Capítulo 5 Sal en las Heridas #2
Hendaya sintió el calor apretarle el pecho. No era el calor del sol. Era el calor de la rabia.
—Sabías todo esto. Sabías que estabas trabajando para una empresa que asesina gente.
—No lo sabía al principio. Cuando lo supe, ya era demasiado tarde.
—Nunca es demasiado tarde.
—Para mí sí. Estoy metido hasta el cuello. Whitaker tiene documentos. Fotos. Pruebas de que lo sabía todo desde el principio. Si hablo, me hunden.
—Si no hablas, te hundo yo.
Montero lo miró. Los ojos verdes, cansados, derrotados.
—No quieres hacer eso, Saúl.
—No me amenaces.
—No te amenazo. Te lo pido. Por lo que fuimos. Por lo que hicimos juntos.
—Lo que hicimos juntos fue salvarnos la vida. Tú a mí en Kandahar. Yo a ti en Malí. Éramos hermanos. Ahora eres un vendido.
—Soy un superviviente.
—Los supervivientes no se venden. Se adaptan. Tú te has vendido.
Montero no respondió. Se puso las gafas. Dio media vuelta. Caminó hacia su vehículo.
Hendaya se quedó solo.
El soldado en el suelo había abierto los ojos. Amara le daba agua a sorbos pequeños. El chico miraba el cielo blanco, la lona que le daba sombra, la cara de la médica que lo había salvado.
Hendaya se arrodilló junto a ellos.
—¿Cómo te llamas?
—Kebrom —dijo el chico, con voz rota—.
—Kebrom. Te voy a decir una cosa. Cuando te suban al jeep, no te duermas. Tienes que mantenerte despierto. Bebe agua. Bebe toda la que te den. No hagas esfuerzos. ¿Entiendes?
El chico asintió.
—Bien. Dentro de cuarenta minutos, nos movemos. Tú vas a estar bien.
—Gracias —dijo el chico—.
—No me des las gracias. Agradece a la doctora. Ella sabía lo que hacer.
Amara lo miró. No dijo nada.
Hendaya se puso en pie.
—Sargento —dijo ella—.
—¿Qué?
—Has sido sargento. En la legión. No lo has dicho, pero se nota.
Hendaya no respondió.
—Se te nota en cómo das órdenes —continuó ella—. En cómo calculas los tiempos. En cómo sabes lo que necesita un cuerpo para no morir.
—He visto muchos cuerpos morir.
—Y algunos sobrevivir.
—Algunos.
Ella se levantó. Se limpió las manos en el pantalón.
—Gracias.
—No me des las gracias. Hice lo que tenía que hacer.
—No todo el mundo hace lo que tiene que hacer.
Hendaya la miró. Los ojos oscuros de ella lo miraban fijamente.
—Usted también —dijo él—. No todo el mundo se planta ante un capitán armado para salvar a un soldado que ni siquiera conoce.
—Soy médica. Es mi trabajo.
—Es su vocación. No es lo mismo.
Ella sonrió. Apenas un gesto.
—Quizá no.
El soldado Kebrom se incorporó apoyado en los codos. Amara se volvió hacia él.
—No te muevas. Todavía no.
—Tengo sed —dijo el chico.
—Ya te daremos agua. Espera.
Hendaya miró el horizonte. Al oeste, el pozo que Nadifa había señalado. Al sur, el lugar que no existía en los mapas.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Amara—.
—Seguiremos. Llegaremos al pozo. Encontraremos agua o no. Y entonces decidiremos.
—¿Decidir qué?
—Si seguimos obedeciendo o empezamos a hacer preguntas.
Ella lo miró. No dijo nada.
Pero su silencio era una respuesta.
Nadifa se acercó. No había estado lejos. Lo había visto todo. Había observado desde la distancia, junto a los camellos, sin intervenir.
Ahora estaba allí.
—El soldado —dijo en su español roto—. ¿Vive?
—Vive —dijo Hendaya.
Ella asintió. Hizo un gesto hacia el oeste.
—Pozo. Allí. Dos horas.
—Lo sé.
—Desta no quiere ir.
—Lo sé.
—Pero tú quieres.
—Quiero agua.
Ella lo miró. Los ojos marrón claro, pequeños, agrietados por el sol.
—Tú eres diferente —dijo—.
Hendaya no respondió.
—Los otros —continuó ella, señalando a Montero, a Desta, a los soldados—. Mienten. Tú no.
—Todos mentimos.
—Tú mientes menos.
Ella dio media vuelta. Caminó hacia los camellos. Se subió al primero con un movimiento fluido.
Hendaya la vio alejarse.
—Es increíble —dijo Amara a su lado—.
—¿El qué?
—Que en medio de este infierno, haya encontrado a alguien en quien confiar.
Hendaya no respondió. Miró el reloj. Faltaban treinta y cinco minutos para reanudar la marcha.
Miró al jeep de Desta. El capitán seguía dentro, sin moverse. Esperando.
Miró al vehículo de Montero. Su silueta tras el volante, encogida, derrotada.
—No confío en nadie —dijo Hendaya—. Confiar es un lujo que no puedo permitirme.
—Y sin embargo, está aquí. Salvando vidas.
—Salvar vidas no es confiar. Es no tener otra opción.
Amara sonrió otra vez.
—Eso es mentira, sargento. Podría haberse quedado en el Land Rover. Podría haber dejado que el chico muriera. No lo hizo. Eso se llama tener conciencia. Y la conciencia no entiende de lujos.
Hendaya no respondió.
No podía.
Porque ella tenía razón.
El sol seguía cayendo vertical. La sombra de la lona se encogía. El soldado Kebrom respiraba mejor.
Dentro de treinta y cinco minutos, la caravana reanudaría la marcha.
Dentro de treinta y cinco minutos, Desta volvería a ser el capitán.
Pero algo había cambiado.
Algo que ninguno de ellos podía nombrar.
Algo que Hendaya sabía que no tenía vuelta atrás.
Nadifa lo había visto.
Y había aprobado.
Miró al frente. Desta lo esperaba.
No hacía falta mirarlo. Lo sentía.
El viaje acababa de empezar.
Y lo peor estaba todavía por llegar.