Capítulo 13 El Precio del Agua
L a luz del amanecer se filtraba gris sobre el salar cuando el valle se abrió ante ellos.
Hendaya se detuvo, apoyó las manos en las rodillas y dejó que el aire le llenara los pulmones.
Dos horas de marcha agachados, rodeando dunas de sal, esquivando los vehículos de Desta. Dos horas que pesaban como veinte.
—Allí —dijo Nadifa.
Señalaba el fondo del valle. Una depresión estrecha flanqueada por paredes de sal cristalizada, blancas como huesos. Y en medio, esparcidos por el suelo de arcilla, los restos de un campamento fantasma.
Hendaya levantó la cabeza. El olor llegó antes que la imagen: químicos y metal oxidado, conocido de otras excavaciones, de otros proyectos que prometían progreso y dejaban cicatrices.
—Vamos.
Bajaron la pendiente con cuidado. La sal crujía bajo las suelas. Amara caminaba detrás, la mochila médica golpeándole la cadera. Nadifa se movía en silencio, los ojos escaneando el terreno como si buscara algo más que restos.
La primera estructura que encontraron era una bomba de agua volcada. Hendaya se arrodilló junto a ella. La pintura estaba desconchada, el metal cubierto de costras blancas. Pasó los dedos por la superficie y los llevó a la lengua.
Sal.
—Es de perforación profunda —dijo—. Han llegado.
—¿Llegado adónde? —preguntó Amara.
—Al acuífero.
Se puso en pie con esfuerzo. Las cervicales le dolían, un clavo frío en la base del cráneo.
Ignoró el dolor y caminó entre los restos dispersos: bidones azules apilados, algunos abiertos, otros intactos; cables eléctricos que serpenteaban entre las piedras como víboras muertas; una caja de herramientas oxidada, el interior vacío.
Nadifa había llegado más lejos. Estaba junto a un montón de tuberías de PVC, algunas rotas, otras todavía con las uniones selladas. Recogió un trozo y lo examinó.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
Hendaya se encogió de hombros.
—Meses. Tal vez un año.
—No vimos nada —dijo ella—. Ningún camión. Ninguna gente.
—Porque trabajan de noche. O desde el otro lado.
Amara se había detenido junto a un recipiente de plástico blanco, de esos que usan para almacenar agua en las obras. Estaba medio lleno. El líquido tenía un color turbio, amarillento, como orina diluida.
—Huele mal.
Hendaya se acercó. Miró el contenido, luego olió. Un tufo metálico, con un deje amargo.
—Agua del acuífero.
—¿Está contaminada?
—No lo sé.
Metió dos dedos en el líquido y los llevó a la lengua. El sabor le explotó en el paladar: salado, sí, pero con un regusto mineral que no era natural. Algo más. Algo que no debería estar allí.
Escupió.
—Salada —dijo—. Pero bebible si la destilan.
—Entonces... —empezó Amara.
—No van a destilar.
Se limpió los dedos en el pantalón. Miró a su alrededor: los bidones, los cables, la bomba volcada. Todo encajaba como las piezas de un mecanismo que conocía demasiado bien.
—Van a inyectar ácido —dijo—. Para soltar el litio.
El silencio cayó sobre ellos. El viento sopló entre las paredes de sal, un lamento bajo que parecía salir de la tierra misma.
Amara abrió la boca para decir algo, pero no encontró las palabras. Se quedó mirando el recipiente, el agua turbia, la prueba física de lo que hasta entonces solo eran sospechas y medias verdades.
—No puede ser —dijo al fin.
Hendaya no respondió. Ya había visto suficiente en su vida para saber que todo podía ser. Todo.
Nadifa se movió entre los escombros con paso cauteloso. Escudriñaba el suelo, las pilas de material, los restos de lo que había sido una operación bien organizada. Se agachó junto a un trozo de tubería que asomaba entre la arcilla. Tenía una mancha amarilla en la superficie. No era óxido.
—Venid —dijo.
Hendaya y Amara se acercaron. Nadifa sostenía el tubo con la punta de los dedos, como si temiera que el contacto pudiera quemarle.
—Veneno.
Amara tomó el tubo con cuidado. Lo acercó a la nariz y apartó la cara al instante.
—Ácido sulfúrico —dijo—. Para lixiviación.
—¿Estás segura?
—Trabajé en una mina de fosfatos en Túnez, cuando era estudiante. El olor no se olvida.
Hendaya tomó el tubo y lo examinó. La mancha amarilla cubría unos quince centímetros de la superficie. Debajo, el metal estaba corroído, la capa protectora destruida por el contacto con el ácido.
—No han empezado todavía —dijo—. Esto es de las pruebas.
—¿Pruebas? —preguntó Nadifa.
—Ensayo de inyección. Perforan un pozo, inyectan una solución ácida, miden la concentración de litio que se disuelve. Si los números cuadran, escalan la operación.
—¿Y si no cuadran?
—Buscan otro lugar.
Nadifa miró el tubo, luego el recipiente de agua turbia, luego la bomba volcada. Sus dedos rozaron el saquito de cuero que llevaba colgado del cuello, el que contenía la arena sagrada de su tierra.
—Mi abuelo decía que el agua de este valle era dulce —dijo—. Que los camellos bebían aquí cuando él era niño.
—Ya no.
—No —repitió ella—. Ya no.
Se quedaron un momento en silencio. El viento trajo otro olor, más denso, más químico. Hendaya lo respiró y sintió cómo se le instalaba en los pulmones como un peso.
—No se trata de agua potable —dijo, en voz baja, como si hablara consigo mismo—. Nunca lo fue.
—¿De qué se trata entonces? —preguntó Amara.
—De litio. De baterías. De coches eléctricos. De todo lo que el mundo rico necesita para sentirse bien consigo mismo mientras sigue consumiendo.
—Hay otros lugares para extraer litio —dijo ella—. El Salar de Uyuni en Bolivia. El triángulo del litio en Argentina y Chile.
—Brasil también —añadió Hendaya—. Y Australia. Y China. Pero todos esos están lejos de donde se necesita el producto. Aquí están a un paso del Mar Rojo. Un barco, y el litio está en cualquier puerto del mundo en quince días.
—Y el agua —dijo Nadifa—. El agua que beben los afar, los que viven aquí desde siempre.
—El agua vale más que las vidas de los que viven aquí. Eso es lo que piensan ellos.
Amara dejó caer el tubo de metal al suelo. El sonido metálico rebotó entre las paredes de sal.
—¿Cuánto tiempo llevan perforando?
—Meses —dijo Hendaya—. Quizá un año. Los permisos de prospección se consiguen rápido cuando tienes dinero. Y Whitaker tiene dinero.
—¿Y ahora qué?
Hendaya no respondió. Caminó hacia el extremo del valle, donde la pendiente se suavizaba y se abría a una llanura más amplia. Se detuvo en el borde y escudriñó el horizonte.
Allí, a lo lejos, una estructura metálica se recortaba contra el cielo blanco del amanecer. No era grande, no imponente. Parecía más bien una torre de perforación de esas que se ven en los documentales sobre pozos petrolíferos. Pero estaba allí. Y estaba activa.
—Es la plataforma principal —dijo cuando los otros lo alcanzaron.
—¿Activa? —preguntó Amara.
—Humo del generador. Luces. Movimiento.
Nadifa entrecerró los ojos.
—Hay gente.
—Sí.
—¿Cuántos?
—No lo sé. Pero no importa.
—¿Cómo que no importa? —dijo Amara—. Si hay gente, hay seguridad. Y Desta sabe que venimos hacia aquí.
Hendaya se volvió hacia ella. Su rostro estaba cansado, las ojeras profundas, la piel quemada por el sol y el viento. Pero en sus ojos grises había algo que Amara no había visto antes: una decisión.
—Ahora sabemos lo que hacen —dijo—. Tenemos las pruebas. Los bidones, la bomba, el agua contaminada. Todo.
—¿Pruebas para qué?
—Para cuando lleguemos al teléfono satelital. Para cuando podamos contarlo.
—¿Contarlo a quién? —preguntó Nadifa—. ¿Al gobierno? Desta es el gobierno.
—A alguien que pueda hacer algo. Un periodista. Una ONG. Cualquiera que tenga un altavoz más grande que el de Whitaker.
Amara negó con la cabeza.
—No es suficiente. Para cuando llegue a alguien con poder, ya habrán terminado la perforación. O nos habrán matado.
—Por eso no vamos a esperar.
Hendaya señaló la plataforma en el horizonte.
—Vamos a ir allí. Vamos a ver exactamente qué tienen, cómo lo tienen montado, y luego vamos a decidir cómo lo destruimos.
—¿Destruirlo? —Nadifa lo miró como si hubiera perdido el juicio—. Hay soldados. Hay armas. Nosotros somos tres, sin agua, sin comida, sin nada.
—Tenemos esto.
Hendaya sacó del bolsillo la muestra de roca contaminada que había recogido en la cueva de sal. La sostuvo en la palma de la mano, pequeña y oscura, como un trozo de carbón.
—Esto es el futuro —dijo—. Agua envenenada, tierra muerta, gente desplazada.
Si dejamos que sigan, dentro de diez años este valle será un desierto químico.
Los afar no tendrán adónde ir. Los niños que viven en las aldeas del norte beberán de pozos contaminados y morirán de cáncer antes de los treinta.
—Y si vamos allí —dijo Amara—, moriremos antes de los treinta. O de los cuarenta. O de hoy.
—Puede.
Guardó la roca en el bolsillo.
—Pero al menos habremos intentado algo.
Se quedaron mirando la plataforma. El humo del generador se elevaba en una columna gris, recta, sin viento que la desviara. El sol empezaba a calentar, y la luz se volvía más blanca, más cegadora.
Nadifa fue la primera en moverse. Ajustó el pañuelo sobre su cabeza, se aseguró de que el saquito de cuero estuviera bien atado, y empezó a caminar hacia el borde del valle.
—Si vamos a morir —dijo sin volverse—, que sea en mi tierra.
Amara miró a Hendaya. Él asintió.
—Vamos.
Caminaron en fila india, pegados a la pared de sal para no dejar siluetas contra el cielo. El sol subía, la temperatura subía, y el olor a metal oxidado se hacía más intenso a cada paso.
Cuando llegaron al final del valle, Hendaya se detuvo y miró atrás. El campamento fantasma quedaba abajo: los bidones, la bomba, el recipiente de agua turbia. Todo parecía más pequeño desde arriba, más insignificante.
Pero no lo era.
—Un momento.
Los otros se detuvieron. Hendaya se arrodilló y recogió un puñado de tierra del borde. La dejó caer lentamente, observando cómo el viento se llevaba las partículas más finas.
—¿Qué haces? —preguntó Amara.
—Calculo el tiempo que tenemos.
—¿Y?
—Si la plataforma está activa, significa que están en fase de operación. No de pruebas. Ya han empezado a inyectar ácido.