El acuífero del Infierno Capítulo 18 Fuego en la Mina
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Capítulo 18 Fuego en la Mina

L a sirena rasgó el silencio del salar.

Hendaya se giró. La plataforma vomitaba luz roja por todas sus rendijas. Los reflectores de la entrada principal se encendieron, bañando la llanura de sal en un resplandor blanco que recortaba la silueta del todoterreno negro. Whitaker estaba a menos de cien metros.

—La alarma —dijo Amara, jadeante.

—El técnico —respondió Nadifa—. Encontraron al otro.

Hendaya ya no escuchaba. Tenía la mano en el bolsillo, donde el detonador manual colgaba inerte.

Lo había apretado tres veces al saltar del conducto.

Nada. La mecha lenta seguía ardiendo allí abajo, pero el detonador de proximidad no había funcionado.

Tal vez la caída, tal vez un defecto de fabricación, tal vez la maldita arena del desierto metiéndose en los contactos.

—No funciona —dijo, y la frase sonó más a sentencia que a constatación.

—¿Qué hacemos? —preguntó Amara.

Hendaya miró la plataforma. Las luces rojas parpadeaban rítmicamente, marcando el pulso de la emergencia. Guardias corriendo hacia el interior desde la garita de entrada. El técnico del overol amarillo asomado a la puerta principal, gesticulando y señalando hacia el conducto de ventilación.

—El panel de control —dijo Hendaya—. Hay que activar la detonación desde ahí.

—¿Estás loco? —Amara lo agarró del brazo—. Está lleno de guardias. Whitaker está llegando.

—Si no detonamos ahora, la mecha se consume y no pasa nada. Los explosivos se quedan ahí. Los guardias los encontrarán. Y todo habrá sido para nada.

Nadifa ya se movía hacia la compuerta lateral, pegada a la sombra de la estructura metálica. No dijo nada. Su silencio bastaba.

Hendaya soltó el brazo de Amara.

—Tú puedes quedarte. Nadie te obliga.

—No digas estupideces —respondió ella, y lo siguió.

La compuerta lateral seguía abierta. Nadifa la había dejado así cuando salió, y el movimiento de la alarma había dispersado a los guardias hacia el frente. Entraron en fila india: Hendaya primero, Amara detrás, Nadifa cerrando.

El pasillo estaba vacío. La luz roja teñía las paredes de metal, creando sombras que se alargaban y contraían con cada parpadeo. El ruido de la sirena era ensordecedor, un lamento eléctrico que vibraba en los dientes.

Hendaya conocía el camino. Lo había memorizado en los planos, lo había recorrido dos veces en el conducto, lo había visto desde la rejilla. Sala de bombas a la izquierda, pasillo de mantenimiento, escalera al entrepiso, y allí, una puerta metálica: la sala de control.

Llegaron a la esquina. Hendaya asomó la cabeza.

La puerta de la sala de control estaba abierta. Luces parpadeantes, monitores encendidos. Vacía.

—Ahora —susurró.

Corrieron. Los pasos sonaban huecos en el metal. Hendaya entró primero, localizando inmediatamente el panel. Una consola de acero inoxidable con seis monitores, dos teclados, una pantalla táctil y, en el centro, un conmutador rojo protegido por una tapa de metacrilato.

«Activación manual de detonación.»

La tapa estaba sellada con un precinto de plástico. Hendaya lo rompió de un tirón. Levantó la tapa. El conmutador tenía tres posiciones: ARMADO, SEGURO, DETONAR.

Lo giró a ARMADO. La pantalla táctil se iluminó con un mensaje:

«INTRODUZCA CÓDIGO DE EMERGENCIA»

—Mierda —dijo Hendaya.

—¿Qué pasa? —preguntó Amara.

—Necesita un código.

Nadifa se plantó en la puerta, mirando hacia el pasillo. —Tenemos poco tiempo. Vienen.

Hendaya cerró los ojos. Los planos. Los había estudiado durante horas en el refugio de Nadifa, bajo la luz de una linterna, mientras la arena se colaba por las rendijas. Había visto la nota al margen, escrita a mano, en caligrafía de ingeniero: «Código de emergencia: 1947. Año de fundación.»

¿1947?

Tecleó los números. La pantalla parpadeó.

«CÓDIGO INCORRECTO. INTENTO 1 DE 3.»

—No —susurró Hendaya—. No, no, no.

—¿Estás seguro del código? —preguntó Amara.

—Los planos decían 1947. Año de fundación de la compañía.

—¿Y la compañía se fundó en 1947?

Hendaya abrió los ojos. La pantalla le devolvió el parpadeo rojo. No lo sabía. Había asumido, había dado por sentado. Pero los planos podían estar desactualizados, podían haber cambiado el código, podía ser cualquier cosa.

—¿Qué hacemos? —preguntó Amara.

Pasos. Múltiples pasos. Corriendo hacia ellos desde el pasillo principal.

Nadifa se pegó a la pared, sacó algo del bolsillo: una llave inglesa que había recogido de la sala de bombas. —Ya vienen.

Hendaya miró la pantalla. Segundo intento. Podía arriesgar otro número, o intentar recordar si había algo más en los planos. Pero los planos eran claros: 1947. La nota decía «Código de emergencia: 1947». No había alternativa.

Tecleó de nuevo. 1947.

«CÓDIGO INCORRECTO. INTENTO 2 DE 3. UN INTENTO FALLIDO BLOQUEARÁ EL SISTEMA.»

—Queda uno —dijo Amara.

El sudor le resbaló por la nuca. Los dedos le temblaban sobre el teclado. 1947. Tenía que ser. Pero no funcionaba. ¿Qué otro código podía ser? ¿El año de la primera prospección? ¿El número de permiso? No lo sabía. No lo había memorizado.

Y entonces lo vio.

En la esquina inferior de la pantalla, un logotipo corporativo: Aquifer Global Corp. Y debajo, en letras diminutas: «Fundada en 1948».

1948. No 1947. La nota en los planos estaba equivocada. O era un señuelo. O el ingeniero que la escribió había cometido un error.

—1948 —dijo Hendaya.

—¿Qué? —preguntó Amara.

—La compañía se fundó en 1948. El código es 1948.

Tecleó. Los dedos, torpes, golpearon las teclas. 1-9-4-8.

La pantalla se volvió verde.

«CÓDIGO ACEPTADO. DETONACIÓN EN 30 SEGUNDOS. CONFIRMAR.»

Hendaya apretó CONFIRMAR sin dudar.

Y entonces lo supo. Treinta segundos. Podía correr, llegar a la salida, perderse en el salar.

Pero si se iba, los guardias desactivarían la carga.

Todo habría sido en vano: la excavación con las manos desnudas, el forcejeo con el técnico, el riesgo de dejar a Amara y Nadifa dentro.

Apoyó los dedos en el teclado. Se quedó.

Una voz desde la puerta:

—¡Alto! ¡No se muevan!

Era un guardia. Mono negro, brazalete blanco, pistola en la mano. Apuntaba directamente a Hendaya.

—¡Manos arriba! ¡Ahora!

Amara se movió antes de que Hendaya pudiera reaccionar. Dio un paso al frente, interponiéndose entre el guardia y la consola.

—No dispares —dijo, con una voz que no temblaba—. Soy médica. Esto es una emergencia.

—¡He dicho manos arriba!

El guardia avanzó, el arma firme. Detrás de él, otro uniforme asomó en el pasillo. El técnico del overol amarillo, señalando, gritando algo inaudible bajo la sirena.

Hendaya mantuvo las manos a media altura. Su cabeza funcionaba a toda velocidad: veinticinco segundos para la detonación. Necesitaba salir de allí. Pero si se movía, el guardia disparaba. Y si disparaba, todo se perdía.

—Escucha —dijo Amara—. Hay una bomba en la sala de abajo. Va a explotar en veinte segundos. Si no sales de aquí, vas a morir.

El guardia dudó. Miró a Amara, miró a Hendaya, miró la pantalla donde el contador descendía: 22... 21...

—¿Bomba? —preguntó.

—Sí —dijo Hendaya—. Y tú estás en el radio de la explosión.

El guardia bajó el arma dos centímetros. Fue suficiente.

Nadifa surgió de la nada. La llave inglesa impactó en la muñeca del guardia con un crujido seco. La pistola cayó al suelo. El guardia gritó, se dobló, y Nadifa lo remató con un rodillazo en el estómago que lo dejó sin aire.

—Quince segundos —dijo Amara.

Nadifa recogió la pistola. —Vámonos.

Salieron de la sala de control. El pasillo estaba vacío, pero desde el fondo llegaban más gritos, más pasos, más guardias convergiendo. Corrieron hacia la salida lateral, hacia la compuerta, hacia el exterior.

—Diez segundos —contó Amara.

Hendaya llegó primero a la compuerta. La abrió de un empujón. La luz blanca de los reflectores los cegó. El salar se extendía ante ellos, vacío, abierto, sin cobertura.

—Cinco segundos —dijo Amara.

Corrieron.

La explosión no fue un trueno. Fue un golpe sordo, subterráneo, que levantó el suelo bajo sus pies. Una onda expansiva que sacudió la plataforma desde los cimientos. El ruido llegó después: un rugido grave, profundo, que parecía salir de las entrañas de la tierra.

Hendaya cayó de rodillas. Se giró.

El centro de la plataforma se hundía. El techo de la sala de bombas, justo donde había colocado los ocho cartuchos de dinamita, se plegaba sobre sí mismo como un acordeón de metal retorcido. Una nube de polvo blanco y gris se elevó hacia el cielo, mezclada con el humo negro de la mecha.

La bomba de extracción quedaba sepultada bajo toneladas de acero y cemento. El agua del acuífero —si es que había llegado a subir hasta allí— correría libre ahora por las grietas del subsuelo, sin nadie que la bombeara, sin nadie que la contaminara.

Había funcionado.

—Lo logramos —dijo Amara, arrodillada junto a él, jadeante.

Nadifa se incorporó lentamente, observando el colapso con una expresión que Hendaya no supo descifrar. Alivio, quizás. O tristeza. La tierra de sus ancestros, violada una vez más, pero al menos vengada.

Hendaya se puso en pie. Las piernas le temblaban. La rodilla derecha, aún sangrante, protestó. Pero estaba entero. Estaban enteros.

—Tenemos que irnos —dijo—. Whitaker debe estar—

—No irán a ninguna parte.

La voz llegó desde atrás, cortante, fría.

Hendaya se giró.

Desta Haile estaba a diez metros. Uniforme impecable, fusil en posición de disparo, apuntando directo al pecho de Hendaya. Dos soldados lo flanqueaban, también armados, también apuntando.

—Alto —dijo Desta—. No se muevan.

El silencio se instaló sobre el salar. La sirena, ahogada por la explosión, había dejado de sonar. Solo se escuchaba el crepitar del metal retorcido y el viento, que comenzaba a levantar la sal en remolinos finos.

Amara levantó las manos lentamente. Nadifa no se movió, la pistola del guardia aún en su mano, pero apuntando al suelo.

Hendaya miró a Desta a los ojos. El capitán etíope sostenía el fusil con firmeza. Su mandíbula estaba apretada. Pero en sus ojos, Hendaya creyó ver algo más que odio. Algo parecido a... ¿respeto?

—Capitán —dijo Hendaya—. La bomba ha sido destruida. No podrán extraer nada de aquí.

—Lo sé —respondió Desta.

—Entonces baje el arma. Esto se acabó.

Desta no bajó el arma. Apretó la culata contra el hombro, ajustó la puntería.

—Ha causado usted muchos problemas, Hendaya. Whitaker está furioso. Y cuando Whitaker está furioso, yo pago las consecuencias.

—Entonces dispáreme —dijo Hendaya—. Dispáreme y demuestre que no es más que un perro de presa.

El dedo de Desta se tensó sobre el gatillo.

Amara contuvo el aliento.

Nadifa giró la pistola, lista para disparar.

Pero Desta no apretó el gatillo.

Mantuvo la posición durante cinco segundos eternos. Luego, lentamente, bajó el fusil.

—No —dijo—. No le daré ese placer. Whitaker quiere verlo. Quiere hablar con usted. Dice que tiene una oferta.

—No me interesa.

—Le conviene interesarse. Porque si no acepta, él se encargará de que sus amigos afar paguen cada gota de agua que han derramado.

Nadifa dio un paso al frente. —No amenaces a los míos.

—No es una amenaza —dijo Desta—. Es un hecho. Whitaker tiene contactos. Puede hacer que el gobierno etíope reubique a toda la aldea. O algo peor.

El peso de la derrota cayó sobre Hendaya. Había destruido la bomba, sí. Pero Whitaker seguía allí, y Desta seguía allí, y el poder seguía del lado de los que tenían el dinero y las armas.

—¿Qué quiere? —preguntó.

—Hablar. Nada más. Si no le gusta su oferta, puede irse. Le doy mi palabra.

—¿Su palabra? —Hendaya rió, sin humor—. Su palabra no vale nada, capitán. Lo ha demostrado.

Desta sostuvo su mirada. —Tal vez. Pero es lo único que tengo. Y es lo único que le ofrezco.

El viento arreció, levantando una cortina de sal entre ellos. Hendaya parpadeó; los cristales minúsculos se le incrustaron en la piel.

Miró a Desta. Luego la plataforma humeante. Después el todoterreno negro, donde una silueta alta y delgada lo observaba desde la distancia.

Whitaker.

—De acuerdo —dijo Hendaya—. Hablaré con él.

Desta asintió. Hizo un gesto a sus soldados. Estos avanzaron, separando a Hendaya de Amara y Nadifa.

—¿Qué haces? —preguntó Amara—. ¡No puedes fiarte de ellos!

—No me fío —respondió Hendaya, mientras los soldados lo esposaban—. Pero quiero ver su cara. Quiero que sepa quién lo ha parado.

Los soldados lo condujeron hacia el todoterreno negro. A su espalda, la plataforma gemía, el metal retorcido crujía, y el humo seguía elevándose hacia el cielo implacable del Danakil.

Amara y Nadifa quedaron en el salar, rodeadas de soldados, observando cómo se llevaban a Hendaya.

—¿Ahora qué? —preguntó Amara.

Nadifa apretó la pistola en su mano. No respondió. Pero en sus ojos, pequeños y duros como piedras, brillaba algo que no era resignación.

Era determinación.