Capítulo 10 A través de la Sal #2
Hendaya se sentó en la losa desplazada. Miró sus manos: las uñas rotas, la tierra incrustada en las grietas de la piel, las marcas violáceas de las esposas, la sangre seca de las rozaduras.
El sol caía vertical. El agua no era suficiente.
No había pozo al que ir. El siguiente, si existía, estaba a un día de camino, y no tenían agua para llegar.
Pensó en detenerse. Dejarse caer. Descansar. Cerrar los ojos y no abrirlos más.
Pero entonces habló. Las palabras salieron solas, en un susurro que Amara alcanzó a escuchar:
—No sé si llegaré al pozo que viene. Pero sé que si dejo de caminar, muero. Y no he hecho lo suficiente para merecer la muerte.
Amara lo miró. Tenía los ojos enrojecidos, los labios agrietados, la expresión de quien ha llegado al límite.
—¿Merecer la muerte? —preguntó—. ¿Quién decide eso?
Hendaya no respondió. Miró sus manos embarradas, la tierra bajo las uñas, la sal incrustada en cada pliegue de la piel.
—Uno mismo —dijo al fin—. Uno decide si ha hecho lo suficiente.
Ella no replicó. Algo en su silencio dijo que entendía.
Nadifa seguía inmóvil, los ojos fijos en el horizonte norte. Llevaba así varios minutos, sin pestañear, sin moverse. Cuando habló, su voz fue plana:
—Polvo.
Hendaya giró la cabeza.
La columna de polvo estaba allí. Recta, regular, compacta. Un vehículo avanzando a velocidad constante, levantando una cortina blanca que se retorcía en el aire. La distancia era escasa: un kilómetro, quizá menos. Demasiado cerca para correr. Demasiado cerca para esconderse.
El salar era una superficie lisa, sin accidentes, sin cobertura. No había adónde ir.
Nadifa calculó distancias, tiempo, opciones. Negó con la cabeza.
—Ya nos vieron.
Hendaya sabía que tenía razón. Desta había seguido el rastro, había encontrado las huellas en la sal, había calculado la dirección exacta. La columna de polvo avanzaba recta hacia ellos, sin desviaciones, sin dudas.
—¿Corremos? —preguntó Amara. Su voz no tenía esperanza.
—No.
No podían. Amara apenas se sostenía sobre la rodilla vendada, la sangre seca formando una costra marrón bajo el trapo.
Él mismo sentía las piernas de plomo, los pulmones secos, el corazón golpeando contra las costillas como un animal enjaulado.
La deshidratación empezaba a nublarle la visión: los bordes del horizonte se volvían borrosos, la luz blanca del salar se fragmentaba en destellos.
No podían correr. No podían luchar. No podían negociar.
El rugido del motor crecía, rebotando en la superficie plana del salar.
Pronto pudieron verlo: un punto oscuro bajo la cortina de polvo blanco, avanzando a toda velocidad.
El Land Rover de Desta. El mismo que Hendaya había visto cien veces en los últimos días.
Reconoció el tono del motor, la frecuencia de la transmisión, el chirrido de los frenos al tomar las curvas imaginarias del salar.
Hendaya se colocó delante de las mujeres. No tenía armas. No tenía fuerzas. Tenía el cuerpo lleno de tierra y sal, las uñas rotas, la boca seca, la cabeza golpeada. Pero se puso delante.
El jeep frenó a cincuenta metros. Derrapó sobre la sal, dejando dos surcos negros sobre la capa blanca. El motor se apagó. El polvo comenzó a asentarse lentamente, cubriéndolo todo con una capa fina de blanco que se posaba en los hombros, en el pelo, en los labios.
Silencio.
La puerta se abrió.
Desta bajó con lentitud, con la parsimonia de un hombre que sabe que ha ganado. Se ajustó las gafas oscuras, estiró el uniforme, se alisó los pliegues de la camisa. No llevaba la pistola en la mano. No la necesitaba.
Caminó hacia ellos. Las botas crujían sobre la sal. Cada paso era lento, medido, elástico. La cadencia de un cazador que sabe que la presa no tiene escapatoria.
Hendaya lo vio acercarse y sintió el peso de cada paso en el pecho. Calculó distancias. Cinco metros, cuatro, tres. No podía hacer nada. No quedaba nada.
—Amara —dijo sin volverse—. Siéntate.
Oyó el cuerpo de ella desplomarse sobre la sal. No por rendición. Porque ya no podía más. Porque las piernas se negaban a sostenerla. Porque la rodilla herida, el calor, la deshidratación y el miedo habían agotado hasta la última reserva de su cuerpo.
Nadifa seguía de pie. Inmóvil. Mirando a Desta con los años de odio acumulado en los ojos, con la dignidad de quien sabe que ha hecho lo correcto.
Desta se detuvo a tres metros. Se sacó las gafas oscuras.
Sus ojos negros, sin expresión, recorrieron el grupo.
Primero a Nadifa, recta, desafiante, la mujer que había guiado a los fugitivos.
Luego a Amara, sentada en la sal, la rodilla vendada, el rostro hundido entre las manos.
Luego a Hendaya, con la ropa sucia de tierra y sal, las manos embarradas, la mirada fija.
Los miró uno por uno, sin prisa, como si quisiera grabar el momento.
—Hasta aquí —dijo.
Solo eso. Dos palabras. Sin amenaza. Sin furia. Sin sarcasmo. Una constatación. Un punto final.
El silencio se alargó. El sol seguía cayendo. La sal seguía blanca. El agua seguía lejos.
Hendaya no respondió. Se quedó mirando a Desta, los ojos grises fijos en los negros, sin parpadear. No había rendición en su mirada. Tampoco desafío. Solo la aceptación de un hombre que ha llegado al final de un camino y descubre que el camino se acaba aquí.
Desta no apartó la mirada.
El viento levantó un remolino de sal entre ellos, pequeño, efímero, que los cubrió de polvo blanco y desapareció.
Nadie se movió.