El acuífero del Infierno Capítulo 20 La Caravana de los Muertos
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Capítulo 20 La Caravana de los Muertos

E l Land Rover rodaba en penumbra, las luces apagadas, el motor un murmullo bajo el capó.

Desta se inclinaba sobre el volante, los ojos fijos en la huella que apenas se distinguía entre la grava y la sal.

De vez en cuando movía la cabeza, escuchando el zumbido del motor como quien ausculta a un enfermo.

Hendaya iba a su lado, el brazo apoyado en la ventanilla, el aire nocturno golpeándole la cara.

La temperatura había caído veinte grados desde el atardecer, pero su cuerpo aún conservaba el calor del día, una fiebre sorda que le recorría los huesos.

Detrás, en el asiento trasero, Amara y Nadifa dormitaban, los cuerpos vencidos por el agotamiento.

Una de ellas, la médica, respiraba con un silbido leve, casi imperceptible.

—¿Cuánto falta? —preguntó Hendaya.

—Una hora, quizá menos —respondió Desta sin apartar la mirada del camino—. Si el motor aguanta.

Hendaya no preguntó qué pasaría si no aguantaba.

Lo sabía. Llevaba doce años en esto: los motores siempre fallaban en el peor momento.

La primera vez fue en Malí, con un Toyota destartalado que los dejó tirados a cuarenta kilómetros del campamento base.

El sol los había cocido vivos durante seis horas antes de que apareciera un camión de pastores tuareg.

Aquel día aprendió que en el desierto no hay rescates, solo resistencias.

La luna colgaba baja, una uña amarilla sobre el perfil de las montañas al este.

El salar se extendía a ambos lados, blanco y muerto, como la superficie de otro planeta.

Hendaya pensó en los mapas que había visto en el teléfono, los acuíferos marcados en azul bajo la corteza de sal.

Agua atrapada, millones de años de lluvia fósil, esperando a que alguien la perforara.

O la robara.

—Desta —dijo, sin volverse—. ¿Qué sabes del helicóptero?

El capitán apretó la mandíbula. Un gesto mínimo, pero Hendaya lo captó en el reflejo del parabrisas. Conocía esa expresión, la había visto en oficiales que estaban a punto de confesar algo que preferirían callar.

—Whitaker tiene un helicóptero privado en una base al sur —dijo Desta—. Una pista de aterrizaje que la compañía construyó el año pasado. Lo usa para mover personal entre los campamentos.

—¿Cuánto personal?

—Suficiente para tomar el control de la zona. He visto convoyes blindados escoltando equipos de perforación. No son soldados regulares, son contratistas privados. Sudafricanos, algunos europeos. Exmilitares, la mayoría.

Hendaya asintió. Tenía sentido. Aquifer Global no era una ONG. Era una operación militar disfrazada de misión humanitaria. El agua era solo la excusa; el litio era el verdadero tesoro, y quien controlara el acuífero controlaría el futuro de las baterías del continente.

—¿Y los documentos? —preguntó Hendaya—. Los que dijiste que tenías.

Desta se llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta. El papel crujió bajo sus dedos.

—Transferencias bancarias, correos internos, autorizaciones firmadas por Whitaker.

Todo lo que demuestra que Aquifer Global sabía que estaba perforando en territorio protegido.

Que sobornaron a funcionarios del ministerio.

Que planearon desviar el agua hacia sus propias instalaciones de procesamiento.

—¿Suficiente para detenerlos?

—Suficiente para abrir una investigación. Si llegamos a Mekele, si encontramos a alguien que quiera escuchar...

No terminó la frase. No hacía falta.

—Llegará mañana —continuó Desta—. Su avión aterrizó en Adís Abeba esta tarde. Desde allí, helicóptero hasta la base. En doce horas estará aquí.

—¿Y entonces?

—Entonces reactivará la operación. Tiene otra plataforma ya preparada, al norte, cerca de la frontera con Eritrea. Los ingenieros la terminaron la semana pasada. Solo esperaba el permiso final.

Las palabras cayeron como un peso. No había acabado. La batalla por el acuífero acababa de empezar. La plataforma que habían destruido era solo una pieza del tablero, una ficha que Whitaker podía reemplazar con otra. Mientras él, Amara, Nadifa y Desta estuvieran vivos, la lucha continuaría.

—Tenemos que llegar a Mekele antes que él —dijo Hendaya.

—Si llegamos —respondió Desta.

El motor tosió. Una sacudida breve, como un animal que se ahoga. Luego otro espasmo, más fuerte. Desta pisó el acelerador, pero el Land Rover respondió con un gemido metálico, las revoluciones cayendo. El capitán maldijo en amárico y giró la llave. El motor se negó a arrancar.

Rodaron unos metros más sobre la inercia, hasta que el vehículo se detuvo en medio de la nada.

El silencio cayó como un manto. Ni viento, ni insectos, ni el rumor lejano de la civilización. Solo el crujir de la sal bajo el chasis, y la respiración de los ocupantes.

—Se acabó —dijo Desta.

Bajó de un salto, la puerta chirriando. Hendaya lo siguió, las piernas entumecidas.

El aire de la noche era fresco, casi frío, pero sentía el calor acumulado bajo la piel, los músculos agarrotados.

Se acercó al capó, que Desta ya había levantado.

El olor a gasolina y metal caliente flotaba alrededor.

—Vacío —dijo Desta, señalando el depósito con la linterna—. Calculé mal. Creía que llegábamos.

—¿Cuánto falta?

—Doce kilómetros. Tal vez trece.

Hendaya miró el horizonte. La luna iluminaba lo suficiente para ver la silueta de las colinas al este. Nada más. Un mar de sal y sombras. Doce kilómetros a pie, cargando el peso de la noche, con el cuerpo destrozado y el agua justa para unas horas.

—A pie —dijo Hendaya.

—No llegamos antes del amanecer —intervino Nadifa, que había bajado sin que la oyeran—. Con ella, menos.

Señaló a Amara, que había abierto la puerta trasera y estaba sentada en el borde, las piernas colgando, los ojos vidriosos. Hendaya se acercó. Tenía el rostro gris, la piel pegajosa. Los labios partidos.

—Amara.

Ella levantó la cabeza, parpadeando.

—¿Qué pasa?

—El coche se ha quedado sin gasolina. Vamos a pie.

Ella asintió, pero cuando intentó ponerse en pie, las piernas le fallaron.

Hendaya la sostuvo por el brazo, sintiendo el temblor que le recorría el cuerpo.

Era peor que en la plataforma, peor que cuando habían escapado del campamento de Montero.

La deshidratación, la fisura en la costilla, el agotamiento: todo se acumulaba como una deuda que el cuerpo empezaba a cobrar.

—No puedo —susurró ella.

—Puedes —dijo Hendaya—. Vamos.

Nadifa señaló un sendero que se perdía entre las dunas de sal. Un rastro apenas visible, una cicatriz en la corteza blanca. Sus ojos, entrenados durante décadas en la lectura del terreno, distinguían lo que para cualquier otro sería invisible.

—Por ahí —dijo—. Tres horas, quizá cuatro. Lleva a un puesto del ejército. Hay gente.

Desta y los dos soldados intercambiaron miradas. El veterano —alto, de hombros anchos, con una cicatriz que le cruzaba el pómulo— asintió. El joven parecía menos seguro, pero obedeció. Había visto a su capitán tomar decisiones difíciles, y confiaba en que esta no fuera la excepción.

—Tomamos lo esencial —dijo Desta—. Agua, armas, los documentos. Lo demás se queda.

Hendaya miró el Land Rover. La chatarra oxidada que los había llevado hasta allí. Dentro, en el asiento trasero, estaba el teléfono con los planos. Se lo metió en el bolsillo. También la navaja, la linterna, el puñado de arena que Nadifa le había dado. El juramento.

—Vamos —dijo.

Los primeros pasos fueron los peores. Amara apenas podía mantenerse en pie. Hendaya le pasó un brazo por la cintura y la sostuvo, cargando con su peso. Ella no protestó. No tenía fuerzas.

El sendero era una línea quebrada de sal endurecida y grava suelta.

A cada paso, los pies se hundían un par de centímetros.

Un esfuerzo extra que se acumulaba en las pantorrillas, en la espalda, en el cuello.

El corte en la palma derecha se abría de nuevo, la sangre empapando el vendaje improvisado. Apretó los dientes y siguió.

Nadifa tomó la delantera, caminando con una fluidez que delataba décadas de práctica. No miraba atrás. No necesitaba hacerlo. Conocía el terreno como otros conocen las líneas de la mano. Cada duna, cada grieta, cada sombra tenía un significado que solo ella descifraba.

Detrás, Desta y los soldados formaban una retaguardia silenciosa.

El veterano llevaba el fusil en alto, los ojos escudriñando la oscuridad.

El joven caminaba a su lado, imitando sus movimientos.

Ambos sabían que, aunque el enemigo no estuviera a la vista, el desierto era un campo de batalla en sí mismo.

Hendaya y Amara cerraban el grupo. Cada paso era una pequeña muerte. Las rodillas le ardían, las cervicales le martilleaban, la mano derecha le dolía donde la navaja le había abierto la carne. Pero no podía parar.

—¿Cuánto llevamos? —preguntó Amara, la voz rota.

—Veinte minutos —respondió Hendaya.

Ella soltó un gemido, pero siguió caminando.

A los cuarenta minutos, Hendaya notó que Amara empezaba a tambalearse. Los pasos se hacían más lentos, más torpes. Apretó el brazo, intentando transmitirle estabilidad.

—Un poco más —dijo.

—Mientes —murmuró ella.

—Sí —admitió él—. Pero funciona.

Ella soltó una risa seca, sin alegría. Luego el cuerpo le falló del todo. Hendaya la sintió caer, y la sostuvo antes de que tocara el suelo.

Silencio. Nadifa se volvió. Desta se detuvo.

—La cargo —dijo Hendaya.

—Estás agotado —dijo Desta.

—Da igual.

Se agachó, pasó los brazos bajo las rodillas y la espalda de Amara, y la levantó. Ella pesaba menos de lo que esperaba. La deshidratación y el agotamiento la habían consumido, reduciéndola a una cáscara de lo que era. La acomodó contra su pecho y reanudó la marcha.

Cada paso era una sentencia. El cuerpo de Hendaya gritaba, los músculos quemaban, la respiración se volvía un jadeo corto y rasposo. Pero seguía caminando. Un pie. Otro. La luna se movía lentamente en el cielo. Las estrellas giraban. El sendero se alargaba.