El acuífero del Infierno
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Prólogo La Muerte en la Grieta
E l doctor Samuel Berhanu se secó la frente con el dorso de la mano y volvió a los mapas. El sudor le corría por la nuca. No por la temperatura.
En la pantalla del portátil, los datos de conductividad eléctrica del subsuelo del Danakil trazaban una mancha azul del tamaño de una provincia. No era una mancha. Era un océano enterrado.
Seis años de registros satelitales, setecientos análisis de suelo, tres expediciones al corazón de la Depresión.
Había encontrado un acuífero fósil colosal, una bolsa de agua dulce del tamaño de un mar atrapada bajo kilómetros de sal y lava.
Agua limpia. Suficiente para regar el Cuerno de África durante un siglo.
Pero no era eso lo que Aquifer Global quería extraer.
Deslizó el ratón sobre la mesa. La silla chirrió al inclinarse hacia la pantalla.
Abrió la carpeta de documentos sellados.
Los permisos de prospección ilegal. Los informes internos que hablaban de la «externalización de costes hídricos».
Las transferencias bancarias a cuentas en paraísos fiscales.
Las actas de las reuniones en las que se decidió que el litio valía más que el agua. Todo estaba ahí.
Se masajeó el puente de la nariz. Llevaba horas sin parpadear. La luz azul del monitor le irritaba los ojos, pero no podía apartarse. Cada vez que cerraba los archivos, aparecía el rostro de su hija. Trece años. El olor de su pelo mojado. Una sonrisa de quien confía en un mundo verde.
La impresora escupió la última página. Recogió el informe, lo cotejó con los mapas, lo metió en una carpeta azul. Luego abrió el correo electrónico y escribió el mensaje que llevaba días redactando en su cabeza:
«Sally, tengo la prueba definitiva. Los datos de satélite, las solicitudes de concesión minera, el estudio de impacto ambiental manipulado.
La historia es esta: Aquifer Global ha descubierto el mayor acuífero fósil del este de África bajo el Danakil.
Su plan no es extraer agua. Es perforar para obtener litio.
Contaminarán el acuífero para siempre. Adjunto los archivos. Publícalo mañana. Samuel.»
Dejó el cursor sobre el botón de enviar. No lo pulsó. Primero debía asegurarse de que los archivos físicos estuvieran a salvo.
El teléfono sonó.
Berhanu lo miró. El número no estaba registrado, pero sabía quién llamaba. Llevaba semanas esperando aquella llamada. Dejó que sonara tres veces antes de descolgar.
—Doctor Berhanu, soy Whitaker.
La voz era fría, educada, sin asomo de amenaza. Sonaba a ejecutivo hablando de rendimientos trimestrales.
—¿Cómo consiguió este número?
—Consigo todo lo que necesito, doctor. Quiero hablar con usted del trabajo que está realizando. Admiro su dedicación.
—No tengo nada que hablar con usted.
—Creo que sí. Lleva meses investigando a mi empresa. Reuniendo datos. Sacando conclusiones. Algunas de ellas... creativas.
—No hay nada creativo en envenenar un acuífero.
Silencio al otro lado de la línea. Luego un suspiro.
—Doctor, no voy a discutir la geología con usted. Voy a hacerle una propuesta. Su silencio tiene un precio. Dos millones de dólares. En una cuenta en Suiza, antes de que termine la noche. Puede irse a donde quiera. Empezar de nuevo. Su hija podría estudiar en la mejor universidad del mundo.
Berhanu miró la foto sobre la mesa. Trece años. La sonrisa de quien quiere un país verde. Pensó en el olor a champú barato de su pelo mojado, en su risa cuando él llegaba a casa, en las preguntas que hacía sobre el mundo. ¿Qué mundo le iban a dejar?
—El precio de mi silencio —dijo Berhanu— es la vida de millones de personas. No lo negocio.
—Doctor, creo que no comprende la magnitud de lo que está haciendo. No se enfrenta a mi empresa. Se enfrenta al futuro. El litio es la transición energética. El agua de la que usted habla es un recurso muerto, atrapado bajo tierra desde el Mioceno. No pertenece a nadie.
—Pertenece a los que van a nacer.
—Los que van a nacer necesitarán energía tanto como agua. Mi empresa ofrece ambas cosas.
—Ofrece contaminación. Ofrece muerte. Ofrece un puñado de dólares a cambio de la sed de todo un continente.
La línea crujió. Whitaker habló más despacio, como si explicara algo a un niño.
—Lamento que haya elegido el camino difícil, doctor. De verdad. No era necesario.
—Usted no decide mi camino.
—No. Pero decido lo que pasa al final de él.
Berhanu colgó. La mano no le tembló. Sorprendido, notó una calma antinatural.
Quizá el miedo, de tanto esperarlo, se le había gastado.
Apoyó las palmas sobre la mesa, sintió la madera caliente bajo los dedos.
Respiró hondo. Luego desbloqueó el teléfono, abrió la bandeja de salida y movió el cursor sobre el botón de enviar.
El mensaje para Sally estaba listo. Lo pulsó.
El zumbido del envío, apenas perceptible, se lo llevó al servidor.
Introdujo el pendrive en el puerto y comenzó la copia de seguridad. Los archivos se transferían con lentitud, segundo a segundo. Miró la barra de progreso. Cuarenta y siete por ciento.
El ascensor se detuvo. Alzó la cabeza. El zumbido del motor se apagó. En el silencio del pasillo, los pasos sonaron como disparos.
Dos hombres. Botas. Sin prisa.
Sesenta y tres por ciento.
Calculó las distancias. La puerta, la ventana de servicio, la escalera de incendios.
No llegaría. La escalera quedaba al otro lado del pasillo, justo donde los pasos ya se acercaban.
La ventana de servicio daba a un callejón de dos pisos de altura.
Podía romper el cristal, colgarse del marco, dejarse caer.
No era una buena caída, pero era la única salida.
Apartó el portátil y extrajo el pendrive con un movimiento seco.
Lo sopesó en la palma. Dieciséis gigas de plástico y silicio.
Toda la verdad. Lo metió en el dobladillo de la camisa, donde la costura gruesa lo ocultaba a la vista.
La presión del plástico contra su costilla era un recordatorio constante.
Luego cogió la carpeta azul y la colocó sobre la mesa, abierta, visible. Un señuelo.
Ochenta y nueve por ciento.
Los pasos se detuvieron ante la puerta. Un golpe seco, cortés casi.
—¿Doctor Berhanu? Servicio de mantenimiento.
No respondió. Se acercó a la ventana de servicio. Dos pisos. Un callejón. Un coche aparcado. Calculó la trayectoria de la caída: caería sobre el techo del Toyota, luego rodaría al asfalto. Se rompería algo, pero sobreviviría. Tenía que sobrevivir.
La puerta crujió bajo el primer golpe. Una patada, seca, precisa. La madera se astilló alrededor de la cerradura.
Abrió la ventana. El aire de la tarde entró como un animal cansado, caliente, cargado de polvo y humo de gasolina. Olía a asfalto recalentado, a basura acumulada en los contenedores. A ciudad que se asfixia.
—¡Doctor Berhanu, abra la puerta!
Segundo golpe. La madera saltó en astillas. El marco cedió. El pestillo voló por los aires y rebotó contra la pared.
Miró la foto de su hija. Un instante. Trece años de promesas. La imagen sonreía desde el marco de madera barata, el fondo borroso de un jardín que ya no existía. Metió la mano en el bolsillo, sacó el teléfono y confirmó que el mensaje se había enviado. «Sally. Adjuntos. Publícalo.» Hecho.
La puerta se abrió de golpe.
Se lanzó contra la ventana. El cristal templado se negó a romperse en el primer golpe. Se astilló en un patrón de telaraña. Un segundo golpe, esta vez con el codo. El hueso chocó contra el vidrio. La ventana cedió en un estallido de esquirlas blancas, dientes de hielo sobre el alféizar.
El impacto contra el techo del coche fue un mazazo en los riñones.
Rodó, cayó de costado sobre el asfalto. El brazo le ardía.
La sangre le empapaba la manga, pero no sentía el dolor.
Solo el instinto de ponerse en pie. Una lámina de cristal se le había clavado en el antebrazo, pero no había tiempo para mirarlo.
El callejón olía a gasolina y basura podrida. Un hombre esperaba apoyado contra la pared, en la sombra que proyectaba el contenedor metálico. Llevaba un traje oscuro y una pistola con supresor.
—Lo siento, doctor.
Se incorporó. La rodilla derecha falló, pero se mantuvo en pie. Miró al sicario. Buscó algo que decir, algún gesto que dejara claro que no se iba callado. Las palabras se atascaron en su garganta. Solo atinó a sostenerle la mirada, a no apartar los ojos.
El primer disparo le dio en el hombro. El impacto lo giró, lo arrojó contra la puerta del conductor del Toyota. El segundo disparo le alcanzó el pecho.
Cayó de espaldas. El horizonte de la tarde, la rendija de cielo naranja entre los tejados, se desvaneció en un gris ceniza. Sintió el asfalto frío contra la nuca. El olor a gasolina y a su propia sangre. Oyó pasos que se alejaban: el crujido de unas botas sobre asfalto.
El pendrive rodó bajo el coche aparcado. Se detuvo contra la rueda trasera derecha. Invisible. Las cámaras del edificio de enfrente grabaron sombras. Nada más.
El hombre del traje oscuro guardó la pistola, comprobó el pulso de Berhanu, ajustó los puños de la camisa y caminó hacia la salida del callejón sin prisas. Sus pasos se perdieron en el rumor del tráfico.
En el despacho, la carpeta azul seguía abierta sobre la mesa. Los mapas satelitales, los informes, las transferencias bancarias. El portátil, encendido. El mensaje brillaba en la pantalla: «Adjuntos. Publícalo.»
Sobre la mesa, la foto de la hija de Berhanu sonreía en un paisaje de verde imposible.
En el piso treinta y dos de un edificio de cristal, en el extremo norte de la ciudad, Mr. Whitaker sostuvo el teléfono satelital contra el oído. La línea muerta zumbó durante unos segundos. Luego colgó.
La oficina no tenía ventanas. Las paredes eran blancas, la mesa de metal lacado, la silla de cuero negro. Ni fotografías, ni plantas. Nada que delatara una vida fuera de aquella habitación. Solo el zumbido constante del aire acondicionado y el olor a plástico nuevo.
Whitaker abrió el cajón inferior del escritorio. Sacó una carpeta de cartón grueso. En la portada, una fotografía granulada. Un hombre canoso, pelo rapado a los lados, cicatriz de cuatro centímetros en la mandíbula izquierda. Ojos que en blanco y negro parecían dos pozos de sombra.
Saúl Hendaya. Exlegionario. Ingeniero hidrólogo. Sin ataduras. Sin familia. Sin nada que perder.
Pasó el dedo por el borde de la fotografía. Conocía el perfil de memoria. La hoja de servicios en la Legión. El expediente académico en la Politécnica de Madrid. El escándalo que lo arruinó. Los años de silencio en Canarias, arreglando barcos de pesca, bebiendo solo, esperando nada.
El hombre perfecto para el trabajo.
Secó el teléfono satelital con un pañuelo de lino. La carpeta de Saúl Hendaya seguía abierta sobre el escritorio. Marcó otro número de memoria.
Tres tonos. Una voz al otro lado.
—Dígame.
—El científico ha sido neutralizado. El proyecto sigue adelante.
—¿Los documentos?
—En su poder. O destruidos. Da igual. No tenía copias físicas.
—¿Seguro?
—Seguro. Pasamos a la segunda fase.
—Procedan.
—Necesito que localicen a un hombre. Saúl Hendaya. Ingeniero. Exlegionario. Vive en Tenerife, Puerto de la Cruz. Quiero que lo traigan.
—¿Vivo?
—Vivo. En una pieza. Es un profesional. Lo necesito para el trabajo de campo. No me sirve roto.
—Entendido.
—Y otra cosa.
—¿Sí?
—Que no sepa que vamos a buscarlo. Que parezca un encargo normal. Bien pagado. Sin urgencias. Quiero que acepte por voluntad propia.
—¿Y si no acepta?
Whitaker miró la fotografía. Estudió la cicatriz, la mandíbula dura, la falta de miedo en los ojos. Todos tienen un precio.
—Aceptará. Todos aceptan. Es cuestión de encontrar el precio adecuado.
Colgó. Cerró la carpeta. La guardó en el cajón.
En el callejón, el cuerpo de Samuel Berhanu empezaba a enfriarse sobre el asfalto. El cielo naranja se apagaba sobre Adís Abeba.
Bajo el Toyota, el pendrive seguía allí.
Nadie lo había visto.