Capítulo 9 El Desvío de Medianoche
L a lona cedió sin resistencia. El corte era limpio, recto, de bisturí. Hendaya pasó la mano por el borde. Fibra deshilachada. Salió.
El viento golpeó su rostro. Seco. Cargado de sal. Esperó a que los ojos se ajustaran a la oscuridad. El campamento dormía. Las tiendas eran bultos negros contra un fondo aún más negro. No había luna. Solo la costra de sal del suelo, que brillaba lo justo para adivinar siluetas.
Amara salió detrás de él. La sintió por el roce de la tela, por la respiración contenida. No se volvió.
Nadifa ya estaba fuera. No la oyó salir. Simplemente estaba allí. Una silueta más baja, más pegada al suelo. Señaló hacia el este.
El Land Rover de reserva descansaba bajo una lona a cincuenta metros. Entre ellos y el vehículo, seis tiendas. Seis posibilidades de que alguien se despertara.
Hendaya calculó la distancia. Treinta segundos de marcha silenciosa. El viento jugaba de su lado: arrastraba los sonidos hacia el oeste, donde dormían los soldados.
—Vamos —dijo.
El primer paso fue el más difícil. Hendaya sintió la grava bajo la suela, el roce mínimo de las piedrecillas contra el cuero. Se detuvo. Contuvo la respiración. Esperó.
Nadie gritó.
Nadifa se movió. Elegía el suelo con la memoria de quien ha cruzado el Danakil a pie y sabe dónde cruje la sal y dónde enmudece. Hendaya la seguía, pisando donde ella pisaba. Amara cerraba el grupo. El paso más torpe, menos hecho al sigilo.
A medio camino, Amara tropezó. Hendaya lo sintió más que oírlo: un desplazamiento de aire, un jadeo cortado.
Giró, extendió la mano y encontró su brazo.
La sostuvo los segundos justos para que recuperara el equilibrio.
En la oscuridad no vio su rostro, pero notó que las uñas se le clavaban en el antebrazo.
—Cuidado —susurró.
Ella asintió. Reanudaron la marcha.
En dos ocasiones la grava crujió bajo las botas, y los tres se congelaron, esperando que una tienda se encendiera, que una voz preguntara.
Nadie preguntó.
Llegaron al Land Rover. Nadifa ya había retirado la lona. Hendaya se arrodilló y palpó el capó. El metal estaba frío, pero la batería seguía desconectada. Metió la mano bajo el chasis, buscó el borne, y entonces la luz lo cegó.
—Quieto.
La voz de Desta llegó desde la izquierda. Hendaya no se movió. Tenía la mano aún bajo el capó, los dedos rozando el borne.
—Levanta la mano lentamente. Si veo algo que parezca un arma, disparo.
Hendaya obedeció. Sacó la mano vacía, los dedos abiertos.
El haz de la linterna lo mantenía clavado en el círculo de luz.
Desta avanzó. Ahora lo veía: la pistola en la mano derecha, la linterna en la izquierda.
Brazos extendidos, la postura de quien sabe disparar.
Detrás, dos sombras más. Fusiles en posición de descanso.
—Sabía que era un traidor, ingeniero.
Amara dio un paso al frente.
—Baje el arma, capitán.
—Usted no me da órdenes, doctora.
—No es traición. Es supervivencia.
Desta rió. Un sonido seco, sin alegría.
—¿Supervivencia? Usted está huyendo. Eso es deserción. Y en mi país, la deserción en campaña se paga con la vida.
—No estamos en campaña —dijo Hendaya.
—Estamos en guerra. La guerra del agua. La guerra del progreso. Usted no lo entiende, ingeniero. Esto es más grande que su conciencia.
—Tal vez. Pero el agua envenenada no es progreso.
La luz de la linterna se movió. Desta apuntó a los ojos de Hendaya. No parpadeó.
—Usted va a morir aquí, en medio de la nada, y nadie va a preguntar por qué. Lo dejaré en el salar con un tiro en la cabeza y diré que se perdió.
—Tal vez. Pero antes de morir, voy a decir algo.
—¿Qué?
—Que su mujer no sabrá que usted mató a un hombre por defender el agua de su pueblo.
El golpe fue bajo, directo al estómago. Desta respiró hondo, una sola vez. No se movió, pero algo se le aflojó en la mirada. Una rendija.
—Repítalo —dijo.
—Usted ha oído.
Por un instante, el silencio se espesó. Más que el viento, más que la sal. Uno de los soldados cambió el peso de las piernas. Incómodo. Desta no se movió, pero el gesto se le quebró en la cara. La linterna tembló.
—¿Qué está pasando aquí?
Montero apareció de detrás de una tienda. Venía mal vestido: camisa arrugada, pies descalzos dentro de las botas, la carpetilla azul apretada contra el pecho como un escudo.
—Este hombre es un traidor —dijo Desta sin apartar la mirada.
—Este hombre es mi ingeniero —dijo Montero—. Y nadie va a dispararle a nadie.
—Usted no manda aquí, Montero.
—Mando en el dinero que financia esta misión. Y le aseguro que si mata a Hendaya, el dinero se acaba. ¿Entiende?
Desta no respondió. El cañón de la pistola seguía apuntando.
—Baje el arma, capitán —dijo Montero con más calma—. Hablemos.
Desta dudó. Uno de los soldados murmuró algo en amárico. Desta giró la cabeza solo un grado para mirar a Montero. Lo estudió un segundo. Las palabras de su subordinado habían sido un recordatorio: Montero era el dinero. Y el dinero, en el Danakil, pesaba más que los galones.
Finalmente, bajó la pistola.
—Dos minutos —dijo—. Luego tomo una decisión.
Se apartaron. Montero y Desta caminaron unos pasos, fuera del círculo de luz.
Hendaya no oyó lo que hablaron. Vio los gestos: Montero hablaba rápido, moviendo las manos, la carpeta azul apretada bajo el brazo.
Desta escuchaba rígido, la pistola aún en la mano, el cañón apuntando al suelo pero listo para levantarse.
Amara se acercó a Hendaya. Su voz era un hilo.
—¿Qué crees que están diciendo?
—No lo sé.
—¿Confías en él?
Hendaya no respondió. No podía decirle la verdad.
Al menos no toda. Mentirle a Amara era más fácil que admitir que el mapa que tenía en la cabeza se estaba borrando con el cansancio, que el Danakil le ganaba terreno a la memoria.
No confiaba en nadie. Ni siquiera en su propio instinto, que le decía que Montero iba a venderlos, pero también que no tenía otra salida.
Pero había algo más. Mientras miraba a Montero gesticular en la penumbra, recordó otra noche, otra negociación.
Kandahar, 2006. Montero hablando con los ancianos de la aldea mientras las balas silbaban al otro lado del muro.
La misma postura, el mismo movimiento de manos.
Entonces había funcionado. Los ancianos los dejaron pasar. Salvaron a tres niños.
—No sé si confío en él —dijo al fin—. Pero sé que sabe negociar.
—¿Y si nos vende?
—Si nos vendiera, ya estaríamos muertos.
Amara no respondió. Hendaya sintió su mirada en la nuca, pero no se volvió. Observó a los dos hombres. Montero había dejado de hablar. Desta asentía lentamente, como quien acepta una verdad incómoda.
Hendaya se llevó la mano al bolsillo. Tocó el saquito de arena que Nadifa le había dado.
La tierra prometida. El juramento sellado con polvo de sal.
El peso de aquella arena en el bolsillo le recordaba lo que estaba en juego.
No solo su vida. La de Amara, la de Nadifa, la de todos los que beberían de aquella agua si lograban protegerla.
—Hendaya.
La voz de Montero lo sacó de sus pensamientos. Montero volvía. Se acercó, habló en voz baja, casi sin mover los labios:
—Desta acepta dejarlos ir. Pero quiere que sepan que los perseguirá si no vuelven.
—¿A qué precio?
—No preguntes.
—Pregunto.
Montero lo miró. Tenía los ojos enrojecidos, la piel grasienta por el calor. Parecía más viejo que en el taller de Canarias.
—Le he dicho que si encuentran agua, la misión seguirá siendo rentable. Que eres más útil vivo que muerto. Y que si no vuelves, yo mismo responderé ante sus superiores.
—¿Y lo harás?
—No lo sé.
—Mientes.
Montero no negó. En lugar de eso, se inclinó un poco más.
—Sé que desconfías de mí. Y tienes razón. He hecho cosas de las que no me siento orgulloso. Pero nuestro interés está alineado, Saúl. Si encuentras el agua de verdad, podremos negociar desde una posición de fuerza. Agua limpia. No lixiviación. Eso vale más que todo el litio del Danakil.
—¿Y el litio?
—El litio es el presente. El agua es el futuro. Si hay agua, podemos renegociar. Si no la hay, no hay nada que negociar.
Hendaya lo miró. Quería creerle. No podía. Pero necesitaba salir de allí.
—¿Qué sabes del sendero de Nadifa? —preguntó.
—Sé que existe. No sé dónde está. Ella no me lo diría. Y tampoco te lo diría a ti si no confiara en ti.
—¿Por qué confía en mí y no en ti?
—Porque tú no llevas una carpeta azul.
Montero sonrió. Una mueca triste que no llegó a los ojos.
—Si encuentras lo que buscas, me buscas. Sabes dónde estaremos. Y si no encuentras nada... entonces será mejor que no vuelvas.
—¿Y Desta?
—Desta hará lo que tenga que hacer. Yo haré lo que pueda. No es mucho, pero es lo que hay.
Hendaya lo miró. Quería encontrar el engaño en sus palabras, la doble intención. Pero solo vio cansancio. Un hombre agotado de mentir, o quizá de intentar dejar de hacerlo.
—Cuida tus espaldas, Javier —dijo Hendaya.
—Las cuido. Tú cuida las tuyas.
La conversación había terminado. Desta volvió. Guardó la pistola en la funda, pero su mirada seguía siendo la de un cazador.
—Váyanse —dijo—. Pero no crucen la línea del campamento. Tengo soldados en el perímetro. Si intentan llevarse un vehículo, los detendrán.
—Iremos a pie —dijo Nadifa. Era la primera vez que hablaba desde que llegó Desta. Su voz sonó como un crujido de sal.
—A pie no llegarán lejos.
—Llegaremos.
Desta la miró. Luego miró a Hendaya.
—Al amanecer, saldré a buscarlos. Si los encuentro, los mataré. No habrá advertencia. No habrá negociación. ¿Entendido?
Hendaya asintió.
—Entendido.
Montero dio un paso atrás. Su rostro era una máscara. No se despidió.
—Váyanse —dijo Desta—. Ahora.
Hendaya se giró. Amara lo siguió. Nadifa ya estaba en marcha, cinco pasos adelante, orientada hacia el sur como una brújula humana.
Caminaron. El campamento quedó atrás. El suelo cambió bajo sus pies. De la grava compacta pasaron a la costra de sal, que crujía como hielo quebradizo. Hendaya ajustó el paso para evitar el sonido, pero era imposible. El Danakil no permitía el silencio absoluto. Aceptaba solo el propio.
Nadifa llevaba la delantera, siempre cinco pasos adelante. No miraba atrás. No dudaba. Caminaba con la seguridad de quien sabe que el desierto no miente, que si uno se equivoca de dirección, el desierto lo borra.
Amara respiraba con dificultad. El miedo y el esfuerzo le robaban el aire. Hendaya redujo la marcha para que ella pudiera seguirlo.
—Aguanta —dijo.
Ella asintió. No tuvo fuerzas para responder.
Las luces del campamento se fueron empequeñeciendo. Una ráfaga borró las huellas de sus pies. La sal crujía bajo las suelas, un sonido que el viento se llevaba antes de alcanzar oído alguno.
Hendaya no miró atrás hasta que estuvieron a cien metros.
Entonces lo hizo.
Vio a Desta y Montero junto al Land Rover.
Dos siluetas inmóviles en el círculo de luz de los faros.
Desta tenía la radio en la mano. Montero seguía con la carpetilla azul, el brazo caído a lo largo del cuerpo, la postura de un hombre que ha perdido algo.
No se miraban. Desta se inclinó hacia Montero y dijo algo.
El aire se llevó las palabras, pero Hendaya no necesitó oírlas para saber su contenido.
«Los alcanzaré al amanecer. Y entonces los mataré.»
Montero no respondió. Se limitó a mirar hacia la oscuridad, hacia donde los tres fugitivos se desvanecían. Y por un instante, Hendaya creyó ver que asentía.
O quizá fue el viento.
—No mires atrás —dijo Nadifa sin volverse.
Hendaya obedeció.
Siguió caminando. El Danakil se abría ante ellos: negro, infinito, de sal y promesas rotas. A sus espaldas el campamento dormía. Pero la cacería había comenzado.
—Saúl —dijo Amara a su lado—. ¿Hacia dónde vamos?
—Pregúntale a ella.
Nadifa no se volvió. Solo levantó la mano y señaló el sur. Un punto en la oscuridad. Un sendero que solo ella conocía.
El viento arreció, levantando una cortina de sal que borró el campamento tras ellos. Hendaya entrecerró los ojos y caminó hacia donde ella indicaba. No sabía lo que encontrarían. Un pozo con agua. Una trampa. Un páramo vacío.
Pero no había vuelta atrás.
Apretó el paso. El dolor en las cervicales latía con cada zancada, pero ya no le importaba. Llevaba el mapa en la cabeza. La arena de Nadifa, en el bolsillo. La verdad, esperándolos al final de la noche.
No había término medio.
Ahora lo sabía.
Y lo aceptaba.
Al llegar al jeep, Desta guardó la radio. Montero se quedó solo. La carpetilla azul contra el pecho, la mirada fija en la oscuridad donde Hendaya se había desvanecido.
—Buena suerte, Saúl —dijo en voz baja.
Nadie lo oyó.
El viento se llevó también sus palabras.