El acuífero del Infierno Capítulo 12 La Mano del Traidor
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Capítulo 12 La Mano del Traidor

E l frescor rozó su cara como un alivio líquido después de horas de infierno.

Sintió la sal bajo la espalda, áspera y fría.

Abrió los ojos. La cueva se extendía sobre él en capas blancas y grises, vetas que brillaban con la luz tenue que entraba desde la entrada.

Estrellas de sal cristalizada colgaban del techo como estalactitas congeladas.

El aire olía a humedad mineral. Cada bocanada le limpiaba la garganta del polvo del salar, y por un momento el mundo dejó de ser fuego.

Oyó pasos sobre el suelo. Amara apareció en su campo de visión, recortada contra la abertura de la cueva. Traía la cantimplora en la mano, el metal desgastado reflejando la luz mortecina.

—Bebe.

Se incorporó sobre los codos. El cuello le protestó, las cervicales agarrotadas. Tomó la cantimplora. El agua estaba tibia, casi caliente, pero su garganta la recibió como un manantial. Bebió despacio, ahorrando cada gota. Contó los sorbos. Tres. Cuatro. Demasiados. Apartó la cantimplora.

—Gracias.

Se tumbó de nuevo. Amara se sentó junto a él, apoyando la espalda contra la pared de sal.

El crujido quebró el silencio un instante.

Después volvió a cerrarse. Solo se oía la respiración de ambos, lenta, recuperándose.

Escuchó su propio pulso, primero fuerte, después calmándose.

Contó los latidos hasta que dejaron de ser una urgencia.

—Hace frío aquí —dijo ella, sin esperar respuesta.

—No es frío. Es la sal. Absorbe el calor del día y lo suelta cuando el sol se va.

—¿Cómo sabes eso?

—Lo leí. En un libro sobre el desierto de Atacama. Allí hay cuevas iguales.

Amara rió, un sonido breve, seco.

—Eres la única persona que conozco que cita libros en una cueva de sal, acosado por militares y a punto de morir de sed.

—Es lo que hago. Leo.

—Y construyes acuíferos.

—Y los destruyen.

Ella no respondió. El silencio volvió, pero esta vez tenía un borde afilado. Sintió la mirada de ella sobre él, evaluándolo, decidiendo si preguntar lo que realmente quería saber.

Fuera, la noche había caído sobre el Danakil.

La luna aún no había salido. Solo el resplandor de las estrellas, miles de ellas, dibujando constelaciones que conocía de otras noches, otros desiertos.

La cueva era un refugio temporal. Un hueco en la sal que Nadifa conocía de sus travesías de juventud.

Allí dentro, la temperatura era soportable.

El sudor se secaba sobre la piel sin que el sol lo reemplazara al instante.

Sintió la humedad evaporarse de su camisa. La rozadura del cuello le escocía.

Amara rompió el silencio.

—¿Por qué Montero te odia tanto?

La pregunta quedó flotando en el aire oscuro.

No respondió. Le costaba mantener el hilo del pensamiento; las palabras de ella llegaban como ecos retardados.

Sus ojos se fijaron en una veta blanca del techo, una grieta que recorría la sal como una cicatriz.

Recordó la cicatriz de su mandíbula, la misma que llevaba desde Bosnia.

Una noche, una pelea de bar, un cuchillo.

Montero estaba allí. Lo llevó al hospital.

Le pagó las curas. «Somos hermanos» , le dijo esa noche.

«Sangre.» Y luego, años después, le clavó un cuchillo más grande.

—No me odia —dijo al fin—. Me usó.

—¿Para qué?

—Para salvarse.

—¿De qué?

—De sí mismo.

Su voz sonó cansada, como si hablar pesara más que caminar. Amara no insistió. Esperó. La paciencia de los médicos, pensó. Saben esperar a que el paciente hable.

Cerró los ojos. Y entonces el pasado lo tragó.

—

Mostar, 2004. El hospital de campaña olía a antiséptico y sudor rancio. El generador zumbaba sin descanso. El teniente Hendaya había llegado esa mañana con una herida de metralla en el hombro. Lo cosieron y lo enviaron a la sala de recuperación. Pero no estaba en su camastro.

Estaba en la tienda de intendencia, bajo una bombilla que zumbaba. Observaba a Montero. Javier Montero, ingeniero civil como él, su compañero de promoción, su amigo desde la academia. El mismo que había sido testigo de su boda.

Ahora Montero estaba solo. Sudaba bajo la luz amarilla.

Sobre la mesa, un montón de papeles. Documentos de la empresa.

Informes de gastos. Facturas. Y un sobre de Manila que no había visto antes.

Montero lo abrió. Sacó unos folios. Los leyó rápidamente, moviendo los labios.

Luego tomó un bolígrafo y empezó a firmar.

Pero no firmaba en los espacios correctos.

Lo vio desde la penumbra. Montero rellenaba campos, modificaba cifras, añadía conceptos que no estaban en los originales. Su letra era rápida, precisa. No dudaba. No repasaba. Cada firma caía como un martillazo. La firma de Hendaya. Su nombre completo, imitado con exactitud.

Sonó el teléfono. Montero lo cogió.

—Dígame.

Pausa. Montero escuchó, asintiendo. Su rostro se tensó.

—Sí, está todo preparado. El ingeniero Hendaya será investigado por malversación. Tengo los documentos que lo demuestran.

Otra pausa. Montero sonrió, breve, profesional.

—No se preocupe. Tengo pruebas. Facturas falsas con su firma, transferencias a cuentas offshore. Todo lo necesario para que la empresa pueda cerrar el caso sin salpicaduras.

Colgó. Guardó el sobre en la carpeta azul. La misma carpeta que había visto años después, cuando Montero le ofreció el contrato. La misma carpeta que contenía su ruina.

Retrocedió. El hombro le dolió. La sangre le latía en los oídos. Quería entrar, gritar, romperle la cara a aquel hijo de puta. Pero algo lo detuvo. Tal vez la disciplina. Tal vez el miedo. Tal vez la certeza de que si entraba, sería él quien acabaría esposado.

Montero apagó la luz y salió. Se quedó en la oscuridad, solo, escuchando el zumbido de la bombilla. Contó hasta cien. Luego hasta doscientos. Cuando salió de la tienda, Montero había desaparecido.

Nunca le dijo nada. Nunca lo enfrentó. Se tragó la acusación, el despido, la vergüenza. Se fue a Canarias y no miró atrás.

Pero siempre supo que fue él.

—

Abrió los ojos. La cueva seguía allí. Amara lo miraba, esperando. La oscuridad se había hecho más densa. La luz de las estrellas apenas penetraba ya. Solo la respiración de ambos marcaba el tiempo.

—Lo vi —dijo—. En Mostar, 2004. Estaba falsificando documentos. Poniendo mi firma en facturas que yo nunca había visto. Creando un rastro de dinero robado que llevaba directamente a mi nombre.

La voz le salió plana, sin emoción. Como si hablara de otro.

—¿Y no hiciste nada? —preguntó Amara, en voz baja.

—No. Me quedé paralizado. Como un imbécil.

—No eres un imbécil.

—Lo fui. Debí entrar. Debí denunciarlo. Pero no tenía pruebas. Solo mis ojos. Y él ya lo había planeado todo. La empresa lo creyó a él. Necesitaba creerlo.

Se incorporó. La sal crujió bajo sus manos. Los cristales se clavaron en sus palmas, pero no sintió el dolor. Solo la presión, la necesidad de apretar algo.

—Durante años pensé que había sido un error. Una conspiración anónima. Alguien en la empresa que necesitaba un chivo expiatorio. No sabía quién. Solo sabía que mi carrera había terminado. Que nadie volvería a contratarme. Que mi nombre estaba manchado para siempre.

Amara no apartó la mirada.

—Pero siempre supe, en el fondo, que fue él. Lo supe desde aquella noche en Mostar, viéndolo sonreír al teléfono. Y ahora viene a pedirme ayuda. Como si el pasado no existiera. Como si pudiera borrar quince años de mierda con una palmada en la espalda.

—Y ahora sabes que sigue haciendo lo mismo —dijo Amara.

—Sí. Con Whitaker. Con Aquifer Global. Vendiendo agua, envenenando pozos, destruyendo pueblos. Y yo soy el único que lo sabe y que está aquí.

—No eres el único. Estoy yo.

Entonces la miró. Sus ojos grises, cansados, encontraron los de ella en la penumbra.

—El ejército me dio una baja honrosa porque las acusaciones no llegaron a juicio. Faltaban pruebas. Pero la empresa me despidió igual. Mi nombre quedó en listas negras. No podía trabajar en ningún proyecto hidrológico de Europa. Tuve que irme a Canarias, a reparar barcos, a vivir de chapuzas.

—¿Y Montero?

—Ascendió. La empresa lo premió por su colaboración en destapar el escándalo. Se convirtió en el ingeniero de confianza. El que sabía cómo gestionar crisis. El que siempre tenía una solución.

Su mano derecha se cerró sobre un puñado de sal. La apretó hasta que los cristales se clavaron en su piel.

—Y ahora está aquí. Trabajando para Whitaker. Haciendo el mismo juego que hizo conmigo, pero a escala global. Envenenando agua, vendiendo litio, destruyendo pueblos.

—Y tú vas a pararlo.

No era una pregunta. Amara lo dijo como un hecho.

—No necesito compasión —dijo—. Necesito terminar lo que empezamos.

—No te compadezco. Te creo.

—En cuanto tenga fuerzas, voy a encararlo. Y va a decirme la verdad, o lo mato.

La declaración colgó en el aire, sólida, sin margen para matices. Amara no parpadeó.

—¿Sabes dónde está?

—De vuelta al campamento con Desta. Pero no se quedará allí. Whitaker lo llamará. Le pedirá explicaciones. Y entonces Montero hará lo que siempre hace: buscará una salida. Intentará contactarme.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque me conoce. Sabe que no me rendiré. Sabe que iré a por él. Y quiere verme venir para tener ventaja.

—¿Y vas a dársela?

—No. Esta vez no.

—¿Qué vas a hacer?

—Anticiparme. Llegar al pozo antes de que él pueda planear su siguiente movimiento. Demostrar que hay agua limpia. Que el litio no vale lo que va a destruir.

Se puso en pie. El techo quedaba a unos dos metros. La sal brillaba bajo la luz de las estrellas que entraba por la abertura. Se estiró. Los huesos crujieron. El hombro le dolió, recordatorio de un pasado que no se iba, pero el dolor era familiar. Convivía con él.

—Pero esta vez no voy a jugar su juego —dijo—. Esta vez voy a cambiar las reglas.

Amara se levantó también. Se acercó a él.

—¿Qué vas a hacer?

—Encontrar el agua primero. Demostrar que hay un acuífero limpio. Luego, con eso, tendré algo que Whitaker no puede comprar con dinero.

—No te dejarán llegar.

—No pienso pedir permiso.

Ella lo observó. En la penumbra, su rostro estaba sereno, pero vio algo nuevo en sus ojos. No era admiración. Era decisión.

—Entonces lo haremos juntos.

Su mano encontró la de él. Los dedos se entrelazaron sobre la sal.

—Pero primero sobrevivamos esta noche.

El contacto resultó cálido, extraño. No recordaba la última vez que alguien lo había tocado así. Sin necesidad, sin urgencia. Solo presencia. Sintió la presión de sus dedos, el pulso que latía en la muñeca de ella.

—Sobrevivamos —repitió.

—Dormiré un par de horas —dijo—. Luego me relevas.

—De acuerdo.

—Amara.

—¿Sí?

—Gracias.

—No tienes que agradecerme nada. Esto no es por ti.

—¿Por qué es entonces?

—Por el agua. Por la gente que la necesita. Porque alguien tiene que hacer algo.

Asintió. No hacía falta decir más.

Se sentaron de nuevo, espalda contra la pared, hombro contra hombro.

El silencio se hizo más denso, pero sin la incomodidad de antes.

Era un silencio compartido, como el techo de la cueva, como el agua de la cantimplora, como el calor que esperaba fuera.

Fuera, el desierto seguía esperando. Pero dentro de la cueva, por primera vez en mucho tiempo, sintió que no estaba solo.

La noche se extendió sobre el Danakil. Las estrellas giraron lentas en el cielo. Sintió el peso del cansancio, pero también una calma nueva. Como si el pasado, al ser dicho en voz alta, hubiera perdido algo de su poder. Cerró los ojos y, contra todo pronóstico, durmió.

Cuando despertó, la luz gris del amanecer empezaba a colarse en la cueva. La temperatura había cambiado. El fresco de la noche se retiraba, dejando paso a una humedad que pronto sería calor. Amara seguía a su lado, despierta ya, mirando hacia la entrada.

—Nadifa ha vuelto —dijo en voz baja—. Hay movimiento en el salar.

Se incorporó. El sueño le devolvió algo de energía, aunque el cuerpo seguía resentido. Las uñas rotas, las cervicales doloridas, la deshidratación. Cada músculo protestaba al moverse. Se obligó a levantarse.

—¿Qué clase de movimiento?

—Vehículos. Al menos dos. Vienen del oeste.

Se puso en pie. Se estiró, sintiendo los huesos crujir. Luego se acercó a la entrada. Sacó el mapa, pero las marcas no coincidían con las formaciones que veía. Lo guardó.

Nadifa estaba agazapada tras una roca de sal, observando el horizonte. Cuando lo vio llegar, señaló hacia el oeste. Su perfil era duro, los ojos fijos en la línea blanca del salar.

—Desta no esperó al amanecer.

—No iba a esperar. Sabe que estamos débiles.

—¿Cómo sabe que estamos aquí? —preguntó Amara, que se había acercado sigilosamente.

—No lo sabe. Pero sabe que necesitamos agua. Y que hay un pozo al este. Sabe que iremos allí.

—Entonces solo tiene que esperarnos en el pozo —dijo Amara.

—O enviar patrullas a barrer la zona. Que es lo que está haciendo.

Siguió su mirada. A lo lejos, dos nubes de polvo se elevaban sobre la llanura blanca. Se movían en paralelo, avanzando hacia el este.

Hacia ellos.

—¿Cuánto tiempo?

—Una hora. Tal vez menos. Conocen el terreno.

Amara apareció a su lado.

—¿Podemos escapar?

Nadifa negó con la cabeza.

—A pie, no. Nos alcanzarán antes del mediodía.

Observó las nubes de polvo. Calculó distancias, velocidades. Sabía que Nadifa tenía razón. Las piernas no responderían. La deshidratación los había dejado sin margen.

—Entonces no escapamos —dijo.

Las dos mujeres lo miraron.

—Les damos la vuelta —explicó—. Hay un barranco al sur, a medio kilómetro. Si llegamos antes de que nos vean, podemos rodearlos.

—¿Y después? —preguntó Amara.

—Después, llegamos al pozo antes que ellos.

Nadifa lo miró con los ojos entrecerrados.

—No tenemos agua para eso.

—Tendremos. Encontraremos.

—¿Dónde?

—En las rocas, en la arena, en algún sitio. No me rindo ahora.

Nadifa no sonrió, pero algo cambió en su mirada. Tal vez respeto. Tal vez esperanza. Asintió y empezó a caminar hacia el sur, agachada, moviéndose entre las dunas de sal como una sombra.

La siguió. Amara cerró la fila.

El sol empezaba a elevarse sobre el horizonte. La luz se volvía blanca, hiriente. El calor comenzaba a acumularse, lento pero implacable.

Sintió la sal bajo las botas. El puñado que había apretado horas antes seguía en su mano, fundido con el sudor. Lo soltó. Y caminó hacia el este. Detrás, las nubes de polvo crecían. Pero no miró atrás.