Capítulo 1 El Hombre que Arreglaba Barcos
E l motor fueraborda tosió dos veces antes de arrancar. Hendaya ajustó el carburador con un giro de muñeca, sintió la vibración estable propagarse por el metal y asintió para sí mismo. Cerró el capó.
El sol se derramaba sobre el Atlántico como una moneda de cobre fundido. Las sombras de los barcos varados se alargaban sobre el asfalto del astillero, y el viento traía olor a salitre y gasoil. A sus espaldas, el Teide se alzaba tras una capa de nubes anaranjadas.
Veintitrés años atrás, Hendaya había construido presas en Afganistán. Había perforado acuíferos en el Sahel. Había visto morir a gente de sed en fosas comunes. Ahora arreglaba motores de barcos de pesca en un puerto canario, y eso le parecía casi una victoria.
Se limpió las manos en un trapo grasiento. Una cicatriz en la mandíbula le brillaba con el sudor del atardecer. Calculó que le quedaban veinte minutos de luz, justo para revisar el filtro de gasoil del María del Carmen antes de que el dueño llegara a buscarlo.
—¿Saúl?
La voz llegó desde la entrada del taller. Hendaya reconoció el acento antes de girarse. Castellano de Madrid, con esa capa de falsa confianza que solo tienen los vendedores y los políticos.
No era un vendedor.
Javier Montero estaba apoyado contra la puerta metálica, las manos en los bolsillos y una sonrisa que no alcanzaba los ojos. Llevaba un polo beige, pantalones de safari y unas gafas de sol colgadas del cuello. Parecía un turista que se hubiera perdido.
Detrás, una Land Rover negra esperaba con el motor en marcha. Hendaya distinguió dos siluetas en los asientos delanteros. No eran turistas.
—Han pasado ocho años —dijo.
—Nueve —corrigió Montero—. Los he contado.
Se acercó con los brazos abiertos, pero Hendaya no se movió. El abrazo fue unilateral, incómodo, un choque de hombros mientras Montero le palmeaba la espalda como si fueran viejos camaradas.
No lo eran. No desde el escándalo.
—Sigues en el mismo sitio —dijo Montero, mirando alrededor—. El mismo taller. Las mismas herramientas. ¿Nunca cambias?
—¿Para qué?
Montero rió, pero era una risa aprendida, sin alegría. Hendaya lo conocía bien: nunca había sido un hombre de risa fácil, pero antes al menos fingía mejor.
—Tengo que hablar contigo.
—Habla.
—Aquí no. Es... delicado.
Hendaya miró hacia la Land Rover. El conductor llevaba gafas oscuras y una chaqueta que no combinaba con el clima. Su acompañante, en el asiento del copiloto, mantenía las manos visibles sobre las rodillas. Postura de seguridad. De escolta.
—¿Quiénes son?
—Gente que trabaja conmigo.
—Trabajas para alguien, querrás decir.
Montero sostuvo la mirada un par de segundos, luego desvió los ojos hacia el horizonte. El sol estaba casi hundido, solo quedaba una línea incandescente sobre el agua.
—¿Podemos sentarnos? Es largo.
Hendaya señaló un banco de trabajo junto a la puerta del taller. Dos tablones sobre bidones de aceite. Montero dudó un instante, pero se sentó. La madera crujió bajo su peso.
—Estás delgado —dijo Montero.
—Tú, igual. Menos pelo.
Montero se pasó una mano por las entradas. Sonrió sin ganas.
—La edad, Saúl. A todos nos llega.
—A algunos nos llega antes que a otros. Dime qué quieres.
Metió la mano en el bolsillo interior de la chaqueta y sacó un sobre de papel manila. Lo dejó sobre el banco, entre los dos.
—Abrelo.
Hendaya no lo tocó. Miró el sobre, miró a Montero, esperó.
—No voy a morder, Saúl. Es solo información.
—Antes la información se daba en persona, sin sobres.
—Antes muchas cosas eran diferentes.
Cogió el sobre. Lo abrió con el dedo índice, rasgando el cierre. Dentro había fotografías. Las extendió sobre el banco como si fueran cartas de una baraja marcada.
Niños. Mujeres. Ancianos. Todos con los ojos hundidos, las costillas marcadas bajo la piel, los labios agrietados. El polvo rojo del desierto cubriéndolo todo. Detrás de ellos, un paisaje de sal y piedra negra.
—Campo de desplazados —dijo Montero—. Frontera entre Etiopía y Eritrea. Catorce mil personas huyendo de la sequía.
—Los campos son así.
—Estos están peor. No llueve desde hace tres años. Los pozos están secos. Treinta muertos al día.
Dejó las fotos sobre el banco. No necesitaba verlas. Había visto suficiente muerte en su vida para que unas cuantas fotografías le cambiaran el pulso.
—Hay ONGs para eso. Médicos Sin Fronteras. La Cruz Roja. La ONU. No soy tu hombre.
—No es una ONG.
—Entonces no me interesa.
Montero sacó una segunda hoja del sobre. Un mapa satelital, impreso en papel brillante, con anotaciones manuscritas en los márgenes. Lo desplegó sobre las fotografías.
—¿Reconoces la zona?
No necesitó mirarlo dos veces. Había visto ese lugar en decenas de documentos técnicos durante sus años de trabajo en el Cuerno de África. La Depresión de Danakil. Un triángulo de sal y lava entre Etiopía, Eritrea y Yibuti. El lugar más caliente del planeta.
—Danakil —dijo.
—Más abajo. Al sur de la cuenca principal. —Montero señaló un punto marcado con un círculo rojo—. Aquí.
Hendaya examinó las coordenadas. 11°42'N, 41°05'E. Zona de rift activo. Fallas geológicas. Pozos de agua fósil.
—¿Qué hay ahí?
—Agua. Un acuífero. No uno cualquiera. Una bolsa de agua fósil del tamaño de un mar interior. Cien metros bajo la superficie. Mil años de recarga acumulada.
—No existe.
—Existe. Las imágenes satelitales lo confirman. Las pruebas de sísmica también. Es real.
Alzó la vista del mapa. La luz del atardecer se había apagado casi por completo, y las sombras del taller se volvían espesas.
—Si es real, ¿por qué vienes a buscarme a mí? Hay cientos de hidrólogos mejores que yo. Y más baratos.
—Porque confío en ti.
—No me hagas reír.
Montero se removió en el banco. Por primera vez, su máscara de seguridad pareció resquebrajarse. Se quitó las gafas de sol y las dobló despacio, como si el gesto le diera tiempo para pensar.
—Necesito a alguien que sepa de agua, que conozca el terreno y que sepa mantener la boca cerrada. Tú cumples las tres condiciones.
—¿Y si no quiero?
—Entonces me busco a otro. Pero no quiero a otro. Quiero a mi amigo.
—No somos amigos, Javi. No desde que me dejaste solo en el consejo de administración.
Montero no respondió. Guardó las gafas en el bolsillo y se levantó. Dio media vuelta, mirando hacia el mar, ahora una masa oscura salpicada por las luces de los barcos.
—Aquello fue... No tuve elección.
—Siempre hay elección.
—¿Y tú? ¿Qué elegiste? —Se giró—. Huir. Esconderte aquí, arreglando motores, bebiendo solo, esperando que nadie te recordara. Eso elegiste.
—Funciona.
—¿Funciona? —Montero rió, esta vez con amargura—. Tienes cincuenta y dos años, Saúl. Has pasado los mejores años de tu vida pudriéndote en un taller. Podrías estar haciendo algo que importa.
No hubo respuesta. Se levantó, cogió el trapo grasiento y se limpió las manos. Las tenía secas, pero el gesto le daba tiempo para pensar.
—¿Qué me ofreces?
—Un contrato. Seis meses. Salario de consultor internacional. Gastos pagados. Y la oportunidad de hacer algo que vale la pena.
—¿Y si descubro que el agua no está donde dices?
—Entonces volverás aquí. Sin preguntas.
Lo miró. Los años no habían sido amables con Montero. Tenía bolsas bajo los ojos, y las manos le temblaban ligeramente cuando las mantenía quietas. Un tic nervioso. Culpa, quizás.
—¿Por qué tú, Javi? ¿Por qué viniste personalmente?
—Porque quería verte.
—Mientes.
Montero sostuvo la mirada un par de segundos, luego la desvió.
—Está bien. Necesito que alguien de confianza dirija la prospección. Alguien que no se deje comprar. El proyecto tiene... enemigos.
—¿Qué clase de enemigos?
—Competidores. Gobiernos. Gente a la que no le interesa que encuentren agua en Danakil.
—¿Y tú estás metido con ellos?
—Estoy metido en el proyecto. Eso es todo lo que necesitas saber.
Cogió las fotografías del banco. Las miró una por una. Los niños muertos de sed. Las mujeres con los ojos vacíos. El polvo rojo.
Luego miró el mapa. Las coordenadas. El círculo rojo.
—¿Cuánta agua? —preguntó.
—Suficiente para abastecer a toda la región durante generaciones. Si la encontramos.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Dejó las fotos sobre el mapa. Cerró los ojos.
Por un instante, sintió el calor del desierto en la cara, el olor a polvo y a muerte.
Noviembre en el Sahel, una fosa común, los cuerpos apilados como leña.
Y la sensación de que todo lo que hacía era inútil, un dedo tapando una presa que se desmoronaba.
—No —dijo.
—¿Qué?
—Que no. No voy.
—Saúl, escucha...
—He dicho que no.
Se giró y caminó hacia el interior del taller, dejando a Montero solo junto al banco de trabajo. Las herramientas colgaban en las paredes, ordenadas por tamaño. El suelo de cemento estaba manchado de aceite y grasa. Su vida, resumida en un espacio de treinta metros cuadrados.
Oyó los pasos de Montero detrás de él.
—No puedes negarte así.
—Puedo. Y lo hago.
—Hay gente que ha invertido mucho en esto. Gente que no acepta un no por respuesta.
Se detuvo. Se giró.
—¿Me estás amenazando, Javi?
—Te estoy avisando. Como amigo.
—No eres mi amigo. Vete.
Montero suspiró. Se pasó una mano por la cara, y por un instante pareció más viejo, más cansado. Luego asintió, como si hubiera tomado una decisión.
—Está bien. Lo siento.
No entendió la disculpa hasta que sintió el brazo rodeándole el cuello por detrás.
El primer impacto le robó el aire. El segundo lo arrojó contra el suelo. La cabeza le golpeó contra el cemento y las estrellas le bailaron ante los ojos. Intentó levantarse, pero los brazos no le respondieron. Los hombres de la Land Rover estaban sobre él, grandes, rápidos, profesionales.
Uno le inmovilizó el brazo derecho mientras el otro le hincaba una rodilla en la espalda. Forcejeó, sintió el hormigón rasparle la mejilla, intentó gritar, pero solo le salió un gruñido ahogado.
—Tranquilo —dijo Montero, arrodillándose a su lado—. No quiero hacerte daño.
Giró la cabeza, la mandíbula apretada, los ojos fijos en él. No dijo nada. No hacía falta.
Montero sostuvo la mirada un par de segundos. Luego asintió hacia uno de los matones.
El pinchazo fue frío y preciso. La aguja penetró en el cuello, justo bajo la mandíbula, y el sedante se extendió como una ola de plomo derretido. Sintió que el cuerpo se le volvía ajeno, pesado, imposible de mover.
—Lo siento de verdad —dijo Montero, y su voz llegaba desde muy lejos, como a través de un túnel—. Pero no podía arriesgarme a que dijeras que no.
El techo del taller se desvaneció en una mancha borrosa. Las herramientas colgadas en la pared se convirtieron en sombras. El olor a gasoil se mezcló con el sabor metálico de la sangre en la boca.
Y luego, nada.
Despertó con la vibración de un motor en los huesos.
El ruido era ensordecedor, un zumbido constante que le perforaba los tímpanos. Abrió los ojos. Luces tenues. Plástico en las paredes. Ventanillas ovaladas.
Una avioneta.
Intentó moverse y sintió el metal frío de las esposas contra las muñecas. Estaba atado al asiento, los brazos sujetos a los reposabrazos, los tobillos atados a las patas delanteras.
Frente a él, sentado en el asiento del copiloto, Montero lo miraba. Sostenía una botella de agua en la mano.
—Bienvenido a tu nueva vida.
No respondió. Miró por la ventanilla. Abajo, el océano se extendía hasta el horizonte, negro e infinito. Las luces de un barco titilaban a lo lejos.
No sabía dónde estaba. No sabía hacia dónde iban.
Pero sabía una cosa.
Montero había vuelto. Y esta vez no iba a dejarlo escapar.
La avioneta viró hacia el este, hacia África, y cerró los ojos.