dijo.

Salió. La puerta se cerró.

Hendaya se quedó en el suelo, respirando con dificultad. El dolor crecía, se extendía, se convertía en una conciencia única que llenaba todo su cuerpo.

Compró la mina, compró el país. Apretó la mandíbula. La ley no servía de nada.

Se sentó. Apoyó la espalda contra la pared. Miró sus manos: sucias, vendadas, temblorosas. Se llevó la mano al pecho. Los documentos seguían ahí. Desta se los había pasado en el momento justo, antes de ser separados.

Tenía quince minutos.

Pensó en Amara, en Nadifa, en Desta. No sabía dónde estaban. No sabía si las habían golpeado. No sabía si seguían vivas.

Pensó en Whitaker. Lo imaginó en su despacho, llamando por teléfono, moviendo los hilos. Limpio, impecable, intocable.

No importa lo que digas. No importa lo que tengas. No importa la verdad. Porque él tiene el poder. Y el poder siempre gana.

La puerta se abrió.

Un soldado entró, lo agarró del brazo, lo levantó. Hendaya se dejó llevar.

Pasillo, luz fluorescente, escaleras, otra puerta. La celda.

Era pequeña, de cuatro por cuatro, con bancos de cemento a los lados y un agujero en el suelo para el agua. Olía a orina y desinfectante.

Amara estaba sentada en un banco, las manos vendadas sobre las rodillas. Tenía una marca roja en la mejilla derecha, un corte en el labio.

—¿Estás bien? —preguntó Hendaya.

—Estoy viva.

Nadifa estaba en el otro banco, la mirada fija en la pared, los brazos cruzados. No parecía herida, pero su silencio lo decía todo.

La puerta se cerró. El soldado se fue.

Hendaya se sentó junto a Amara. Sintió el contacto del hombro, el calor del cuerpo.

—¿Dónde está Desta? —preguntó.

—No lo sé.

—¿Te han interrogado?

—Sí. No he confesado nada.

—Yo tampoco.

—No importa —dijo Nadifa sin mirarlos—. No van a soltarnos. Van a matarnos.

Amara no respondió.

Hendaya cerró los ojos. El cansancio lo aplastó contra el banco.

No hay salida. No hay esperanza.

Pero no lo dijo. No hacía falta.

La puerta se abrió de golpe.

Desta entró tambaleándose, empujado por un soldado. Iba esposado, con el labio partido y un hematoma creciendo en el pómulo izquierdo. Le faltaba un botón de la camisa.

El soldado lo empujó hacia el centro de la celda. Desta cayó de rodillas, se levantó lentamente, se sentó en el banco frente a ellos.

—Desta —dijo Hendaya.

—Escucha —respondió sin mirarlo—. Tengo que decirte algo.

Su voz era un hilo ronco.

—Me han dado de baja. Soy un hombre muerto aquí.

Amara abrió la boca, pero no salió ninguna palabra.

—Whitaker habló con Adís —continuó Desta—. Mi nombre está en una lista. Saboteador. Traidor. No hay vuelta atrás.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Hendaya.

—El oficial me lo dijo. Antes de golpearme. Quería que lo supiera antes de que él llegara.

—¿Quién?

Desta levantó la cabeza. Sus ojos negros brillaban en la penumbra.

—Whitaker. Viene desde Adís. En helicóptero.

Nadifa se levantó de un salto.

—¿Cuándo?

—Ahora. Esta mañana.

El silencio se endureció. Nadie respiró durante lo que pareció un minuto entero.

Hendaya miró a Desta. Miró sus esposas, su rostro hinchado, su orgullo roto. Llevó la mano al bolsillo interior, donde los documentos seguían presionando contra su pecho.

—Lo siento —dijo Hendaya.

Desta sonrió con amargura.

—No tienes que sentir nada. Yo sabía lo que hacía cuando decidí ayudarlos. Sabía el precio.

—¿Y aun así lo hiciste?

—Era lo correcto.

Desta no añadió nada más. El ruido del helicóptero, aún lejano, empezó a colarse por las rendijas de la celda.

El ruido llegó como un zumbido lejano, se hizo bateo rítmico, y finalmente estruendo de helicóptero acercándose.

Hendaya abrió los ojos. El zumbido creció, se hizo martilleante, sacudió las paredes de la celda.

—¿Qué es eso? —preguntó Amara.

Nadifa se levantó, se acercó a la puerta, miró por la rejilla.

—Un helicóptero —dijo—. Aterriza en el patio.

Hendaya se puso en pie. Sintió el dolor en las costillas, en el hombro, en la nuca. Se apoyó en la pared.

—¿De quién?

—No sé.

El motor se apagó. El silencio volvió, más denso que antes. Oyó puertas que se abrían, pasos en el pasillo, voces.

La llave giró en la cerradura.

La puerta se abrió.

El oficial de antes estaba allí, rígido, pálido. No los miró. Apartó la mirada.

—Salgan.

—¿Adónde?

—El Sr. Whitaker quiere verlos.

Hendaya sintió la sangre en los oídos.

Whitaker.

Los condujeron por el pasillo, hacia atrás, hacia una puerta que daba al patio. La luz del sol los cegó. Hendaya parpadeó, vio la silueta del helicóptero, negro, sin marcas, las aspas aún girando lentamente.

Junto al helicóptero, dos hombres con traje oscuro y gafas de sol. Y entre ellos, una figura más alta, de cabello rubio canoso, traje azul marino, manos en los bolsillos.

Whitaker sonrió.

—Señor Hendaya —dijo—. Qué alegría volver a verlo.

Hendaya no respondió.

Los guardias se apartaron. Whitaker caminó hacia ellos, se detuvo a un metro de distancia. Miró a los tres: Hendaya, Amara, Nadifa. Luego miró a Desta, que salía esposado detrás.

—Capitán Haile —dijo Whitaker—. Ha hecho una elección interesante.

—La única posible —respondió Desta.

—Veremos.

El oficial de la comisaría se mantenía atrás, los brazos cruzados, la cabeza baja.

—Les di una oportunidad —dijo Whitaker—. Podrían haberse ido, haberse olvidado, haber vivido. Pero no. Tuvieron que meterse donde no los llamaban.

—Estabas envenenando el agua —dijo Amara.

—Estaba explotando un recurso natural. Como hacen todos. Como hicieron sus países durante siglos. Pero de repente, cuando lo hace una empresa privada, es un crimen.

—Miles de personas iban a morir.

—Centenares de miles iban a tener electricidad. Empleo. Agua potable. Todo tiene un coste, doctora. Usted ha jurado salvar vidas. Yo también. A mi manera.

—Tú no salvas vidas. Compras políticos.

Whitaker sonrió de nuevo. Se volvió hacia Hendaya.

—Usted lo entiende —dijo—. Usted ha visto el mundo. Sabe que no hay buenos ni malos. Solo intereses.

—Hay buenos y malos.

Whitaker negó con la cabeza.

—Lástima. Creí que era más inteligente.

Hizo un gesto. Los hombres de traje avanzaron.

—Van a desaparecer en una celda de máxima seguridad —dijo Whitaker, su voz perdiendo toda calidez—. Nadie sabrá que existieron. Esta vez no hay cheque. Solo un agujero en el desierto.

El helicóptero esperaba. Los hombres esperaban. El sol caía a plomo sobre el patio de cemento.

Hendaya miró a Amara. Miró a Nadifa. Miró a Desta.

Miró a Whitaker.

—Solo hay una cosa que quiero decirle.

—Dígame.

Hendaya escupió.

La sangre y la saliva cayeron sobre el traje azul marino, sobre la corbata de seda, sobre el alfiler de oro.

Whitaker no se movió.

Miró la mancha, luego a Hendaya. Su sonrisa desapareció.

—Llévenselos —dijo.

Los hombres de traje avanzaron. Agarraron a Hendaya por los brazos, lo arrastraron hacia el interior de la comisaría. Detrás, oyó a Amara forcejear, a Nadifa maldecir en afar, a Desta decir algo en amárico que sonó a insulto.

La puerta de la celda se cerró.

El ruido de las aspas del helicóptero se elevó, se hizo más intenso, y comenzó a alejarse.

Hendaya se quedó en el suelo de cemento, la mejilla apoyada contra la losa fría, escuchando el sonido que se desvanecía.

Whitaker se iba.

Pero ellos se quedaban.

—No hay salida —dijo Nadifa.

Hendaya cerró los ojos. Los dedos encontraron el borde de los documentos en el bolsillo interior. El papel crujió bajo su presión.

—Todavía tenemos los documentos —dijo.

—¿De qué sirven? —preguntó Amara.

Hendaya no respondió.

Afuera, el helicóptero se perdió en el horizonte.

La celda se quedó en silencio.