El acuífero del Infierno Capítulo 11 La Trampa del Espejismo
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Capítulo 11 La Trampa del Espejismo

H abían pasado tres horas desde que Desta los encontró al atardecer. El sol caía hacia el oeste, lamiendo el salar con una luz densa, dorada. Desta seguía allí, a tres metros del borde del pozo seco. Sin mover un músculo.

Hendaya lo sabía: no había apartado los ojos de él.

El capitán etíope permanecía inmóvil, la pistola en el cinturón, los brazos cruzados, las gafas oscuras ocultándole los ojos. El viento cálido movía su camisa con pereza. Detrás, a cincuenta metros, el jeep militar esperaba con el motor apagado. Nadie había salido. Nadie había hecho nada.

Era una espera calculada.

Hendaya apoyó las manos en el borde del pozo. Los dedos le temblaban. No podía controlarlo. La deshidratación avanzaba, lenta, precisa, royéndole los músculos desde dentro. Había dejado de sudar hacía una hora. La piel le ardía, seca, tirante. Sabía lo que significaba.

—Se está haciendo de noche —dijo Amara a su lado.

Estaba sentada en la sal, con las piernas estiradas, la espalda apoyada contra la losa de piedra que habían desplazado. Tenía los ojos cerrados. Respiraba superficial, rápido.

—No se va a ir —respondió Hendaya.

—Lo sé.

Nadifa seguía de pie, al otro lado del pozo.

No había dicho una palabra desde que Desta apareció.

Miraba al capitán con una fijeza que no necesitaba palabras.

El pañuelo le cubría la cabeza, pero una mecha de cabello negro le caía sobre la frente.

Las manos colgaban a los costados, abiertas, listas.

Hendaya conocía esa postura. Era la de alguien que ha aceptado lo que viene.

El sol siguió cayendo. Las sombras se alargaron. El salar pasó del blanco cegador al naranja, al rojo, al violeta.

Y entonces Desta se movió.

No fue un gesto brusco. Giró la cabeza hacia el horizonte, hacia el norte, y se quedó quieto unos segundos. Hendaya siguió su mirada. Al principio no vio nada. Solo las ondas de calor distorsionando el paisaje, el aire líquido sobre la sal.

Pero luego escuchó el motor.

No era el mismo sonido que el del jeep de Desta. Era más grave, más pesado. Un motor diésel, de cilindrada grande. Hendaya conocía ese ruido.

—Land Rover —dijo en voz baja.

Amara abrió los ojos. —¿Otro?

—El de Montero.

El vehículo apareció en la cresta de una duna de sal, a unos doscientos metros. Avanzaba despacio, sin prisa, como si ya supiera lo que iba a encontrar. La luz del atardecer se reflejaba en el parabrisas, cegadora.

Desta no se volvió para mirarlo. Mantenía los ojos fijos en Hendaya.

—Sabía que vendría —dijo. Su voz era plana, sin emoción. —Es débil. No soporta la incertidumbre.

Hendaya no respondió. Observó el Land Rover acercarse, detenerse a veinte metros del jeep militar. El motor se apagó. La portezuela se abrió.

Montero tardó unos segundos en salir. Primero aparecieron las gafas de sol, luego la camisa blanca, manchada de sudor en las axilas. Llevaba la carpeta azul bajo el brazo, apretada contra el pecho como un escudo.

Caminó hacia ellos con pasos cortos, inseguros. La sal crujía bajo sus zapatos.

—Capitán —dijo al llegar junto a Desta. Asintió, incómodo.

Desta no le devolvió el saludo. Señaló a Hendaya con un movimiento de barbilla.

—Llevo tres horas esperando su decisión. Han tenido tiempo de pensar.

Montero se ajustó las gafas. Miró a Hendaya, a Amara, a Nadifa. Su mandíbula se tensó.

—No vamos a matarlos, Saúl.

—Eso ya lo decidí yo —dijo Desta. —Usted no ha llegado hasta ahora.

—He tardado en convencer a los soldados. No todos están de acuerdo con esto.

—¿Con qué? —preguntó Hendaya. Su voz sonó rasgada, seca.

Montero dio un paso al frente. Abrió la carpeta. Dentro había un documento de varias páginas, con sellos y logotipos. Lo sostuvo para que Hendaya pudiera verlo, aunque la distancia era demasiado grande para leerlo.

—Es un contrato de cesión de derechos —dijo Montero.

—Reconoces el hallazgo del acuífero en nombre de Aquifer Global.

Firmas que has trabajado para ellos como consultor externo durante los últimos seis meses.

A cambio, garantizo que tú, Amara y Nadifa saldréis de aquí sin daño.

Transporte hasta Adís Abeba. Pasaportes nuevos si hace falta.

Una cuenta con suficiente dinero para desaparecer.

Hendaya lo miró. La luz del ocaso teñía el documento de naranja.

—Suenas como Whitaker —dijo.

Montero palideció. —No soy él.

—Las palabras son las mismas.

—Es la única salida, Saúl. Desta tiene órdenes. Si no firmas, no puedo protegeros.

—No nos está protegiendo. Nos está comprando.

Amara se puso en pie. Tambaleó un poco, pero se mantuvo firme. Avanzó un paso hacia Montero.

—Eres un cobarde —dijo. —Sabías lo que hacían. Sabías lo del litio. Y aun así...

—Sabía lo del litio desde el principio —la interrumpió Montero. —Y también sé que el litio paga hospitales, escuelas, carreteras. El agua solo mantiene vivos a unos pocos pastores.

Nadifa dio un paso al frente. Desta la detuvo con un brazo extendido, sin tocarla.

—Quieta —dijo el capitán.

Ella lo fulminó con la mirada. —Los pastores llevamos aquí mil años. Tu empresa llevará diez. Cuando se vayan, nosotros seguiremos aquí. Sin agua.

—No soy su empresa —respondió Montero. —Solo un ingeniero que intenta salvar vidas.

—Las tuyas —dijo Nadifa. —No las nuestras.

Hendaya observó el documento. Las páginas brillaban bajo la luz mortecina. Podía ver los logotipos, los sellos, las líneas de puntos esperando su firma.

—Si firmo —dijo lentamente—, el agua será de ellos. Si no firmo, me matarán, y la tomarán igual. ¿No es así, Javier?

Montero no respondió.

—No hay victoria —continuó Hendaya. —Solo grados de derrota. La cuestión es cuánto de mí mismo estoy dispuesto a perder antes de rendirme.

—Es solo un papel —dijo Montero.

—Nunca es solo un papel.

El silencio se extendió. El viento había cesado. El salar estaba quieto, como un mar congelado.

Desta desvió la mirada hacia Montero. —Si no firma, cumplo las órdenes.

—Deme un minuto —dijo Montero.

—Tiene treinta segundos.

Montero se acercó a Hendaya. Caminó despacio, con la carpeta en la mano, como si llevara una ofrenda. Se detuvo a dos metros.

—Tómalo —dijo, extendiendo el documento. —Léelo. No hay trampas. Todo está en regla.

Hendaya no lo tocó. Miró las páginas, el logotipo de Aquifer Global en la esquina superior, el membrete, los números de registro.

—¿Cuánto te pagaron?

—No se trata de dinero —respondió Montero.

—Siempre se trata de dinero.

Montero suspiró. Se quitó las gafas. Sus ojos, enrojecidos, cansados, buscaron los de Hendaya.

—Me ofrecieron una salida. Tenía deudas. Problemas. Whitaker apareció en el momento justo. O eso creí.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que me usó. Pero ya es tarde. Estoy dentro hasta el cuello.

—Nunca es tarde.

Montero sonrió, amargo. —Eso suena a ti. El mismo Saúl que conocí en la facultad, el que creía que siempre había una solución.

—Ya no creo en soluciones. Solo en no empeorar las cosas.

—Firmar esto no las empeora, Saúl. Las termina.

—Las empieza. Cuando firme, estaré reconociendo que tienen derecho sobre el agua. Que su explotación es legal. Que todo lo que hicieron para llegar hasta aquí está bien.

—No firmar no lo impedirá. Encontrarán el acuífero con o sin ti. Los mapas ya están hechos. Las prospecciones también.

—Entonces, ¿para qué me necesitan?

Montero guardó silencio.

—Exacto —dijo Hendaya. —Me necesitan para darle legitimidad. Un ingeniero independiente que certifique el hallazgo. Alguien con nombre y apellidos que pueda declarar ante un tribunal que todo fue legal.

—También te necesito a ti —dijo Montero en voz baja. —Porque si no firmas, Desta te matará. Y no puedo permitir que eso pase.

—¿Por qué?

—Porque eres lo único limpio que me queda.

La frase flotó en el aire. Hendaya la sostuvo, la sopesó.

—Limpio —repitió. —Tú y yo sabemos que no lo soy. Mi expediente en la Legión. El escándalo en Tenerife. Nadie está limpio, Javier.

—Tú más que yo.

Hendaya miró el documento. Los dedos le temblaban. Le costaba mantener los ojos enfocados. La deshidratación nublaba su juicio, ralentizaba sus pensamientos.

Amara se acercó. Le tocó el brazo.

—No firmes —susurró. —Si firmas, todo esto no habrá servido de nada.

—Si no firmo, moriremos —respondió Hendaya.

—Moriremos igual si firmas. Solo que habremos entregado el agua antes.

Nadifa escupió al suelo. Un gesto seco, definitivo.

—Los hombres como él —dijo, señalando a Montero— siempre encuentran una razón para traicionar. La llaman necesidad. Se llaman cobardes.

Montero la ignoró. Mantenía los ojos fijos en Hendaya.

—Treinta segundos —dijo Desta desde atrás.

Hendaya tomó el documento. Lo sostuvo entre las manos. El papel era grueso, satinado. Olía a tinta fresca.

Sacó el bolígrafo del bolsillo de Montero. Lo sostuvo sobre la línea de puntos.

Amara contuvo el aliento.

—No —dijo ella.

—Tengo que hacerlo —respondió Hendaya.

—No tienes que hacer nada.

—Si no firmo, nos matan. Si firmo, vivimos. Y vivos podemos luchar.

—Firmando te conviertes en cómplice.

—Ya soy cómplice. Lo he sido desde que acepté este trabajo.

—No es lo mismo.

—Es peor —intervino Montero. —Pero es lo único que puedo ofrecer.

Hendaya apoyó la punta del bolígrafo sobre el papel. La tinta negra formó una pequeña mancha. Una décima de segundo, y empezaría a trazar su nombre.

Pero no lo hizo.

Miró a Montero. Luego a Desta. Luego al horizonte, donde el sol se hundía lentamente, incendiando el cielo.

Después, con un movimiento lento y preciso, rasgó el documento por la mitad.

El sonido del papel rompiéndose fue seco, definitivo.

Montero abrió la boca. No salió ningún sonido.

Amara exhaló. Cerró los ojos.

Nadifa sonrió. Una sonrisa sin dientes, apenas una curva en los labios.

Hendaya dejó caer los trozos de papel al suelo.

—No —dijo. —Prefiero morir limpio.

El silencio que siguió era denso, compacto, como la costra del salar. Se podía caminar sobre él.

Desta observó los fragmentos del contrato esparcidos sobre la sal. Levantó la mirada hacia Hendaya. Durante un largo momento, no dijo nada.

—Es estúpido —dijo al fin.

—Puede ser.

—Podría haber firmado y salir vivo. Su orgullo no vale su vida.

—No es orgullo. Es... —Hendaya buscó la palabra—. Es no querer ser como ellos.

—Ya es como ellos. Todos lo somos. La diferencia es que ellos lo aceptan.

—Yo no.

Desta lo miró largamente. Después, se volvió hacia Montero.

—¿Qué hace?

Montero estaba pálido. Miraba los pedazos de papel como si hubieran sido su última esperanza.

—No lo sé —respondió.

—Decida rápido —dijo Desta. —O cumplo las órdenes.

Montero tragó saliva. Se pasó una mano por el cabello sudoroso.

—Basta, Desta —dijo. Su voz tembló un poco, pero se mantuvo firme. —Déjalos ir.

Desta lo miró. —No puede darme órdenes.

—Puedo recordarle quién paga su salario, capitán. Este proyecto no es suyo. Es de Aquifer Global. Y yo soy el representante de Aquifer Global sobre el terreno.

—Mi lealtad es con el ejército etíope.

—¿De verdad? Porque el dinero que recibe cada mes viene de Whitaker.

El combustible de sus vehículos, las raciones de sus soldados, los sobornos que engrasan los puestos de control.

Todo viene de la misma fuente. Sin ella, usted estaría en un cuartel polvoriento en Mekele, sin órdenes, sin presupuesto, sin futuro.

El rostro de Desta se endureció. Un músculo latió en su mandíbula.

—Eso es...

—Es la verdad —lo interrumpió Montero. —Y usted lo sabe. Por eso no ha disparado todavía. Porque sabe que las órdenes que recibió no son claras. Porque sabe que si los mata, tendrá que justificarlo. Y porque sabe que Whitaker no le respaldará si las cosas se complican.

Desta apretó los puños. Por un instante, Hendaya creyó que iba a golpear a Montero.

Pero no lo hizo.

Respiró hondo. Despacio, metió la mano en el bolsillo y sacó la radio.

—Campamento base, aquí Desta. Confirmo: fugitivos localizados. Repito: fugitivos localizados. Suspender búsqueda. Regreso en dos horas.

La radio emitió un chasquido de confirmación.

Desta guardó el aparato. Miró a Hendaya.

—Váyanse —dijo. —No los he visto.

Hendaya parpadeó. —¿Qué?

—Que se vayan antes de que cambie de opinión.

Amara se incorporó, incrédula. —¿Nos deja ir?

—No los he visto —repitió Desta. Y giró sobre sus talones, alejándose hacia el jeep.

Montero se quedó quieto un momento. Miró a Hendaya. Sus ojos decían algo que las palabras no podían expresar.

—Hay un pozo al este —dijo en voz baja. —A unos diez kilómetros. En el mapa está marcado como seco, pero los informes de los afar dicen que aún tiene agua. No sé si es cierto, pero es lo único que tengo.

—¿Por qué haces esto? —preguntó Hendaya.

—Porque eres lo único limpio que me queda —repitió Montero. Y sin añadir nada más, siguió a Desta hacia el vehículo.

El motor del jeep arrancó. Dio la vuelta, describió un arco sobre la sal y se alejó hacia el norte. El Land Rover de Montero lo siguió.

Poco a poco, el rugido de los motores se desvaneció.

El silencio regresó. Pero esta vez era diferente. No era el silencio de la espera, de la amenaza. Era el silencio del salar al atardecer, vasto y vacío, y de repente, habitable.

Nadifa se agachó y recogió uno de los fragmentos del contrato. Lo sostuvo contra la luz del ocaso.

—Eres tonto —dijo. —Pero eres tonto de los buenos.

—Gracias —dijo Hendaya. —Creo.

Ella rompió el papel en pedazos más pequeños y los dejó caer al suelo, como semillas.

—Al este —dijo. —El pozo que dijo el hombre. Lo conozco.

—¿Tiene agua?

—Tenía agua cuando yo era niña. Puede que todavía tenga.

—Es mejor que quedarnos aquí.

Amara se puso en pie con esfuerzo. Tenía la ropa sucia, el cabello enmarañado, los labios partidos. Pero había algo en sus ojos que no estaba antes.

—¿Cómo te sientes? —preguntó Hendaya.

—Viva —respondió ella. —Que no es poco.

Nadifa señaló el este con la barbilla.

—Tardaremos dos horas en llegar. Si caminamos deprisa.

—Podemos caminar —dijo Hendaya. Y aunque su cuerpo exhausto protestaba, dio un paso hacia adelante. Luego otro. Y otro.

El sol se hundió tras el horizonte. El salar se tiñó de azul profundo. Las primeras estrellas aparecieron, tímidas, sobre sus cabezas.

Caminaron en silencio, tres siluetas recortadas contra la inmensidad del desierto. Detrás quedaban los papeles rotos, el jeep que se alejaba, la amenaza de la muerte suspendida como una nube que el viento había dispersado.

Delante, solo sal, horizonte, oscuridad, y la posibilidad remota de un pozo con agua.

Para Hendaya, era suficiente.