El acuífero del Infierno Capítulo 13 El Precio del Agua #2
46%

Capítulo 13 El Precio del Agua #2

—¿Cuánto tiempo hasta que contaminen todo?

—Depende de la porosidad del terreno. De la profundidad del acuífero. De la concentración de litio.

—Dímelo en palabras que entienda.

Hendaya se puso en pie.

—Días. Tal vez una semana. Pero cuando empiecen, no podrán parar. El ácido seguirá filtrándose hacia abajo aunque detengan la inyección. Contaminará el agua fósil que ha estado allí durante miles de años.

—¿Y no hay manera de limpiarlo?

—No. No a esta escala. Una vez que el litio se disuelve en el agua, no hay filtro que lo saque. Es como la sal en el mar: puedes quitarla, pero cuesta más caro que el agua que produces.

Nadifa escupió al suelo.

—Ellos lo saben —dijo—. Saben que están matando el agua.

—Lo saben.

—¿Y les importa?

—No. Les importa el litio. El dinero. El progreso.

—¿Progreso? —Nadifa rió, un sonido seco y amargo—. Llaman progreso a envenenar la tierra de otros.

—Siempre lo han hecho.

Hendaya empezó a caminar de nuevo. La plataforma estaba más cerca ahora. Podía ver los contornos de los tanques de almacenamiento, la torre de perforación, un par de vehículos todoterreno estacionados junto a unas tiendas de campaña.

Pudo ver también a los hombres. Pequeñas figuras que se movían entre la maquinaria, llevando a cabo sus tareas como si nada estuviera mal, como si el veneno que estaban inyectando en la tierra no fuera a matar a nadie.

—¿Cuántos ves? —preguntó Amara.

—Seis. Quizá siete.

—¿Armados?

—Al menos dos llevan fusiles.

—Demasiados para tres personas sin armas.

—No vamos a atacar por el frente —dijo Hendaya—. Vamos a mirar. A tomar nota. A encontrar un punto débil.

—¿Y si no lo hay?

—Siempre lo hay.

Siguieron avanzando. El sol ya estaba alto, y el calor empezaba a ser insoportable. Hendaya sentía la lengua hinchada, los labios agrietados, la piel tirante. Sabía que no podían seguir mucho tiempo sin agua.

Pero no había agua. Solo la que llevaban en la cantimplora de Nadifa, medio litro para los tres, racionado como oro.

—Allí —dijo Nadifa, señalando una elevación rocosa a unos cien metros de la plataforma—. Podemos ver desde allí.

—Demasiado cerca.

—No hay otro sitio. El valle se acaba.

Hendaya evaluó la distancia. La elevación ofrecía cobertura y una vista directa de la operación. Pero también estaba demasiado expuesta. Si alguien miraba hacia arriba, los vería.

—Vale —dijo—. Pero rápido. Cinco minutos, tomamos fotos mentales, y nos vamos.

—¿Fotos mentales? —preguntó Amara.

—No tenemos cámara. Así que miramos bien, memorizamos todo, y luego dibujamos un mapa cuando estemos lejos.

—Parece de espías de la Guerra Fría.

—Es supervivencia.

Subieron la elevación a gatas, pegándose a las rocas. El calor de la piedra caliente se transmitía a través de la ropa. Hendaya sintió cómo el sudor le corría por la espalda, se mezclaba con la suciedad del campamento fantasma.

Cuando llegaron a la cima, se asomaron con cuidado.

La plataforma se desplegaba ante ellos como un organismo vivo.

Tuberías que iban de un tanque a otro. Una torre de perforación que se elevaba veinte metros sobre el suelo.

Dos generadores diésel que rugían sin descanso.

Y al fondo, una serie de bidones apilados, iguales a los que habían visto en el valle.

Pero había algo más.

—Mira —dijo Amara, señalando el extremo sur de la plataforma.

Hendaya siguió su mirada. Allí, semienterrada bajo una lona, había una estructura que no encajaba con el resto. Parecía una caja metálica, del tamaño de un contenedor de barco, con cables que salían de ella en todas direcciones.

—¿Qué es?

—No lo sé —dijo Hendaya—. Pero parece nuevo.

—¿Más nuevo que el resto?

—Sí.

Observaron en silencio. Los hombres se movían con rutina, como si llevaran semanas allí. Uno de ellos se acercó a la caja metálica, marcó algo en un panel exterior, y volvió a la torre.

—Eso es un sistema de control —dijo Hendaya—. Debe ser el centro de monitoreo de la inyección.

—¿Podemos desactivarlo?

—Si sabemos cómo. Pero no es una bomba que se pueda desactivar con un cortacables. Necesitamos más información.

—¿Y si entramos esta noche?

Hendaya negó con la cabeza.

—Demasiado arriesgado. Necesitamos un plan mejor.

—No tenemos tiempo para planes mejores —dijo Amara—. Desta nos busca. Whitaker nos busca. El sol nos mata. ¿Cuánto tiempo crees que podemos sobrevivir sin agua?

—Menos del que necesitamos para hacer esto bien.

—¿Y si no lo hacemos bien? ¿Y si morimos aquí, y ellos siguen perforando, y dentro de un año todo el acuífero está contaminado?

Hendaya no respondió. Miró la plataforma, los hombres, la caja metálica, los bidones de ácido. Luego miró a Amara, a Nadifa. Tres personas, sin armas, sin agua, sin nada más que la certeza de que lo que estaban haciendo estaba mal.

—No voy a morir aquí.

—Eso no depende de ti —dijo Nadifa.

—Depende. Depende de lo que hagamos ahora.

Volvió a mirar la plataforma. El sol brillaba sobre el metal, cegador, implacable. Abajo, los hombres seguían con su trabajo, ajenos a la amenaza que se cernía sobre ellos.

—Esta noche —dijo—. Cuando oscurezca, volveremos. Y entonces decidiremos.

—¿Decidir qué? —preguntó Amara.

—Si merece la pena morir por esto.

Se quedaron un momento más, grabando cada detalle en la memoria: la posición de los tanques, los caminos de acceso, el número de hombres, la ubicación de la caja de control. Luego, Hendaya hizo un gesto con la cabeza, y empezaron a bajar.

Cuando llegaron al fondo del valle, el sol ya estaba en lo alto, y el calor era una presencia física, sólida, implacable. Buscaron la sombra de una pared de sal y se sentaron, agotados, sin fuerzas para hablar.

Nadifa sacó la cantimplora y bebió un sorbo. Pasó el agua a Amara, que bebió otro sorbo, y luego a Hendaya. El líquido sabía a metal caliente, a plástico recalentado, a desesperación.

—No llegaremos a la noche sin más agua —dijo Amara.

—Lo sé.

—¿Hay algún pozo cerca?

Nadifa negó con la cabeza.

—El que yo conocía está seco. Los otros están al otro lado del salar, a un día de camino.

—Entonces no llegaremos.

—Llegaremos —dijo Hendaya—. Porque no tenemos otra opción.

Se recostó contra la pared de sal, cerró los ojos, y sintió cómo el cansancio se apoderaba de su cuerpo. Las cervicales le dolían, la cabeza le latía, los dedos le ardían donde se había roto las uñas excavando.

Pero en su mente, la imagen de la plataforma seguía grabada. Los bidones. La caja metálica. El humo del generador.

Y la certeza de que, de una forma u otra, tenía que detenerla. Se preguntó si Montero ya estaría muerto. O peor: hablando con Whitaker.

Cuando abrió los ojos, el sol se había desplazado un palmo en el cielo. Amara dormía, la cabeza apoyada en la mochila médica. Nadifa estaba despierta, mirando el horizonte, el saquito de cuero entre las manos.

—Hendaya —dijo ella sin volverse.

—Dime.

—Cuando yo era niña, mi abuelo me llevó a un pozo que estaba al otro lado de la frontera. En Eritrea. Allí el agua era dulce, limpia, fría. Me dijo: «Nunca olvides este lugar. Porque el agua es la vida, y sin ella no somos nada».

—Y ahora ese pozo está contaminado.

—Sí.

Nadifa guardó el saquito en el bolsillo.

—Por eso voy a ayudar a destruir esa plataforma. Por mi abuelo. Por los niños que vienen. Porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.

Hendaya asintió. No había nada que añadir.

El sol seguía subiendo, el calor seguía apretando, y la plataforma seguía allí, activa, implacable, esperando.

Pero ellos también estaban allí. Y no pensaban rendirse.