Capítulo 26
Damien
Mi primera reacción es un no inequívoco y rotundo. Si quiere el divorcio, tendrá que arrancármelo de mis manos frías y muertas. Ivy es mía y no pienso dejarla ir. Ella y Lake son mi familia, y nuestro lugar es juntos. Ya la perdí una vez y no voy a perderla de nuevo.
Me inclino hacia delante.
—¿Estás segura de que eso es lo que quieres?
Asiente. Me reconforta lo leve del movimiento de su cabeza y que no haya pronunciado la palabra sí.
Añado:
—Hay más entre nosotros que Lake. Deberíamos explorar eso en lugar de abandonar el barco.
Levanta las cejas.
—¿En serio? Porque lo único que nos mantiene unidos es el deseo sexual, y no creo que eso baste para sostener una relación sana.
—Hay otras cosas —intento insistir.
Se cruza de brazos.
—¿Como qué? —exige.
Me devano los sesos buscando la mejor manera de abordar esto sin asustarla. Lo que nos une es más de lo que tiene la mayoría de la gente. Es la única persona junto a la que querría despertar hasta el día de mi muerte. Mi vida ha sido diferente, más plena y más colorida con ella que sin ella.
Pero no sé cómo decírselo sin parecer que he sacado las palabras de algún libro de «cómo recuperar a tu chica».
—Estamos bien juntos —digo en cambio.
Niega con la cabeza.
—Ni siquiera me amas.
Y ahí está. Quiere lo importante. El problema es que no creo poder dárselo.
Mentiría si dijera que la amo. Mis sentimientos por ella son más profundos que cualquier cosa que haya experimentado con otra mujer, pero confesar que la amo sería deshonesto, porque nunca he sentido eso.
No estoy seguro de que ese tipo de amor exista.
¿Amor familiar? Sí. Amo a mi madre y amo a Lake. ¿Pero romántico? No.
Y ese es el problema.
—Las relaciones son más que amor.
Se le humedecen los ojos. Incluso cuando intento ser lo más delicado posible, la cago. Le tiembla la voz al decir:
—Pero yo quiero el romance. Quiero a alguien que me ame, no que simplemente me tolere.
—Yo no...
Nos interrumpe un golpe en la puerta. Uno de sus empleados quiere que solucione un problema con un cliente, y sale de la habitación. Me deja solo. Nuestra conversación termina ahí, y nunca la retomamos, ni siquiera cuando volvemos a casa.
Se va a su habitación mientras yo voy a la mía. Cuando vuelvo del trabajo al día siguiente, ha sacado todas sus cosas de mi cuarto.
Volvemos a nuestra rutina habitual de hablarnos con rodeos y a través de Lake.
Es un estado de cortesía que no le desearía a ninguna pareja.
Somos demasiado amables el uno con el otro, de una manera frustrante.
Incluso la conversación de esta mañana, sobre la nueva niñera de Lake, fue rígida y excesivamente formal.
Como si ninguno de los dos quisiera mostrar al otro la más mínima emoción.
Y yo sigo el juego porque quiero darle espacio para pensar en su decisión sin presionarla. No se ha mudado, lo cual es reconfortante, pero es todo el consuelo que puedo sacar de esta situación.
En cuanto se mude, nuestra relación habrá terminado.
Mientras el ascensor me sube a la planta ejecutiva, pienso en cómo convencerla de que no se divorcie. ¿Le gustan los regalos? Podría colmarla de todo tipo de cosas. Joyas, coches, ropa, lo que quiera.
Pero algo me dice que eso no le gustaría.
Ni una sola vez en todo el tiempo que llevamos viviendo juntos la he visto arreglada o con joyas.
Lleva ropa bonita, sí, pero sobre todo práctica.
Nunca ha mostrado interés por los coches, así que dudo que eso la convenza.
Quizá podría comprarle un barco. ¿Le gustaría?
Joder, ojalá lo supiera. La única persona que se me ocurre que podría ayudarme en este aprieto es Nolan. No he hablado mucho con él desde el día de la votación.
Estoy demasiado absorto en mis pensamientos para notar la anomalía junto a la puerta de mi despacho al entrar.
Quizá si nos vamos de vacaciones los tres solos, tenga la oportunidad de mostrarle mi verdadero yo sin distracciones. Quizá...
Se abre la puerta y entran mis dos asistentes. Las dos. Incluida Nicole, a quien estoy seguro de haber despedido. Lleva el bloc de notas en la mano y se comporta como si no hubiera pasado nada.
Digo con desdén:
—¿No deberías estar buscando trabajo?
Las mejillas de Nicole se enrojecen y los ojos de Meg se abren como platos.
—Meg, ¿puedes dejarnos a solas?
Meg mira a Nicole, da media vuelta y cierra la puerta del despacho tras de sí.
—¿Qué coño sigues haciendo aquí? —descuelgo el teléfono y marco la extensión de seguridad. Responden al primer tono—. ¿Pueden venir a recoger a Nicole Miller y asegurarse de que entregue su tarjeta de acceso y los dispositivos de la empresa?
Nicole hace una mueca.
—Pensé que no lo decías en serio.
—¿Qué parte de «te despido por hacerle daño a mi hijo» pensaste que no iba en serio?
Pone los ojos en blanco.
—Uf. ¿Estás siquiera seguro de que es tuyo? Podría haberte mentido. Tú mismo has dicho muchas veces que es una mentirosa.
—Bastante segura estabas cuando lo envenenaste con algo que sabías que me daba alergia.
—¡Fue un error! Por favor —corre hacia mi lado del escritorio y me agarra la mano.
El litro de perfume que se ha echado encima me golpea de inmediato.
Su agarre es fuerte y desesperado, y tiene los ojos tan abiertos que dan miedo—.
No sé en qué estaba pensando. No sé qué me pasó.
A veces hago cosas, cosas malas, sin pensarlas.
Le aparto la mano.
—Como falsificar mi letra y decirle a la madre de mi hijo que yo no lo quería.
—Solo lo hice porque no paraba de acosarte. No dejaba de enviar cartas y ecografías, suplicándote de una forma tan desesperada que...
La rabia que siento se multiplica.
—¿Me envió ecografías? ¿Qué hiciste con ellas?
—Las devolví. Era claramente una táctica de manipulación. Es una maestra manipuladora. Tú mismo lo decías siempre —suplica Nicole.
La información me deja aturdido. Ivy tiene razón. Para ella, debo de ser el cabrón más insensible que haya conocido en su vida. No solo me negué a verla cuando estaba embarazada, sino que también me negué a ver a nuestro hijo. ¡Joder!
—Quiero que desaparezcas de mi vida. No quiero volver a verte. Ni a hablarte. Si alguna vez te acercas a menos de dos metros de mí o de mi familia, te arrepentirás de haber nacido.
—Damien, por favor... —Nicole me agarra la mano de nuevo—. Te quiero.
—Si me quisieras, no habrías hecho lo que hiciste. Me robaste un tiempo precioso con mi hijo. Un tiempo que jamás recuperaré. Te aseguraste de que alguien a quien quiero con toda mi alma me odiara para siempre. Eso no es amor. Y sé que eres lo bastante lista para entenderlo.
Su mano sube por mi pecho y se pone de puntillas como si fuera a besarme. Me zafo de ella justo cuando llegan los de seguridad. Los dos tipos corpulentos van directos hacia ella y uno le ordena que se marche. Se niega. Solo cuando amenazan con sacarla a rastras del edificio se mueve.
Los dos hombres la escoltan fuera mientras todos los de la planta de dirección observan desde sus despachos, pero nadie se atreve a salir a preguntar qué pasa. Incluso Craig, mi cotilla de director financiero, se queda en su despacho. Solo Terry tiene agallas para preguntar.
—Me sorprende que hayas tardado tanto —dice cuando le explico la situación. No le doy todos los detalles, solo lo esencial de cómo llevaba años saboteando mi correspondencia.
—¿Lo sabías? —la miro atónito.
Terry se mete las manos en los bolsillos y se planta con las piernas separadas.
Su traje andrógino le da un aire de chaval joven, algo adorable que no creo que Terry apreciara si se lo dijera—.
¿Que si sabía que te ocultaba cosas? Esa mierda ni idea, joder.
Pero siempre ha sido un poco rara contigo.
Un poco pegajosa y demasiado posesiva con tu atención.
No creo haberlo notado nunca. Si lo hice, probablemente interpreté esa «rareza», como la llama Terry, como la forma que tenía Nicole de hacer negocios.
—Nunca te diste cuenta, ¿verdad? —se ríe—. Craig me debe cien pavos. Estaba convencido de que la aguantabas porque te la estabas tirando.
—Craig puede quedarse tranquilo: nunca me he acostado con Nicole.
Se anima aún más—. Otros cien que me debe.
◆◆◆
—¿Estás lista? —digo tras llamar dos veces a su puerta. Me pregunto qué se estará poniendo que tarda tanto. No es que me importe esperar. Es solo que me muero de impaciencia.
Cuando Nolan me dijo que sería el invitado de honor en la gala benéfica anual de Hawthorne, casi me echo a reír, pensando que bromeaba. Pero no. La empresa celebra su evento más conocido del año y me rinden homenaje como nuevo copropietario.
Nolan no sonaba tan frío como esperaba. Si acaso, estaba algo jovial. Ivy, en cambio, no parecía contenta. Yo diría que resignada. Esta noche pienso cambiar eso.
Llamo de nuevo y la puerta se abre justo cuando estoy a punto de llamar por cuarta vez.
Ivy está deslumbrante. Lleva el pelo recogido en un elegante moño con algunos mechones rizados que le caen sobre la mejilla.
Su vestido es de un elegante color vino, ceñido en el torso y con una falda amplia.
El maquillaje es perfecto; parece una muñeca de porcelana.
Casi me da miedo tocarla. Mis torpes dedos podrían estropear a una criatura tan magnífica.
—¿Pasa algo? —se alisa el vestido—. Es demasiado, ¿verdad?
Niego con la cabeza—. No. Es precioso. Estás preciosa.
—Gracias.
Me acuerdo del regalo y se lo ofrezco—. He pensado que quizá te gustaría ponerte esto —abro la pequeña caja rectangular y dejo a la vista el collar de diamantes.
Hoy, a la hora de comer, salí a dar un paseo y vi el collar al pasar por una joyería.
El diseño discreto me llamó la atención y entré a comprarlo sin pensármelo.
Era una pieza cara, pero el precio me da igual.
Lo que importa es si le gusta. Los diamantes tienen forma de elegantes cuadrados engarzados en platino. Saco el collar del estuche.
Añado—: He pensado que quedaría bien con tu vestido.