El acuífero del Infierno Capítulo 7 La Caravana del Diablo
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Capítulo 7 La Caravana del Diablo

E l motor del Land Rover lloraba en primera. La transmisión gemía mientras el vehículo trepaba por una lengua de escoria negra que crujía bajo los neumáticos como carbón triturado.

Hendaya aferró el pestillo de la puerta. El golpe en la cabeza le latía con cada vibración, un recordatorio sordo de que su cuerpo seguía pagando la factura del secuestro. La rozadura de la mejilla le escocía. El sudor la quemaba.

—¿Cuánto falta? —preguntó Amara desde el asiento trasero.

Tenía el pañuelo empapado. El calor no respetaba la higiene ni la dignidad. Olía a gasolina, a sudor rancio, a polvo metálico.

—Pregúntale a ella —dijo Hendaya señalando a Nadifa.

La mujer afar cabalgaba cincuenta metros adelante, montada en su camello, imperturbable. No se había detenido ni una vez desde que amaneció. Miraba el horizonte como si leyera un mapa escrito en el aire, en la inclinación del sol, en la textura del viento.

El paisaje había mutado al amanecer. La llanura de sal blanca se había tragado el horizonte durante la noche, y ahora el mundo era un rompecabezas de colinas volcánicas rotas, tubos de lava colapsados y un suelo que el sol calentaba hasta hacerlo crujir.

El color dominante era el negro. Negro y rojo. Sangre seca y carbón.

Hendaya calculó: llevaban cinco horas de marcha. La temperatura exterior rondaba los cuarenta y ocho grados. Dentro del vehículo, el aire era un horno con olor a plástico derritiéndose.

—Esto no es un desierto —dijo Amara—. Esto es otro planeta.

—Es Danakil —respondió Hendaya.

No añadió nada más. No hacía falta.

Delante de ellos, el jeep de Desta levantaba una nube de polvo negro. Detrás, el camión con los soldados y el material. Montero viajaba en el tercer vehículo, solo, las ventanillas cerradas, el aire acondicionado al máximo si es que funcionaba. No había hablado con nadie desde que partieron.

Lo había visto salir de su tienda al alba con los ojos hinchados y las manos temblorosas. No dormía bien. Ninguno dormía bien.

—¿Confía en él? —preguntó Amara.

—No.

—Entonces, ¿por qué sigue aquí?

—Porque quiero saber hasta dónde llega la mentira.

Ella asintió. No hizo más preguntas.

El Land Rover saltó sobre una roca. Hendaya apretó los dientes. El dolor en el cuello le recordó que seguía vivo, que seguía allí, que el viaje no había hecho más que empezar.

Y entonces la columna se detuvo.

Sin previo aviso. Sin señal. Desta alzó el puño desde la ventanilla de su jeep, y la caravana se quedó inmóvil en medio de la nada.

—¿Qué pasa? —preguntó Amara.

Él no respondió. Ya lo había visto.

Cuatro figuras en lo alto de una colina de escoria. Siluetas recortadas contra el sol, fusiles en posición de descanso, uniformes color arena.

—Patrulla eritrea —dijo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Desta ya ha sacado la pistola.

El capitán había bajado del jeep. Su mano derecha descansaba sobre la funda de la cadera. No había desenfundado, pero estaba listo. Detrás de él, los soldados etíopes se movieron. Hendaya oyó el roce de un seguro al quitarse.

—Quédese aquí —dijo a Amara.

Salió del vehículo.

El calor lo golpeó como una pala. Seco. Exacto. Cincuenta grados a la sombra, pero no había sombra.

Caminó hacia el frente. Los soldados lo miraron pero no lo detuvieron. Nadie le dijo que se detuviera.

El eritreo bajó de la colina. Era alto, delgado, con gafas de sol de espejo que reflejaban el rostro de Desta como un espejo deformante. Detrás, tres soldados con fusiles AK apuntaban al suelo, pero no al cielo. Listos.

—Documentos —dijo en inglés.

Desta alargó una carpeta. El militar la tomó, la hojeó y la devolvió con un gesto de desdén.

—No valen aquí.

—Somos una misión humanitaria —dijo Desta—. Tenemos permiso del gobierno etíope.

—Esto no es Etiopía. Esto es territorio en disputa.

—Es territorio etíope.

—Es territorio ocupado.

El aire se tensó. Hendaya midió las distancias: el oficial a diez metros. Desta a siete. Los fusiles a quince. Las manos en las armas. El sol en el cenit.

—Vamos a pasar —dijo Desta.

—No.

—No me obligue a...

—No me obligue usted a mí, capitán.

La mano de Desta se cerró sobre la pistola. Hendaya vio el movimiento. Vio el cálculo en sus ojos. También vio el miedo.

Entonces Montero apareció.

—Permítanme —dijo, y su voz no era la del hombre tembloroso de la noche anterior.

Caminó con paso firme, el maletín negro colgando de su mano derecha. Lo sostenía con la seguridad de quien sabe lo que pesa y lo que vale.

—Soy Javier Montero, representante de la fundación. Creo que tenemos un acuerdo previo con sus superiores.

El eritreo giró la cabeza. Las gafas de sol se posaron sobre él como dos espejos negros.

—¿Acuerdo?

Montero abrió la cartera.

Hendaya lo vio desde atrás. El reflejo del sol sobre los fajos de dólares. Verdes. Nuevos. Ordenados.

El eritreo no apartó la mirada. Tampoco sonrió. Se limitó a observar, como un depredador que mide a su presa.

—Hablemos —dijo Montero.

Se apartaron unos metros. Hablaron en voz baja. La cartera abierta. Cabezas asintiendo. Montero sacó un documento de una carpetilla azul y se lo tendió. El militar lo leyó. Sus gafas de sol se inclinaron hacia el logo de la portada. Algo cambió en su postura.

—Aquifer Global —dijo, y Hendaya oyó las palabras como un latigazo—. —Por supuesto.

Sonrió. Devolvió el documento.

La cartera cambió de manos.

Hendaya lo vio todo. Cada gesto. Cada movimiento. La coreografía perfecta de una transacción comercial.

Lo trajo preparado. Sabía que esto pasaría. La empresa tiene permiso.

La empresa. No la ONG. La empresa.

El eritreo cerró la cartera. Hizo un gesto a sus hombres. Los fusiles bajaron. La patrulla se retiró colina arriba, engullida por la lava negra como si nunca hubieran estado allí.

Desta escupió al suelo.

—¿Qué coño era eso?

Montero guardó la carpetilla azul en el bolsillo interior de su chaqueta. Tenía las manos temblorosas, pero la voz firme.

—Solo un permiso. Un permiso especial.

—¿De quién? —preguntó Hendaya.

Montero dudó. Su mirada se encontró con la de Hendaya, y allí, en ese cruce de segundos, Hendaya lo supo.

—Aquifer Global —dijo.

La palabra le golpeó como el sol directo en la nuca.

—¿Aquifer Global? —repitió—. ¿Esa no es la empresa minera de litio?

Montero no respondió. Dio media vuelta y caminó hacia su vehículo.

—

La caravana reanudó la marcha.

El silencio se había espesado. Los soldados miraban a Montero de otra forma. Ya no era el ingeniero extranjero que los acompañaba. Era el hombre que llevaba una cartera con dólares en una misión humanitaria.

Desta conducía como si quisiera morder el volante. No había mirado atrás ni una vez. Su autoridad se había desinflado en presencia de un civil con una cartera, y eso quemaba más que el sol.

En el asiento trasero del Land Rover, Amara buscó la mirada de Hendaya.

—¿Qué es Aquifer Global?

—Una multinacional —dijo sin mirarla—. Explotan litio en Chile, en Australia. Ahora también en África.

—Pero nosotros buscamos agua.

Él no respondió.

Ella entendió el silencio.

—

Pararon junto a una formación rocosa que daba una sombra escasa. Los soldados se turnaban para beber, la lengua hinchada, los ojos enrojecidos por el viento de sal. Montero se había apartado, encendiendo un cigarrillo que el viento apagaba a cada calada.

Hendaya caminó hacia él.

—Aquifer Global, Javier.

Montero no lo miró. Dio otra calada al cigarrillo. El viento se llevó el humo.

—Es la empresa matriz de la fundación —dijo—. Nos dan soporte logístico.

—¿El soporte incluye sobornos preparados?

—Esto es África, Saúl. Las cosas no funcionan como en Europa. Aquí pagas por pasar. Pagas por quedarte. Pagas por todo.

—No me mientas. Ya no.

Montero levantó la cabeza por fin. Sus ojos verdes tenían un brillo de súplica, de agotamiento, de alguien que ya no sabe sostener la mentira.

—No es lo que piensas, Saúl. Escúchame, por favor.

—¿El agua? —Hendaya sintió la certeza instalándose en él como una losa—. ¿Hay agua o hay litio, Javier?

—Hay las dos cosas.

La confesión cayó como una piedra en un pozo seco.

—Pero el agua no es el objetivo, ¿verdad?

Montero no negó.

El viento caliente arrastró el humo del cigarrillo.

—Necesitan el agua para procesar el litio —dijo al fin—. En la zona sur hay un depósito de salmuera con una concentración altísima de litio. Pero para extraerlo necesitas agua. Y allí abajo, en el acuífero, hay agua. Agua limpia. Agua suficiente para décadas.

—¿Y la gente? ¿Los afar? ¿Los que se mueren de sed?

—La empresa construirá infraestructuras, llevará agua a las aldeas...

—Mientes.

Montero se calló.

—Lo sé por tu cara —dijo—. Siempre lo supe. Cuando mentías, mirabas a ningún sitio. Como ahora.

—No hay otra manera, Saúl. El litio es el futuro. Las baterías, los coches eléctricos, todo funciona con litio. Y el mejor litio del mundo está aquí, bajo esta mierda de desierto. Si no lo explota Aquifer, lo hará otra. Y esa no dejará ni las migajas.

—Y Berhanu lo descubrió.

Montero palideció.

—¿Qué tiene que ver Berhanu?

—Que está muerto. Y que lo mataron por saber demasiado.

—Yo no tuve nada que ver con eso.

—Pero sabes quién lo hizo.

Montero no respondió.

Hendaya lo miró un largo rato. Luego dio media vuelta.

—Saúl, espera...

—No.

—No puedes irte. No puedes denunciar nada. Estamos en medio de la nada. No hay teléfono, no hay internet, no hay nadie a quien contarlo. Y aunque lo hicieras, ¿quién te creería? Eres el hombre del escándalo. El que falsificó firmas. El ingeniero corrupto. ¿Quién va a creerte a ti?

Hendaya se detuvo. Se giró.

—Tú sabes que no fui yo.

Sostuvo la mirada.

—Lo sé —dijo—. Pero eso no cambia nada.

—Cambia todo, Javier. Porque si yo sé que tú sabes, y tú sabes que yo sé, entonces ya no podemos fingir.

Dio media vuelta y caminó hacia el Land Rover.

Detrás, Montero encendió otro cigarrillo con las manos temblándole.

—

—¿Y bien? —preguntó Amara cuando subió al vehículo.

—Litio —dijo—. La empresa busca litio. El agua es el medio, no el fin.

Ella se quedó en silencio.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó al fin.

—Seguir.

—¿Seguir?

—Hasta el final. Hasta el pozo oeste. Hasta donde el mapa miente. Quiero verlo con mis propios ojos.

—¿Y después?

—Después ya veremos.

El motor arrancó. La caravana comenzó a moverse de nuevo.

Hendaya miró por la ventanilla. El paisaje seguía ahí: negro, rojo, blanco. La tierra más hostil del planeta.

Aquifer Global. Repitió el nombre en su cabeza. Litio. No agua. Litio.

Recordó la zona sur del mapa, el área borrada, el vacío donde algo se ocultaba.

Recordó a Berhanu.

Recordó las palabras de Montero: «No hay otra manera».

Pero siempre hay otra manera. Solo que a veces hay que hundirse muy hondo para encontrarla.

El sol caía vertical. La caravana del diablo seguía avanzando hacia la garganta de la mentira.