El acuífero del Infierno Capítulo 5 Sal en las Heridas
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Capítulo 5 Sal en las Heridas

L a caravana se internó en el llano de sal. Los vehículos redujeron la marcha. No había huellas. No había camino. Solo la costra blanca crujiendo bajo los neumáticos como huesos rotos.

Hendaya calculó que llevaban tres horas desde el último pozo. El sol estaba en el centro del cielo. Directo. Vertical. Sin sombra en ninguna dirección.

El Land Rover se movía a paso de hombre. Hendaya sintió cada bache en las cervicales. El golpe en la cabeza le latía con sordo recordatorio de la caída en el cemento del taller. Se tocó la rozadura de la mejilla. La costra se desprendió bajo los dedos.

—Temperatura —dijo, sin mirar al conductor.

El soldado etíope al volante no respondió. Hendaya repitió la pregunta en su inglés funcional.

—¿Temperatura?

—No hay termómetro en el vehículo.

—Pues calcula. Cincuenta y cinco a la sombra. Pero no hay sombra.

El soldado no respondió. Hendaya no esperaba respuesta. Miró por la ventanilla. El blanco de la sal cegaba. No había puntos de referencia. No había árboles. No había rocas. Solo la extensión infinita de un paisaje que parecía la superficie de otro planeta.

A lo lejos, la silueta de los camellos avanzaba a paso lento. Nadifa iba al frente, sin prisa, como si el calor no le afectara. Hendaya sabía que no era cierto. Nadie escapaba al calor. Pero los afar llevaban siglos aprendiendo a sufrirlo en silencio.

Bebió un sorbo de agua. Solo uno. Calculó la cantidad de electrolitos perdidos en las últimas tres horas. Calculó lo que quedaba en las reservas. Las cuentas no salían.

No saldrían si no encontraban agua pronto.

Se recostó en el asiento. El metal de la hebilla del cinturón le quemaba el muslo. Ajustó la postura y cerró los ojos.

Sabía que el camión cisterna tardaría dos días. Sabía que dos días sin reabastecimiento era demasiado para el grupo. Sobre todo si seguían avanzando bajo aquel sol.

—Dos horas más —dijo el soldado—. Capitán dice dos horas más y paramos.

Hendaya abrió los ojos.

—¿Dos horas? ¿Para qué?

—Siguiente pozo.

—El siguiente pozo está al oeste. El que señaló la guía.

El soldado no respondió. No era su lugar.

Hendaya miró al frente. El jeep de Desta levantaba una nube de polvo blanco que se cernía sobre la caravana. Dentro, la silueta rígida del capitán, las gafas oscuras, la radio en la mano.

Detrás, el vehículo de Montero cerraba la marcha. Hendaya no lo había visto desde que dejaron el pozo. No había querido verlo.

Las palabras de Montero resonaban en su cabeza. «El sur no existe en los mapas.»

¿Qué significaba eso? ¿Qué clase de proyecto borraba territorios enteros?

Miró hacia atrás, hacia el oeste. Hacia el pozo que Nadifa había señalado. No veía nada. Solo el blanco infinito.

La caravana se detuvo en seco.

Los frenos del jeep delantero chirriaron sobre la sal. Soldados saltaron de los vehículos. Voces. Gritos en afar.

Hendaya abrió la puerta antes de que el Land Rover se detuviera del todo.

—¿Qué pasa?

Un soldado joven, el de la ametralladora ligera, estaba arrodillado en el suelo. La cabeza gacha, las manos apoyadas en la sal. Jadeaba. El torso desnudo bajo el chaleco, la piel roja, casi púrpura.

Amara llegó corriendo desde atrás. Se arrodilló junto al soldado. Le tocó la frente. Palpó el cuello. Buscó el pulso.

—Cuarenta —dijo—. Golpe de calor.

Desta se acercaba. La radio aún en la mano. Bajó las gafas oscuras. Miró al soldado.

—Cargadlo en el vehículo. Seguimos.

Amara levantó la cabeza.

—No podemos moverlo, capitán.

—Tenemos que llegar al pozo.

—Si lo movemos ahora, muere.

Desta no respondió. Miró el horizonte. Hendaya lo vio calcular. Lo vio hacer las cuentas que él mismo había hecho minutos antes. Las cuentas no salían.

—Tres horas —dijo Desta—. El pozo está a tres horas. Allí hay agua, sombra.

—No llegará —dijo Amara—. Tiene que parar aquí. Ahora.

—No tenemos agua para parar.

—Tiene que parar —repitió ella.

Desta miró a sus hombres. Los soldados esperaban. El silencio de la sal lo envolvía todo. Hasta los camellos parecían contener el aliento.

Hendaya se arrodilló junto al soldado. El chico no podía tener más de veintidós años. Los ojos en blanco, los labios cuarteados, la respiración superficial y acelerada.

—¿Tienes suero? —preguntó Hendaya a Amara.

—Sí. En el Land Rover.

—Tráelo.

Ella dudó un segundo. Luego se levantó y corrió hacia atrás.

Hendaya se quedó solo junto al soldado. Lo oyó respirar. Lo oyó murmurar palabras ininteligibles. En afar, seguro. Una oración. Un nombre.

Desta seguía allí, de pie.

—No sabes lo que haces —dijo Desta—.

—Sí lo sé.

—Si paramos aquí, perdemos el día. Si perdemos el día, el camión cisterna no nos alcanzará. Si no nos alcanza, morimos todos.

—Si seguimos, este muere ahora. Y los demás, uno a uno. El calor no perdona. No hace excepciones.

Desta no respondió. Hendaya lo oyó respirar hondo. Oyó el crujido de la sal bajo sus botas al dar media vuelta.

No se fue. Se quedó.

Hendaya estaba seguro de que Desta pensaba en lo mismo que él. En la última vez que había visto morir a un hombre por no querer parar.

En Kandahar. El chico rubio de la legión. El que se empeñó en seguir caminando. «No pasa nada, mi sargento. Estoy bien.» No duró veinte minutos después de decirlo.

No esta vez.

Amara volvió con el botiquín. Abrió la caja. Sacó una bolsa de suero, un catéter, una venda.

—Ayúdame a sujetarlo.

Hendaya sostuvo el brazo del soldado. Amara encontró la vena. La aguja entró. El suero empezó a gotear.

—Necesitamos sombra —dijo ella—. Aquí no tenemos nada.

Hendaya miró alrededor. El Land Rover. La lona de agua que llevaban enrollada en el techo para protegerse del polvo.

—La lona —dijo—. Traed la lona.

Dos soldados obedecieron antes de que Desta pudiera prohibirlo. Desataron la lona. La desplegaron. Hendaya les indicó con gestos cómo sujetarla.

—Altas las puntas. Abiertas. Que el aire circule.

Los soldados alzaron los brazos. La lona creó una mancha de sombra sobre el soldado caído. No era grande. Apenas cubría su cuerpo y el de Amara.

Pero era sombra.

Amara colocó el suero sobre el capó del Land Rover. Ajustó el goteo. Tocó la frente del soldado. Esperó.

—Baja —dijo—. Está bajando.

Hendaya se puso en pie. Notó el vértigo. No había comido en doce horas. Se apoyó en el Land Rover.

Desta seguía allí. Mirándolo.

—Sabes lo que has hecho —dijo—.

—Sí.

—Has desafiado mi autoridad delante de mis hombres.

—He salvado la vida de uno de tus hombres. Tú eliges cómo llamarlo.

Desta dio un paso al frente. Su mano derecha descendió hacia la funda de la pistola.

—No me gusta que me desafíen, ingeniero.

—A mí no me gusta ver morir a chicos por el orgullo de un capitán que no sabe cuándo parar.

La mano de Desta se detuvo sobre la culata. No desenfundó. No la apartó. La dejó allí, como una advertencia.

—Juegas con fuego —dijo Desta—.

—Ya estoy ardiendo, capitán. Todos estamos ardiendo.

Montero apareció entre los dos. Las gafas de pasta empañadas, la camisa empapada, el pelo pegado a la frente.

—¿Qué coño está pasando?

—Tu amigo se ha plantado —dijo Desta—. Ha ordenado una parada sin mi permiso.

—No he ordenado nada —dijo Hendaya—. He improvisado una sombra. El capitán estaba a punto de cargar a un moribundo en un jeep para seguir adelante. He evitado una muerte. Si eso es plantarse, que se plante.

Montero miró a Desta. Miró a Hendaya. Miró al soldado en el suelo, que empezaba a recuperar la conciencia.

—¿Está estable? —preguntó Montero.

—Estaba —dijo Amara desde el suelo—. Ahora está mejor. La temperatura baja. Necesita reposo. Dos horas, al menos.

—No tenemos dos horas —dijo Desta—.

—Tienes cuarenta minutos —dijo Hendaya—. Es el tiempo que necesita para recuperar la conciencia y poder beber. Después, lo cargamos y seguimos. Pero si lo cargas ahora, muere en el camino. Y entonces tendrás que explicar a su madre por qué no paraste cuarenta minutos para salvarle la vida.

Desta lo miró. Largo. Fijo. Los ojos negros tras las gafas oscuras, impenetrables.

Hendaya sostuvo la mirada.

No era valentía. Era necesidad. Si cedía ahora, Desta sabría que podía doblegarlo. Y si Desta sabía que podía doblegarlo, el resto del viaje sería un infierno peor que el calor.

—Cuarenta minutos —dijo Desta al fin.

Se dio la vuelta. Caminó hacia su jeep. Abrió la puerta. Subió. Cerró la puerta.

No miró atrás.

Montero se acercó a Hendaya.

—Estás loco.

—Ya lo sabías.

—No sabía que estabas tan loco.

—Ahora lo sabes.

Montero negó con la cabeza. Se quitó las gafas. Se limpió el sudor con el dorso de la mano.

—Esto se va a poner feo, Saúl.

—Ya está feo.

—Más feo.

—Si tienes algo que decirme, dímelo ahora.

Montero dudó. Hendaya lo vio calcular, igual que había visto calcular a Desta. Montero no era un hombre de acción. Era un hombre de medias tintas, de medias palabras, de medias verdades.

—No sé nada seguro —dijo Montero.

—Mientes.

—No miento. No sé nada seguro. Pero sé que el proyecto no es lo que parece. Sé que Whitaker no está haciendo esto por el agua.

—¿Por qué lo hace?

—Por el litio.

La palabra cayó entre ellos como una piedra en un pozo seco.

—El litio está en la salmuera —dijo Hendaya—. El acuífero es de agua dulce.

—El acuífero es de agua dulce. Pero la salmuera está encima. En los lagos. En el salar. Hay una capa de salmuera rica en litio que cubre el acuífero. Si perforas para sacar el agua, destruyes la capa de salmuera. Si extraes la salmuera, contaminas el acuífero. No se puede tener las dos cosas.

—Y Whitaker quiere el litio.

—Whitaker quiere el litio. La ONG es una tapadera. La misión humanitaria es una excusa para obtener permisos de perforación.

Hendaya miró al sur. El sur que no existía en los mapas.

—¿Y la zona sur?

Montero no respondió.

—¿Qué hay en la zona sur, Javi?

—No lo sé.

—Mientes.

—No miento. No sé exactamente. Pero sé que Berhanu lo descubrió. Por eso lo mataron.

—Berhanu murió en un accidente.

—Berhanu murió porque encontró algo que no debía encontrar. Algo en la zona sur. Algo que Whitaker no quiere que nadie vea.