Capítulo 4 El Pozo del Silencio
E l sol apenas asomaba tras las montañas del este, pero el calor ya lamía el barro seco del campamento. Hendaya ajustó la cantimplora al cinturón y calculó: tres litros por persona al día. Suministro para siete días. Veintiún litros para él. El peso lo conocía de memoria.
La noche había sido corta. Después de la discusión en el hangar, Montero había convencido a Desta para que los dejaran pernoctar en el campamento base. Hendaya no había dormido bien. El golpe en la cabeza le latía con cada movimiento, y las rozaduras en la mejilla escocían al contacto del sudor.
A su alrededor, el campamento hervía en preparativos. Dos Land Rover blancos con el logo de la ONU esperaban junto a una fila de camellos cargados con bidones y material. Seis soldados etíopes revisaban sus fusiles al sol. Hablaban en amárico, voces graves que el viento se llevaba.
Junto al segundo vehículo, Montero hablaba por teléfono satelital. Hacía gestos con la mano libre, el nerviosismo de siempre. Al ver a Hendaya, cortó la llamada y se guardó el teléfono en el bolsillo.
—¿Preparado?
Hendaya no respondió. Volvió la vista más allá, hacia el borde de la depresión.
El Danakil se extendía ante ellos como una herida abierta en la corteza terrestre. Blanco de sal, negro de lava, rojo de hematites. Un paisaje que parecía de otro planeta. No había árboles, ni hierba, ni sombra. Solo una llanura que se perdía en un horizonte tembloroso.
Allí abajo, en algún sitio, estaba el agua. O la trampa.
Una mujer afar se movía entre los camellos.
Vestía una túnica oscura y un pañuelo negro le cubría el cabello.
Del mentón le colgaba un tatuaje tradicional, líneas geométricas que se perdían en la piel curtida por el sol y el viento.
No miraba a nadie. Ajustó una cincha con movimientos precisos, sin prisa, como si el tiempo no fuera con ella.
—Esa es Nadifa —dijo Montero al acercarse—. La guía. Lleva veinte años cruzando Danakil.
—Lo sé.
—No habla español. Apenas algo de inglés. Pero conoce cada pozo, cada sombra, cada peligro.
—Lo sé.
Montero esperó una respuesta más. No llegó. Se ajustó las gafas de pasta y retrocedió un paso.
Desta apareció desde el hangar, las botas golpeando el suelo con autoridad. Llevaba las gafas oscuras puestas, la pistola en el cinturón, la radio en la mano. Pasó revista al grupo con ojo profesional.
—Salimos en cinco minutos. Primera parada: pozo de Hamedela. Dos horas de viaje.
Amara se acercaba con la mochila médica al hombro. Llevaba el cabello rizado recogido en un moño apretado. Una gota de sudor le corría por la sien. Miró a Hendaya, luego a Desta.
—¿Hay comunicación por radio en todo el trayecto?
—Intermitente —respondió Desta—. El terreno crea sombras. Pero tenemos el satélite de Montero.
Montero asintió, tocándose el bolsillo donde guardaba el teléfono.
Hendaya observó a Nadifa. Había terminado de ajustar los camellos y se había apartado, esperando. No miraba a nadie, pero Hendaya intuyó que registraba cada detalle.
—Vamos —dijo Desta.
Los motores tosieron y arrancaron. Hendaya subió al primer Land Rover, junto a Amara. Montero y Desta fueron en el segundo, con dos soldados. Los otros cuatro escoltaban a pie, flanqueando los camellos.
Nadifa caminaba delante, sin mirar atrás. Llevaba un paso que parecía lento pero devoraba el terreno.
El sol había subido un palmo cuando dejaron atrás el campamento. La temperatura ya superaba los cuarenta grados.
El vehículo traqueteaba sobre el terreno irregular. Hendaya iba con la ventanilla abierta, el brazo apoyado en el marco, sintiendo el aire caliente como un secador en la cara.
—¿Cuánto hace que trabaja con la ONU? —preguntó Amara, rompiendo el silencio.
—No trabajo con la ONU.
—Ya. Pero está aquí.
—Me trajeron.
Ella asintió, como si eso lo explicara todo. Se secó la frente con el pañuelo.
—Yo llevo seis meses en el Cuerno de África. Dos en Somalia, cuatro en Etiopía. He visto cosas que no deberían existir en el siglo veintiuno. Niños muertos de sed a un kilómetro de un río contaminado. Madres que cavan pozos con las manos.
—Por eso está aquí.
—Por eso estoy aquí.
Hendaya la miró. Amara no desvió la mirada.
—¿Y usted? —preguntó—. ¿Por qué está aquí?
Él no respondió. Miró al frente, donde la silueta de Nadifa se recortaba contra el blanco del salar.
—Todavía no lo sé —dijo al final.
Pasaron una hora más en silencio. El paisaje se transformaba sin prisa: de llanura de sal a campos de lava negra, a extensiones de barro agrietado. Hendaya bebió un sorbo de agua y calculó el consumo. Veintiún litros. Siete días. Si todo salía bien.
Nunca salía bien.
—Ahí —dijo el soldado que conducía, señalando al frente.
Un círculo de piedras negras emergía del salar. Un pozo. El primero en la ruta.
La caravana se detuvo. Desta bajó del segundo vehículo y caminó hacia el pozo. Nadifa ya estaba allí, de pie junto a las piedras, sin tocarlas.
Hendaya salió del Land Rover. El aire golpeó como una pared. Cincuenta y algo de grados, calculó. El sol lo cegó un instante.
Se aproximó al pozo. Las piedras estaban colocadas con cuidado, formando un brocal bajo. Dentro, negrura.
Metió la mano. Esperó tocar agua fría. Sintió polvo.
—Seco —dijo.
Desta frunció el ceño. Se arrodilló y metió el brazo hasta el hombro. Movió los dedos. Nada más que polvo y aire caliente.
—No entiendo. Según los informes, este pozo tenía agua hasta hace dos semanas.
—Dos semanas —repitió Hendaya.
Se inclinó sobre el brocal. Examinó el interior. Las paredes de piedra estaban secas, pero en el fondo, donde la humedad debería haber dejado marcas, había polvo suelto. Demasiado suelto.
—Esto no es sequía.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Montero, que se había acercado.
Hendaya señaló el interior del pozo.
—La sequía deja marcas. Líneas de agua, sedimentación, musgo seco en las paredes. Esto está limpio. Como si lo hubieran vaciado con una bomba y luego barrido el fondo.
—¿Por qué iban a hacer eso?
—Buena pregunta.
Hendaya se incorporó. Escudriñó el terreno alrededor. Estaba pisado, pero no por pezuñas de camellos ni por sandalias. Eran marcas de neumáticos, anchos y profundos. Recientes.
Señaló las huellas con la barbilla.
—Eso no es de un camello. Es de un camión. Grande. Pesado. Y no tiene más de tres días.
Desta se acercó y examinó las marcas. La expresión se le ensombreció.
—No debería haber camiones aquí. Esto es territorio afar. No hay carreteras.
—Pues alguien ha estado bombeando.
Se hizo el silencio. El viento sopló, levantando partículas de sal que se clavaban en la piel.
Nadifa seguía de pie, inmóvil, mirando el pozo vacío. El rostro no mostraba emoción, pero Hendaya notó algo en sus ojos. Sabía. Sabía lo que ocurría.
—Pregúntale —dijo Hendaya a Montero—. Pregúntale cuándo se secó.
Montero dudó. Miró a Desta, que asintió con la cabeza. Se acercó a la mujer.
—Nadifa, listen... this well. When did it go dry?
Ella lo miró. Sus ojos marrones, pequeños, se fijaron en él como dos piedras. Respondió en afar, una frase corta.
—¿Qué dice? —preguntó Desta.
Montero tragó saliva.
—Dice que tres meses. Que está seco desde hace tres meses.
Tres meses.
Hendaya sintió que una pieza encajaba en la cabeza. Los informes decían dos semanas. Los mapas oficiales marcaban el pozo como activo. Pero llevaba seco tres meses.
Alguien había mentido.
—Tres meses —repitió Amara, que se había acercado—. Eso significa que los informes…
—Son falsos —dijo Hendaya.
Desta se giró hacia Montero.
—¿Qué está pasando aquí, Montero? Los informes que me dio decían que los pozos estaban operativos.
—Son errores burocráticos —dijo Montero rápidamente—, pasan todo el tiempo. El pozo siguiente está a dos horas al sur. Ese sí tiene agua.
—¿Cómo lo sabe? —preguntó Hendaya.
—Porque… porque he visto los informes.
—Informes falsos.
—No son falsos. Son desactualizados.
Hendaya lo miró sin pestañear. Montero sostuvo la mirada unos segundos, luego desvió los ojos.
—Seguimos la ruta —dijo Desta, cortando la discusión—. Tenemos suficiente agua para llegar al segundo pozo. Continuamos.
—No —dijo Hendaya.
Desta se giró lentamente.
—¿No?
—No. Si han vaciado un pozo, pueden haber vaciado todos. Necesitamos verificar antes de continuar. Hay otro pozo a diez kilómetros al oeste. Un pozo antiguo, de los afar. Si ese tiene agua, sabremos que el problema es local. Si está seco, tendremos que replantear la ruta.
—No tengo tiempo para desvíos. Tenemos un cronograma.
—El cronograma no vale nada si nos morimos de sed.
La tensión se podía palpar, densa como el aire caliente. Los soldados habían dejado de hablar. Hasta los camellos parecían expectantes.
Montero se interpuso entre Hendaya y Desta.
—Saúl, escúchame. No me hagas esto. Juega el juego.
—¿El juego? —Hendaya lo miró—. Esto es agua, Javi. Sin agua no hay juego. Hay muertos.
—Habrá más pozos. Los siguientes tendrán agua.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque… —Montero dudó—. Porque confío en los informes.
—Pues deberías empezar a desconfiar.
Amara dio un paso al frente.
—Podríamos al menos comprobar —dijo, con una calma que contrastaba con el aire—. Diez kilómetros al oeste. Una hora de desvío. Si el pozo tiene agua, llenamos y seguimos. Si no, volvemos a la ruta. No perdemos mucho tiempo.
Desta la miró, luego a Hendaya, luego a Montero.
—No.
—Capitán… —empezó Amara.
—He dicho que no. Tenemos órdenes de seguir esta ruta. No voy a desviarme por la paranoia de un ingeniero que llegó ayer esposado.
Las palabras golpearon como un látigo. Amara se calló. Montero miró al suelo.
Hendaya no dijo nada. Buscó a Nadifa con la mirada. Seguía de pie junto al pozo vacío, con los brazos cruzados. Los ojos se encontraron.
Ella movió la cabeza, apenas un gesto. Hacia el oeste.
Hacia el otro pozo.
—Vamos —dijo Desta—. Carguen. Seguimos la ruta.
Los soldados obedecieron. Montero se dio la vuelta y caminó hacia el segundo vehículo. Amara dudó, pero finalmente subió al Land Rover.
Hendaya se quedó un momento más junto al pozo. Metió la mano en el polvo y lo dejó caer entre los dedos. Polvo limpio. Sin rastro de humedad.
Alguien había vaciado el pozo a propósito. Y no quería que lo descubrieran.
Miró el mapa mental que se había formado en la cabeza. El pozo seco era el primero de una línea que avanzaba hacia el sur. Hacia la zona borrada. Hacia el lago Afrera.
Estaba en medio de algo más grande de lo que había imaginado.
Subió al Land Rover sin decir palabra.
La caravana reanudó la marcha. El sol caía vertical, las sombras se encogían bajo los vehículos. El calor se volvía espeso, casi sólido.
Hendaya no le quitaba ojo. Caminaba delante, siempre al frente, sin volverse. El paso, firme, seguro. Como si conociera cada palmo de aquel infierno.
El segundo pozo tardó dos horas en aparecer. Esta vez no había círculo de piedras, solo un agujero en el suelo, marcado por una vara de madera clavada en la sal.
Estaba seco también.
Hendaya ni siquiera bajó del vehículo. Lo supo por cómo Nadifa se detuvo, por el modo en que negó con la cabeza, por el gesto seco de Desta al arrodillarse.
Seco.
Montero se acercó al Land Rover de Hendaya. Llevaba el rostro sudoroso, las gafas empañadas.
—Vamos a tener que racionar.
—Ya lo he hecho. Dos litros por persona al día. Tenemos para cuatro días si no hacemos esfuerzo.
—¿Y si los siguientes pozos también están secos?
—Entonces volvemos.
—No podemos volver. El proyecto…
—El proyecto no vale una mierda si estamos muertos.
Montero se mordió el labio. Volvió la vista hacia atrás, donde Desta hablaba por radio.
—Dice que va a pedir un camión cisterna desde Mekele. Tardará dos días.
—Dos días sin agua.
—Racionando llegamos.
—Llegamos justos. Y si el camión no llega…
—Llegará.
Hendaya no respondió. Observó a Nadifa. Estaba de pie, apartada del grupo, mirando el horizonte. Hacia el oeste.
Hacia el pozo que Desta no había querido comprobar.
Cuando todos se afanaban en cargar los camellos y preparar el regreso, Nadifa se acercó a Hendaya. Se acercó lo justo para que él notara el olor a sal, a sudor y a tierra seca que desprendía.
Levantó un brazo y señaló el horizonte oeste.
—Allí —dijo en español, con acento duro—. Agua.
Luego giró la mano y señaló al grupo, a los mapas, a los Land Rover.
—Ellos —dijo, y sus ojos se encendieron con algo que Hendaya no supo descifrar—. Mentira.
Una palabra. Una sola palabra en español.
Mentira.
Hendaya la miró. Ella sostuvo la mirada, impasible. Luego dio media vuelta y se alejó hacia los camellos, sin esperar respuesta.
Él se quedó solo, el sol quemándole la nuca, el polvo de sal en los labios.
Miró el horizonte que ella había señalado.
Al oeste, más allá del salar, más allá de la mentira, lo esperaba un pozo con agua.
O eso decía Nadifa.
Y empezaba a creer que era la única en quien confiar.
Pero no sabía por qué.