El acuífero del Infierno Capítulo 17 En el Vientre del Monstruo
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Capítulo 17 En el Vientre del Monstruo

E l conducto apestaba a metal rancio y aceite quemado. Apoyó las manos en la rejilla del techo y empujó. La compuerta cedió dos centímetros. Un haz de luz blanca se filtró por la rendija, trayendo el rumor constante de maquinaria.

Esperó. Contó hasta treinta. Ninguna voz de alarma. Solo el zumbido profundo de la bomba y el golpeteo rítmico de algo metálico contra algo sólido.

Empujó la rejilla hacia arriba. Los tornillos oxidados protestaron, pero no cedieron. Hizo palanca con la navaja, sintiendo la hoja morder el metal blando. Un giro. Otro. El primer tornillo cayó al otro lado con un tintineo que resonó en la sala.

Amara, a sus espaldas, contuvo la respiración.

No se movió. Escuchó. Los golpes continuaban.

Alguien canturreaba una melodía que no reconoció.

Giró el segundo tornillo. Este salió limpio.

El tercero se atascó. El sudor le resbaló por la nariz y cayó sobre la chapa metálica.

Maldijo en silencio. La hoja patinó, se clavó en la palma de la mano.

No soltó el mango. Apretó los dientes y forzó el giro con los dedos sangrando.

El tornillo cedió.

Levantó la rejilla con cuidado, centímetro a centímetro, hasta tener un hueco suficiente para asomar la cabeza.

La sala de bombas era un rectángulo de unos quince metros de largo por ocho de ancho.

Tubos de acero de treinta centímetros de diámetro descendían del techo y se hundían en una losa de hormigón.

En el centro, la bomba principal: un cilindro verde oliva, con válvulas y manómetros que sobresalían como costillas de un animal prehistórico.

Las tuberías de salida, naranjas, cruzaban la sala hacia el este y se perdían en un túnel de acceso.

Dos hombres trabajaban en el extremo opuesto, junto a un panel de control.

Uno llevaba mono azul y casco blanco. El otro, más joven, vestía overol amarillo y manipulaba una llave inglesa en una válvula de paso.

Canturreaban. El más joven silbaba entre dientes.

El otro reía de algo que no alcanzó a oír.

Evaluó la sala en segundos. Una puerta metálica a la izquierda, cerrada.

Extintores en la pared. Un montón de trapos aceitosos junto a un tambor de doscientos litros.

La cámara. Lente apuntando al panel de control.

Pero el led permanecía apagado. Entrecerró los ojos.

Un cable colgaba suelto detrás del soporte, pelado, roto. Estaba desconectada.

—Dos técnicos —susurró—. Y una cámara muerta.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Amara.

—El cable de alimentación está cortado. No graba desde hace tiempo.

Nadifa se movió en la oscuridad. Su voz llegó desde atrás, apenas un roce.

—Yo conozco esta sala. Trabajé aquí tres meses. Hay una compuerta de mantenimiento en el lateral oeste, da al exterior, a un pasillo de servicio. Está cerrada con un pestillo, no con candado. Por ahí puedo rodearlos y llegar a la parte trasera.

Consideró la propuesta. La adrenalina le había secado la boca. Notó el pulso en las sienes, un martilleo constante.

—Dividimos fuerzas. Si te descubren, estás sola.

—Si me descubren, ya habrán perdido tiempo. Ustedes terminarán el trabajo.

No le gustaba dividir al grupo. En la Legión aprendió que la fuerza estaba en el número, en la capacidad de cubrirse mutuamente. Pero la sala no era un campo de batalla. Era un laberinto de tuberías y ángulos muertos. Allí, la astucia podía más.

—Está bien —dijo—. Pero a la primera señal de problema, vuelves al conducto.

Nadifa asintió en la penumbra. Empezó a arrastrarse hacia atrás, hacia la compuerta que recordaba. Oyó el roce del metal contra su ropa, el chirrido leve de un pestillo al ceder. Luego, silencio.

Amara se acercó. Su aliento le rozó la mejilla.

—Confía en ella. Sabe lo que hace.

—No es ella lo que me preocupa —palpó los cartuchos de dinamita en su bolsillo—. Estos explosivos son de prospección, baja potencia. Para derribar la bomba necesitamos colocarlos en el punto exacto.

—¿El techo?

—La base de la bomba está anclada al hormigón con pernos de acero. Si los destrozamos, la bomba se cae sobre sí misma. Pero la carga no es suficiente para romper el hormigón. Tendremos que derribar el techo sobre ella.

—¿El techo?

—Hay una viga transversal justo encima de la bomba. Si la debilitamos, el peso del hormigón hará el resto. He calculado la carga: ocho cartuchos en la junta de la viga, bien distribuidos, partirán el acero. Demasiado poca, no cae. Demasiada, nos entierran a todos.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—Diez minutos para instalarlos. Cinco para salir.

—Tienes quince.

Amara se ajustó el pañuelo en la cabeza y alisó la camisa manchada. En la oscuridad del conducto parecía una sombra más.

—Cuando oigas el ruido, salgo yo primero —dijo—. Tú detrás. Colocas los explosivos mientras yo los entretengo.

—Y si no funciona...

—Funcionará.

No respondió. Esperó. Calculó mentalmente la posición de los cartuchos, la distancia a la viga, los segundos de mecha. Todo encajaba en su cabeza como un plano. Pero los planos nunca incluían variables humanas.

El ruido llegó desde el exterior de la sala. No era un golpe metálico preparado. Era un chirrido, el sonido de ruedas sobre hormigón, seguido de una maldición en amárico.

La puerta lateral se abrió de golpe.

El segundo técnico —el que había salido antes— entró empujando un carrito de herramientas. Una pata metálica golpeó contra el marco. Las herramientas tintinearon sobre la bandeja. El hombre refunfuñó, se agachó a recoger una llave que había caído.

El técnico del panel levantó la cabeza.

—¿Qué ha pasado?

—Este carro de mierda. La rueda está torcida. ¿Has llamado al almacén por esas piezas?

—Aún no. Termino aquí y llamo.

—Pues date prisa. El jefe llega esta tarde.

Contuvo el aliento. El carrito había creado el momento. El segundo técnico estaba distraído, enderezando la rueda. El otro se había girado hacia el panel.

—Ahora —susurró.

Amara asintió. Se descolgó por el hueco de la rejilla y cayó sobre la chapa de ventilación. El impacto fue sordo, pero no más fuerte que el ruido del carrito.

—¡Hola! —dijo—. Disculpe, estoy buscando al responsable de la plataforma.

Los dos técnicos se giraron. El del mono azul la miró con sorpresa, luego con desconfianza.

—¿Quién es usted? ¿Cómo ha entrado aquí?

—Soy la doctora Kabbaj, de Médicos Sin Fronteras. Me he perdido. Llevo horas caminando por los pasillos. ¿Podría indicarme cómo salir?

El técnico frunció el ceño. Dio dos pasos hacia ella.

—Aquí no debería haber nadie sin autorización. ¿Cómo ha pasado los controles?

—No sé, he llegado por una puerta que estaba abierta. En la planta baja. Creo que es la entrada de servicio.

El hombre se relajó ligeramente. Negó con la cabeza, casi con resignación.

—Otra despistada. Mire, señora, esto no es un hospital. Debe salir inmediatamente. Le acompañaré a la entrada.

—Gracias, es muy amable —Amara sonrió—. ¿Sabe si hay algún responsable? Necesito que me firme un permiso de acceso.

Esperó. Desde el conducto veía la espalda del primer técnico, de espaldas a la bomba. El segundo seguía junto al carrito, mirando hacia la puerta. La sala estaba momentáneamente en desorden.

Bajó. Sus botas tocaron el suelo de hormigón sin hacer ruido. Se deslizó tras la bomba, ocultándose en el punto ciego que había identificado desde arriba.

Los explosivos pesaban en su chaqueta. Los cartuchos eran cilindros de papel encerado, de unos quince centímetros de largo, con los extremos sellados. Sacó dos, luego un tercero. Los colocó contra la base, donde el hormigón se unía al metal.

Buscó la viga transversal. Estaba a tres metros de altura, sobre la bomba, pintada de blanco. Un cordón de soldadura la unía a la estructura del techo. Si colocaba los cartuchos en la junta, la explosión partiría la viga.

Miró a su alrededor. No había escaleras. Solo la caja de herramientas contra la pared, cerca del panel de control. Demasiado lejos.

—Amara —susurró, apenas un hilo de voz.

Ella lo oyó. Mantuvo la sonrisa mientras el técnico se acercaba.

—¿Sabe qué? —dijo Amara—. Creo que he visto un acceso por allí. ¿Es esa la salida?

Señaló hacia la puerta por la que había entrado el segundo técnico. El hombre giró la cabeza para mirar.

Aprovechó el segundo. Corrió hacia la caja de herramientas, la abrió y sacó un martillo de orejas. Regresó a la bomba.

El técnico volvió a mirar a Amara.

—No, esa va al túnel de extracción. Está prohibido. Le acompañaré por la salida principal.

—Perfecto. Vamos.

Amara comenzó a caminar hacia la puerta principal.

El técnico la siguió. En el momento en que el hombre traspasó el umbral, trepó por la estructura metálica de la bomba, usando los tubos como escalones.

Llegó hasta la viga. El martillo golpeó el metal.

Un ruido sordo. Los cartuchos encajaban perfectamente en la junta.

El otro técnico regresaba. Oyó la voz antes de verlo.

—¡Eh! ¿Qué está haciendo?

Llegó desde la entrada lateral. Se congeló. No había tiempo de bajar. Se quedó inmóvil, agarrado a la viga, a cuatro metros del suelo.

El técnico del mono azul entró en la sala. Miró hacia la bomba. Lo vio.

—¡Alto! ¡Baje de ahí!

La mano del hombre fue hacia la cadera, buscando algo.

Una radio. Saltó. Cayeron al suelo. El técnico era fuerte, más joven de lo que parecía.

Forcejeó, intentó meter la mano en el bolsillo donde llevaba el transmisor.

Le inmovilizó la muñeca contra el hormigón, sintió los tendones tensarse, y le descargó un golpe seco en la sien con la palma. El técnico se relajó, inconsciente.

Amara regresó corriendo.

—¿Está muerto?

—No. Pero tiene para rato. —Se levantó, respirando con dificultad—. Sújeta sus manos. Usa el cable de la caja.

Ella obedeció. Sacó un cable eléctrico y ató las muñecas del hombre. Mientras tanto, colocó los dos últimos cartuchos en la viga. Conectó la mecha lenta. El rollo medía veinte metros, suficiente para llegar hasta la salida del conducto.

—Ya está —dijo—. Nos vamos.

—¿Y el otro técnico?

—Volverá. Cuando no encuentre a Nadifa, volverá. Tenemos que estar fuera para entonces.

Tiró del técnico atado, lo arrastró detrás de la bomba, ocultándolo entre las tuberías. Luego se giró hacia la rejilla.

—Sube tú primero —dijo.

Amara trepó. Él la siguió. Desde el conducto, vio la sala por última vez. La bomba, los cartuchos, la viga. En la esquina, la cámara seguía muda, el cable colgando inútil.

—¿Por qué estaba desconectada? —preguntó Amara.

—No lo sé. Quizás Nadifa lo sabía. Quizás alguien la dejó así a propósito.

—¿Y ahora qué?

—Ahora salimos.

Empezó a avanzar hacia la salida, arrastrándose. La mecha colgaba de su cinturón, lista para ser encendida. El conducto se cerraba a su alrededor. Olor a metal, a polvo, a sudor.

A diez metros de la rejilla de salida, oyó el ruido.

No era una alarma. Era un motor. El motor de un vehículo que se aproximaba desde el este.

—Whitaker —dijo—. Llega temprano.

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—No lo sé. Pero si entra en la plataforma, nos verán. Tenemos que salir ahora.

Apretó el paso. Las rodillas sangraban. Los brazos le temblaban. Pero no se detuvo.

La rejilla estaba a menos de un metro. Más allá, la luz del sol del mediodía, cegadora, cálida, prometiendo libertad.

—Voy a encender la mecha —dijo—. Cuando salgamos, corred. No miréis atrás.

—¿Y si nos ve Whitaker?

—Si nos ve, ya no importará. La bomba estará destruida.

Alcanzó la rejilla. La empujó. La compuerta cedió. Se asomó.

Fuera, el sol lo cegó un instante. Cuando enfocó, vio los dos vehículos que se acercaban desde el oeste. El primero, un todoterreno negro. En la distancia, tras él, un camión cubierto.

Whitaker llegaba.

Pero la alarma no sonaba. Y la cámara seguía muerta.

Dudó. Algo no encajaba.

—¿Qué pasa? —preguntó Amara.

—La cámara. La desconectaron. Pero la seguridad no ha reaccionado. Tendrían que haber notado que no funcionaba.

—Quizás no revisan. Quizás es pura fachada.

—Quizás quieren que entremos.

Amara no respondió.

La miró un segundo. Luego encendió la mecha. La punta escupió una lluvia de chispas que olían a pólvora y a metal caliente. El humo se elevó en espiral, perdiéndose en la oscuridad del conducto, y supo que el fuego ya viajaba hacia los cartuchos.

—Ahora —dijo—. Corred.

Y saltaron al exterior, al sol, al salar, mientras a sus espaldas la mecha devoraba metros, acercándose a la viga, acercándose a la bomba, acercándose al vientre del monstruo.