Capítulo 8 Nadifa y el Viento
L e dolían las cervicales. Una molestia sorda, instalada, que el golpe en la cabeza de tres días atrás había despertado para no irse. Hendaya giró el cuello hasta oír el crujido y apoyó el mapa sobre las rodillas.
Afuera, el viento no aullaba. Silbaba. Un silbido fino, de cuchillo contra piedra, que se filtraba por cada costura de la lona.
Hendaya encendió la linterna. La luz era débil, un cono amarillo que apenas iluminaba las líneas azules de los cursos de agua. Agua. Siempre agua. O mentira.
Las rozaduras de la mejilla le escocían al contacto con el sudor. Las marcas de las esposas en las muñecas, dos surcos violáceos, le ardían cada vez que rozaban el borde del mapa. El hematoma en la nuca le latía con cada pulsación del corazón.
Se pasó la lengua por los labios partidos. El sabor químico aún persistía. Litio. Lixiviación. Veneno.
Trazó un círculo con el dedo en la zona sur del mapa. El área borrada. El vacío que Berhanu había descubierto antes de morir. Allí, en el fondo de la depresión, en las capas de salmuera donde la tierra llevaba siglos acumulando minerales, alguien había puesto una X invisible.
La entrada de la tienda se movió sin que el viento cambiara.
Hendaya levantó la cabeza. Su mano derecha se tensó sobre la hoja de papel, un reflejo que no necesitaba pensamiento.
Nadifa estaba allí. En cuclillas. No entraba, no salía. Solo estaba, como si hubiera nacido de la oscuridad, como si la noche la hubiera moldeado para ese momento.
—Usted diferente —dijo.
No era una pregunta.
—¿Cómo sabes?
Ella movió la cabeza. Un gesto que podía significar cualquier cosa. Sus manos descansaban sobre las rodillas, inmóviles, como dos animales en reposo. Las uñas rotas. La piel cuarteada.
—Otros vienen a robar —dijo, eligiendo las palabras con cuidado—. Usted pregunta.
—Tengo muchas preguntas.
—Por eso estoy aquí.
El viento azotó la lona, el silbido se intensificó un instante y volvió a su tono base, una nota continua que vibraba en el tejido.
Nadifa se movió sin levantarse. Un desplazamiento lateral, como un cangrejo, que la acercó al círculo de luz de la linterna. Metió la mano en un saco pequeño que llevaba atado a la cintura.
—¿Qué tienes ahí? —preguntó Hendaya.
—Muestras.
Sacó la mano. No traía nada, pero sus dedos tocaron el contenido del saco con la delicadeza de quien palpa algo frágil.
Se inclinó hacia delante. Comenzó a dibujar en la arena del suelo de la tienda con la mano derecha. Trazó una línea curva. Luego otra. Luego puntos.
—Aquí —dijo—. Pozos.
Dibujó tres círculos pequeños.
—Aquí —dijo, y trazó una línea recta—. Soldados. Puesto de control.
—¿Cuántos?
—Cinco. A veces seis.
Luego, en el centro del espacio vacío, muy al sur, dibujó una X grande. La marcó con fuerza, hundiendo el dedo en la arena.
—Aquí, ellos. Hacen agujeros grandes.
—¿Para qué? —preguntó Hendaya, aunque ya lo sabía.
Nadifa no respondió. Sacó un trozo de piedra del saquito. Era negra, porosa, con una capa blanquecina en la superficie que brillaba bajo la luz amarilla. Se la tendió.
—Huelen a veneno.
Hendaya tomó la piedra. La sostuvo un instante, sintiendo el peso. La acercó a la nariz. No olía a nada reconocible. Nada orgánico. Nada vivo.
Se pasó la lengua por los labios resecos y la probó con la punta.
El sabor le llegó como una descarga. Amargo, metálico, ajeno. Un sabor que no pertenecía a la tierra, que había sido introducido por la fuerza. Un sabor industrial en un paisaje que no conocía la industria.
—Lixiviación —murmuró—. Litio.
Nadifa no entendió la palabra, pero entendió el tono. Asintió con la cabeza, una vez.
—¿Cuánto tiempo llevan ahí? —preguntó él.
—Muchas lunas. Antes de que el sol cambiara de sitio.
—¿Antes de que empezara la estación seca?
Ella asintió de nuevo.
—Han estado bombeando productos químicos al subsuelo —dijo Hendaya, hablando más para sí mismo que para ella—. Para disolver el litio. Para poder extraerlo. Y el agua... el agua se contamina.
—Agua muere —dijo Nadifa.
No era una metáfora. Lo dijo como un hecho. El agua muere. Como muere un animal. Como muere una persona.
—El pozo que señalaste al oeste —dijo Hendaya—. ¿Tiene agua de verdad?
—Tiene. Pero no para ellos.
—¿Para quién?
—Para mi gente. Para los que viven aquí antes de que llegaran los mapas.
El viento golpeó la tienda con más fuerza. La lona se combó hacia dentro, y la luz de la linterna vaciló un instante, proyectando sombras que danzaron sobre las paredes de tela.
—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó Hendaya.
—Porque usted pregunta.
—Eso no es suficiente.
Nadifa lo miró. Sus ojos eran dos rendijas marrones. Impenetrables.
—Vi lo que hizo con el soldado —dijo—. Podía dejarlo morir. No lo hizo.
—Era lo correcto.
—Para usted. Para los otros, no. Los otros solo miran. Usted actúa.
—Actuar te convierte en blanco.
—Ya lo sé.
Hubo un silencio. No era un silencio vacío. Era un silencio que pesaba, que ocupaba espacio, que pedía una respuesta.
—Hay un camino —dijo Nadifa al fin—. Antiguo. Mis abuelos lo usaban para llegar al sur sin que los vieran.
—¿Dónde está?
Ella señaló el dibujo en la arena. Con el dedo índice trazó una línea que sorteaba el control militar, serpenteaba entre los pozos y se adentraba en el vacío del sur.
—Por aquí.
—¿Hasta dónde llega?
—Hasta el lugar donde ellos hacen los agujeros.
—¿Has estado allí?
—Una vez. Huele a veneno. La tierra está enferma.
Hendaya contempló el dibujo. La línea que sorteaba el control militar. La X en el centro del vacío. El camino que lo llevaría directo al corazón de la mentira.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó.
—Un día a pie. Dos si los soldados patrullan.
—¿Hay agua en el camino?
—Pozos antiguos. Mi abuelo me llevaba cuando era niña. Todavía hay agua. No mucha, pero suficiente.
—¿Y si no encontramos los pozos?
Nadifa no respondió. No hacía falta. Los dos sabían lo que significaba quedarse sin agua en el Danakil.
Hendaya apretó el puño sobre la arena del dibujo. La línea del camino se borró bajo sus dedos. La X quedó intacta.
—Si sigo este sendero —dijo lentamente—, me convierto en saboteador. Si no lo sigo, soy cómplice.
—No hay término medio —dijo Nadifa.
Era la misma conclusión a la que él había llegado. Oírla en boca de ella, con ese acento duro, con esas palabras arrancadas a un idioma que no era el suyo, le dio a la idea una contundencia que no había tenido antes. Una certeza.
—Si lo hago —dijo—, necesito algo a cambio.
—¿Qué?
—Necesito que me guíes el camino entero, no solo el inicio del sendero.
Nadifa no respondió de inmediato. Miró el dibujo borrado. Luego miró la piedra blanca que aún sostenía él en la mano.
—Usted protege el agua —dijo—. Si usted promete proteger el agua de mi pueblo, yo lo llevo.
—¿Así de simple?
—No es simple. Es juramento.
La palabra cayó entre ellos como una piedra en un pozo. Seca. Definitiva.
—No sé si puedo proteger nada —dijo Hendaya—. Solo soy un hombre con un mapa y una sospecha.
—No necesita ser más. Solo necesita prometer.
—¿A quién?
—A la tierra.
El viento amainó un instante. El silencio se hizo tan denso que Hendaya podía oír su propia sangre circulando, el latido sordo del golpe en la cabeza, el roce de la lona contra las estacas.
—Lo prometo —dijo.
Las palabras le sonaron extrañas al decirlas. Como si estuviera firmando un contrato que no podía ver.
Nadifa asintió. Una sola vez. Un gesto que cerraba el trato.
—Al amanecer —dijo—. Antes de que ellos se despierten.
—¿Cómo saldremos sin que nos vean?
Ella señaló la pared trasera de la tienda.
—Por ahí. La lona está cortada. Nadie lo sabe.
Hendaya no preguntó cuándo la había cortado. Prefirió no saberlo.
Sacó un trozo de cuerda del bolsillo y lo puso sobre la arena, marcando el punto de encuentro en el dibujo borrado. Un gesto que convertía la idea en plan.
—Aquí —dijo—. A las cinco.
—Estaré.
Nadifa se levantó. Lo hizo sin ruido, sin esfuerzo aparente. Como si el cuerpo no pesara cuando uno sabe moverse en la oscuridad.
—Una cosa más —dijo Hendaya.
Ella esperó.
—¿Por qué confías en mí?
Ella lo miró un largo rato. La lona vibró con el viento.
—Porque cuando mi abuelo me enseñó el camino, me dijo que solo se lo mostrara a alguien que estuviera dispuesto a morir por el agua.
—¿Y tú crees que yo estoy dispuesto?
—Usted no estaría aquí si no lo estuviera.
Se giró y salió de la tienda con la misma facilidad con que había entrado. La entrada se cerró tras ella, y Hendaya se quedó solo con la linterna, el mapa, y la arena del dibujo que empezaba a deshacerse.
Se quedó mirando la X que aún permanecía en el suelo.
No hay término medio.
Apoyó la cabeza contra la mochila. Le dolía todo: el cuello, las muñecas, la mandíbula. Pero por primera vez desde que había subido a esa avioneta, el dolor tenía un propósito.
—¿Estás despierto?
La voz de Amara llegó desde la entrada. No había oído acercarse a nadie, pero allí estaba, una silueta recortada contra la oscuridad exterior.
—Sí.
—¿Puedo entrar?
—Ya estás dentro.
Amara apartó la lona y se sentó frente a él. Llevaba el pañuelo en la mano, retorcido, húmedo. Se sentó sobre los talones, las rodillas dobladas, el cuerpo tenso.
—Lo he oído todo.
Hendaya no respondió.
—No debería haber escuchado —continuó ella—. Pero... no podía dormir. Estaba pensando en lo que dijiste. En el litio. En Berhanu. En todo.
—¿Y?
—Es una locura.
—Sí.
—Si nos descubren, Desta nos ejecuta. Allí mismo. Sin juicio. Sin preguntas. Nos deja en el salar y dice que nos perdimos.
—Lo sé.
—Y aunque lleguemos al lugar donde están haciendo las prospecciones, ¿qué hacemos? ¿Fotografías? ¿Un informe? No hay cobertura. No hay internet. No hay nadie a quien contárselo.
Hendaya la miró. El haz de la linterna, desde abajo, le esculpía sombras en el rostro que la hacían parecer mayor, más cansada.
—Tienes razón —dijo—. No tenemos nada. Excepto la certeza de que están envenenando el agua.
—La certeza no es una prueba.
—No. Pero es un comienzo.
Amara suspiró. Se pasó una mano por la frente. El sudor brillaba en su piel.
—No sé si puedo hacer esto —dijo.
—Puedes quedarte.
—¿Y si me quedo? ¿Qué hago? ¿Sigo en la caravana fingiendo que no sé nada? ¿Voy al pozo oeste y simulo que todo es normal?
—Eso sería lo más sensato.
—Lo sensato no es lo correcto.
Hendaya no respondió. Dejó que sus propias palabras quedaran suspendidas en el aire. Había dicho lo mismo hacía apenas unos minutos. No había término medio.
Amara se dejó caer sobre la estera del suelo. No fue una sentada. Fue un derrumbe. Como si el peso de la decisión le hubiera doblado las piernas.
—Estoy dentro —dijo en voz baja—. Alguien tiene que sobrevivir para contarlo.
—No pienso morir.
—No siempre se elige.
Hubo un silencio. Afuera, el viento había bajado de intensidad, pero su silbido persistía, constante, como un telón de fondo que nunca se callaba del todo.
—¿Qué sabes de ese sendero? —preguntó Amara.
—Nadifa dice que llega hasta la zona de prospecciones. Que sortea el control militar.
—¿Y el agua?
—Pozos antiguos. Ella los conoce.
—Confías en ella.
—Más que en Montero.
Amara sonrió. Una sonrisa amarga, sin alegría.
—Eso no es difícil.
—No —admitió él—. No lo es.
Se quedaron en silencio, cada uno sumergido en sus propios pensamientos. Hendaya apagó la linterna para ahorrar batería. La oscuridad fue absoluta.
—Saúl —dijo la voz de Amara en la negrura—. ¿Qué haremos cuando lleguemos allí?
—Descubrir la verdad.
—¿Y después?
—Después... veremos.
—No es un plan.
—Es lo único que tenemos.
Oyó el roce de la tela contra la piel. Amara se tumbó sobre la estera. La respiración de ella se fue haciendo más lenta, más regular. No dormía. Nadie dormía. Solo esperaban.
Hendaya cerró los ojos. El dolor en las cervicales seguía ahí. Las rozaduras en las muñecas ardían. El latido en la cabeza marcaba el tiempo.
Calculó las horas que quedaban hasta el amanecer. Tres, quizá cuatro.
El motín empezaba al alba.
—Saúl —dijo Amara desde la oscuridad.
—¿Qué?
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejarme ser cómplice.
No supo qué responder. Se quedó callado, mirando la oscuridad, sintiendo el peso de la arena que Nadifa le había dado. Un puñado de tierra en el bolsillo. El juramento de un pueblo.
Si tú rompes, mi tierra te mata.
No pensaba romperlo.
Afuera, seguía silbando. En algún lugar del sur, donde el mapa mentía, lo esperaba la verdad o la muerte.
No había término medio.