El acuífero del Infierno Capítulo 23 El Vuelo del Ángel Negro
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Capítulo 23 El Vuelo del Ángel Negro

E l rumor llegó antes que la sombra.

Hendaya levantó la cabeza. El sol del mediodía convertía la llanura en un espejo de grava y calor, pero el sonido era inconfundible: un batir rítmico que crecía desde el norte. Palpó el cuchillo en el cinturón. Inútil contra un helicóptero.

—Ahí —dijo Nadifa.

Lo vio. Un punto negro en el horizonte, pequeño como una mosca contra el azul cegador del cielo. Pero crecía. Se acercaba con la precisión de un insecto que ha olido carroña.

Desta puso una mano sobre su fusil.

—No dispares —dijo Hendaya—. Quiere hablar.

—¿Cómo sabes que es él?

—Porque no envía a sus mercenarios a matarnos desde el aire. Quiere verme a los ojos.

Amara se llevó la cantimplora a los labios. No quedaba casi nada. El agua se movía en el fondo como un recuerdo.

—¿Qué hacemos?

—Esperar.

El helicóptero se recortó contra el sol. Un Bell 429, blanco, impecable, con el logotipo de Aquifer Global en el carenado. Volaba bajo, barriendo la llanura con la sombra de sus aspas. El ruido se hizo insoportable, un martilleo que vibraba en los huesos.

Nadifa cubrió su rostro con el pañuelo. Desta apretó la mandíbula. Amara cerró los ojos.

Hendaya se quedó quieto.

La nave descendió a cien metros de ellos. El polvo se levantó en una nube ocre que lo cubrió todo, que se metió en los pulmones, que borró el mundo durante un instante. Los camellos gruñeron. Uno de ellos dio una coz al aire.

Cuando el polvo se disipó, el helicóptero estaba en el suelo.

Las aspas seguían girando, lentas, como alas de un pájaro herido. La puerta corredera se abrió. Bajó un hombre.

Whitaker llevaba un traje gris claro, inmaculado. Ni una arruga. Las gafas de sol espejadas ocultaban sus ojos. El pelo rubio canoso, engominado hacia atrás. Una sonrisa educada, perfecta, de ejecutivo en un consejo de administración.

Avanzó hacia ellos como si caminara por una alfombra, no sobre grava y sal. Detrás de él, dos hombres trajeados se quedaron junto al helicóptero. Manos en los bolsillos. Profesionales.

Whitaker se detuvo a cinco metros. Se quitó las gafas. Sus ojos eran azul hielo.

—Señor Hendaya —dijo. Voz calmada, culta, sin rastro de tensión—. Ha causado muchos problemas.

Hendaya no respondió.

Whitaker miró a los demás. Amara, con su moño deshecho y la ropa sucia. Nadifa, el pañuelo apretado contra el rostro, los ojos brillando de odio. Desta, la mano aún sobre el fusil, la mirada fija en un punto vacío.

—Doctora Kabbaj. Capitán Haile. Y la señora Nadifa, supongo. Encantado.

—Vete al infierno —dijo Amara.

Whitaker sonrió.

—El infierno es esto, querida. Bienvenidos a Danakil.

Hendaya dio un paso adelante.

—Dígame lo que tenga que decir y márchese.

—Ah, directo al grano. Me gusta. —Whitaker metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta. Desta tensó el fusil. Pero solo sacó un sobre de papel manila—. Soy un hombre de negocios, señor Hendaya. Y todo tiene precio.

Abrió el sobre. Extrajo un cheque.

—Cincuenta millones de dólares.

El viento movió el papel. Whitaker lo sostuvo con firmeza, mostrándolo como quien exhibe un trofeo.

—Repartidos entre ustedes cuatro. A partes iguales, si lo prefieren. Doce coma cinco cada uno. Suficiente para desaparecer, para empezar de nuevo en cualquier parte del mundo. Una vida nueva. Tranquila.

El silencio se alargó.

Amara miró el cheque. Luego miró a Hendaya. Desta no se movió. Nadifa no entendía las palabras, pero entendía el gesto. Sus puños se cerraron.

—¿A qué precio? —preguntó Hendaya.

—Muy simple —dijo Whitaker—. Solo tiene que decir que el acuífero no existe. Que fue un error de interpretación de los datos. Que el proyecto de Aquifer Global era legítimo, un estudio de impacto ambiental, nada más. Que usted se equivocó. Un error humano. Pasa todos los días.

—Y la plataforma —dijo Desta—. La gente muerta.

Whitaker lo miró. La sonrisa no se borró, pero se hizo más estrecha.

—La plataforma fue un accidente. Mala construcción. Materiales defectuosos. Los técnicos responsables serán despedidos. La opinión pública olvida rápido, capitán. Usted lo sabe mejor que nadie. En su país, la gente muere todos los días. Nadie va a investigar una explosión en medio del desierto.

—Dos afar muertos —dijo Hendaya—. Tus mercenarios.

—No tengo mercenarios. Tengo contratistas de seguridad. Y no tengo constancia de ningún incidente. Si usted se refiere a lo que ocurrió en el campamento al norte... fueron bandidos. La zona es peligrosa. Usted lo sabe.

—Mientes.

—Miento. Claro que miento. —Whitaker guardó el cheque en el sobre—. Pero tengo cincuenta millones de razones para que usted mienta también. Los cuatro. Cincuenta millones de razones cada uno.

Lo dijo con naturalidad. Como si ofreciera un café. Como si aquello fuera una transacción cualquiera, una compraventa, un acuerdo entre caballeros.

Amara escupió al suelo.

—¿Cree que todo se compra?

—Sí —dijo Whitaker—. Todo. He visto a hombres mucho más íntegros que usted doblarse por mucho menos. He visto a sacerdotes vender su fe por una escuela nueva. He visto a generales vender su país por una cuenta en Suiza. Todo el mundo tiene un precio. Solo es cuestión de encontrarlo.

—Busca mal.

Whitaker la miró. Por primera vez, la sonrisa flaqueó. Un tic en la comisura de los labios. Una grieta en la fachada.

—Es usted ingenua, doctora. Cree en la bondad humana. Yo creo en los incentivos. Y el incentivo aquí es muy simple.

—¿Cuál?

Whitaker señaló el horizonte.

—Si no aceptan, los dejo aquí. Sin agua.

Sin comida. Sin transporte. A ciento veinte kilómetros del puesto más cercano.

Con la temperatura a cincuenta y tres grados.

Tienen lo que... tres litros de agua entre los cuatro.

Les daré seis horas de vida. Quizás ocho si caminan de noche. Mañana al amanecer estarán muertos.

Hablaba como si describiera un informe meteorológico.

—Y entonces —continuó—, cuando estén muertos, nadie sabrá la verdad.

Sus cuerpos aparecerán dentro de una semana.

Deshidratación. Muerte por exposición. Una trágica historia de turistas imprudentes que se adentraron en el desierto sin preparación.

Los periódicos lo lamentarán. Y el proyecto continuará.

Desta dio un paso al frente.

—Yo soy capitán del ejército etíope. Si desaparezco, habrá una investigación.

—¿Una investigación? —Whitaker rió—. Capitán, usted ha estado trabajando para una empresa privada sin autorización oficial.

Ha desobedecido órdenes directas. Ha ayudado a un grupo de saboteadores a destruir una instalación legal.

Si yo hago una llamada, su nombre aparecerá en todos los partes de búsqueda como un desertor. No como un héroe. Como un traidor.

Desta enmudeció.

Whitaker se volvió hacia Hendaya.

—Señor Hendaya. Usted es un hombre inteligente.

Un hidrólogo brillante. Su carrera fue destruida por un escándalo que usted no provocó.

Lo sé. Leí su expediente. Javier Montero me contó la historia.

Usted fue el chivo expiatorio. Lo perdió todo.

Su familia, su prestigio, su futuro. Y ahora tiene la oportunidad de recuperarlo.

—No.

—Cincuenta millones. Puede comprar la isla que quiera. Un barco. Una casa frente al mar. Todo lo que soñó cuando se fue a Canarias.

Whitaker abrió el sobre otra vez. Sacó el cheque. Lo sostuvo en el aire, ofreciéndoselo.

—Tóquelo. Es suyo.

Hendaya lo miró.

Un rectángulo de papel. Una cifra. Un número. Suficiente para vivir diez vidas. Suficiente para olvidar. Para cerrar los ojos y no abrirlos nunca más.

Pensó en su barco en Tenerife. Las tardes de aceite y sal. Los atardeceres sobre el Atlántico. La paz del trabajo manual, de no pensar. Podría volver. Podría comprar un barco mejor. Podría...

Whitaker sonrió.

—No puede.

—¿Perdón?

—No puede comprarme.

Hendaya extendió la mano. Tomó el cheque. Sintió el papel entre los dedos, el tacto suave, casi ceremonial. Miró la cifra. Cincuenta millones.

Y lo rompió.

El papel se desgarró en dos mitades, luego en cuatro, luego en ocho. Los pedazos cayeron al suelo, blancos contra la grava gris, como pétalos de una flor muerta.

Whitaker dejó de sonreír.

—Su dinero no me interesa —dijo Hendaya—. El agua, sí.

El silencio fue absoluto. Solo el viento, moviendo la grava. Los pedazos del cheque bailaron un instante y se perdieron entre las piedras.

Amara sonrió. Nadifa, sin entender, vio la sonrisa y supo. Desta asintió una vez.

Whitaker los miró a todos. Sus ojos azules, ahora fríos, sin rastro de la calidez simulada de antes. Se ajustó las gafas de sol.

—Qué lástima —dijo—. Elegiste mal.

—No.

—Sí. Porque ahora tendré que tomar medidas drásticas.

—¿Qué medidas? —preguntó Desta.

Whitaker no respondió. Se volvió y caminó hacia el helicóptero. Los dos trajeados lo siguieron. Las aspas comenzaron a girar más rápido.

—¡Whitaker! —gritó Amara—. ¡No puede dejarnos aquí!

Él se detuvo. Se volvió. La sonrisa había vuelto, pero era distinta. Más fría. Más final.

—¿Que no puedo? Mire.

Señaló el desierto. La llanura infinita. El sol en el cenit.

—No hay nadie en cien kilómetros. Su radio no funciona. Su GPS tampoco. Su único vehículo son cuatro camellos medio muertos de sed. No tiene agua. No tiene comida. No tiene esperanza.

Subió al helicóptero. Desde la puerta, se asomó una última vez.

—Cuando estén muertos, y lo estarán, me acordaré de ustedes. Brindaré por su valentía. Y luego seguiré con mi trabajo. Porque el dinero no duerme. Y el agua, tampoco.

Cerró la puerta.

El helicóptero despegó. El polvo los envolvió otra vez, cegador, sofocante. Las aspas batieron el aire con furia. La nave se elevó, giró sobre sí misma, y se perdió en el norte, hacia el horizonte blanco, hacia ninguna parte.

El silencio regresó.

Un silencio de piedra y calor.

Amara fue la primera en hablar:

—Bueno. Ahora qué.

Hendaya miró el suelo. Los pedazos del cheque, esparcidos. El sol brillando sobre el papel. Alzó la vista. El helicóptero era ya un punto, una mota, una sombra que se desvanecía.

—Ahora caminamos.

—¿Hacia dónde?

Hendaya señaló el este.

—Mekele está allí. Dos días. Quizás tres.

—No tenemos agua para tres días.

—Lo sé.

Nadifa se acercó. Miró los pedazos de papel. No preguntó. No hizo falta. Se arrodilló, cogió un fragmento, lo miró al trasluz, y lo dejó caer.

—Podemos llegar —dijo en su inglés roto—. Si caminamos de noche. Si encontramos sombra de día.

—¿Y si no encontramos? —preguntó Amara.

Nadifa la miró.

—Entonces no llegamos.

Desta se ajustó la correa del fusil. Miró el helicóptero, ya casi invisible. Escupió al suelo.

—Ese hijo de puta.

—Sí —dijo Hendaya—. Pero no tiene razón.

—¿En qué?

—En que el dinero no duerme. El dinero sí duerme. Lo que no duerme es la sed.

Se volvió hacia el este. El sol caía a plomo, pero empezaba a declinar. Pronto sería de noche.

—Carguen los camellos. Vámonos.

—¿Adónde? —preguntó Amara—. ¿Adónde vamos?

Hendaya echó a andar.

—A Mekele. O a morir en el intento. Las dos me parecen bien.

Y siguió caminando, solo, hacia el este, mientras el sol dibujaba su sombra larga sobre la grava.