Capítulo 3 La Frontera de Fuego
E l tren de aterrizaje golpeó la tierra. La avioneta saltó sobre el terreno irregular, el metal vibrando como un instrumento de percusión. Hendaya apretó los dientes mientras las sacudidas le golpeaban las cervicales.
Por la ventanilla, polvo rojo. Nada más.
La aeronave frenó en una nube de tierra que lo cubrió todo. El motor se apagó con un estertor. El silencio que siguió era peor que el estruendo. Denso. Caliente. Colándose por las rendijas del fuselaje.
—Hemos llegado —dijo el matón desde el asiento de al lado.
Hendaya no respondió. Miró por la ventanilla. La pista era una lengua de tierra batida flanqueada por hangares de chapa ondulada. Más allá, el horizonte se difuminaba en una neblina de calor. No había árboles. No había sombra. Solo un cielo blanco de tan brillante y una tierra que parecía hervir.
La puerta se abrió desde fuera. La luz entró como un cuchillo.
El calor lo golpeó en la cara. No era el de Tenerife en agosto, ni el del desierto. Era denso, con peso. Se metía en los pulmones, dejaba la boca seca al primer aliento.
—Fuera —dijo el matón.
Le desabrochó el cinturón y lo agarró del brazo. Hendaya se puso en pie con esfuerzo. Las piernas le respondieron a medias, entumecidas por horas de inmovilidad. Las esposas le mordían las muñecas.
Al bajar, el suelo quemaba a través de las suelas de sus botas. Calculó la temperatura: cincuenta grados, quizás más. El aire vibraba sobre la chapa de los hangares.
Tres vehículos esperaban en la pista. Dos todoterreno blancos con logotipos de Naciones Unidas y un jeep militar pintado de verde oscuro. Junto al jeep, un hombre alto, uniforme impecable, gafas oscuras, boina roja. Miraba la avioneta sin moverse.
Montero bajó detrás. Se ajustó las gafas de pasta y se secó el sudor de la frente con la manga. Caminó hacia el militar.
—Capitán Desta Haile —dijo, tendiendo la mano.
El militar no la aceptó. Hizo un gesto con la cabeza, apenas un grado de inclinación.
—Señor Montero. Llegan con retraso.
—Problemas técnicos en Canarias.
—Ya.
Desta giró la cabeza hacia Hendaya. Las gafas oscuras ocultaban sus ojos, pero Hendaya notó el examen. Largo, metódico. Recorrió la cicatriz de su mandíbula, las manos esposadas, la postura de su cuerpo.
—Este es el hidrólogo.
—Afirmativo.
—¿Por qué viene esposado?
Montero dudó. Una fracción de segundo.
—Medidas de seguridad. El señor Hendaya no vino por voluntad propia.
Desta asintió. Como si secuestrar a un hombre fuera parte del protocolo.
—Suéltelo —dijo.
El matón miró a Montero, que asintió. La llave giró. El metal soltó sus muñecas, y Hendaya sintió alivio. Se frotó la piel marcada. La sangre volvía con hormigueos.
—Ingeniero Hendaya —dijo Desta—. Bienvenido a Etiopía. Aquí las reglas las pongo yo. Mientras esté en mi jurisdicción, hará lo que yo diga, irá donde yo diga y callará cuando yo diga. ¿Entendido?
Hendaya lo miró. No respondió.
—Le he preguntado si entiende.
—Entiendo que habla —dijo Hendaya.
El silencio se tensó como un cable. Desta no se movió, pero algo cambió en su postura. Un endurecimiento casi imperceptible.
—Va a ser un placer trabajar con usted, ingeniero.
—No cuente con ello.
Montero intervino antes de que la cosa escalara.
—Capitán, ¿dónde está la doctora Kabbaj? Debería estar aquí para recibir al equipo médico.
—Está dentro —dijo Desta—. Preparando el material. Síganme.
Se giró y caminó hacia el hangar más cercano. Sin esperar confirmación. Sin mirar atrás.
El interior del hangar olía a polvo, gasóleo y sudor acumulado.
Mesas plegables, mapas clavados en tableros de corcho, ordenadores portátiles conectados a generadores que zumbaban en una esquina.
Dos soldados etíopes custodiaban la entrada, fusiles en bandolera, mirada perdida en el horizonte.
El contraste térmico era mínimo: dentro solo hacía tres o cuatro grados menos.
Una mujer se enderezó cuando entraron. Menuda, piel oscura, el pelo negro recogido en un moño apretado. Camiseta blanca sin mangas, pantalones de combate. Brazos delgados pero fibrosos, y unos ojos marrones que miraban con fijeza.
—Doctora Amara Kabbaj —dijo Montero—. Nuestra responsable médica.
Dejó lo que tenía entre las manos y se acercó. Sonrisa profesional, medida. La mirada no sonreía, evaluándolo. Se detuvo en las marcas de las muñecas, en la rozadura de la mejilla.
—Así que usted es el que viene a buscarnos agua.
—Eso dicen.
—¿Y usted qué dice?
Hendaya la miró un par de segundos. Había algo en esa mujer que no encajaba con el resto. No llevaba uniforme militar. No tenía la actitud sumisa de los cooperantes que aceptan lo que les dan.
—Yo digo que me han traído aquí esposado —respondió—, y que nadie me ha explicado todavía por qué.
Amara sostuvo su mirada. No se inmutó.
—Bienvenido al club —dijo—. Aquí nadie explica nada.
Desta interrumpió desde la otra punta del hangar.
—Dejen las presentaciones. Tenemos trabajo.
Los reunió alrededor de una mesa donde un mapa topográfico ocupaba todo el centro.
Era una imagen de satélite del norte de Etiopía, con la frontera eritrea marcada en rojo.
Hendaya se inclinó sobre ella. Reconoció la Depresión de Danakil al este, la meseta etíope al oeste.
Las curvas de nivel, los cauces secos, las manchas de sal.
Miró la escala. Calculó distancias.
—Esto no es todo —dijo.
Desta alzó la cabeza.
—¿Cómo dice?
—El mapa. Este mapa cubre hasta aquí —señaló una línea imaginaria—. Pero el informe de Berhanu hablaba de prospecciones más al sur. En la zona del lago Afrera.
—Esa zona está fuera del área de operaciones.
—El acuífero no sabe de áreas de operaciones, capitán. Si los estudios de conductividad eléctrica son correctos, la bolsa principal se extiende hacia el sur. Hacia la frontera con Eritrea.
Desta lo miró un momento antes de responder. Su voz era plana, sin emoción.
—El doctor Berhanu está muerto. Sus estudios son teoría. Nosotros trabajamos con datos verificados.
Un peso se le instaló en el estómago. Berhanu muerto. No lo sabía. Miró a Montero, que desvió la mirada.
—¿Cómo sabe que está muerto? —preguntó.
—Porque la información llegó a mis superiores —dijo Desta—. No tengo por qué darle detalles.
—Igual que no tiene por qué darme un mapa completo.
La mesa se tensó. Amara observaba en silencio, los brazos cruzados. Montero miraba el suelo. Desta apoyó las palmas sobre el mapa y echó el peso del cuerpo hacia delante.
—Escúcheme bien, ingeniero. Usted está aquí por orden de sus superiores y de los míos. No le he pedido su opinión sobre los mapas. No le he pedido que cuestione mi autoridad. Le he pedido que haga su trabajo: encontrar agua en las coordenadas que le damos.
—No puedo encontrar agua si me dan mapas falsos.
—No son falsos.
—Están incompletos. Que es otra forma de mentir.
Desta golpeó la mesa con la palma abierta. El golpe sonó como un disparo en el hangar. Los soldados de la entrada se giraron.
—¡Aquí no se cuestionan las órdenes! —su voz retumbó contra las paredes de chapa—. Este es un país con un gobierno legítimo, un ejército organizado y una frontera que defender. Usted no viene a decirnos cómo hacer nuestro trabajo.
—Vengo a hacer el mío. Que es encontrar agua. Y no puedo hacerlo si me esconden información.
—La información que necesita se le dará cuando sea necesario.
—¿Cuándo? ¿Cuando haya perforado en el sitio equivocado?
Montero se puso entre ellos, manos abiertas, gesto conciliador.
—Vale, vale. Vamos a calmarnos todos. Capitán, entiendo su posición. Saúl, entiendo tu frustración. Pero estamos del mismo lado. Todos queremos lo mismo.
—¿Y qué es lo que queremos, Javi? —preguntó Hendaya, sin apartar la vista de Desta.
—Porque a mí todavía no me lo han explicado.
—Queremos agua limpia para la gente que la necesita —dijo Amara.
Todos la miraron. Ella sostuvo la mirada de Hendaya sin pestañear.
—Eso dice la teoría —respondió él.
—Es la práctica también. He visto a niños morir de sed en este país. He visto familias enteras caminar tres días hasta el pozo más cercano y encontrarlo seco. Si hay agua ahí abajo, quiero que la encuentren.
—¿Aunque sea mintiendo?
—No sé si están mintiendo. Y usted tampoco. Solo tiene sospechas.
—Son sospechas fundadas.
—Entonces averigüe la verdad. Pero mientras tanto, hay gente esperando.
Desta se enderezó. Ajustó la boina.
—La doctora tiene razón. Dejen las discusiones para los que cobran por discutir. Usted, ingeniero, tiene un trabajo. Hágalo. Las preguntas, cuando haya resultados.
Se giró y salió del hangar. Las botas levantaban polvo.
El silencio se hizo incómodo.
Amara fue la primera en moverse. Volvió a sus cajas, reanudó el inventario. Montero se pasó una mano por la cara.
—No ha sido un buen comienzo —dijo.
—Ha sido un comienzo honesto —respondió Hendaya.
—¿Honesto? Has estado a punto de que te deporten antes de empezar.
—Si me deportan, no tengo que trabajar para ti. No veo el problema.
Montero suspiró. Se acercó y bajó la voz.
—Saúl, escúchame. Desta es un militar. No le gusta que le discutan. Pero es un profesional. Sabe lo que hace.
—Sé lo que hace. Obedecer.
—Obedecer no es malo cuando las órdenes son correctas.
—¿Y cómo sabes que son correctas?
—Porque yo las he dado.
Hendaya lo miró. El mismo Montero de siempre. El mismo gesto de seguridad fingida. Las mismas gafas de pasta detrás de las cuales escondía las dudas.
—Tú no das órdenes aquí, Javi. A ti también te usan.
—Sé lo que hago.
—Eso decías en Kandahar.
El nombre de la ciudad cayó entre ellos como una piedra. Montero parpadeó. Su mandíbula se tensó.
—Kandahar fue hace veinte años.
—Y sigues igual. Creyendo que controlas algo que no controlas.
—He cambiado.
—No. Has aprendido a justificarte mejor.
Montero se calló. Se ajustó las gafas. Dio media vuelta y caminó hacia la salida.
Hendaya se quedó solo frente al mapa. Estudió las líneas.
Las coordenadas. Los puntos marcados con rotulador rojo.
Algo no cuadraba. La zona sur estaba limpia, sin marcas, como si no existiera.
Pero había visto los datos de conductividad eléctrica.
Había visto la mancha turquesa. Sabía que el acuífero no terminaba donde el mapa decía que terminaba.
—¿De verdad cree que le mienten?
La voz de Amara lo sorprendió. Se giró. Había dejado las cajas y estaba a un par de metros, secándose las manos con un paño.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque he visto demasiadas mentiras en mi vida. Esta es igual. Solo falta saber quién paga.
Ella se acercó. Miró el mapa por encima de su hombro.
—¿Qué ve?
—Que falta un trozo. Ahí —señaló—. Al sur. Las curvas de nivel están cortadas. Como si hubieran borrado una sección y pegado los bordes.
—¿Y por qué harían eso?
—Buena pregunta.
—¿Tiene respuesta?
Hendaya la miró. Amara tenía los brazos cruzados, el paño colgando de una mano. Su expresión era seria, sin rastro de la sonrisa profesional de antes.
—Tengo una teoría —dijo—. Pero va a sonar a paranoia de exlegionario.
—Llevo seis meses en el Cuerno de África. Mi umbral de paranoia es alto.
—Si hay algo ahí abajo que no quieren que vea... puede que no sea agua.
—¿Qué más podría ser?
—No lo sé. Pero pienso averiguarlo.
Amara asintió. Se quedó callada un momento, mirando el mapa. Luego dijo:
—Cuando llegué aquí, me dijeron que esta era una misión humanitaria. Prospección de agua para las comunidades afar. Tres meses de trabajo, un pozo nuevo, quinientas personas con acceso a agua potable.
—Suena bien.
—Suena demasiado bien. Y en África, lo que suena demasiado bien suele ser mentira.
—¿Por qué aceptó?
Sonrió. Una sonrisa distinta a la de antes. Más real, más cansada.
—Porque necesitaba creer que era verdad. Porque si no crees que puedes cambiar las cosas, no tienes por qué levantarte por la mañana.
Hendaya la estudió. Tendría treinta y pocos. Ojeras marcadas. Manos de alguien que trabaja con ellas, no solo que las lava.
—¿Y ahora? —preguntó.
—Ahora no sé qué creer. Pero sé que usted tiene razón en desconfiar. Y sé que no tengo toda la información.
Hizo una pausa. Sus ojos se encontraron.
—Ayúdeme a averiguarlo.
—¿Ayudarla? —Hendaya rió sin ganas—. Doctora, llevo aquí veinte minutos y ya he amenazado a un militar, he llamado mentiroso a mi excompañero y he descubierto que los mapas están trucados. No creo que sea la persona más indicada para ayudarla.
—Por eso mismo. Usted ve lo que otros no quieren ver.
—Y por eso me han secuestrado y traído aquí esposado.
—Exacto. Así que úselo. Use su paranoia. Use su desconfianza. Pero quédese. Porque si se va, ellos ganan. Y los que pierden son los que no tienen voz.
Hendaya la miró largo rato. El hangar zumbaba con el ruido de los generadores. Fuera, el sol seguía cayendo vertical sobre la tierra color sangre.
—No prometo nada —dijo al fin.
—No le pido promesas. Le pido que mire. Que cuestione. Que no se calle.
—Eso sí puedo hacerlo.
Amara asintió. Cogió su paño y volvió a las cajas.
Hendaya se quedó solo frente al mapa.
Sacó el teléfono que Montero le había devuelto al bajar del avión. Sin cobertura, sin red. Un ladrillo inútil en medio de la nada.
Miró la hora. Las dos de la tarde. Temperatura exterior: cincuenta y tres grados. En cuatro horas, el sol empezaría a caer. Tendrían que moverse antes del anochecer si querían llegar al campamento base antes de que cerraran la carretera.
Algo le dijo que esa carretera no llevaba adonde decían los mapas.
Pero algo le dijo también que, por primera vez en años, merecía la pena averiguarlo.
Guardó el teléfono.
Salió del hangar.
El sol lo cegó un instante. Parpadeó. Ajustó la vista al resplandor.
Al este, el Danakil se extendía como una cicatriz en la piel de la tierra. Blanco, rojo, negro. Sin agua. Sin vida. Sin nada excepto sal y lava y un calor que mataba.
En algún lugar allá abajo, esperaba el agua. O la trampa.
Pero por primera vez desde que había subido a esa avioneta, sintió que tenía algo que hacer. Algo que descubrir. Algo por lo que merecía la pena luchar.