El acuífero del Infierno Capítulo 2 Sueños de Sal y Pólvora
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Capítulo 2 Sueños de Sal y Pólvora

E l primer sonido al despertar fue el motor.

Un zumbido constante que vibraba en el hueso, en el cráneo, detrás de los ojos. Hendaya parpadeó. La luz blanca e hiriente entraba por la ventanilla ovalada. Movió las muñecas. El metal de las esposas mordió la piel.

Todavía atado.

La avioneta traqueteó al atravesar una bolsa de aire. El cinturón tensó el pecho. Frente a él, en el asiento del copiloto, Montero dormitaba con la cabeza ladeada, la boca entreabierta, las gafas de pasta torcidas sobre la nariz.

Le dolía el cuello. Se tocó la marca de la inyección con los dedos entumecidos; sintió el bulto bajo la piel.

Todavía no habían pasado doce horas, o eso le parecía.

En el taller, el forcejeo, la rodilla en la espalda, la aguja fría.

Luego el vacío. Una vigilia pastosa entre dos estados, como si hubiera navegado toda la noche por un mar de gasolina.

Se incorporó lo que las esposas permitían. Asomó la cabeza a la ventanilla.

Abajo, el desierto.

No era el mar. No era Tenerife. Era una extensión infinita de ocre y ocre, rota de vez en cuando por manchas negras que podían ser montañas o nubes de polvo. En algún punto entre Chad y el Sudán, calculó. Rumbo este. Rumbo a Etiopía.

Soltó el aire despacio. Cerró los ojos.

Y entonces llegó el recuerdo.

El ruido del motor se derritió en otro ruido, más antiguo, más áspero. El traqueteo metálico de un blindado sobre tierra batida. El olor a gasoil y a polvo. Tenía veintinueve años y el casco le pesaba en la nuca.

Kandahar. 2003. Noche sin luna.

Iban en la segunda posición de la columna.

Cuatro vehículos. Treinta hombres. La misión era rutinaria: escoltar a un equipo de topógrafos hasta un pozo al sur de la provincia.

Iba en la torreta del blindado, los dedos apoyados en la cinta de munición, los ojos acostumbrados a la oscuridad.

Montero iba abajo, en el habitáculo, revisando mapas con una linterna roja.

—¿Cuánto falta? —preguntó sin volverse.

—Dos klicks —respondió Montero—. El pozo está en una aldea abandonada.

—Me gustan las aldeas abandonadas.

—Menos emboscadas.

—Las emboscadas también se hacen en aldeas abandonadas.

Montero rió. Una risa seca, sin ganas.

—Eres un puto optimista, Saúl.

La columna siguió avanzando. El blindado traqueteaba, las cadenas mordían la tierra, el polvo se colaba por las rendijas y se pegaba al sudor de la cara. Recordaba la sensación de la arena entre los dientes. Recordaba haber pensado que el desierto era un sitio de mierda para morir.

El estallido llegó sin aviso.

La mina antipersona explotó bajo el tercer vehículo, a quince metros. La onda expansiva golpeó el blindado como un puño de aire sólido. El chirrido del metal, los gritos, el silencio brutal que sigue a una explosión cuando los tímpanos se saturan de ruido.

El blindado se detuvo. Las luces de bengala iluminaron la noche.

Hendaya giró la torreta, buscando origen de fuego. No encontró nada. La columna estaba inmóvil, los soldados desplegándose en los laterales, las voces cortadas en la radio.

—¡Bajad! ¡Bajad todos! —gritó el sargento.

Saltó del blindado. Las piernas le temblaron al tocar el suelo, pero no era miedo. Era la descarga de adrenalina, el cuerpo que se prepara para lo que viene. Montero bajó detrás de él.

—Por la derecha —dijo—. Veo movimiento.

—¿Dónde?

—A las diez. Detrás de las rocas.

Miró. Nada. Solo sombras y polvo.

—No veo nada.

—He dicho que las veo.

Y entonces empezaron a disparar.

El primer impacto levantó tierra a tres metros. Se lanzó al suelo, rodó, buscó cobertura detrás de un montículo de piedras. Las balas silbaban sobre su cabeza, cada una un chasquido seco que le recordaba lo cerca que estaba de la mierda.

—¡Joder! —gritó—. ¡Joder, Javi!

No obtuvo respuesta.

Intentó levantarse. Una ráfaga le alcanzó. Un golpe seco en el costado derecho, justo debajo de las costillas. El aire se le escapó de los pulmones en un silbido. Cayó de rodillas, la visión nublada, la mano presionando la herida.

—¡Saúl!

La voz de Montero llegó desde algún lugar. Quiso moverse, pero el cuerpo no respondía. Un segundo impacto en el hombro, y el brazo se le durmió.

—¡No te muevas!

Montero apareció a su lado. Lo agarró del arnés, clavó los talones en la tierra y empezó a arrastrarlo hacia el blindado. Las balas silbaban sobre ellos. Oía la respiración entrecortada de Montero, los juramentos, el chirrido de las suelas sobre el suelo.

—Déjame —dijo—. Déjame, coño.

—Cállate.

—Te van a matar.

—He dicho que te calles.

A los diez metros, Montero soltó un gruñido. Una bala le había rozado el hombro. Pero no soltó el arnés. Siguió arrastrándolo hasta la cuneta, donde el blindado ofrecía cobertura.

Los médicos llegaron un minuto después. Vendajes, morfina. Perdió el conocimiento cuando lo cargaban en la camilla.

Montero se quedó sentado contra la rueda del blindado, mirando el rasguño de bala en su hombro. No dolía todavía. Eso llegaría después.

En el hospital de campaña, cuando despertó, Montero estaba sentado a su lado. Tenía el brazo vendado y la misma mueca de siempre.

—Estamos empatados —dijo—. Ahora los dos tenemos cicatrices. Y las dos son culpa del otro.

—No —respondió con voz ronca—. Tú tienes la tuya por arrastrarme.

—Mereció la pena.

—No lo merecía.

—Todavía no lo sabes.

Montero le ofreció la mano. La estrechó.

La avioneta traqueteó otra vez. Abrió los ojos.

La cabina seguía igual. El sol más alto, la luz más blanca. Montero seguía dormitando, aunque ahora respiraba más hondo, casi roncaba.

Lo miró. Las gafas de pasta. Las entradas en el pelo canoso. Las manos quietas sobre el dossier que sostenía en el regazo.

Veinte años. Una guerra. Una mina. Una bala en el costado. Y Montero arrastrándolo.

—No hay deuda que justifique un secuestro —dijo en voz baja.

Montero no se movió.

Pero quizás él cree que sí.

Apoyó la cabeza contra el reposacabezas. El dolor en el hombro izquierdo, no el de la bala de aquella noche, sino el del golpe en el taller, cuando lo tiraron al cemento. Un dolor más terrenal, más pequeño, pero igual de real.

Cerró los ojos. Intentó traer otra imagen, cualquier cosa que no fuera aquella noche en Kandahar. Pero la memoria es caprichosa: lo devuelve todo cuando no se lo pides, y se esconde cuando más lo necesitas.

Pensó en el taller, en las herramientas colgadas en las paredes, en el olor a grasa y a salitre. En los barcos que había reparado en cinco años de silencio. En la paz que había construido con las manos.

Todo roto. Todo pisoteado.

Abrió los ojos. Montero seguía allí.

El avión viró ligeramente hacia el sur. La luz cambió. El sol se coló por la ventanilla y cayó de lleno sobre la cara de Montero, despertándolo. Parpadeó, se ajustó las gafas, tardó dos segundos en recordar dónde estaba.

—Hola —dijo.

Hendaya no respondió.

—Llevas despierto un rato, ¿no?

—Suficiente.

—Pensé que llegarías dormido todo el trayecto. Es un vuelo largo.

—¿Cuánto falta?

Montero consultó su reloj. Un Casio viejo, igual que el que llevaba Hendaya en la muñeca derecha. Otro eco del pasado.

—Menos de dos horas para el aterrizaje en Adís. Luego una conexión más corta hasta el campamento.

—¿Campamento?

—Campamento base. Al borde del Danakil. Allí nos esperan.

—¿Quién?

—El equipo. La doctora Kabbaj, una médica tunecina. El capitán Desta, nuestro enlace con el gobierno etíope. Y algunos técnicos.

—¿Y los hombres que me secuestraron? —preguntó Hendaya.

Montero negó con la cabeza.

—Ya volvieron a Canarias. No forman parte de esto.

—¿Y el agua?

Montero esbozó una sonrisa. La misma de aquella noche en el hospital: una mueca de cansancio y complicidad.

—Está ahí abajo.

Se giró hacia la ventanilla. Señaló el horizonte.

—Allí, Saúl. Debajo de toda esa sal.

Hendaya siguió su dedo. Solo la llanura ocre, las grietas negras, el blanco cegador de las salinas.

—No veo nada.

—Porque está enterrado. A seiscientos metros.

Montero cogió el dossier y lo abrió. Giró el dossier para que Hendaya viera la imagen de la mancha turquesa.

—Mira.

La miró. Era enorme. Del tamaño de una ciudad pequeña. Demasiado grande para ser real.

—¿Qué es? —preguntó, aunque ya lo sabía.

—Lo que crees que es.

—No me digas lo que tengo que creer, Javi. Dime qué es.

Montero respiró hondo. Se sentó. Apoyó los codos en las rodillas.

—Eso es el acuífero más grande del Cuerno de África.

Un lago de agua dulce enterrado a seiscientos metros bajo la llanura de sal.

Los datos de conductividad eléctrica, los registros de satélite, las muestras de suelo…

todo apunta a lo mismo. Es agua del Oligoceno.

Atrapada durante treinta millones de años.

Hendaya estudió la foto. La mancha turquesa tenía bordes definidos, como una joya incrustada en la roca. Calculó mentalmente las dimensiones: por el tamaño en la imagen, debía abarcar varias decenas de kilómetros cuadrados.

—Conductividad eléctrica compatible con agua dulce —dijo sin apartar la vista—. A esa profundidad, la presión geostática la mantiene líquida. Si es agua fósil, no tiene recarga. Una vez que la extraigas, se acabó.

—Lo sé.

—¿Y cuánta agua calculas?

—Suficiente para abastecer a Etiopía, a Eritrea, a Yibuti. Suficiente para regar el Cuerno de África durante cincuenta años. Quizás cien.

—Son palabras mayores.

—Son las palabras que tengo.

—¿Y por qué nadie la ha encontrado antes?

Montero dudó. Un parpadeo. Una centésima de segundo de vacilación que Hendaya captó al instante.

—Está en una zona de conflicto —dijo—. La frontera con Eritrea. Los afar no quieren a los gobiernos allí. Y hay intereses.

—¿Intereses de quién?

—De la compañía. De Aquifer Global. Hay inversores que quieren resultados.

—Agua potable, dices.

—Agua potable.

—No me mientas, Javi.

Montero sostuvo la mirada un par de segundos. Luego la desvió.

—No te miento.

—Mientes igual que en Kandahar. Cuando decías que veías movimiento en las rocas y no había nada.

—Sí lo había.

—No lo había. Viste sombras. Nos metiste en una emboscada que no existía.

—La mina era real. Las balas eran reales.

—Porque los llevamos hasta allí. Tú y tus mapas de mierda.

Montero se calló. Se pasó una mano por la cara, el gesto de siempre, el que hacía cuando no sabía qué decir.

—Han pasado veinte años —dijo.

—Y sigues igual.

—No. He cambiado.

—Entonces dime la verdad.

—Te he dicho la verdad.

—No toda.

Montero suspiró. Guardó la foto en el dossier.

—Te daré todos los datos cuando aterricemos. Los mapas, los informes, los registros. Quiero que los veas con calma.

—No pienso trabajar para ti.

—Todavía no.

—¿Qué coño significa eso?

Montero se inclinó hacia delante. Su voz se volvió más baja, más seria.

—Significa que cuando veas lo que hay abajo, cuando entiendas la magnitud de lo que hemos encontrado, no vas a querer otra cosa que bajar a buscarlo.

—Te equivocas.

—Ojalá. Pero no.

El silencio se instaló entre ellos. El motor seguía zumbando. El desierto pasaba abajo, inmenso, vacío, indiferente.

Hendaya miró por la ventanilla. Algo brilló en el horizonte, un destello que desapareció al segundo.

—¿Qué hay allí abajo? —preguntó.

—Nada. Sal y lava.

—No me refiero al paisaje. Me refiero a lo que no me estás contando.

Montero no respondió.

Media hora después, la voz del piloto sonó por los altavoces.

—Treinta minutos para aterrizar. Prepárense.

Montero se levantó. Guardó el dossier y lo dejó sobre el asiento.

—Te saqué de allí —dijo sin mirarlo—. En Afganistán. Podría haberte dejado.

Hendaya no respondió.

—Eso crea una deuda.

—Las deudas se pagan.

—Estás pagando la mía ahora.

—No. Estoy pagando la tuya. Lo que no sé es cuánto me va a costar.

Montero cogió el dossier, se ajustó las gafas y caminó hacia la cabina del piloto. Antes de desaparecer, se giró.

—Mira la foto otra vez —dijo—. Mira bien la mancha.

—¿Por qué?

—Porque eso, Saúl, es agua limpia. Suficiente para salvar millones de vidas. Y tú vas a encontrarla. Quieras o no.

Desapareció detrás de la cortina.

Hendaya se quedó solo, las esposas tintineando con cada vibración del avión.

Miró la foto que Montero había dejado sobre el asiento. La mancha turquesa. El agua enterrada bajo kilómetros de sal.

Agua limpia.

O eso decían.

El avión perdió altitud. El paisaje se acercaba. Abajo, el desierto se abría en grietas negras, pliegues de lava solidificada, llanuras de sal que se extendían hasta el infinito.

Danakil.

El lugar más caliente de la Tierra.

Y allí abajo, en algún sitio, esperaba el agua.

O la trampa.

Cerró los ojos.

La avioneta descendió hacia el desierto, y sintió que bajaba con ella.

Al infierno.