Capítulo 10 A través de la Sal
L a luz llegó sin aviso.
No hubo amanecer gradual. No hubo rosa naranja extendiéndose desde el horizonte. Un fogonazo, y el sol ya estaba ahí, entero, encima de ellos. El borde del salar se encendió como una lámina de metal al rojo.
Hendaya parpadeó. Los ojos no tenían lágrimas para humedecerse. El párpado raspó contra la córnea como papel de lija. Caminó.
Delante, Nadifa mantenía el paso. Siempre cinco metros por delante. La falda larga rozaba la superficie de sal con un susurro continuo. No miraba atrás. En su casa no se mira atrás.
A sus espaldas, Amara respiraba con la boca abierta.
Un jadeo rítmico, demasiado rápido. Hendaya reconoció el patrón: hiperventilación inducida por calor.
Iba a tener que decirle que controlara la frecuencia, que el aire caliente quemaba los alvéolos si entraba a esa velocidad. Pero aún no. Aún podía caminar.
La llanura se extendía sin referencias. El blanco de la sal, el azul del cielo, el disco blanco del sol. No había sombras. No había variaciones. Solo un plano infinito que devoraba la distancia.
Calculó que llevaban dos horas desde que abandonaron el lecho seco del río. Dos horas en línea recta hacia el sur, siguiendo un rumbo que Nadifa llevaba grabado en algún pliegue del cerebro.
—Nadifa —llamó.
Ella se detuvo. Inclinó la cabeza.
—¿Cuánto falta para el pozo?
Nadifa señaló el horizonte con la barbilla. El gesto era vago. Hendaya entendió que no estaba segura. Llevaban años sin lluvias en la zona. Los pozos ancestrales se secaban uno tras otro. Pero ella seguía caminando.
—Media jornada —dijo—. Si existe.
—¿Y si no existe?
Se volvió. Los ojos pequeños y marrones lo miraron sin parpadear.
—Entonces morimos.
Dio media vuelta y reanudó la marcha.
Hendaya la siguió.
El sol trepaba rápido. El calor no golpeaba: presionaba. Una presión constante, desde todas direcciones, como si el aire se hubiera vuelto sólido y pesara sobre los hombros. No había viento. El silencio era tan denso que Hendaya oía su propia sangre circulando en los oídos.
Caminaba pisando exactamente donde había pisado Nadifa.
Las huellas de sus sandalias artesanales marcaban la capa de sal: dos surcos paralelos, separados por medio metro.
Aprendió a seguirlas. Pero a veces ella torcía, evitaba zonas donde el tono de la sal cambiaba: de blanco puro a un gris azulado.
En una de esas desviaciones, Hendaya se acercó a la zona gris. Vio la grieta.
Una fisura en la corteza blanca, tan fina que apenas se veía. Probó con el pie. La sal cedió, y un puñado de cristales cayó en el vacío. No oyó el impacto.
Nadifa se detuvo. Señaló la grieta.
—No pisar gris —dijo—. Gris es vacío.
Hendaya asintió. Grabó la lección. El blanco puro era seguro. El blanco mate era blando pero transitable. El gris azulado era muerte. El amarillo —manchas de azufre— indicaba costra fina, casi transparente, y debajo solo ácido.
Nadifa no explicaba nada. Caminaba, y él aprendía observándola.
Amara resbaló a media mañana.
Fue un instante. La suela de la bota encontró un punto de sal suelta, la rodilla izquierda se dobló, y cayó hacia adelante con las manos abiertas. La costra blanca no cede como la tierra. Corta.
Hendaya se giró al oír el golpe sordo. Amara estaba de rodillas, las palmas apoyadas en la sal, la respiración entrecortada. Un hilo rojo bajaba por su espinilla izquierda, mezclándose con el polvo blanco que se pegaba a la herida.
—No es profundo —dijo ella.
—Siéntate.
Ella obedeció. Hendaya se arrodilló. Examinó el corte: limpio, justo debajo de la rótula, un tajo de tres centímetros. La sal había esterilizado la herida al sellarla, pero también la había contaminado. En aquel clima, cualquier infección se propagaba en horas.
Antes de que pudiera pedir el botiquín, Nadifa ya estaba allí. Arrodillada al otro lado, un trapo en las manos. Vertió un poco de agua sobre la herida para arrastrar la sal. Luego arrancó una tira de su propia falda, la dobló en compresa, y la ató alrededor de la rodilla con un nudo limpio.
Sin una palabra.
Amara la miró. Quería dar las gracias. No encontró el modo. Asintió.
Nadifa asintió también. Se puso en pie, se limpió las manos en la falda, y volvió a su puesto, cinco metros adelante.
Hendaya ayudó a Amara a levantarse. Ella probó la rodilla.
—Duele. Pero puedo caminar.
—¿Seguro?
—Seguro.
Siguieron.
A media mañana se detuvieron en una zona donde la sal era más gruesa, casi blanca.
Hendaya sacó la cantimplora. Quedaba menos de la mitad.
Calculó: un litro, quizá litro y medio para tres personas.
En aquel calor, con el esfuerzo de caminar, el cuerpo necesitaba cuatro litros al día para mantener los riñones funcionando.
Con medio litro por persona, tenían seis horas antes de que la orina se volviera negra.
Ocho como máximo antes del golpe de calor.
Ofreció la cantimplora a Amara. Ella bebió un sorbo, enjuagó la boca, tragó. Devolvió la cantimplora.
—Bebe más —dijo él.
—No. Guárdala para ella.
Señaló a Nadifa, que seguía de pie, mirando el horizonte.
Hendaya se acercó.
—Agua.
Nadifa tomó la cantimplora. Bebió un trago corto, apenas humedeció los labios. Devolvió.
—Pozo cerca —dijo—. Dos horas.
—¿Estás segura?
Señaló el horizonte. Hendaya miró. Vio la mancha: una sombra minúscula, negra, en la llanura sin límites.
—Allí. No he estado desde niña. Pero lo recuerdo.
Hendaya aguzó la vista. Parecía una roca, una elevación del terreno. Pero si ella decía que era el pozo, era el pozo.
Siguieron caminando.
El sol subió hasta el cenit. La radiación caía vertical. Hendaya sintió la piel de la nuca arder. Las cervicales le dolían, un latido sordo que subía desde la base del cráneo. El golpe de días atrás seguía allí, un recordatorio constante de que el cuerpo tenía límites.
Amara cojeaba. No se quejaba. Hendaya la observaba de reojo, midiendo su resistencia. Era más fuerte de lo que parecía. Pero el desierto no discriminaba. Mataba a todos por igual.
Calculó de nuevo el agua. La cantimplora pesaba menos. Mucho menos.
La mancha negra creció hasta convertirse en una roca basáltica, enorme, plantada en medio del salar como un monolito. A su alrededor, el suelo estaba hundido, formando un cráter de diez metros de diámetro.
El pozo.
Hendaya se acercó. Vio las piedras apiladas en círculo, negras, cubiertas de liquen seco. Un pozo antiguo. Lo habían construido generaciones de afar, sellado con losas para evitar la evaporación.
Nadifa se arrodilló. Apartó las piedras superficiales. Debajo, una losa plana, incrustada en la sal.
—Ayúdame.
Hendaya se arrodilló al otro lado. Metió los dedos bajo el borde y tiró. La losa no se movió. Probó de nuevo, usando las piernas para hacer palanca. La piedra cedió unos centímetros, y un olor ascendió desde el hueco.
Olor a polvo. A tierra seca. A nada.
Empujaron juntos. La losa se desplazó, dejando al descubierto un agujero negro de medio metro de ancho. Hendaya se asomó. No vio el reflejo del agua. Solo sombra, polvo, el olor de la tierra muerta.
Estaba seco.
Metió el brazo hasta el hombro y sus dedos tocaron el fondo sólido, agrietado, sin rastro de humedad. Pasó la mano por la superficie y sintió las grietas abiertas, la tierra endurecida, la ausencia total de agua.
—Seco —dijo.
Nadifa no respondió. Se quedó inmóvil, mirando el agujero como si pudiera llenarlo con la fuerza de su voluntad. Hendaya vio sus manos apretadas contra los muslos y supo que ella también había esperado, que una parte de ella había confiado en que el pozo recordara el agua de cuando era niña.
—A veces hay humedad —dijo al fin—. Debajo. Si excavas.
Hendaya no esperó. Se tiró al suelo, hundió los brazos en el agujero, empezó a cavar.
La tierra seca se deshacía entre sus dedos, resbalaba por sus muñecas, se acumulaba bajo las uñas.
Las marcas de las esposas le ardían al rozar contra la arena, pero no sintió el dolor.
Solo la urgencia, el latido en la cabeza, el pensamiento único de encontrar agua antes de que el cuerpo dijera basta.
Cavó más hondo.
Diez centímetros. Quince. Veinte.
Amara se arrodilló a su lado y metió las manos en el agujero. Cavaron en silencio, los dedos rozándose en la oscuridad del pozo, la tierra volando hacia los lados. Ella encontró la misma sequedad que él, pero siguió cavando.
Veinticinco centímetros.
Entonces Hendaya lo sintió.
La textura cambió. De polvo suelto a tierra compacta, de tierra compacta a barro.
Húmedo. Sus dedos tocaron la humedad, se hundieron en ella.
Extrajo un puñado de tierra oscura, casi negra, y la apretó contra la palma.
Un hilo de agua sucia le corrió entre los dedos, coloreando la sal que cubría su brazo.
—Hay —dijo con la voz rota.
Se inclinó sobre el agujero, apoyó los labios en la tierra húmeda y chupó.
El sabor era a minerales, a raíces podridas, a algo que no era exactamente agua pero que mojaba la lengua, que humedecía el paladar, que descendía por la garganta como un milagro.
Sintió el frescor extenderse por el pecho, despertar el cuerpo, recordarle que seguía vivo.
Levantó la cabeza. Tenía la cara embarrada, los labios manchados de tierra oscura, la respiración agitada.
—No es suficiente para beber —dijo—. Pero podemos mojarnos el cuello y las muñecas.
Extrajo más barro y lo frotó en su nuca.
El frescor fue como una descarga, un latigazo que recorrió sus cervicales doloridas, que alivió por un instante el latido constante del golpe.
Luego pasó el barro a Amara, que lo imitó en silencio, aplicándolo en las sienes, en las muñecas, en la herida de la rodilla.
El barro oscuro contrastaba con su piel, y por un momento pareció que la frescura la devolvía a la vida.
Nadifa no aceptó. Se quedó al borde del pozo, mirando el horizonte norte.