El acuífero del Infierno Capítulo 16 El Camino de la Sombra
54%

Capítulo 16 El Camino de la Sombra

L a sal crujía bajo su pecho con cada respiración. Hendaya mantuvo los prismáticos pegados a los ojos, apoyado sobre los codos, el cuerpo fundido con la duna. La plataforma minera emergía del horizonte como una herida metálica en la carne blanca del desierto.

—Cambio de guardia en una hora —dijo sin volverse—. Tenemos una ventana de siete minutos.

Amara yacía a su izquierda, la respiración controlada, el rostro pegado al polvo de sal. Nadifa se había quedado diez metros atrás, oculta tras un afloramiento de roca negra. El viento de la mañana traía olor a metal caliente y diésel.

Ajustó el enfoque. La plataforma se extendía como un pueblo industrial improvisado: tres torres de perforación, dos generadores, una hilera de contenedores apilados, el destello azul de una antena parabólica. Y alrededor, el zumbido constante de la actividad humana.

Contó los guardias. Dos en la torre norte, uno en la sur.

Un tercero fumaba junto a la entrada del contenedor principal.

Calculó distancias, ángulos, tiempos de reacción.

Ciento veinte metros de tierra abierta hasta la sombra del primer generador.

Luego otros ochenta hasta el conducto de ventilación, si es que estaba donde indicaban los planos.

—¿Seguro que siete minutos? —preguntó Amara.

—Los turnos son cada ocho horas al mediodía. Los relevos tardan diez minutos en establecerse. Los primeros tres, los guardias entrantes reciben instrucciones. Los siguientes cuatro, firman papeles y encienden cigarrillos. Eso nos da siete minutos sin ojos en las torres.

—¿Y si hoy hacen las cosas diferentes?

—Entonces estaremos muertos.

Nadifa se deslizó hasta ellos. El pañuelo manchado de sudor y polvo, los ojos seguían afilados. Señaló un punto entre las dos torres de vigilancia.

—Allí —dijo en voz baja—. Entre la luz y la luz. Siempre hay sombra al mediodía.

Hendaya siguió su dedo. Dos torres metálicas se alzaban a ambos lados de la plataforma, separadas por unos treinta metros.

Los reflectores montados en sus cimas proyectaban conos de luz que se superponían, pero entre ambos, justo en el centro, había una franja de penumbra.

Una línea de sombra de apenas dos metros de ancho.

—Las cámaras no cubren esa zona —añadió Nadifa—. Lo sé porque trabajé aquí tres meses como limpiadora. Vi a los técnicos ajustar los ángulos. Dejaron un hueco.

—¿Por qué?

—Porque la sombra es demasiado oscura para el sensor. Prefirieron cubrir más terreno abierto que perder tiempo calibrando una franja muerta.

Hendaya asintió. La información encajaba con su propia observación.

Las cámaras térmicas de las torres barrían el perímetro en un patrón regular, pero sus ejes nunca se cruzaban exactamente.

Entre ambos barridos quedaba un espacio ciego de tres segundos.

Suficiente para un hombre que supiera moverse.

—¿Cuánto tiempo necesitas para cruzar? —preguntó Amara.

—Veinte segundos a gatas. Diez si voy agachado. Pero tengo que llevar la dinamita.

—Yo puedo llevarla —dijo Nadifa.

—No.

—Es mi tierra. Mi agua.

—Y mi explosivo. Si lo dejo caer, sé cómo no volarlo todo. Tú no.

Nadifa sostuvo su mirada unos segundos, luego desvió los ojos. No era sumisión, era cálculo. Sabía cuándo discutir y cuándo esperar.

—El cambio es dentro de cuarenta minutos —dijo Hendaya—. Vamos a tener que esperar.

El sol comenzaba a ascender, y con él, la temperatura. Sintió el calor filtrarse a través de la camisa, acumularse en la nuca, evaporar el sudor antes de que pudiera formarse. La deshidratación apretaba la garganta como una mano callosa.

Amara sacó la cantimplora. Quedaban dos dedos de agua tibia, con sabor a plástico y sal. Bebió un sorbo y se la pasó a él. Bebió la mitad y se la devolvió.

—Nadifa —llamó Amara.

La mujer afar negó con la cabeza. —Guárdala. Beberé cuando estemos dentro.

Hendaya volvió a los prismáticos. La plataforma seguía igual. Los guardias realizaban sus rondas con la monotonía del que sabe que nadie va a atacar. ¿Quién atacaría una plataforma minera en el Danakil? No había nada que robar salvo sal y promesas rotas.

Observó los movimientos. El guardia de la torre norte bostezó. El de la sur se apoyó contra la barandilla, el fusil colgando al hombro, el peso del cuerpo sobre una pierna. El del contenedor principal había desaparecido.

—Han empezado los preparativos —dijo.

—¿Preparativos? —preguntó Amara.

—El relevo. El guardia del contenedor ha entrado a despertar al siguiente turno. En quince minutos, los nuevos estarán desayunando. En veinte, subirán a las torres.

—¿Y nosotros cruzamos entonces?

—No. Cruzamos cinco minutos antes. Cuando los relevos están entregando las armas y firmando los registros. Es el momento de máxima confusión.

—Eso no es lo que dijiste antes.

—He ajustado el plan.

Amara lo miró, buscando la duda en sus ojos. No la encontró.

—¿Y si sale mal?

—Entonces tendrás que cubrirme.

—No tengo arma.

—Tienes manos de cirujana. Aprieta fuerte y en el lugar exacto. Con eso basta.

Ella tragó saliva, pero no discutió.

Pasaron los minutos. El sol se elevó un palmo más sobre el horizonte. El viento cambió de dirección, trayendo ahora olor a desierto caliente, azufre y salmuera. Hendaya sintió la lengua hinchada, los labios partidos. Se obligó a no pensar en agua.

Nadifa fue la primera en moverse. —Ya.

Hendaya enfocó los prismáticos. El guardia de la torre norte había bajado.

El de la sur seguía allí, pero miraba hacia el interior de la plataforma, hacia el contenedor donde se estaba produciendo el relevo.

La torre sur quedaba a la izquierda de su ruta.

El guardia no los vería si se mantenían en la franja de sombra.

—Vamos —dijo.

Se deslizó por la duna como un reptil, pecho contra la sal, codos y rodillas impulsándolo hacia adelante. Amara lo seguía a tres metros, imitando sus movimientos. Nadifa cerraba la retaguardia, más fluida, más silenciosa.

El suelo cambió bajo sus cuerpos. De la sal compacta pasaron a una mezcla de grava y polvo. Las piedras se clavaban en la piel. El calor irradiaba desde la tierra, ascendía a través de la ropa, se acumulaba en el vientre.

Veinte metros. La torre sur se elevaba a la derecha, los peldaños metálicos brillando bajo el sol. El guardia seguía dentro, hablando con alguien. Se oían voces, risas, el chasquido de un mechero.

Cuarenta metros. La franja de sombra se abría frente a ellos, una línea de penumbra que cortaba el suelo como un cuchillo.

Hendaya se desvió ligeramente, buscando el centro exacto.

Las cámaras barrían a ambos lados. Si alguien miraba los monitores, verían solo el cono de luz y, en medio, una sombra.

Sesenta metros. El sudor le caía por la frente, le picaba en los ojos. No podía limpiarse. No podía detenerse. Las manos le ardían. Las rodillas, desgastadas por la sal, sangraban bajo la tela.

Ochenta metros. Oyó una puerta metálica abrirse. Se congeló.

El guardia salió de la torre sur. Llevaba un fusil colgado al hombro y un cigarrillo en los labios. Se apoyó contra la barandilla de la plataforma, a diez metros de donde yacían, y encendió el cigarro. Aspiró profundamente, el humo escapando en espirales hacia el cielo claro.

Hendaya no respiró. El guardia estaba de espaldas, mirando hacia el interior de la plataforma. Si se volvía, los vería. No había cobertura. Solo sal blanca y cuatro cuerpos pegados al suelo.

Pasaron los segundos. El guardia fumó con calma, lentamente, como si tuviera toda la vida por delante. Lanzó la ceniza al suelo. Se ajustó la correa del fusil. Dio una última calada y aplastó la colilla contra la barandilla.

Luego giró y entró en la torre.

Hendaya exhaló. La bocanada de aire caliente le quemó la garganta.

—Sigue —susurró.

Reanudaron el avance. Cien metros. El generador principal rugía a la izquierda, una mole metálica que vibraba con cada revolución del motor. El olor a diésel era tan denso que casi se podía masticar.

Ciento diez metros. La sombra del generador cayó sobre ellos. Hendaya se puso en cuclillas, luego de pie, moviéndose pegado a la pared metálica. Amara y Nadifa lo imitaron.

El conducto de ventilación estaba allí. Emergía del suelo como un tubo de metal oxidado, de unos sesenta centímetros de diámetro, coronado por una rejilla de acero. Los tornillos estaban rojos de óxido.

Se arrodilló junto al conducto. Tocó la rejilla. El metal estaba caliente, pero no al rojo vivo. Pasó los dedos por los tornillos. Cedían.

—Necesito cinco minutos —dijo.

—¿No eran diez? —preguntó Amara.

—Era para instalar los explosivos. Esto solo es abrir la puerta.

—Tenemos tres minutos antes de que el relevo termine.

—Entonces mejor que empiece.

Sacó la navaja del bolsillo y comenzó a trabajar en el primer tornillo. La hoja mordió el metal oxidado, rasgando la capa de herrumbre. El tornillo resistió, luego cedió con un chirrido metálico.

—Vigilad —dijo sin levantar la vista.

Amara y Nadifa se colocaron a ambos lados del conducto, ocultas tras el generador, mirando hacia la plataforma. El ruido del motor cubría cualquier sonido que pudieran hacer.

Segundo tornillo. Más fácil que el primero. El óxido había carcomido la rosca, y el metal se desprendía en fragmentos marrones. Trabajó con movimientos precisos, la navaja girando en la ranura, la punta arañando la cabeza del tornillo.

Tercer tornillo. Este estaba más apretado. Apoyó todo el peso del cuerpo, sintió el mango de la navaja clavarse en la palma de la mano. El tornillo no cedía. Probó con otra angulación, girando en sentido contrario. Nada.

—Maldita sea —murmuró.

—¿Problema? —preguntó Amara sin volverse.

—Uno de los tornillos está gripado.

—¿Puedes forzarlo?

—Estoy intentándolo.

Golpeó la cabeza del tornillo con el mango de la navaja. Una vez, dos veces. El sonido metálico se perdió en el rugido del generador. Probó de nuevo a girar. Nada. El óxido había soldado el acero.

Miró a su alrededor. No había herramientas. Solo sus manos, la navaja, la dinamita. Buscó algo que pudiera servirle de palanca. Nada.

—Nadifa —llamó.

Ella se volvió, silenciosa.

—¿Tienes algo que pueda usar como palanca? ¿Un clavo, un alambre?

Nadifa se palpó los bolsillos. Sacó un trozo de alambre de cobre, fino, flexible. —Esto es todo.

—No servirá.

—Entonces usa la rabia.

Hendaya la miró. La mujer afar sostenía su mirada sin parpadear.

—No entiendo.

—El óxido es terco. Pero la rabia es más fuerte. Piensa en el agua. Piensa en los niños. Piensa en el veneno que están metiendo en la tierra. Y aprieta.

Volvió al tornillo. Tomó el mango de la navaja con las dos manos, apoyó el pie contra el conducto y tiró. Sintió el músculo del hombro tensarse, la herida del cuello doliendo, la sangre latiendo en las sienes. El tornillo crujió. Una fracción de milímetro. Apretó más fuerte.

—Vamos —susurró—. Vamos, cabrón.

El tornillo cedió. La rosca se rompió con un chasquido seco, y la cabeza saltó disparada contra el generador. Hendaya cayó hacia atrás, jadeando.

—Dentro —dijo—. Ahora.

Agarró la rejilla con ambas manos y la levantó. El conducto se abrió como una boca negra. Un olor a metal, polvo y aceite usado ascendió desde las profundidades.

—Primero yo —dijo—. Luego Amara. Luego tú, Nadifa. Cierra la rejilla desde dentro si puedes. Si no, la dejamos abierta y confiamos en que nadie la vea.

Metió los pies primero, se deslizó por el borde del conducto, sintió las paredes metálicas cerrarse a su alrededor. La oscuridad lo envolvió. El olor se intensificó, húmedo, ácido, metálico. El conducto descendía en ángulo, hacia el interior de la tierra.

Oyó a Amara seguirlo. Su respiración, el roce de su ropa contra el metal. Luego Nadifa, más ligera, más ágil.

La luz del exterior se redujo a un círculo cada vez más pequeño mientras la rejilla caía sobre ellos. Un golpe metálico. Oscuridad total.

Hendaya encendió la linterna. El haz de luz rasgó la negrura, revelando paredes de metal corroído, cables eléctricos que colgaban del techo, una capa de polvo en el suelo.

—Quince metros hasta la sala de bombas —dijo—. Vamos.

Se arrastró hacia adelante, las rodillas raspando el metal, la luz de la linterna bailando sobre las paredes. Atrás, Amara y Nadifa lo seguían en silencio.

El conducto se estrechó. Las paredes presionaban sus hombros. La temperatura aumentó, el aire se volvió pesado, cargado de polvo y aceite. Cada metro avanzado era un metro ganado al monstruo de metal que tenían sobre sus cabezas.

—¿Cuánto falta? —preguntó Amara.

—Doce metros.

—Parece más.

—Siempre lo parece.

El conducto giró ligeramente a la derecha. La luz de la linterna iluminó una intersección: otro conducto, más pequeño, que se desviaba hacia arriba.

—¿Por dónde? —preguntó Nadifa.

—Recto. El plano decía que el conducto principal llega directo a la sala de bombas.

—¿Y si el plano estaba mal?

—Entonces estamos perdidos.

Hendaya continuó. Diez metros. Nueve. El sonido del motor del generador se atenuaba, reemplazado por un zumbido más profundo, más grave, que vibraba a través del metal.

Ocho metros. Siete. La luz de la linterna reveló una rejilla al final del conducto. Detrás, una sala iluminada débilmente, con el parpadeo azulado de los paneles de control.

Se detuvo. Apagó la linterna. La oscuridad total los envolvió.

—Escuchad —dijo en voz baja—. Al otro lado está la sala de bombas. Hay técnicos, puede que guardias. Entramos, instalamos los explosivos y salimos. Sin errores. Sin dudas. ¿Entendido?

—Entendido —dijo Amara.

—Entendido —dijo Nadifa.

Hendaya apoyó la mano contra la rejilla. El metal estaba tibio. Al otro lado, el zumbido de las bombas marcaba el pulso de la plataforma.

—Vamos —dijo—. Es ahora o nunca.

Empujó la rejilla. Cedió sin resistencia.

La luz de la sala de bombas se derramó sobre ellos.