El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 25
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Capítulo 25

Ivy

La cola tarda unas dos horas en menguar.

Estuve trabajando como una loca todo ese tiempo, sin pensar en nada más que en tomar pedidos.

Después de hacernos virales, nos abastecimos de ingredientes, hicimos ensayos generales, le dijimos a todo el que entraba que el especial del domingo solo está disponible los domingos, y esperamos el gran día.

Sonya pensó que rechazar a la gente durante la semana acabaría con el revuelo, pero solo lo aumentó. Algunas personas incluso vinieron de otros estados para probar el croiclair. Toda la preparación que hicimos durante la semana no bastó para la avalancha de clientes que tuvimos hoy.

Estaba lista para rechazar a algunas personas hasta que llegó Damien.

Fuera lo que fuera lo que estuviera haciendo en esa cocina, conseguía que los pedidos salieran cinco minutos más rápido que antes.

No solo la cola avanza más deprisa, sino que los pedidos salen impecables.

Cuando la cola se reduce a la mitad y resulta más manejable para los tres empleados que atienden al público, me aventuro a la trastienda para ver qué está pasando.

Todos trabajan a destajo en sus puestos, sacando pedidos. Damien está en la estación de montaje junto a Sonya, organizando la comida según cada pedido. Levanta la vista hacia mí y sonríe.

—¿Estás segura de que puedes confiar en él? —le digo a Sonya—. ¿No está liando los pedidos?

—¿Has visto algún pedido mal? —replica con sorna, y le da un codazo a Damien. Él suelta una carcajada mientras termina el pedido que estaba preparando y se lo pasa a Sonya.

—Tienes que perdonar a mi esposa. No sabe que yo hacía este trabajo para pagarme la universidad.

El corazón me da un vuelco con la palabra esposa.

Tranquilízate de una puta vez, Ivy. Es solo una palabra.

Si voy a alterarme cada vez que me menciona de un modo que sugiere que nuestra unión es como cualquier otra, voy a acabar con un infarto.

—Vaya. Habría jurado que naciste en cuna de oro —responde ella mientras coge el pedido que él ha preparado y toca la campana—. Tu marido es un portento en la cocina. Tendrías que haberlo visto, qué rapidez.

—Y esto no es bastante rápido —dice Damien mientras desliza otro pedido terminado.

Los dos se ríen. Cualquiera diría que son hermanos gastándose bromas. ¿Es esta la misma Sonya que odiaba a Damien con toda su alma y se ofrecía a mandar a sus primos a darle una paliza? Ahora están tan amiguitos y compinches.

—Parece que este lo he hecho en menos de diez segundos. —Todos en la cocina se ríen, incluido Lake, que está sentado en una silla junto a Damien.

Su risita infantil resuena por la habitación, como si hubiera oído el chiste más gracioso del mundo. Miro alrededor. Todos se ríen también. Sea cual sea la broma que han compartido, ha conseguido que Damien les caiga bien, y todos se lo están pasando en grande con él.

Vuelvo a la parte delantera y los dejo a lo suyo. Sea cual sea la magia que Damien haya usado para encantarlos, al menos todos trabajan duro y en equipo. Ya les he prometido una bonificación, así que todos saben que habrá recompensa después de esto.

La avalancha de clientes termina tras dos horas más de servicio. Van entrando algunas personas más durante otra hora, y cuando me convenzo de que no va a venir nadie más, vuelvo a la cocina. Damien está contando una historia y todos están cautivados, incluida Sonya.

La miro fijamente. Se encoge de hombros y levanta el pulgar. Pongo los ojos en blanco. Si hubiera sabido que lo único que hacía falta para que cambiara de opinión sobre Damien eran unas cuantas historias graciosas, le habría prohibido venir.

—Creo que ya hemos tenido bastante presión por hoy. No parece que vayamos a tener más que algún cliente suelto —le digo a Sonya—. Puedes cerrar una hora antes.

—¿Y perderme al crítico gastronómico? Ni hablar —replica.

Desde el video viral, corre el rumor de que un crítico gastronómico podría pasarse por aquí, después de que dejara un comentario positivo en el video.

Sonya, sobre todo, está deseando que venga a hacer una reseña.

Cree que dará prestigio a nuestra panadería, pero no estoy segura de querer eso.

Lo que tenemos ya es más que suficiente.

Cuando Damien termina de contar su historia, le tiro de la camiseta. Está apoyado en el mostrador, de cara a la cocina.

—Gracias por la ayuda —digo—. Puedes irte si quieres. Llévate a Lake.

—¿Quieres irte? —le pregunta Damien a Lake, que está jugando con su tableta.

Niega con la cabeza sin levantar la vista.

—Me quedo —me dice Damien—. Tus intentos de alejarme no van a funcionar. —Eso le arranca otra risa a los presentes.

—Bien —digo—. Estaré en la oficina si alguien me necesita. —Ya puestos, puedo echar cuentas para ver cuánto vamos a ganar o si esto ha salido más caro de lo que valía la pena.

Después de una hora haciendo cálculos, oigo que llaman a la puerta y, antes de que pueda responder, Damien entra y se deja caer en una silla.

—Tu gente es divertida. No me extraña que te guste pasar tiempo aquí.

—Seguro que ellos piensan lo mismo de ti, con todas las historias que les estabas contando.

Pestañea con coquetería y se encoge de hombros.

—¿Qué quieres que te diga? Soy un encantador nato.

—Ganarte a mis empleados a base de sobornos no hará que cambie mi opinión de ti. ¿Ahora ves que esto no es solo un pasatiempo, sino un trabajo de verdad?

Se pone serio.

—Lo siento. De verdad que amas este lugar. Se nota en todo. Desde la comida hasta el personal y el ambiente... todo es acogedor y elegante a la vez.

La disculpa seguida de un cumplido me pilla desprevenida, y no se me ocurre qué decir salvo:

—Gracias.

Se recuesta en la silla y mira alrededor.

—Salvo este despacho. Es una cajita deprimente en medio de un ambiente luminoso.

Me fijo en lo que él ve, por primera vez, aunque supongo que me he acostumbrado o lo he ignorado. La pintura blanquecina. El calendario desfasado, el escritorio pequeño que de algún modo ocupa todo el espacio, dejando poco sitio para los archivos y cajas esparcidos por el suelo.

—No sé. Hasta este lugar tiene su encanto.

—¿Por eso acudiste a mí? ¿Por este lugar? Sonya me ha dicho que tenías problemas de dinero hasta que llegué yo —añade Damien.

Aparto la mirada. —Sonya puede ser un poco habladora.

—Deberías habérmelo dicho. Te habría ayudado.

Dejo caer el bolígrafo que tengo en la mano y cruzo los brazos.

—¿Tú? Te habrías burlado de mí hasta echarme de aquí, y lo sabes.

—Ya no. Eres la persona más fuerte que conozco.

Su voz es grave, cálida, con ese toque de seducción al que ya debería estar acostumbrada, pero que aun así me pilla desprevenida cada vez.

Aunque un escritorio nos separa, de pronto la habitación parece demasiado pequeña para los dos.

Es como si en el fondo supiera que ni siquiera este trozo de madera bastaría para mantenernos alejados si decidiéramos ceder a nuestros deseos.

Pero tengo que recordarme qué tipo de persona es. Sobre todo ahora que actúa como si hubiera cambiado de la noche a la mañana. Y ahora que su asistente le ha contado la verdad, por fin me cree y se ha dado cuenta de lo equivocado que estaba. Puso a su hijo en peligro porque no me creyó.

—Damien, ¿qué estás haciendo?

—Charlando con mi esposa.

Esa palabra otra vez.

—Sabes a qué me refiero.

Su leve sonrisa se desvanece y se pone serio.

—Quiero que empecemos de cero. Quiero que luchemos por nuestro matrimonio. Quiero tomarme esto en serio y no hacerlo solo por una fusión o por Lake, sino por nosotros.

Se me hace un nudo en la garganta. Son las palabras que he anhelado oírle decir. Pero ahora que las ha pronunciado, lo que ofrece me parece vacío.

Puede que diga que quiere empezar de cero, pero aun así eligió creer a otra persona antes que a mí. Hay demasiada amargura entre nosotros para que una relación funcione, y la química sola no basta. Cuanto más lo pienso, más claro lo veo.

—Si has cambiado de opinión sobre mí, ¿significa eso que también has renunciado a tu deseo de venganza?

Asiente.

—¿Y si quiero irme, estás dispuesto a dejarme marchar?

Esta vez lo piensa un momento antes de asentir levemente.

—Bien. Porque quiero el divorcio.