Capítulo 21 El Último Camello
E l jeep coronó la duna y Hendaya la vio.
La aldea se extendía en una hondonada protegida del viento. Media docena de chozas de barro y paja apretadas contra un pozo de piedra. Palmeras raquíticas se inclinaban hacia el este, sus frondas amarillentas colgando como banderas derrotadas. Olor a leche de cabra y humo de leña seca.
—Allí —dijo Nadifa.
Señaló el pozo. Desde el borde del salar no se veía movimiento, pero Hendaya distinguió cabras, un burro atado a una estaca, niños correteando entre las chozas. Gente. Vida. Agua.
—Tres horas —dijo Desta—. Hemos ganado tiempo.
Calculó la distancia: dos kilómetros de pendiente suave. Pero la luz del sol ya se filtraba horizontal, y la sombra del pozo se alargaba hacia ellos como un brazo.
—Al trote —dijo Hendaya.
Bajaron despacio, el motor en punto muerto, para no levantar polvo. Amara se enderezó en el asiento trasero, sus dedos crispados sobre el marco de la ventanilla. La veía con sed, con esa necesidad animal que se refleja en los ojos cuando el cuerpo lleva horas sin agua.
El jeep se detuvo a veinte metros del pozo.
Los niños dejaron de jugar. Se quedaron quietos, observando. Uno de ellos, un chico de unos ocho años con una camiseta verde demasiado grande, salió corriendo hacia la choza más grande.
—Esperen —dijo Nadifa.
Abrió la portezuela y saltó al suelo. Caminó despacio, las manos abiertas mostrando las palmas. Habló en afar. Una voz nasal, rítmica, que parecía cantar las palabras. No entendía el idioma, pero reconocía el tono: seguridad, respeto. Nadifa conocía a esa gente.
De la choza principal salió un hombre mayor. Llevaba una túnica marrón desgastada, un bastón de madera nudosa, y el rostro surcado por arrugas que parecían mapas de caminos. Se detuvo al ver a Nadifa, y durante unos segundos solo se miraron.
Luego el anciano sonrió. Una sonrisa sin dientes, pero sincera.
Nadifa se volvió hacia el jeep.
—Podemos bajar.
Amara bebió primero.
Se arrodilló junto al pozo, y un niño le pasó un cuenco de hojalata. Hendaya la vio beber a grandes tragos, el agua escapándose por las comisuras de sus labios, mojando el borde de su camisa manchada de sal. Cuando terminó, levantó la cabeza y cerró los ojos.
—Dios —susurró.
Luego bebió Hendaya.
El agua sabía a barro y a raíces, pero estaba fría, y sintió cómo se extendía por su garganta reseca, cómo humedecía esa película de polvo que llevaba pegada al paladar desde la caminata nocturna. Bebió hasta que el cuenco quedó vacío, y luego bebió otro.
Los niños los observaban.
Una niña de unos cinco años, con el pelo rapado y una cicatriz en la mejilla, se acercó a Hendaya y le tocó el brazo. Retrocedió cuando él la miró, pero volvió a acercarse, fascinada por la herida abierta en su palma.
—No tengas miedo —dijo él.
La niña no entendía español, pero entendió el tono. Sonrió, mostrando un diente roto, y salió corriendo hacia las cabras.
Desta se había quedado junto al jeep. Hablaba por radio, la voz baja, el rostro serio. Lo observó mientras se secaba la boca con el dorso de la mano. El capitán cortó la comunicación y se acercó.
—Problemas —dijo.
—¿Qué clase?
—Tekle ha recibido un mensaje de un puesto al norte. Mercenarios armados han cruzado la frontera esta madrugada.
—¿Mercenarios?
—Whitaker no confía solo en Montero. Ha contratado a un grupo de Eritrea. Gente que sabe trabajar en el desierto.
Sintió que el agua que acababa de beber se volvía ácida en su estómago.
—¿Cuántos?
—Ocho, según el informe. Dos vehículos, armas automáticas.
—¿Y su objetivo?
Desta tardó en responder. Miró hacia la aldea, hacia los niños que correteaban entre las chozas, hacia el anciano que hablaba con Nadifa junto al pozo.
—Nosotros —dijo al fin—. Pero ayer atacaron un campamento afar al norte del salar. Mataron a dos personas.
El golpe llegó directo al pecho de Hendaya. Dos personas. Muertas. Porque Whitaker quería proteger su inversión. Porque él había destruido su plataforma.
—¿Por qué...?
—Porque la aldea les dio refugio —dijo Desta—. Porque los afar saben dónde estamos. Porque Whitaker quiere enviar un mensaje.
Apretó la mandíbula. La herida de su mano latía con cada latido.
—Tenemos que irnos —dijo.
—Ya lo sé.
—No. Tenemos que irnos ahora.
Pero no se movió. Se quedó mirando la aldea, las cabras, los niños. Gente que no tenía nada que ver con Aquifer Global, con el litio, con el agua. Gente que solo quería vivir en paz en el lugar más jodido del planeta.
—No podemos dejarlos aquí —dijo.
—No tenemos elección —respondió Desta.
—Siempre hay elección.
—Escúchame bien, Hendaya. Si nos quedamos, los mercenarios vendrán. Lucharán. Morirá gente. Mucha más gente. Pero si nos vamos, los seguirán a nosotros. La aldea quedará en paz.
—¿Estás seguro?
Desta negó con la cabeza.
—No. No estoy seguro de nada. Pero es lo único que tenemos.
Se volvió y caminó hacia el pozo. El anciano alzó la vista cuando él se acercó, y durante un momento se miraron en silencio.
—El jefe se llama Abdi —dijo Nadifa—. Habla algo de inglés.
—¿Sabe lo que pasó?
—Sí. La noticia llegó esta mañana con un pastor.
Se arrodilló frente al anciano. Sus rodillas crujieron, y sintió el dolor en las cervicales, en el hombro, en la palma de la mano. Todo el cuerpo le pedía que se tumbara, que durmiera, que dejara de moverse.
—Lo siento —dijo—. Lo siento mucho.
Abdi lo miró sin expresión. Luego habló, una voz grave y pausada. Nadifa tradujo.
—Dice que los mercenarios no son culpa tuya. Dice que Whitaker ya sabía que los afar ayudan a los que cruzan el desierto. Ya había matado antes.
—¿Antes?
—Cuando empezaron las perforaciones, hace dos años. Dos pastores afar se acercaron al campamento preguntando por qué estaban sacando agua. Los guardias les dispararon.
Cerró los ojos. Otra vez. Siempre lo mismo. Gente que mata por agua. Gente que mata por territorio. Gente que mata porque pueden.
—Dice también —continuó Nadifa— que entiende por qué destruiste la plataforma. Que los jóvenes de la aldea hablaron de la explosión. Que se oyó hasta aquí.
—¿Y qué opina?
Abdi sonrió. Una sonrisa triste, pero sonrisa al fin.
—Dice que has hecho lo que ellos no pudieron. Que él es viejo y sus guerreros ya no luchan. Pero que tú sí. —Hizo una pausa—. Dice que debes irte. Que te dará camellos, agua y comida. Pero que debes irte ahora.
—No quiero traer más violencia a su gente.
—No la traes. Ya estaba aquí.
Se levantó. Las piernas le temblaban. Miró hacia el horizonte, hacia el norte, donde el salar se fundía con el cielo en una línea de calor vibrante.
—¿Cuánto tenemos?
—Dos horas, quizás tres —dijo Desta—. Depende de cómo viajen.
—¿Y los camellos?
—Abdi los está preparando.
Amara había vendado su mano con una tira de tela limpia que le dio una mujer afar. Ahora estaba sentada junto al pozo, una taza de leche caliente entre las manos, observando a los niños jugar. Hendaya se sentó a su lado.
—Estás mejor —dijo.
—Estoy viva —corrigió ella—. No es lo mismo.
—No. Pero es un comienzo.
Ella bebió un sorbo de leche. Cerró los ojos.
—Nunca pensé que llegaría tan lejos.
—¿El qué?
—Esto. Todo esto. Cuando salí de Túnez, pensaba que iba a curar niños, a vacunar, a hacer mi trabajo. No pensé que terminaría huyendo de mercenarios en medio del desierto.
—Nadie piensa en eso.
—Tú sí.
Negó con la cabeza.
—Yo pensaba que iba a reparar bombas. Nada más. Pero las cosas nunca salen como uno planea.
—¿Y ahora? ¿Qué planeas?
—Llegar a Mekele. Encontrar a esa periodista. Contar la historia. Y luego... no lo sé. Volver aquí, quizás. Ayudar a los afar.
—No puedes salvar a todo el mundo.
—Lo sé. Pero puedo intentarlo.
Amara lo miró fijamente. Sus ojos marrones, grandes, con esa fatiga que ya no era solo física, sino algo más profundo, algo que se instalaba en los huesos.
—Eres un hombre extraño, Hendaya.
—¿Por qué?
—Porque podrías haberte ido. Cuando Desta te liberó, podrías haber cogido un avión y desaparecer. Pero te quedaste.
—No tenía a dónde ir.
—Mientes.
Él sonrió. Una sonrisa amarga.
—Sí. Miento.
Se quedaron en silencio, viendo cómo el sol se ocultaba tras las dunas. El cielo se incendió en naranja y rojo, y el aire se volvió más fresco, y por un momento, Hendaya tuvo la sensación de que el mundo se detenía.
Pero solo fue un momento.
Desta se acercó, su sombra proyectándose sobre ellos.
—Los camellos están listos.
Eran dos camellos. Animales viejos, de pelaje desgastado, pero con esa mirada estoica que solo tienen los animales que han cruzado el desierto cien veces. Abdi los había ensillado con mantas de lana y cuerdas de cuero.
—Te llevarán a Mekele en tres días —dijo Nadifa—. Conocen el camino.
—¿Tú no vienes? —preguntó Hendaya.
—Voy con ustedes. Pero Abdi me ha pedido que me despida de mi familia.
—¿Tu familia?
Nadifa señaló hacia una choza. Una mujer mayor, envuelta en un pañuelo azul, la observaba desde la entrada. A su lado, un adolescente flaco y un niño más pequeño.
—Mi madre —dijo Nadifa—. Mis hermanos.
No supo qué decir. Había cruzado el desierto con ella durante tres días, había compartido agua y silencio, pero nunca le había preguntado por su vida. Nunca había pensado que dejaba a alguien atrás.
—Lo siento —dijo.
—No tienes por qué.
—Sí. Te estoy pidiendo que dejes a tu familia para acompañarme.
Nadifa lo miró. Sus ojos pequeños y oscuros, ese tatuaje en el mentón que la marcaba como afar, como hija del desierto.
—No te acompaño a ti —dijo—. Acompaño al agua. Si Whitaker se sale con la suya, mis hermanos no tendrán futuro. Mi madre morirá de sed. Prefiero luchar ahora que llorar después.
Asintió. No había nada más que decir.
Se despidió de Abdi. El anciano le apretó la mano buena con firmeza y le dijo algo en afar. Nadifa tradujo.
—Dice que el desierto siempre da lo que se merece. Y que tú te has ganado el agua.
—Gracias —dijo Hendaya.
—No me des las gracias. Demuéstralo.
Abdi se volvió y caminó hacia su choza, cojeando ligeramente, apoyado en su bastón. Los niños lo siguieron, y por un momento la aldea pareció vacía, como si toda la vida se hubiera replegado en sus refugios.
Desta ya estaba montado en uno de los camellos. Su cuerpo grande y robusto se balanceaba incómodo sobre el animal.
—Nunca había montado uno —dijo.
—Se nota —respondió Hendaya.
Amara montó el segundo camello con más soltura. Había crecido cerca del desierto, decía. Sabía cómo moverse al ritmo del animal.
Hendaya subió detrás de ella. El camello se quejó, pero se levantó con un movimiento brusco que lo obligó a agarrarse a la silla.
—No me gustan —dijo.
—A ellos tampoco les gustas tú —respondió Amara.
Nadifa se despidió de su madre. La vio abrazar a sus hermanos, besar al más pequeño en la frente, susurrar algo que el viento se llevó. Luego montó en el camello de Desta, y el grupo se puso en marcha.
La aldea se fue quedando atrás.
No miró hacia atrás. Sabía que si miraba, querría quedarse. Y no podía quedarse. Tenía que seguir adelante. Por los muertos. Por los que vendrían.
Por el agua.
El sol se había puesto cuando vieron el polvo.
Una columna tenue, casi invisible, que se elevaba desde el norte. Desta se detuvo y sacó los prismáticos.
—Dos vehículos —dijo—. A cinco kilómetros. Vienen rápido.
—¿Mercenarios?
—Quién si no.
Sintió el peso de la decisión. Podían acelerar. Los camellos eran más lentos que un jeep, pero el terreno era rocoso, difícil para vehículos. Quizás podían ganar tiempo.
—¿Hacia dónde vamos? —preguntó.
—Este —dijo Nadifa—. Hay un cañón a tres horas. Si llegamos allí, podemos escondernos. Los vehículos no pueden pasar.
—¿Y después?
—Después, dos días de desierto hasta Mekele. Pero es el único camino.
Miró la columna de polvo. Se acercaba. Lentamente, pero se acercaba.
—Vamos —dijo.
Espoleó al camello. El animal resopló, pero aceleró el paso. Los otros lo siguieron.
Corrieron durante una hora. El sol se había ido, pero la luna llena iluminaba el salar con una luz pálida y azulada. El viento soplaba del este, llevándose el calor, trayendo el frío de la noche.
Sentía el cuerpo entumecido. La herida de la mano le ardía. La cabeza le dolía. Pero no podía parar. No ahora.
—¡Allí! —gritó Nadifa.
Señalaba una grieta en la pared del cañón. Una hendidura estrecha, apenas visible, que se abría entre dos rocas negras.
—Por ahí —dijo—. Los camellos pasan. Los jeeps, no.
Entraron en la grieta. Las paredes de roca se cerraron a su alrededor, y el viento se cortó en seco. El silencio se volvió sólido, casi líquido.
Desmontó. Sus piernas temblaban. Se apoyó en el camello y esperó a que la sangre volviera a circular.
Amara bajó detrás de él. Tenía el rostro cubierto de polvo, la ropa pegada al cuerpo por el sudor seco.
—¿Crees que nos han visto? —preguntó.
—No lo sé —dijo Desta—. Pero no podemos arriesgarnos. Tenemos que seguir hasta el fondo del cañón. Hay una cueva donde podemos escondernos hasta el amanecer.
Miró hacia atrás. La entrada de la grieta era un rectángulo de luz azul, vacío, silencioso.
—¿Y si nos siguen?
—Entonces lucharemos.
—Somos cuatro. Dos camellos. Una pistola y un fusil.
Desta se encogió de hombros.
—He estado en peleas peores.
—Yo también. Pero no me gustan las probabilidades.
—Las probabilidades no importan cuando no tienes elección.
Lo miró. Durante un momento, vio al soldado que Desta había sido. Al hombre que había cruzado la guerra de Eritrea con una compañía de reclutas muertos de hambre. Al capitán que había visto morir a sus hombres protegiendo un pozo de mierda en medio de la nada.
—Tienes razón —dijo—. No importan.
Se volvió y siguió a Nadifa hacia las profundidades del cañón.
La luna se ocultó tras las paredes de roca, y la oscuridad lo engulló todo.
Solo el ruido de los camellos y el crujir de la grava bajo sus pies.
Solo el silencio del desierto, esperando.