El acuífero del Infierno Capítulo 6 El Precio de la Confianza
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Capítulo 6 El Precio de la Confianza

E l silencio no era vacío. Hendaya lo sabía por experiencia: el desierto nunca callaba del todo. Afuera, el viento lamía la lona de la tienda con un susurro continuo. A lo lejos, alguien tosía entre los camiones. Un generador vibraba a intervalos irregulares.

Estaba tumbado boca arriba, los brazos cruzados detrás de la nuca. La tienda olía a sudor seco y polvo de sal. Oscuridad absoluta.

Movió las muñecas. Las marcas de las esposas le escocían, dos surcos violáceos que la lona irritaba al menor roce. Llevaba horas despierto, contando los sonidos del campamento, intentando no pensar en nada.

No lo conseguía.

Una hora atrás, Desta había dado la orden de alto hasta el amanecer.

El soldado Kebrom se mantenía estable, tumbado en la trasera de un jeep con suero y sombra.

Nadifa dormía junto a sus camellos, envuelta en una manta que la fundía con la sal.

Montero se había encerrado en su vehículo desde la cena, el teléfono satelital pegado a la oreja, la voz apagada, un rumor de culpa.

Y Amara… Amara no dormía.

La había oído moverse entre las tiendas, los pasos cortos y precisos que ya reconocía. Esperó a que se metiera en su saco. No lo hizo.

La cremallera de la tienda sonó a metal raso. Un rectángulo de luz azulada se abrió en la oscuridad. La silueta de Amara recortada contra el cielo estrellado.

—¿No duerme? —dijo ella.

No esperó respuesta. Entró. Se sentó cruzada frente a él, apoyando la espalda contra la lona.

Hendaya la miró sin moverse. Las manos detrás de la nuca. El pecho desnudo. La cicatriz de la mandíbula marcada por la penumbra.

—Usted tampoco —dijo.

Ella sonrió, apenas un gesto.

—El silencio es demasiado grande.

—El desierto nunca calla.

—¿No? A mí me parece que grita.

Hendaya no respondió. Amara se quedó allí, sentada, los brazos rodeando las rodillas. No miraba el reloj. No daba señales de quererse ir.

—Debería dormir —dijo él al cabo de un rato.

—Lo sé.

—Mañana vamos a necesitar energía.

—Lo sé.

—Entonces…

—No puedo.

La sinceridad lo desarmó. Ella lo miró a los ojos, sin parpadear.

—Cada vez que cierro los ojos, veo al soldado. Veo la cara de Montero cuando usted lo acusó. Veo el mapa que Nadifa señaló. Todo está mal y no sé qué parte es mentira y qué parte es verdad.

—Es todo mentira.

—¿Todo?

—El proyecto, los pozos, los mapas, la ONU. Todo.

Ella asintió despacio. No parecía sorprendida.

—¿Por qué está aquí, Saúl?

La pregunta colgó entre ellos como una brasa. Hendaya la miró un largo rato.

—Porque no tengo otro sitio al que ir.

—Eso no es verdad.

—Es verdad.

—No. Vino porque alguien lo obligó. Y se quedó porque no sabe rendirse.

Hendaya desvió la mirada hacia el techo de lona. Le había dado en el blanco. No respondió.

El silencio se hizo denso.

—¿Quiere saber qué me trajo hasta aquí? —preguntó al fin.

Ella no respondió. Esperó.

Hendaya cerró los ojos.

—

—El ruido del bar era una pared. Vasos chocando, risas aisladas, una máquina tragaperras escupiendo monedas en bucle. Hendaya odiaba los bares. Odiaba el olor a alcohol rancio y a tabaco frío. Pero Montero había insistido.

—Una copa, Saúl. Por los viejos tiempos.

Los viejos tiempos. Cuatro años sin verse, y Montero aparecía en Tenerife con una sonrisa nerviosa y una carpeta bajo el brazo.

El bar estaba en el Puerto de la Cruz, pegado al muelle. Las ventanas empañadas por el aire acondicionado. Afuera, el Atlántico se rompía contra el malecón.

Montero pidió dos whiskies. Hendaya apenas mojó los labios.

—Estás bien —dijo Montero, removiéndose en el asiento—. Se te ve bien.

—Trabajo.

—¿Solo trabajo?

—Solo trabajo.

Montero asintió, demasiado rápido. Las gafas de pasta se le resbalaban por el sudor del entrecejo. Tenía las manos inquietas, jugando con la servilleta, con el vaso, con el borde de la carpeta.

—He venido a hacerte una propuesta.

—No.

—Todavía no sabes de qué se trata.

—Sé cómo empiezan estas conversaciones. Y cómo terminan.

—No es nada ilegal, Saúl. Es un proyecto humanitario. Agua potable para el Sahel. Lo que siempre hicimos.

Hendaya lo miró. Los ojos verdes de Montero tenían ese brillo que recordaba de Kandahar, de Malí, de la época en que compartían tienda y raciones. No era un brillo de convicción. Era un brillo de urgencia.

—¿Cuánto?

—¿Cómo dices?

—Que cuánto hay detrás.

Montero dudó. Bebió un trago largo. Dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco.

—Una multinacional. Quiere financiar pozos en la frontera etíope. Perforaciones profundas. Acuíferos fósiles. Agua para cien mil personas.

—¿Y qué más?

—Nada más.

—Mientes.

—No miento.

—Mientes, Javier. Te conozco. Cuando tienes las cosas claras, no bebes whisky barato en un puerto perdido. Cuando tienes las cosas claras, no sudas.

Montero se reclinó, apartó la mirada. El ventilador del techo giraba lento, esparciendo el humo.

—Necesito un ingeniero hidrólogo para la prospección —dijo—. Alguien en quien confíen. Alguien con tu currículum.

—¿Y por qué no entras tú?

—Porque yo aprieto tuercas, no diseño sistemas. Tú sabes leer un mapa geológico como yo leo una factura. Eres el mejor que he conocido.

—Halagos.

—Verdades.

Hendaya bebió un sorbo de whisky. El hielo tintineó contra el cristal.

—¿Cuál es el problema? —preguntó.

—No hay problema.

—Hay un problema. Siempre lo hay.

Montero giró la cabeza, miró hacia la barra, hacia la puerta, hacia ningún sitio. Luego se inclinó sobre la mesa, la voz reducida a un hilo.

—Necesito que firmes unos papeles. Son informes de viabilidad. Números. Cifras de caudal que justifiquen la inversión.

—¿Cifras falsas?

—Cifras optimistas.

—Son lo mismo.

—No, no lo son. El proyecto es real. El agua está ahí. Solo necesito… asegurar la financiación. Que los inversores vean que merece la pena. Un pequeño empujón contable.

—Un desvío de fondos.

—Una corrección de flujo.

—Es lo mismo, Javier.

Montero se pasó la mano por el pelo canoso. La desesperación le crispaba los dedos contra el vaso.

—Tú no lo entiendes —dijo—. He invertido todo en esto. Mi carrera, mi reputación, mis ahorros. Si esto no sale, estoy muerto.

—Y si sale así, estarás igual. Solo que más rico.

—¿Y qué tiene de malo? El dinero no es malo, Saúl. Es solo una herramienta.

—Es una herramienta que corrompe.

—Eso lo dices tú, que vives en un taller arreglando motores, escondido del mundo. Te olvidaste de cómo funciona la vida real.

—La vida real —repitió Hendaya—. La vida real es la gente que bebe agua contaminada porque alguien desvió los fondos para construir pozos que nunca funcionaron. Eso es la vida real.

Montero se quedó en silencio. Miró su vaso. Miró sus manos. Miró la mesa.

—Solo es una firma —dijo, la voz casi rota—. Solo una firma, Saúl. Nadie se enterará.

Hendaya se levantó.

—Buenas noches, Javier.

—Saúl, espera…

—No.

Dejó un billete sobre la mesa. Dio media vuelta. Caminó hacia la puerta.

—Vas a arrepentirte —dijo Montero a su espalda.

Hendaya no se giró.

—Ya me arrepiento. Pero no por esto.

Salió a la noche de Tenerife. El aire salado le golpeó la cara. Caminó hacia el muelle, las manos en los bolsillos, la conciencia tranquila.

No lo sabía entonces, pero esa noche sería el principio del fin.

A las tres semanas, el escándalo estalló.

—

Hendaya abrió los ojos.

La lona de la tienda seguía ahí. El calor seguía ahí. Amara seguía ahí, sentada frente a él, esperando.

—Nunca supe quién filtró los documentos —dijo en voz baja—. Los informes manipulados aparecieron en la oficina del ministerio. Mi firma estaba en ellos. No era la mía, pero parecía. Suficientemente buena para que abrieran una investigación.

—¿Montero?

—No lo sé. Siempre pensé que pudo ser él. Pero nunca tuve pruebas.

—¿Hablaste con él?

—No volví a verlo. Hasta que apareció en mi taller con una jeringuilla y dos matones.

Amara se movió, incómoda. La tienda era pequeña para dos personas. El calor de sus cuerpos se mezclaba en el espacio cerrado.

—Por eso desconfía —dijo ella—. Por eso no se fía de nadie.

—Por eso.

—Y ahora Montero le pide que confíe otra vez.

—Exacto.

El viento movió la lona. Una ráfaga de aire caliente se coló por la rendija.

—¿Sabe qué? —dijo Amara—. Prometí no volver a confiar en nadie que me pidiera cerrar los ojos. Y ahora estoy aquí, en medio del desierto, con un hombre que no confía en mí, trabajando para una empresa que miente, buscando agua que probablemente no existe.

—El agua existe.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque la he visto. En las fotos satelitales. En los informes que Montero me enseñó antes de que todo empezara a torcerse. El agua está ahí. El problema es quién va a controlarla.

—Usted cree que vale la pena.

—Creo que hay gente que va a morir si no hacemos algo.

—Y eso justifica arriesgarse.

—Eso justifica todo.

Amara lo miró un largo rato. Los ojos marrones, grandes, fijos en los de él.

—Yo también tuve un escándalo —dijo al fin—. No tan grande como el suyo. Pero suficiente para saber cómo duele.

—¿Qué pasó?

—Un paciente murió en mi quirófano. Una intervención rutinaria. Una negligencia que no era mía, pero el responsable era el hijo del director del hospital. Cargaron conmigo.

—¿Y?

—Me fui a trabajar a ONGs. Lejos de los hospitales grandes. Lejos de las políticas.

—Y ahora está aquí.

—Ahora estoy aquí.

El silencio volvió. Pero no era hostil. Era un silencio compartido.

Amara se levantó. La tienda crujió con su movimiento.

—Pase lo que pase —dijo—, yo estoy de su lado. Alguien tiene que estar.

Hendaya la miró. No encontró palabras.

Ella sonrió. Una sonrisa triste, sincera.

—Intente dormir, Saúl. Mañana va a necesitar toda la energía.

Salió. La cremallera se cerró detrás de ella.

Hendaya se quedó solo.

El silencio volvió a instalarse. Pero ahora era diferente. Más pequeño. Menos amenazante.

Se removió en la lona. Buscó a tientas la chaqueta que había usado de almohada. Metió la mano en el bolsillo interior.

La billetera estaba ahí, gastada, las costuras descosidas.

La abrió.

La foto estaba en el compartimento trasero, doblada en cuatro, los bordes desgastados de tanto tocarlos. La mujer de la imagen sonreía, el pelo recogido, los ojos claros. La niña a su lado, seis años quizá, mostraba los dientes en una mueca feliz.

Pasó el pulgar sobre los rostros borrosos. Despacio. Como si a fuerza de roce pudiera devolverlos a la vida.

Ellas no estaban. El escándalo se las había llevado. Primero la vergüenza. Luego el juicio. Luego la distancia. Luego la ausencia definitiva.

No las había visto en cinco años.

Quizá nunca las volviera a ver.

Guardó la foto. Cerró la billetera. La apretó contra el pecho.

Afuera, el viento seguía soplando.

El generador seguía vibrando.

Y en algún lugar al sur, donde el mapa mentía, el agua seguía esperando.

O la trampa.

Cerró los ojos.

No durmió.

Pero cuando el amanecer empezó a teñir la lona de naranja, supo que aquella noche había cambiado algo. No la geografía del mundo, sino la suya propia. La brújula interior había girado unos grados. El paisaje seguía siendo el mismo, pero él ya no lo miraba igual.