Capítulo 14 El Último Pozo de los Afar
E l llanto de un niño rasgó el silencio antes de que la aldea apareciera tras la duna. Llevaban cuatro horas sin agua, arrastrando los pies sobre la costra de sal, hasta que las primeras tiendas emergieron del horizonte como costras sobre la blancura.
Ocho tiendas de piel de cabra, agachadas contra el viento, cosidas a la tierra. El sol del atardecer alargaba las sombras hasta volverlas filosas, cuchillas de penumbra sobre el suelo.
Hendaya se detuvo. Los dedos le temblaban. Se obligó a la quietud, apretó la mano contra el muslo hasta que el temblor se apagó. Ni perros, ni voces. Solo el viento silbando entre las estacas, un lamento interminable que parecía salir de la propia tierra.
— No hay hombres—dijo Nadifa. Su voz sonó a papel de lija, rasgada por la sequedad.
— ¿Dónde están?
— Se fueron. Buscando agua. O trabajo en la mina.
Hendaya observó las tiendas. Algunas tenían parches de lona distinta, costuras toscas hechas con cuerda de plástico. Una olla de aluminio colgaba de un palo, vacía, el fondo golpeado por el uso. En el suelo, restos de un fuego apagado hacía días.
Un niño apareció entre dos tiendas. Tendría cinco años, la barriga hinchada, los ojos como carbones en un rostro demasiado pequeño. Miró a los tres extranjeros sin parpadear. Luego soltó un gemido que se convirtió en llanto.
Una mujer salió de la tienda más próxima. Llevaba un vestido azul descolorido, roto en el hombro derecho. Agarró al niño por el brazo y lo metió dentro. La lona cayó. Hendaya alcanzó a ver un brasero apagado, una estera vacía, una olla de barro partida.
Amara dio un paso adelante.
— Déjame—dijo—. Soy médica.
— No—respondió Nadifa—. Espera.
Pero Amara ya caminaba hacia la tienda. Hendaya la vio agacharse, hablar en árabe, mostrar las manos vacías. La mujer asomó la cabeza. Tenía el rostro surcado por tatuajes tradicionales, dos líneas paralelas en el mentón. La misma marca que Nadifa. Los ojos eran dos simas de desconfianza.
— Alte—dijo Amara—. Agua.
La mujer escupió.
El esputo cayó a un palmo de las botas de Amara. Ella se quedó quieta, con la mano extendida, el gesto congelado entre la oferta y la humillación. Hendaya vio cómo la sangre subía a sus mejillas, pero no se movió. No retiró la mano.
Nadifa se acercó. Habló en afar, rápido, las palabras como latigazos. La mujer respondió con un tono que no necesitaba traducción: rabia vieja, podrida, almacenada durante años. Señaló a Amara, señaló a Hendaya, escupió de nuevo.
— Creen que venimos a robar el agua que les prometieron—dijo Nadifa.
— No venimos a robar nada—respondió Hendaya. Pero la voz le salió más débil de lo que quería. Porque en cierto modo, sí. Habían llegado sin nada que ofrecer. Solo una promesa que no sabía si podría cumplir.
— Da igual. Para ellos, todos los extranjeros son iguales. Primero llegaron los geólogos. Prometieron pozos profundos. Luego llegaron los ingenieros. Prometieron escuelas. Luego llegaron los soldados. Prometieron seguridad. Ahora llegan ustedes.
— Nosotros no somos ellos.
Nadifa lo miró. El cansancio le había cavado sombras bajo los pómulos, pero los ojos seguían vigilantes. No juzgaban. Solo constataban.
— No. Pero ellos no lo saben.
Hendaya notó el roce invisible de los ojos tras cada rendija, como si la aldea entera lo tocara con la desconfianza. Podía imaginarlos: mujeres acurrucadas, niños callados, viejos que habían visto demasiadas promesas rotas.
— Vámonos—dijo Amara en voz baja. Había retirado la mano, pero la mantenía pegada al costado, como si aún esperara que alguien la tomara.
— Todavía no—respondió Hendaya.
— No nos van a ayudar.
— Igual.
Un hombre salió de la tienda más grande.
Hendaya calculó setenta años, quizás ochenta.
La piel curtida por décadas de sol, los brazos como cuerdas, los pies descalzos apoyados en la sal con la seguridad de quien ha pisado esa tierra desde niño.
Llevaba un bastón de madera oscura, desgastado por el uso, la superficie brillante allí donde la mano había rozado mil veces.
Los ancianos afar no se apresuraban. Caminó hasta detenerse a tres metros de Hendaya. Lo miró. Largo. En silencio.
Hendaya sostuvo la mirada. En la Legión aprendió que los perros callejeros atacan cuando muestras miedo. Los hombres también. No apartó los ojos.
El anciano parpadeó una vez.
— Tú eres el que busca agua—dijo en un inglés lento, cada palabra separada por un espacio de aire—. Pero no para nosotros.
Hendaya no supo qué responder. Era cierto. No había venido a buscar agua para aquella aldea. Había venido a destruir una plataforma. A evitar que envenenaran un acuífero. Pero esa misión no llenaría el pozo seco de aquellas mujeres. No devolvería a sus maridos. No resucitaría a sus hijos.
— He venido a evitar que el agua que queda se pierda—dijo.
El anciano no respondió. Continuó mirándolo.
El agotamiento le pesaba en los huesos, la deshidratación le apretaba las sienes con tenazas invisibles.
La visión se le nubló por un instante. Llevaban horas caminando desde el valle de la plataforma.
Sin agua. Sin comida. Y ahora estaba ahí, frente a un hombre que tenía sobrados motivos para despreciarlo.
— Su abuelo—dijo Nadifa— conocía el pozo que busqué. El que está seco.
El anciano la miró. Cambiaron unas frases en afar. La voz del anciano era grave, como el rumor de una piedra rodando por un barranco.
— Dice que su abuelo sabía dónde estaba el agua—tradujo Nadifa—. Pero el agua no es para siempre. Los espíritus la mueven. A veces regresa. A veces no. Ellos esperan.
— Llevan tres años esperando—dijo Hendaya.
El anciano asintió.
— Tres años—repitió—. Los hombres blancos vinieron.
Midieron. Hicieron marcas en el suelo con palos y cuerdas.
Dijeron que el agua estaba abajo. Que sacarían agua para todos.
Mis hijos excavaron. Seis metros. Siete.
Luego los hombres blancos dijeron que el agua no estaba donde pensaban.
Que necesitaban más dinero. Mis hijos se fueron a la mina. No volvieron.
Hizo una pausa. Miró el horizonte, donde el sol se ponía teñido de naranja.
— El mayor se fue primero. Dijo que volvería con dinero para comprar una bomba. El segundo lo siguió. Luego el tercero.
— ¿Cuántos hombres se fueron?—preguntó Amara. Se había levantado y se limpió la mano en el pantalón. No había apartado los ojos del anciano desde que apareció.
— Todos. Los que podían caminar.
— ¿Y las mujeres?
— Esperan.
La palabra cayó tan sólida como la sal que pisaban. Hendaya entendió entonces la quietud de la aldea. No era hostilidad. Era duelo. Eran mujeres esperando a hombres que no volverían, niños aprendiendo a tener hambre, ancianos viendo cómo su mundo se deshacía grano a grano.
— No podemos darles agua—dijo Hendaya—. Pero podemos impedir que la que queda se pierda.
— ¿Cómo?
— La plataforma que está al este. Van a inyectar veneno en el agua. Si lo hacen, todo el acuífero se contaminará. No habrá agua para nadie. Ni para ustedes, ni para los que vienen, ni para los hijos de sus hijos.
El anciano lo escuchó sin pestañear. Solo sus dedos rozaron el bastón, un roce leve, casi imperceptible.
Cuando Hendaya terminó, el hombre se volvió hacia Nadifa.
Hablaron. Largo. Hendaya entendía solo fragmentos: palabras que sonaban como piedras chocando, nombres que no reconocía, un ritmo que subía y bajaba como el viento entre las dunas.
Nadifa escuchaba. Asentía. De vez en cuando hacía una pregunta. El anciano respondía con gestos lentos, señalando el este, el norte, trazando arcos invisibles en el aire.
Finalmente, se volvió hacia Hendaya y Amara.
— Dice que la multinacional pagó a los ancianos de su tribu. Doscientas cabras. Dinero. Promesas de pozos. Los ancianos firmaron un papel. Permiso para perforar.
— ¿Cuándo?
— Hace dos años. Los pozos nunca se hicieron. El dinero se acabó. Los ancianos dicen que los blancos mintieron, pero ellos también mintieron al aceptar. Mi pueblo se quedó sin agua y sin honor.
Hendaya recordó las muestras de roca contaminada, la caja de control, el ácido sulfúrico.
Todo encajaba con una precisión que le contrajo el estómago.
No era incompetencia. Era estrategia. Primero comprar a los jefes, luego ignorar las promesas, luego esperar a que la desesperación hiciera el resto.
— El jefe de los blancos llega mañana—dijo el anciano.
Hendaya sintió un tirón en el pecho. No era miedo. Era algo más frío, más preciso. Certeza.
— ¿Cómo sabe eso?
— Los hombres de la mina vinieron ayer. En un vehículo grande, blanco. Dijeron que el gran jefe llegaba. Que todos debían estar listos. Que iban a empezar la extracción de verdad.
— ¿Cuántos hombres hay en la plataforma?
— Cincuenta. Tal vez más. Con armas.
— ¿Fusiles?
— Largos y cortos. Vi uno cuando pasaron. El hombre lo llevaba colgado al hombro, como si fuera un trozo de tela.
Hendaya respiró hondo. El aire sabía a sal, a polvo, a desesperanza. Se preguntó si Montero ya estaría muerto. O peor: hablando con Whitaker. Cincuenta hombres armados. Llevaba una linterna, un puñado de arena sagrada, y una muestra de roca contaminada. Las cuentas no salían.
— ¿Y usted?—preguntó—. Si intentamos detenerlos, ¿nos delatará?
El anciano lo miró. Largo. Como si estuviera sopesando el alma de Hendaya en una balanza invisible. El viento movió su ropa, una túnica marrón desgastada por el sol y la sal.
— Mi hijo mayor se fue a la mina hace un año. No ha vuelto. Mi segundo hijo se fue hace seis meses. Tampoco ha vuelto. Mi hija mayor entierra a sus hijos uno tras otro porque no hay agua para la leche.
Hizo una pausa. El viento levantó polvo entre ellos. Hendaya parpadeó para proteger los ojos.
— Si ustedes pueden impedir que los blancos sigan robando nuestra tierra—dijo—, yo no hablaré. Pero no puedo ayudarlos más. Si los soldados me preguntan, diré que no he visto a nadie.
— Eso es suficiente—dijo Hendaya.
— No lo es—respondió el anciano—. Pero es todo lo que tengo.
Amara dio un paso adelante. Sacó una bolsa de plástico del bolsillo: vendas, un frasco pequeño de antiséptico, unos comprimidos. Las colocó en el suelo, entre ellos.
— Tome—dijo—. Para los niños. Para las mujeres. Es todo lo que tengo.
El anciano miró la bolsa. Luego miró a Amara. Algo cambió en su rostro, un pliegue apenas perceptible en la comisura de los labios.
— ¿Eres médica?
— Sí.
— Mi nieta tiene fiebre. Lleva tres días. Las mujeres dicen que es el mal de ojo.
— Es infección—dijo Amara—. Sin antibióticos, no mejorará.
El anciano se volvió hacia la tienda. Hizo un gesto. Una mujer joven asomó la cabeza, un bebé envuelto en un paño apoyado en la cadera.
— Entra—dijo el anciano.
Amara dudó. Miró a Hendaya. Él asintió.
— Ve.
Recogió la bolsa y caminó hacia la tienda. La mujer joven le mantuvo la lona abierta. Amara desapareció dentro.
Hendaya se quedó solo con el anciano y Nadifa. La calma tensa regresó, más densa ahora, como una manta que lo cubría todo.
— Gracias—dijo Hendaya.
— No me dé las gracias. Hágalo. Eso será suficiente.
El anciano se volvió y entró en su tienda sin mirar atrás. La lona cayó. La aldea volvió a sumirse en el mutismo.
Nadifa escupió a un lado.
— ¿De qué sirve saber que tienen cincuenta hombres? No tenemos armas. No tenemos agua. No tenemos nada.
— Tenemos una noche—dijo Hendaya—. Y tenemos el este.
— No es suficiente.
— Nunca lo es.
Amara salió de la tienda. Se secó las manos en el pantalón. Tenía el rostro tenso, los labios partidos por la sequedad.
— La niña tiene neumonía—dijo—. Le he dado lo que tengo, pero necesita un hospital. Si no recibe atención en tres días, no lo contará.
— No hay hospital aquí—dijo Nadifa.
— Lo sé.
Amara miró a Hendaya. Hendaya sostuvo su mirada sin saber lo que ella veía en él. Sintió que la conexión se tensaba, hecha de miedo y determinación.
— ¿De verdad vamos a hacer esto?—preguntó.
— No hay otra opción.
— Podríamos regresar. Entregarnos a Desta. Decirle que nos rindamos.
— Desta nos mataría. O nos devolvería a Whitaker. Da igual.
— Podríamos huir hacia el sur. Buscar la frontera.
— La frontera está a tres días sin agua. No llegamos.
Amara lo miró fijamente.
— Entonces vamos al este—dijo.
Hendaya asintió.
— Antes de que anochezca. Tenemos que llegar a la plataforma antes del amanecer. Si Whitaker llega mañana, quiere decir que la operación está en su fase final. Si no lo detenemos antes de que ponga un pie allí, será demasiado tarde.
— ¿Por qué?—preguntó Amara.
— Porque una vez que empiece la inyección, el daño será irreversible. Y si Whitaker está presente, habrá seguridad máxima. No podremos acercarnos.
Nadifa se ajustó el pañuelo. Miró el horizonte, donde el sol se hundía en una mancha naranja y violeta.
— El anciano tiene razón—dijo—. El sendero del este existe. Mi abuelo lo usaba para llevar sal a las montañas. Pero está borrado. Hay que saber leer las piedras.
— ¿Tú sabes?
— He caminado por él una vez. Hace diez años. Puedo encontrarlo.
— Entonces vamos.
Caminaron en silencio. La aldea quedó atrás, una mancha oscura en la penumbra creciente.
Hendaya sacó el mapa, pero las marcas no coincidían con las formaciones que veía.
Lo guardó. Sintió el peso de la mirada del anciano en la nuca, aunque sabía que el hombre estaba dentro de la tienda.
La desconfianza era un muro que no se derrumbaba con palabras.
O quizás sí. Quizás aquel anciano había decidido confiar en ellos de la única manera que un hombre traicionado puede hacerlo: dando una oportunidad sin entregar la fe.
El viento arreció. Los pies removían la sal con un rumor sordo, apenas audible.
— Cincuenta hombres—dijo Amara—. ¿Cómo vamos a detenerlos?
— No lo sé—respondió Hendaya—. Pero lo descubriremos cuando lleguemos.
— Eso no es un plan.
— Es el único que tenemos.
Nadifa se detuvo. Señaló al este, donde las sombras se espesaban entre dos formaciones rocosas.
— El sendero empieza ahí—dijo—. Después de la próxima duna.
Hendaya miró. La luz se apagaba. Pronto estarían a oscuras.
— ¿Cuánto hasta la plataforma?
— Tres horas. Quizás cuatro. Depende de lo rápido que caminemos.
— Vamos.
Echaron a andar. El sol se hundió tras el horizonte. El cielo se volvió tinta china. Y en la distancia, apenas visible, un resplandor anaranjado señalaba el lugar donde la plataforma seguía perforando la tierra.
Mañana llegaba Whitaker.
Pero ellos llegarían primero.