El acuífero del Infierno Capítulo 20 La Caravana de los Muertos #2
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Capítulo 20 La Caravana de los Muertos #2

—Déjame —dijo Amara, la voz contra su cuello—. Déjame aquí.

—No.

—Me estás matando.

—No.

Ella no respondió. Pero sintió cómo las manos de ella se aferraban a su camisa, y supo que no quería que la soltara.

Los pensamientos llegaban fragmentados, como imágenes de un sueño roto.

Recordó una noche en Canarias, seis años antes, cuando había cargado a su hija pequeña desde el coche hasta la cama.

Ella dormía, confiada, pesando menos de veinte kilos.

Ahora cargaba a una mujer adulta, pero el peso era el mismo.

No el físico, sino el otro. El de la responsabilidad.

El de la promesa tácita de no dejarla caer.

—No merece morir aquí —murmuró para sí mismo—. Nadie merece morir aquí.

Nadifa se había detenido al pie de una duna baja. Señalaba algo en la distancia. Hendaya siguió su mirada y vio una luz. Pequeña, parpadeante, pero real. Un punto amarillo en medio de la negrura, como una estrella caída al suelo.

—El puesto —dijo ella.

Apretó los dientes y siguió caminando.

Los últimos kilómetros fueron un túnel de dolor. Hendaya perdió la noción del tiempo. Solo existía el siguiente paso. La respiración de Amara contra su cuello. El crujir de la sal bajo sus botas. La luz que crecía lentamente, y con ella la esperanza de que el esfuerzo no fuera en vano.

Cuando finalmente llegaron, la aurora empezaba a teñir el horizonte de gris.

El puesto era un grupo de barracones prefabricados rodeados por una valla de alambre de espino.

Una bandera etíope colgaba lacia en un mástil.

Dos soldados montaban guardia en la entrada, fusiles en bandolera, los rostros cansados pero alerta.

Desta se adelantó, alzando una mano. Los soldados lo reconocieron y abrieron la verja. Uno de ellos dijo algo en amárico, y Desta respondió con un gesto de gratitud.

Dentro, un oficial de mediana edad salió a recibirlos.

Llevaba el uniforme arrugado, los ojos hinchados de sueño.

Miró al grupo: el capitán cubierto de polvo, los dos soldados con la mirada perdida, la mujer afar que caminaba erguida a pesar del cansancio, y el hombre blanco con una mujer morena en brazos, la camisa manchada de sudor y sangre.

—Desta —dijo el oficial—. ¿Qué demonios ha pasado?

—Necesitamos un vehículo —respondió Desta—. Gasolina, suficiente para llegar a Mekele.

El oficial, Tekle, dudó. Sus ojos recorrieron al grupo, evaluando las heridas, el polvo, la desesperación que emanaba de cada uno. Conocía a Desta desde hacía años, lo había visto en combate, lo sabía hombre de pocas palabras y muchas certezas. Si pedía algo así, era por una buena razón.

—Tengo un jeep en el taller —dijo—. Acabamos de repararlo. Os vale.

—Gracias, Tekle.

El oficial asintió y desapareció tras un barracón. Minutos después, el sonido de un motor rompió el silencio. Un jeep militar, verde oliva, cubierto de polvo, apareció rodeando la esquina. El motor ronroneaba con una regularidad que a Hendaya le sonó a música.

Depositó a Amara en el asiento trasero. Ella abrió los ojos, miró alrededor, y esbozó una sonrisa débil.

—Hemos llegado —dijo.

—Todavía no —respondió Hendaya—. Pero estamos más cerca.

Desta se puso al volante. Nadifa ocupó el asiento del copiloto. Hendaya se sentó junto a Amara, rodeándole los hombros con el brazo. Los dos soldados se acomodaron en la parte trasera, apretados contra la lona, los fusiles entre las rodillas.

El jeep arrancó, levantando una nube de polvo blanco. Los faros rasgaron la penumbra, iluminando el camino que se abría hacia el este. La máquina respondía con vigor, los pistones golpeando en un ritmo constante que prometía llegar a destino.

Hendaya miró atrás. Al oeste, el cielo empezaba a clarear. Sobre el perfil del Danakil, una columna de humo se alzaba, fina y oscura, como un dedo acusador. La plataforma. Los sueños de Whitaker. El infierno que habían desatado, y que aún ardía.

—No ha terminado —dijo en voz baja.

—No —respondió Desta desde el volante—. Pero ahora sabemos dónde está el enemigo. Y tenemos las pruebas.

El jeep ganó velocidad, dejando atrás el puesto y la llanura de sal.

El viento golpeaba la lona, fresco y limpio, llevándose el olor a pólvora y a sangre.

Hendaya apoyó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.

Sentía el latido de su corazón en las sienes, el peso del cansancio en cada hueso, el dolor de las heridas abiertas.

Pero también sentía algo más. Algo que no había sentido en años, desde antes de la muerte de su hija, desde antes del escándalo que lo había arruinado. Una chispa. Una certeza.

—A Mekele —dijo Desta—. Al amanecer.

Y el jeep siguió adelante, devorando kilómetros, mientras el sol se alzaba sobre el Cuerno de África, iluminando un nuevo día de batalla. Detrás, el Danakil quedaba envuelto en sombras, pero delante, el horizonte se teñía de naranja y rosa, prometiendo un nuevo comienzo.

Hendaya abrió los ojos y miró hacia adelante. No sabía qué encontrarían en Mekele, ni si los documentos de Desta serían suficientes para detener a Whitaker. Pero sabía una cosa: mientras estuviera vivo, mientras tuviera fuerzas para caminar, seguiría luchando.

Por el agua. Por la verdad. Por todos los que ya no podían hacerlo.

El viento soplaba más fuerte ahora, y por primera vez en mucho tiempo, sintió que estaba en el lugar correcto.