Capítulo 15 Donde el Mapa Miente
L a luna había muerto tras las montañas cuando Nadifa encontró la cueva.
Hendaya siguió su silueta contra el cielo negro, una sombra más entre las sombras. Llevaban dos horas caminando desde la aldea, el cuerpo castigado por una sed que solo empeoraba con cada paso. Cuando ella se detuvo frente a una grieta en la pared de sal, pensó que había visto un espejismo más.
—Aquí —dijo ella, y desapareció.
Hendaya parpadeó. La roca la había tragado. Se acercó, tanteó la superficie con la mano. La pared era sólida, pero al presionar encontró un hueco, una abertura disimulada por la forma en que la sal se había cristalizado. Metió el hombro y se deslizó hacia adentro.
El interior era más amplio de lo que sugería la entrada.
Una cueva de sal. Las paredes brillaban con un lustre fantasmal bajo la luz de la linterna que encendió.
El techo se elevaba a tres metros, formado por estalactitas de sal que colgaban como dientes petrificados.
El suelo era polvo blanco, fino como talco.
Amara entró detrás, jadeando.
—¿Qué es esto?
—Una vieja mina —respondió Nadifa desde el fondo—. Mis abuelos sacaban sal de aquí. Nadie la usa desde hace treinta años.
Hendaya barrió el espacio con la linterna. Había restos de herramientas oxidadas, un cuenco de barro partido, mantas apolilladas en un rincón. Suficiente para pasar la noche.
—Descansaremos aquí —dijo—. Mañana... —No terminó la frase. Mañana era demasiado lejano para hacer planes.
Nadifa asintió y salió sin decir palabra. Era su turno de vigilia.
Hendaya dejó caer la mochila contra la pared y se sentó.
Las piernas le temblaban, los músculos negándose a cooperar después de horas sin agua.
Amara se dejó caer a su lado, apoyando la espalda en la roca.
Durante un minuto solo se oyó la respiración de ambos, el silbido del aire entrando en pulmones secos.
—Sácalos —dijo ella.
Hendaya la miró.
—Los documentos que robaste. Necesito verlos.
Asintió. Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó el teléfono móvil. La pantalla se encendió con un destello azulado cuando presionó el botón lateral.
—No hay cobertura —dijo—, pero la batería aguanta.
Desbloqueó el dispositivo. Navegó entre los archivos hasta encontrar la carpeta que había copiado de la tablet de Montero en el campamento, cuando nadie miraba. Tocó el primer PDF.
La imagen se cargó lentamente. Un diagrama técnico, líneas y números que solo un ingeniero podía descifrar. Hendaya giró el teléfono para que Amara viera la pantalla.
—Aquí está —dijo—. La bomba de extracción. Si explota, el pozo se sella solo.
Amara tomó el teléfono con cuidado, como si fuera a romperse. Acercó la pantalla a sus ojos. Sus dedos ampliaron la imagen, recorriendo los detalles.
—¿Estás seguro?
Hendaya señaló un diagrama lateral en la pantalla. —Mira. La bomba está instalada a sesenta metros de profundidad, justo sobre la capa del acuífero fósil. Si la destruyes, la presión del terreno colapsará el pozo. No podrán volver a perforar aquí sin una operación de años.
—¿Y el agua?
—El agua... —Hendaya respiró hondo—. El agua quedará ahí abajo. Contaminada, pero intacta. No podrán extraerla, pero tampoco envenenarla más.
Amara levantó la vista. La luz de la linterna dibujaba sombras en su rostro, acentuando la fatiga.
—¿Qué quieres decir con «contaminada»?
Hendaya deslizó el dedo por la pantalla hasta encontrar otro archivo. Un diagrama de flujo químico. Flechas que conectaban depósitos de ácido sulfúrico con los pozos de inyección. Notas sobre concentraciones, tiempos de reacción, volúmenes de lixiviación.
—Esto no es una mina de litio convencional —dijo—. Van a inyectar ácido directamente en el acuífero para disolver el mineral y bombearlo a la superficie. Es lixiviación in situ.
—¿Y el agua?
—El agua es el medio. La utilizan para transportar el litio disuelto. Pero una vez que el ácido entra en el acuífero, no hay vuelta atrás. El pH bajará a niveles letales. Los metales pesados se filtrarán. En un año, toda el agua de esta cuenca será venenosa.
Amara guardó silencio. Sus manos, apoyadas sobre el teléfono que sostenía en el regazo, temblaban ligeramente.
—¿Por siglos?
—Sí.
El silencio se espesó, como si el aire mismo se hubiera vuelto sólido. Amara dejó el teléfono sobre el polvo de sal y se frotó los ojos con las palmas de las manos.
—Hay vigilancia las veinticuatro horas —dijo, su voz recuperando el tono profesional—. Cámaras. Soldados. ¿Cómo vamos a acercarnos?
Hendaya ya había pensado en eso. Había estado pensando en eso desde que copió los archivos, durante el camino hacia la cueva. Su mente trabajaba como un engranaje, encajando piezas, buscando ángulos muertos.
—Por aquí —dijo, tocando la pantalla para mostrar un detalle del diagrama de la plataforma—. Hay un conducto de ventilación.
Amara se inclinó. El conducto aparecía como una línea discontinua que conectaba la superficie con la sala de bombas. Estrecho. Apenas sesenta centímetros de diámetro.
—Es muy pequeño.
—Sí.
—¿Crees que cabes?
—Apenas. Pero sí.
—¿Y los explosivos?
Hendaya metió la mano en la mochila y sacó un paquete envuelto en un paño. Lo desenvolvió con cuidado. Ocho cartuchos de dinamita de prospección, color marrón oscuro, los extremos sellados con cera. Dos detonadores. Un rollo de mecha lenta.
—Los encontramos en el campamento fantasma, antes de que todo se fuera al infierno —dijo—. Suficiente para hacer el trabajo.
Amara negó con la cabeza. Se levantó, comenzó a caminar de un lado a otro, la sombra bailando contra las paredes de sal.
—Es una locura, Hendaya. No vas a llegar vivo.
—Quizá no.
Ella se detuvo. Lo miró fijamente.
—No me sirve ese cinismo.
—No es cinismo. Es realismo.
—El realismo es que necesitamos un plan que funcione. No un sacrificio inútil.
Hendaya se puso en pie. Las piernas le dolieron, pero las obligó a sostenerlo.
Dio dos pasos hacia ella. La mano derecha rozó el bolsillo donde guardaba el puñado de arena que Nadifa le había dado como juramento.
Un gesto que hizo sin pensar, como si el tacto de aquella arena le recordara por qué seguía avanzando.
—Sé que es una locura —dijo—. Pero si no lo intentamos, en un año este acuífero será un cadáver químico. Y con él, toda posibilidad de vida en esta zona. No solo para los afar. Para todos los que viven aquí. Los nómadas, los pueblos, los animales. La tierra entera.
Amara lo miró. Sus ojos tenían algo que Hendaya no había visto antes: una mezcla de miedo y determinación, como si estuviera decidiendo algo en su interior.
—Entonces lo haremos —dijo—. Pero prométeme que saldremos vivos.
Hendaya no respondió.
—Promételo —insistió ella, la voz más firme.
Sostuvo su mirada. La linterna proyectaba sombras duras en su rostro, marcando las arrugas de cansancio y los rasguños de la huida.
—No puedo prometer eso —dijo al fin—. Pero prometo que no pararé hasta que el agua esté a salvo.
Amara apretó los labios. Durante un segundo, Hendaya pensó que iba a discutir. Pero ella respiró hondo, asintió, y volvió a sentarse junto al teléfono, que seguía mostrando el diagrama del conducto en la pantalla.
—Enséñame el conducto otra vez.
Pasaron la siguiente hora estudiando los detalles. Hendaya señaló las rutas de patrulla, los cambios de guardia, los puntos ciegos de las cámaras. Amara tomaba notas mentales, haciendo preguntas precisas, buscando fallos en el plan.
—El conducto sale a quince metros de la sala de bombas —dijo Hendaya—. Tiene una rejilla de acero en la entrada, pero los tornillos están oxidados. Podemos forzarla.
—¿Cuánto tiempo necesitas?
—Diez minutos para instalar los explosivos en los puntos correctos. Cinco más para salir.
—¿Y la detonación?
Hendaya mostró el detonador manual, un cilindro metálico del tamaño de un bolígrafo. —Cuando esté fuera, pulso esto y todo vuela.
Amara mordió su labio inferior. Un gesto que Hendaya había aprendido a reconocer: estaba calculando riesgos, sopesando opciones.
—¿Y si no puedes salir?
—Entonces no salgo.
Ella lo miró. Había algo en su mirada que iba más allá del miedo. Una pregunta que no se atrevía a formular.
—Hendaya...
—No.
—Todavía no he dicho nada.
—Sé lo que ibas a decir.
—¿Que tal vez haya otra forma? ¿Que podríamos denunciarlo, hablar con la prensa, buscar ayuda?
—¿Quién nos va a ayudar, Amara? ¿La ONU? ¿El gobierno etíope? —Su voz sonó amarga, pero no iracunda—. Pagaron a los ancianos con cabras. Compraron a Desta con dinero. Whitaker llega mañana. No tenemos tiempo para denuncias.
Ella no discutió. Porque sabía que tenía razón.
Hendaya guardó el teléfono en el bolsillo. La dinamita, envuelta de nuevo en el paño, volvió a la mochila. Después sacó la cantimplora. Quedaban unos sorbos. Se los ofreció a Amara.
—Bebe.
Ella negó con la cabeza.
—Tú primero.
—Ya bebí.
—Mientes.
—Sí, pero bebe igual.
Ella tomó la cantimplora. Dio un trago pequeño, casi ritual, y se la devolvió. Hendaya bebió el resto. No le alcanzó para calmar la sed, pero al menos humedeció la lengua.
—Deberíamos dormir un poco —dijo él.
—No voy a poder.
—Inténtalo.
Amara asintió. Se tumbó sobre el polvo de sal, usando la mochila como almohada. Hendaya apagó su linterna para ahorrar pilas, pero la de ella seguía encendida, iluminando el techo de estalactitas.
Se sentó apoyado en la pared. Aunque estaba agotado, sabía que no podría dormir. Su mente seguía dando vueltas, repasando cada paso del plan, buscando el error que sabía que existía pero no lograba identificar.
—Hendaya.
La voz de Amara llegó desde el suelo.
—Dime.
—¿Por qué lo haces?
—¿El qué?
—Todo esto. Podrías haberte ido. Cuando Desta nos soltó, podrías haber huido hacia el oeste, hacia la frontera. Dejarlo todo atrás.
—No tengo adónde ir.
—No es verdad. —Ella se incorporó sobre un codo—. Siempre hay adónde ir.
Hendaya guardó silencio. La pregunta de Amara había tocado algo que él mismo evitaba desde hacía años. Desde que perdió a su familia. Desde que Montero lo traicionó. Desde que dejó de creer en las causas.
—Lo hago porque es lo correcto —dijo al fin.
—¿Y qué es lo correcto?
—No dejar que un puñado de hijos de puta destruya el agua de miles de personas para llenarse los bolsillos.
—Eso es una respuesta política.
—Es la única que tengo.
Amara se tumbó de nuevo. El silencio volvió a llenar la cueva. Hendaya cerró los ojos, pero no para dormir. Para visualizar el conducto, la sala de bombas, el camino de regreso.
Lo repitió una y otra vez hasta que cada paso quedó grabado en su memoria.
Un ruido rompió su concentración.
Hendaya abrió los ojos. Al principio pensó que era el viento, pero el sonido era más concreto. Pasos. Alguien se acercaba a la entrada.
Apagó la linterna de Amara. Oscuridad absoluta.
—Tranquila —susurró—. Soy yo.
La silueta de Nadifa apareció en la abertura. Su voz llegó tensa, cortante.
—Luces. Dos vehículos. Vienen del oeste.
Hendaya se levantó. Amara hizo lo mismo, frotándose los ojos.
—¿Hacia dónde?
—Directo hacia aquí. Aún están lejos, pero vienen rápido.
Hendaya se movió hacia la entrada. Se asomó entre las rocas, protegiendo los ojos de la brisa nocturna. En la distancia, dos puntos luminosos se movían sobre la llanura de sal. Faros de vehículos, avanzando en línea recta.
No era una patrulla rutinaria. Iban directos.
—¿Pueden saber dónde estamos? —preguntó Amara a su espalda.
—La aldea está a dos horas. El anciano no nos delató, pero alguien más pudo vernos.
—O Desta supuso que buscarías un refugio de sal —dijo Nadifa—. Es lo que haría cualquier afar.
Hendaya observó los faros un momento más. Calculó distancias. Tiempos.
—Tenemos quince minutos antes de que estén aquí.
—¿Qué hacemos? —preguntó Amara.
Miró el cielo estrellado, el horizonte negro, las luces que se acercaban sin pausa.
—Nos vamos. Ahora.
—¿Hacia dónde?
—A la plataforma. Esta noche. No podemos esperar a mañana.
—Pero Whitaker...
—Whitaker llega mañana. Si llegamos antes, tenemos una oportunidad. Si esperamos, nos encontrarán.
Amara abrió la boca para objetar, pero cerró la mano sobre la muestra de roca contaminada que Hendaya había dejado sobre el suelo. La levantó, la sopesó un instante, y la metió en su propio bolsillo. No dijo nada. Simplemente asintió.
Nadifa ya estaba fuera, ajustándose el pañuelo.
—Por el este —dijo—. La llanura está abierta. Podemos rodearlos si nos damos prisa.
Hendaya recogió la mochila. La dinamita golpeó contra su espalda, un peso muerto que le recordaba lo que estaba a punto de hacer.
Salió de la cueva. El aire de la noche era fresco, pero sabía que al amanecer el calor regresaría con toda su furia. No tenían agua suficiente. No tenían tiempo suficiente.
Pero ya no importaba.
—Vamos —dijo.
Y echaron a correr hacia la oscuridad, mientras los faros seguían acercándose, recortando dos conos de luz sobre la sal.