El acuífero del Infierno Capítulo 24 Agua en la Arena
78%

Capítulo 24 Agua en la Arena

C aminaban hacia el este desde hacía tres horas cuando el lecho seco apareció ante ellos.

Hendaya lo vio primero: una cicatriz blanquecina que cruzaba la llanura de norte a sur, como una vena petrificada en la piel del desierto. Los bordes del cauce estaban marcados por árboles muertos, retorcidos, con las raíces al aire buscando una humedad que ya no existía.

Se detuvo. El sol caía oblicuo, alargando las sombras. Calculó: quince minutos de luz antes del crepúsculo. Quince minutos para decidir.

—Aquí.

Los otros se detuvieron. Desta dejó caer la mochila al suelo con un golpe sordo que levantó polvo.

Su respiración era pesada, pero no dijo nada.

Ya no protestaba. Había entrado en ese estado de resistencia muda que Hendaya reconocía de la legión: el momento en que el cuerpo se rinde pero la voluntad no.

—¿Qué? —preguntó Amara.

Hendaya se arrodilló. Pasó la mano sobre la superficie del lecho. La tierra estaba dura, agrietada, formando polígonos irregulares como piel de reptil. Pero al raspar notó algo: una humedad apenas perceptible bajo la primera capa. Fresca. Viva.

—Hay que cavar.

Nadifa se acercó sin prisa. Observó el lecho, movió la cabeza. Miró el sol, luego a Hendaya. Sus ojos marrón claro se entrecerraron. No dijo nada, pero su gesto hablaba de horas perdidas en pozos secos. De generaciones de afar que habían cavado en este mismo lugar y encontrado solo polvo.

—¿Cuánto? —preguntó Amara. La voz le salió áspera, cascada. Su lengua asomó para humedecer los labios partidos.

—Tres metros. Quizás menos.

Desta escupió. La saliva le cayó densa, blanca, y se absorbió en la tierra sin dejar rastro.

—¿Y si no hay nada?

—Hay. —Hendaya señaló las grietas, luego los árboles muertos a cincuenta metros—. Los árboles crecen donde hay agua cerca. Sus raíces bajan hasta la capa freática. Los mató la sequía, pero el agua sigue ahí abajo. Enterrada.

Nadifa siguió su mirada. Estuvo un momento en silencio, evaluando. Luego se acercó a uno de los troncos, pasó la mano por la corteza reseca, arrancó un fragmento. Lo olió. Lo mordió con los dientes.

—Seco —dijo—. Dos años. Quizás tres.

—Pero las raíces llegaban hondo —respondió Hendaya—. Si el agua se fue, volverá. La capa freática no desaparece; baja. Hay que llegar más profundo.

Ella lo miró. Asintió una vez.

Amara se dejó caer de rodillas. Tenía las manos vendadas con jirones de tela, las uñas rotas. La sangre había empapado la venda de la derecha, formando una mancha oscura que se extendía.

—¿Con qué cavamos?

Hendaya ya había empezado a quitarse la camisa. La tela estaba sucia, sudada, pero resistía. La dobló con cuidado, la colocó sobre el suelo como marca.

—Con las manos. Con piedras. Con lo que tengamos.

Desta soltó una risa sin alegría. Un sonido seco, sin humor.

—Somos soldados, no mineros.

—Pues conviértete en minero o muere de sed.

El capitán lo miró fijo. Sus ojos negros, penetrantes. Durante un instante, Hendaya pensó que iba a discutir. Pero Desta se limitó a apretar la mandíbula y arrodillarse.

—Nadifa. Busca piedras planas. Las más grandes que puedas cargar.

La mujer afar se movió sin responder. Ya caminaba hacia un afloramiento rocoso a cien metros, sus pasos seguros sobre la grava. Su cuerpo fibroso se movía con una economía que Hendaya reconoció: la sabiduría de quien ha gastado toda su vida en terreno hostil.

Desta registró las alforjas mientras los camellos resoplaban. Tres cantimploras de plástico, medio llenas. Una más que la de Nadifa. Cuatro en total. Las colocó en el suelo, alineadas, como si contar recipientes pudiera multiplicar el agua.

—Tenemos esto —dijo—. Y lo que encontremos.

Hendaya asintió. Empezó a cavar. La capa superficial era dura como cemento, compactada por años de sol y viento.

Al principio los dedos resbalaban, arañando la superficie sin penetrarla.

Apretó los dientes, clavó las uñas, hizo palanca.

Sintió el dolor en la palma derecha, donde la navaja le había abierto un corte días atrás.

La herida se abrió de nuevo; notó el líquido caliente deslizándose entre sus dedos.

A diez centímetros, la tierra se volvió más suelta. Más arenosa. Los dedos entraron con facilidad, y empezó a arrancar terrones con ambas manos, lanzándolos a un lado. El ritmo era torpe al principio, pero encontró el compás: cavar, arrancar, apartar. Cavar, arrancar, apartar.

—Tienes que ensanchar —dijo Nadifa.

Regresaba cargando tres piedras planas de casi medio metro cada una. Las dejó caer al borde del hoyo con un golpe sordo.

—Ensancha. Si haces un agujero estrecho, se derrumbará.

Asintió. No había pensado en eso. Ella tenía razón. El pozo necesitaba paredes inclinadas, un cono invertido que sostuviera el peso de la tierra.

—Ensanchamos a metro y medio de diámetro. Luego bajamos en vertical.

Amara se arrodilló al borde del hoyo, observando.

—Déjame ayudarte.

—No. —Siguió cavando sin mirarla—. Espera. Cuando esté más abajo, turnos de quince minutos. Pero ahora necesito sentir la tierra.

Ella obedeció. Retrocedió, se sentó sobre la mochila. Observó.

Los dedos de Hendaya se movían como palas, clavándose en la tierra, arrancando terrones. El agujero creció lentamente, primero en anchura, luego en profundidad. A los treinta centímetros, la tierra cambió de color: de gris claro a marrón oscuro. Más húmeda.

Desta se arrodilló al otro lado del hoyo y empezó a cavar en silencio.

Sus manos grandes y callosas arrancaban tierra a paladas rápidas.

El ritmo era militar, preciso. No hablaba.

Cada golpe era de rabia contenida. Nadifa sugirió aminorar, pero Desta la ignoró.

Pronto relevó a Hendaya, y luego llegó el turno de la afar, que cavaba con movimientos cortos y ancestrales.

Amara intentó ayudar, pero sus manos vendadas sangraban y Hendaya la detuvo.

El sol se ponía; el agujero medía ya casi metro y medio de ancho a dos metros de profundidad.

Las piedras de contención sostenían la pared más débil.

Oyó el murmullo de Desta arriba.

—¿Cuánto falta?

—No sé. Cerca.

—Hace dos horas que dices lo mismo.

—Porque hace dos horas que estoy cerca.

Desta gruñó algo que nadie entendió. Luego se oyó el ruido de sus botas sobre la grava, alejándose.

Hendaya siguió cavando. La tierra cambiaba. Cada vez estaba más húmeda. Ahora los terrones salían pegajosos, con un olor a arcilla que le llenaba la nariz de un perfume antiguo, mineral.

Sin aviso, la pared del pozo se movió.

Fue un sonido sordo, un crujido que Hendaya sintió en los huesos antes de oírlo. Levantó la cabeza justo a tiempo para ver cómo la tierra se desmoronaba en la pared este, una cascada de arena y piedras que caía hacia el fondo.

—¡Cuidado!

La voz de Nadifa, aguda, cortante. Pero no era a él a quien advertía.

Hendaya giró. Nadifa estaba en la pared opuesta, colocando otra piedra. La tierra se desprendía sobre ella, un alud de grava que la golpeó en los hombros. Ella perdió el equilibrio, empezó a caer hacia atrás.

Se lanzó.

El movimiento fue instintivo, sin meditarlo. Extendió el brazo, agarró el antebrazo de Nadifa, sintió la piel áspera bajo sus dedos. Dio un tirón. La mujer afar chocó contra su pecho, y ambos cayeron al fondo del pozo, revolcados entre la tierra que seguía desprendiéndose.

—¡Fuera! —gritó Hendaya.

Empujó a Nadifa hacia la pared opuesta, la que aún se mantenía firme. La grava seguía cayendo, formando una lengua de tierra que amenazaba con enterrarlos. Tosiendo, el polvo le llenaba la boca, los ojos.

Amara apareció arriba, su rostro recortado contra el cielo anaranjado.

—¡Saúl!

—Estamos bien —respondió, pero la voz le salió ronca, apenas audible—. Bajen una cuerda.

Desta apareció al lado de Amara. Miró abajo, evaluó la situación. En un movimiento rápido, descolgó una de las cuerdas que llevaban enrolladas en la mochila. La lanzó al fondo.

—¡Sujétense!

Nadifa agarró la cuerda primero. Hendaya la ayudó a atarla a su cintura, sintiendo las manos temblorosas de ella.

—Tira —dijo.

Desta tiró. Nadifa ascendió, sus pies buscando apoyo en las paredes del pozo. Cuando llegó arriba, rodó sobre el borde y quedó tendida en el suelo, tosiendo polvo.

Hendaya agarró la cuerda. Dio un tirón para asegurarse. Empezó a subir.

Sus brazos temblaban por el esfuerzo. Los dedos, ensangrentados, apenas podían sostener el peso. Pero subió, metro a metro, hasta que las manos de Desta lo agarraron de los hombros y lo izaron sobre el borde.

Rodó sobre el suelo. Jadeó. El cielo giraba sobre él.

—Estás sangrando —dijo Amara.

Hendaya bajó la mirada. La palma derecha, el corte abierto, goteaba sangre sobre la tierra.

—No es nada.

—No es nada —dijo Amara. Se arrodilló, tomó su mano, examinó la herida—. Necesitas puntos.

—No tenemos hilo. Ni agujas. Véndalo y listo.

Ella apretó los labios. Sacó un pañuelo del bolsillo, lo rasgó en tiras. Vendó la mano de Hendaya con cuidado, apretando lo suficiente para detener la hemorragia.

—Más despacio —dijo Nadifa, incorporándose—. Apuntalen con piedras.

Asintió. Se puso de rodillas, miró el pozo. La pared este se había derrumbado, pero el resto se mantenía firme.

—Necesitamos más piedras.

Desta ya estaba caminando hacia el afloramiento rocoso. Regresó cinco minutos después cargando cuatro losas más. Las colocaron alrededor del borde, formando un anillo de contención.

—Ahora —dijo Hendaya—. Bajamos con cuidado. Yo primero.

El fondo del pozo estaba a tres metros.

Hendaya descendió lentamente, sintiendo las paredes húmedas rozarle los hombros. El olor a tierra mojada era intenso, casi abrumador. En la oscuridad del fondo, sus manos tocaron barro. Barro líquido.

Se detuvo.

Metió la mano con cuidado, sintió la textura. Arcilla húmeda. Mojada. Empapada.

—Agua —susurró.

—¿Qué? —la voz de Amara, tensa.

—Agua.

Oyó los pasos arriba, las voces entrecortadas. Alzó la cabeza y vio los rostros asomados al borde del pozo. Desta, Amara, Nadifa. Los tres mirando hacia abajo, hacia él.

Hundió ambas manos en el barro. Lo apretó, sintió cómo el agua rezumaba entre sus dedos. Lo levantó, lo mostró.

El barro chorreaba.

—Hay agua. No mucha. Pero hay.

—¿Es potable? —preguntó Amara.

—Salobre. Pero filtrada, sí.

—¿Con qué?

Hendaya se sentó en el fondo del pozo, apoyando la espalda contra la pared que no se había derrumbado. Señaló su camisa, doblada en el suelo.

—Con eso. Y carbón.

—¿Carbón?

—Quema un poco de hierba seca. Las primeras brasas. Las machacamos.

Nadifa ya estaba buscando ramas secas entre los arbustos muertos. Desta sacó su navaja, cortó algunas.

—¿Y el filtro? —preguntó Amara.

—La camisa. Se lava con un poco de agua, se coloca sobre la cantimplora. El carbón encima. El agua pasa, el carbón retiene lo peor.

Amara movió la cabeza, incrédula.

—¿Dónde aprendiste eso?

—Legión. En el desierto, aprendes o mueres.

Ella no preguntó más.

Encendieron un pequeño fuego con las ramas secas. Nadifa avivó las llamas con su aliento, cuidando que no se alzaran demasiado. Las brasas brillaron en la penumbra, naranja y rojo contra el cielo que se oscurecía. En pocos minutos, las brasas estuvieron listas.

Hendaya tomó un puñado, lo machacó sobre una piedra plana hasta convertirlo en polvo negro. El carbón se mezcló con la sangre seca de sus dedos, formando una pasta oscura.

—Vale. Ahora el agua.

Volvió al borde del pozo. Miró abajo. El barro empezaba a acumularse en el fondo, un charco turbio que reflejaba las últimas luces del día.

—Una cantimplora —dijo.

Amara cogió una de las tres que habían encontrado en las alforjas. Hendaya la vació en otra, dejando solo unos sorbos para no desperdiciar.

Colocó la camisa extendida sobre la boca de la cantimplora, la sujetó con una cuerda que Nadifa le pasó. Espolvoreó el carbón molido sobre la tela.

—Bajadme.

Desta lo izó con la cuerda. Bajó de nuevo al pozo, sintiendo las paredes húmedas rozarle los hombros. En el fondo, hundió la cantimplora en el barro. El agua rezumó lentamente, llenando el recipiente con un líquido turbio, marrón.

—Ya.

Subió. Colocó la cantimplora invertida sobre una piedra, esperando que el agua pasara por el filtro improvisado. Las primeras gotas cayeron, lentas, espesas.

—Tarda —dijo—. Pero funciona.

Miraron el filtro en silencio. Las gotas caían. Una, otra, otra.

Amara se acercó, apoyó la mano en el hombro de Hendaya.

—Gracias.

No respondió. Solo observó el agua.

Mientras esperaban, un ruido apagado llegó desde el pozo. Un chapoteo, seguido de un deslizamiento. Hendaya se asomó al borde.

—La cantimplora —dijo—. Se ha caído. Se ha hundido en el barro.

—¿La que usabas para filtrar?

—Sí.

Amara lo miró. Luego miró las tres cantimploras restantes en el suelo. Dos llenas de agua filtrada, una vacía.

—Entonces tenemos tres para cuatro personas.

—Sí.

—Eso es menos de medio litro por persona al día.

—Lo sé.

Ella apretó los labios. No dijo nada más.

Nadifa se puso en pie. Miró el horizonte. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de rojo sangre.

—La noche será fría —dijo—. Necesitamos fuego.

—No podemos —respondió Desta—. El humo nos delatará.

—Los mercenarios ya saben dónde estamos. No van a buscarnos de noche.

—No lo sabes.

—Lo sé.

Los dos se miraron. Desta apretó la mandíbula, pero no discutió.

—Hacemos fuego. Pequeño. Y nos turnamos para vigilar.

Nadifa asintió. Desta resopló, pero empezó a buscar más leña.

El fuego crepitó. Las llamas bailaron en la oscuridad, proyectando sombras largas sobre la llanura. El frío empezó a calar. Hendaya se sentó cerca de las brasas, sintiendo el calor en la cara.

Amara estaba a su lado, con las manos extendidas hacia el fuego. Las vendas manchadas de sangre seca.

—Tienes que vendarte bien —dijo.

—No tengo más gasa.

—Usa la camisa. Todavía sirve.

Ella no respondió.

Desta se había apartado un poco, montando guardia con el fusil apoyado en las rodillas. Miraba la oscuridad. No dormiría esa noche.

Nadifa estaba recostada contra una piedra, con los ojos cerrados. Pero no dormía. Su respiración era demasiado controlada.

Hendaya observó las estrellas. El cielo estaba limpio, despejado. Miles de puntos de luz brillaban sobre ellos.

—¿Crees que llegaremos? —preguntó Amara, sin mirarlo.

—No lo sé.

—Eso no es muy alentador.

—No soy un alentador. Solo un ingeniero que sabe cavar pozos.

Ella sonrió, apenas. Una mueca perceptible en la penumbra.

—Suficiente.

No respondió.

El fuego chisporroteó. Una brasa saltó, se apagó en la arena.

—Mañana continuamos al amanecer —dijo Hendaya—. Dos días más y estaremos en la carretera.

—¿Y luego?

—Luego, si llegamos, veremos.

Amara asintió. No preguntó más.

El silencio se instaló. El viento sopló, frío, seco. Hendaya se arrebujó en su camisa, ahora sucia y rota. Cerró los ojos.

Pero no durmió.

El frío calaba los huesos. Hendaya sabía que no dormiría. Nadie dormía en el desierto.