El acuífero del Infierno Capítulo 22 La Confesión de Montero
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Capítulo 22 La Confesión de Montero

E l agua sabía a huesos molidos.

Hendaya escupió el primer trago y apoyó la nuca contra el tronco de la palmera.

La sombra era un lujo, una tregua que el desierto concedía a regañadientes.

A su lado, Amara había cerrado los ojos y respiraba con la boca entreabierta, la cabeza ladeada sobre la mochila.

Las ojeras le cruzaban la cara como cicatrices.

Nadifa se había sentado aparte, sobre una roca plana, y desgranaba dátiles con dedos rápidos y precisos. No miraba a nadie. Miraba el horizonte hacia el norte, hacia donde habían quedado los suyos.

Desta se había quitado las gafas oscuras. Hendaya no recordaba haberle visto los ojos desde que se conocieron. Eran negros, pequeños, con esa humedad perpetua de quien ha visto demasiado.

—Tengo una pregunta.

—No me gusta cómo empiezas eso —respondió Hendaya.

—Cuando nos encontremos con Montero —Desta mordió un dátil, mascó despacio—, ¿lo matamos?

Amara abrió los ojos de golpe.

—No estamos en una guerra de clanes.

Desta no la miró. Seguía mirando a Hendaya.

—Respondo a su pregunta con otra —dijo Hendaya—. ¿Usted lo mataría?

—No es mi decisión. Usted es el ofendido.

—Yo no me ofendo, capitán. Me ocupo.

Nadifa dejó caer un hueso de dátil en la arena y dijo algo en afar. No hacía falta traducción: sonó a desprecio.

Amara se incorporó. Se frotó el brazo izquierdo, donde la costilla fisurada le molestaba al respirar.

—No estamos hablando de asesinar a nadie. Montero pagará por lo que hizo, pero con la ley, no con una ejecución en medio del desierto.

—¿Qué ley? —preguntó Desta sin acritud, como quien pregunta cuánta agua queda—. ¿La de Etiopía? ¿La de España? ¿La de Aquifer Global?

—La ley que existe —insistió Amara.

—Esa ley lo protegió a él y lo hundió a él —dijo Hendaya señalándose con el mentón—. No funcionó entonces. ¿Por qué iba a funcionar ahora?

Se hizo silencio. Luego Hendaya se inclinó hacia delante, apoyó los antebrazos en las rodillas y miró el polvo entre sus botas.

—Pero tiene razón la doctora.

Amara parpadeó.

—No es tan sorprendente que yo diga algo sensato —dijo.

—Sí, es sorprendente —Hendaya sonrió apenas—. Pero igual lo digo. Matar a Montero no nos devuelve nada. No cierra ningún pozo. No llena ningún acuífero.

—Entonces, ¿tiene pensado perdonarlo? —preguntó Desta con un tono que no ocultaba su desaprobación.

—No es perdón. Es cálculo.

Hendaya sacó la navaja del bolsillo y la abrió. Empezó a raspar la tierra seca entre las raíces de la palmera, un gesto mecánico, sin destino.

—Yo estuve dos años queriendo matarlo. Dos años despertándome a las tres de la mañana con la escena exacta: yo entrando en su casa, él abriendo la puerta, yo poniéndole la pistola en la boca.

Cada noche una variación distinta. Un día le reventaba la cabeza.

Otro día le rompía las manos con un martillo. Otro día lo dejaba vivo pero ciego.

Hablaba sin mirar a nadie. La navaja seguía arañando la tierra.

—Hasta que un día me di cuenta de que llevaba tres meses sin soñar con él. Y al principio me asusté. Pensé: «Lo estoy perdonando, me estoy volviendo blando». Pero no. Lo que pasaba es que él ya no ocupaba sitio en mi cabeza. Se había vuelto irrelevante.

—¿Y ahora? —preguntó Amara.

—Esto ya lo sabía desde hace años —dijo Hendaya sin levantar la vista—. Pero nunca se lo había contado a nadie. Ahora, antes de que muramos, quiero que sepan quién es Montero realmente.

Hendaya cerró la navaja de un golpe seco.

—Ahora Montero es un hombre al que le arruiné el proyecto. Le destrocé la bomba. Le humillé delante de sus soldados. Le quité el apoyo de Desta. No le queda nada. Está muerto por dentro. ¿Para qué iba a gastar una bala en un cadáver?

Tres años antes.

Montero pidió otra ronda. El camarero dudó, pero Montero insistió. Iñaki, un viejo compañero de facultad, lo miraba desde la banqueta.

—Estás haciendo el gilipollas, Javier.

—Estoy celebrando. El recto Saúl Hendaya se ha quedado sin trabajo.

Iñaki no respondió.

Montero rió, una risa que a Iñaki le sonó a derrota. —No me mires así. Soy un tipo práctico. Saúl es demasiado recto. No entiende que hay que ensuciarse las manos.

—¿Y por eso falsificaste su firma?

—Le pedí que firmara un documento, me dijo que no, y yo lo hice por él. No tiene que lidiar con las consecuencias. Yo sí.

Iñaki negó con la cabeza.

—Éramos amigos.

—Ya no. Él eligió el orgullo, yo la cuenta corriente.

Montero bebió. Luego, bajando la voz:

—No soportaba verlo. Su puta integridad. Creerse mejor que los demás. Pues al final las trampas le hundieron y yo sigo aquí.

—¿Y si se entera?

—No se va a enterar. Su firma es una mierda, cualquiera la falsifica.

Iñaki dejó un billete sobre la barra y se levantó.

—Me voy.

—No se lo digas —pidió Montero—. Déjalo en paz.

—Tú sí que estás muerto, Javier. Por dentro.

Iñaki salió. Montero se quedó solo. Pidió otro.

Presente.

Hendaya terminó de contar la historia sin levantar la voz. Cuando calló, el silencio del oasis se hizo más denso. Se oía el viento rozando las palmeras, el ruido de un camello masticando a lo lejos.

—Así que eso fue —dijo Amara.

—Eso fue.

—Su amigo Iñaki no le dijo nada.

—No. Iñaki me llamó tres meses después para contármelo. Estaba borracho, como Montero. Supongo que el alcohol suelta la lengua de los débiles.

Nadifa había dejado de desgranar dátiles. Miraba a Hendaya con una expresión que no era compasión, pero sí reconocimiento. Como si hubiera oído una historia que ya conocía.

—Su envidia —dijo Nadifa en su inglés roto—. Es veneno de hombre. Veneno que no se ve, pero mata más que cuchillo.

—Sí —dijo Hendaya—. Y no tengo tiempo para odiarlo.

Desta se levantó. Caminó hasta el borde del oasis, donde el agua salobre formaba una charca verdosa. Se mojó la nuca, se pasó las manos por el cráneo rapado.

—Hay algo que no entiendo —dijo sin volverse—. Usted sabe que Montero le arruinó la vida. Sabe que le robó años. Sabe que mintió, falseó documentos, le destruyó la carrera. Y dice que no le importa.

—No he dicho que no me importe. He dicho que es irrelevante.

—¿Cuál es la diferencia?

Hendaya también se levantó. Notó el dolor en las cervicales, el zumbido en la cabeza que no se iba desde el golpe en el cemento.

—La diferencia es que pensar en él me quita energía. Y la energía que me queda la necesito para llegar a Mekele, encontrar a esa periodista y asegurarme de que Whitaker no ponga en marcha la segunda plataforma.

—¿Y si Whitaker también conspiró? —preguntó Amara.

—Seguro que conspiró. Pero Whitaker está en un helicóptero, no en un bar de polígono bebiendo cubatas para ahogar su culpa. Whitaker es un enemigo que merece mi atención. Montero es un hombre roto que ya se ha destruido solo.

Desta se volvió. Lo miró largo rato.

—Es usted más duro de lo que parece.

—No soy duro. Soy viejo y estoy cansado. Y he aprendido que el odio es un lujo que no me puedo permitir.

Amara se levantó. Se acercó a Hendaya y le puso una mano en el hombro. Un gesto breve, casi imperceptible.

—Me alegra oír eso.

—No se alegre tanto. Si Montero aparece delante de mí con una pistola, igual le parto la cara. Pero no voy a buscarlo.

—Eso es más de lo que yo haría —dijo Desta.

—Usted es soldado, capitán. Le han enseñado a odiar al enemigo. Yo soy ingeniero. Me enseñaron a resolver problemas. Montero ya no es un problema. Es un hecho consumado.

Nadifa escupió al suelo. Un gesto seco, sin teatralidad.

—Hombre sabio —dijo—. Raro en extranjero.

—No soy sabio. Soy terco. La terquedad se confunde a veces con sabiduría.

Hendaya se volvió hacia el camello, que seguía masticando junto a una palmera. El animal levantó la cabeza, lo miró con sus ojos enormes y lentos, y siguió masticando.

—Tenemos que movernos.

—Llevamos cuarenta minutos —dijo Amara—. Podemos quedarnos una hora más.

—Cuarenta minutos bastan. Cada minuto que estamos quietos, Whitaker se acerca. O los mercenarios.

—No han venido —dijo Desta.

—Aún no.

Desta asintió. Sin discutir, empezó a recoger las cosas. Amara suspiró, pero se puso en pie, frotándose la espalda. Nadifa ya estaba junto a su camello, ajustando el cincho.

Hendaya fue el último en moverse. Se quedó un momento bajo la palmera, bebiendo el último trago de agua salobre, sintiendo el sabor metálico en la lengua.

Montero , pensó. Ojalá estés viendo esto. Ojalá sepas que ganaste la batalla, pero que la guerra la estábamos librando en otro campo de juego.

Pero no dijo nada. Guardó la cantimplora, montó el camello y siguió al grupo.

Avanzaban en silencio.

El cañón se había abierto a una llanura de grava oscura, salpicada de matojos secos. El sol empezaba a declinar hacia el oeste, alargando las sombras de los camellos sobre el suelo. Hacía menos calor. Todavía cuarenta grados, pero ya no cincuenta.

Desta iba al frente, el fusil cruzado sobre el pecho, la vista fija en el horizonte. De vez en cuando levantaba la mano y el grupo se detenía. Escuchaba. Esperaba. Seguía.

La tercera vez que lo hizo, Hendaya sintió algo diferente. No era el gesto de parar. Era la demora. Desta se quedó inmóvil, la cabeza ladeada, los dedos alrededor del guardamano del arma.

—¿Qué? —preguntó Hendaya.

Desta no respondió. Señaló el cielo.

Al principio Hendaya no vio nada. Solo el azul pálido, las nubes altas deshaciéndose. Luego oyó el ruido. Lejano, rítmico, metálico.

Pom-pom-pom-pom-pom.

El helicóptero venía del sur.

—¿Es Whitaker? —preguntó Amara.

—¿Quién si no? —respondió Desta.

—¿Nos ha visto?

—No lo sé. Pero viene hacia aquí.

Nadifa tiró de las riendas de su camello y lo obligó a arrodillarse. Señaló una grieta en el terreno, una hendidura poco profunda donde los camellos y sus jinetes podían agazaparse.

—Allí —dijo.

Hendaya desmontó. Sintió el dolor en las rodillas, el ardor en la palma derecha al apoyarse. Tiró del camello y lo obligó a bajar la cabeza.

—Todos abajo. No se muevan.

El ruido crecía. Ahora se veía el aparato, un punto negro contra el sol. Venía en línea recta.

Amara se tumbó junto a Hendaya, pegó la mejilla a la grava. Respiraba rápido, con pequeñas bocanadas de pánico contenido.

—¿Va a aterrizar? —susurró.

—No lo sé.

—¿Y si aterriza?

—Entonces Desta dispara, yo corro, y usted se queda aquí y se tapa los oídos.

—No es gracioso.

—No intento ser gracioso.

El helicóptero pasó a trescientos metros al este. Las palas batían el aire, levantaban polvo en remolinos. Hendaya contuvo el aliento. Vio el fuselaje negro, las ventanillas oscuras, un emblema que no pudo distinguir.

Pasó.

El sonido se alejó hacia el norte, hacia donde había quedado la aldea de Abdi.

Hendaya exhaló.

—Nos ha visto.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Amara.

—Porque no ha cambiado el rumbo. Iba recto al norte, como si supiera exactamente adónde ir.

Desta se incorporó lentamente.

—Tiene razón. Si hubiera sido un vuelo de reconocimiento, habría trazado un patrón en zigzag. Ese helicóptero iba directo a algún sitio.

—A la aldea —dijo Nadifa.

Su voz no tembló. Pero Hendaya vio cómo apretaba las riendas del camello, los nudillos blancos.

—Tiene que seguir —dijo Hendaya—. No podemos volver.

—Lo sé.

—Abdi sabe esconderse. Los niños también. Tienen pozos, tienen cuevas.

—Lo sé.

Nadifa soltó las riendas. Miró hacia el norte, hacia el rastro de polvo que se desvanecía en el horizonte.

—Pero cuando lleguemos a Mekele —dijo—, vamos a hacer que paguen.

—Sí —dijo Hendaya—. Eso sí.

Se pusieron en marcha otra vez.

El sol caía. Las sombras crecían. El helicóptero se había ido, pero el eco de sus palas seguía vibrando en el aire, como una amenaza que no terminaba de desvanecerse.

Hendaya montó el camello y miró hacia delante.

Mekele estaba al este. A dos días. Y al norte, la aldea de Abdi quedaba sola, sin ellos, con la noche cayendo y los hombres de Whitaker acercándose.

No se volvió a mirar.

No podía permitirse ese lujo.