Capítulo 24
Damien
Me corrí dentro de ella y disfruté cada segundo. La forma en que las paredes de su coño ordeñaban mi polla era algo que nunca había sentido. Casi seguro que me corrí dos veces. Lejos de arrepentirme, quiero repetir.
En ese momento en la ducha, en lugar de retirarme porque no quería otro error, empujé más profundo.
Se sentía bien. Se sentía como lo correcto.
Una pequeña parte de mí quería dejarla embarazada allí mismo.
Me pregunto si se dio cuenta de lo que pasó, porque no dijo nada mientras nos vestíamos y salíamos de la ducha.
Mientras caminamos de regreso a la casa de la mano, con el sol poniéndose, me pregunto si ella habrá sentido algo parecido a este éxtasis extraño y maravilloso que me invade.
¿Se arrepiente de lo que acabamos de hacer?
Cuando estamos a punto de llegar, siento que la oportunidad se me escapa, así que digo lo que pienso.
—No usamos protección.
—No te preocupes. Tomo la píldora.
Todo ese éxtasis se evapora con esa simple frase. Debería alegrarme, ¿no? ¿Qué hombre en mi situación querría tener más hijos con ella? Uno demente. Yo. —Eso está bien. No querríamos otro error.
Escucho un jadeo ahogado.
—¿Crees que Lake fue un error?
—No. No así.
Me vuelvo hacia ella y al instante me arrepiento de mis palabras. Incluso con la luz menguante, veo que tiene los ojos vidriosos por las lágrimas. Mierda.
—Quiero decir que... —intento encontrar las palabras adecuadas—. No creo que montaras una fiesta cuando descubriste que estabas embarazada. Estabas en la universidad, joder.
Suspira.
—No me extraña que al principio no lo quisieras.
Acelera el paso como si huyera de mí, pero la alcanzo y la detengo.
—No. No fue eso lo que pasó. Ya te lo dije, no sabía que estabas embarazada ni que tenías un hijo.
Intento pensar en cómo explicarme sin culpar a Nicole, porque sé que lo tomará como una excusa.
—Si lo hubiera sabido...
Ivy intenta zafarse, pero la sujeto con firmeza.
—Si lo hubiera sabido, créeme, Ivy, no te habría dejado ir. No me habría negado la oportunidad de estar contigo.
Siento que se ablanda, pero tengo demasiado miedo de soltarla. Ahora que sé la verdad, es como si el tiempo pasara demasiado rápido, y si no le digo lo que siento ahora, puede que nunca tenga otra oportunidad de hablar con ella.
—Tú y yo... —le tomo el otro brazo y la estrecho en un medio abrazo—.
Estamos destinados a estar juntos. Pase lo que pase.
El tiempo y el azar siempre nos llevarán al mismo lugar.
Antes no lo sabía, pero ahora sí. Y en cuanto a Lake, habría hecho todo lo posible por ser un buen padre si lo hubiera sabido.
Tengo mucho tiempo que compensar, y haré lo que sea para darle todo el tiempo que no pude darle.
—No necesito tu palabrería, Damien. Si te avergüenzas de lo que acabamos de hacer, no hace falta que suavices el golpe. «El sexo es lo único para lo que sirves». No lo he olvidado. Y sinceramente, prefiero a ese Damien. Al menos él era honesto. No esta versión que intentas aparentar.
No sé qué más decir. Sigo dándole vueltas a las palabras que le lancé cuando estaba enfadado y dolido. Todavía las recordaba después de tantos años. Mi intención era herirla, y parece que funcionó. Se creyó cada palabra y se las guardó en el corazón.
Repaso mentalmente todos los encuentros que hemos tenido. ¿Pensaba en lo que le dije cada vez que teníamos sexo? Se zafa de mi agarre y esta vez lo consigue. Prácticamente echa a correr hacia la casa, dejándome solo con mis pensamientos.
Bueno, la he cagado pero bien. Este viaje era para empezar de cero con nuestra relación.
Pensé que si empezaba invitándola a casa de mi madre, vería que quería tomarme lo nuestro en serio.
Que si le demostraba que la veía como algo más que la madre de mi hijo, vería que quiero más.
Más que sexo. Más que este horrible limbo de cortesía forzada en el que hemos metido nuestra relación.
Pero lo arruinaste follándotela en una ducha al aire libre. Sí. Ahí solo pensaba con la polla. Estaba tan natural cuando me ayudaba en el jardín. No pude evitar pensar en aquella vez de hace tantos años.
Parecía una ninfa del bosque seductora entonces, y lo seguía pareciendo ahora. La idea de follármela contra un manzano me consumió todo el tiempo que trabajamos. Y cuando llegamos al granero, quería estamparla contra las paredes y follármela allí. La ducha fue el término medio.
El sexo es lo único para lo que sirves. Eso no es verdad, ¿no? Es genial en muchas cosas, pero el sexo es lo único en lo que pienso cuando estoy con ella.
Abatido, vuelvo a la casa. Encuentro a Lake y a mamá en la cocina, terminando de meter en cajas unos tarros de compota de manzana para llevarnos. La habitación huele a azúcar y canela, y veo tres manzanas de caramelo boca abajo secándose sobre papel de horno.
Me pregunto dónde estará Ivy. Si estará llorando en el baño o en el salón mirando el móvil. Esto último no parece probable, porque se habría unido a estos dos si no tuviera nada mejor que hacer. Estoy a punto de preguntarle a Lorna cuando Ivy vuelve a la habitación con la cara lavada.
Así que era lo primero. Había estado llorando y había ido al baño a lavarse la cara para que no se notara. Qué bruto soy.
—¡Las hice para todos! —grita Lake, señalando las manzanas de caramelo. Está tan orgulloso de su logro que es imposible no sonreír—. ¡Me ayudó la abuela!
Ivy sonríe mientras Lake baila emocionado.
—Vaya, no sabía que podías hacer dulces tú solo —dice.
—¡Me ayudó la abuela!
Mamá niega con la cabeza.
—En cuanto descubrió lo fácil que era hacerlas, tuvo que probar.
—¡Y compota de manzana! —exclama con una sonrisa radiante.
—¿Tú hiciste la compota de manzana? —pregunta Ivy, impresionada.
—No la hice yo, yo. Pero ayudé. La abuela dijo que puedes añadirla a una tarta y servirla en tu panadería —exclama Lake.
—Solo era una sugerencia, y solo si tu madre quiere —mamá se vuelve hacia Ivy—. Tengo muchos tarros, y siempre me sobran algunos cuando hago el zumo.
—Gracias —dice Ivy—. Hablaré con mi chef. Ella es la que suele decidir sobre estas cosas. Ha estado pensando en cambiar la receta, así que puede que le interesen.
—¿Puedo comerme la mía ahora? —pregunta Lake a Ivy, con los ojos clavados en las manzanas de caramelo y poniendo la cara de súplica más mohína que le he visto nunca.
Ivy no se deja convencer.
—No hasta que cenes, jovencito.
Su cara se entristece aún más.
—Venga, no te enfurruñes —interviene mamá—. La cena estará lista en unos minutos.
Me mira y dice:
—Échame una mano, ¿quieres?
—Yo también puedo ayudar si hace falta —dice Ivy.
—¡Yo también! —exclama Lake dando un salto, las manzanas de caramelo olvidadas, o al menos de momento.
Mamá nos asigna las tareas a cada uno, excepto a Lake, al que le toca hacer de pinche y traer cosas de la nevera mientras Ivy y yo preparamos la comida. En poco tiempo, estamos todos cocinando y charlando con naturalidad, como si lleváramos siendo una familia así toda la vida.
Todo parecería perfecto si no fuera porque Ivy y yo no nos dirigimos la palabra directamente. Cada vez que habla, lo hace a través de Lake o de mamá. Al menos mamá no parece notar nada extraño en nuestra forma de interactuar.
Pronto terminamos de preparar la cena y nos sentamos a la mesa mientras suenan de fondo algunos discos de bossa nova de mi madre.
Me encanta el ambiente que crea, y parece que Lake e Ivy también lo disfrutan.
Cuando retiramos los platos del primer plato, mamá vuelve con una tarta de manzana y helado, para deleite de Lake, que come más de la cuenta.
Después de terminar y fregar los platos, nos despedimos, pero no sin que antes mamá nos prepare el resto de la tarta de manzana para llevar. Justo cuando estoy a punto de subir al coche, me detiene.
—Son buena gente —dice, señalando a Lake e Ivy, que están colocando las cosas en el asiento de atrás—. No dejes que se te escapen esta vez.
—No lo haré —le prometo.
Mamá me revuelve el pelo como si fuera un crío, y supongo que para ella siempre lo seré, antes de despedirse. El viaje de vuelta a la ciudad es silencioso e incómodo. Mi conversación con Ivy me da vueltas en la cabeza mientras Lake ronca suavemente en el asiento de atrás.
Debería haber sido más delicado con mi estrategia para reconquistarla.
Soltar todos mis sentimientos de golpe no ha ayudado, y de hecho puede que haya empeorado las cosas.
Incluso el encuentro sexual improvisado puede haberme perjudicado, aunque en su momento estuvo bien.
Y como no se me ocurre nada que decirle, dejo que el silencio se enquiste mientras volvemos a casa.
Cuando llegamos al apartamento, Ivy acuesta a Lake enseguida, y antes de que pueda intentar hablar con ella otra vez, desaparece en el cuarto de invitados y echa el cerrojo.
Me acuesto solo y duermo sin soñar, con la cabeza llena de pensamientos sobre cómo arreglar las cosas.
Cuando me levanto a la mañana siguiente, Ivy ya se ha ido a trabajar, y como hoy Lake es cosa mía, me quedo con él mientras duerme hasta tarde.
Es fin de semana, así que me pregunto por qué ha tenido que ir a trabajar tan temprano. Sobre todo un domingo, cuando casi nadie trabaja.
Se lo comento a Lake más tarde, mientras desayuna, y él simplemente dice:
—Es porque Sonya ganó un premio, y a la gente le encanta su comida. Antoinette's se llena los domingos.
—Ajá —digo—. Eso no me aclara mucho, Lake.
Lake suspira.
—Vienen por el especial dominical de Sonya. Tiene un plato que solo prepara los domingos, y todo el mundo va a probarlo porque está buenísimo. A ti también te gustaría si lo probaras.
De repente, se me ocurre una idea.
—¿Quieres ir? A lo mejor podemos echarle una mano.
Los ojos de Lake se iluminan, y me río.
—¿Solo piensas en comer?
Lake frunce el ceño, como si la pregunta fuera tonta.
—Pues claro. No hay nada mejor.
Espero a que Lake termine el desayuno, cosa que hace en un santiamén, y unos minutos después estamos en el coche, y poco después, en la tienda.
Y tiene razón. El local está abarrotado.
Hay una cola que da la vuelta a la manzana.
Cualquiera diría que están vendiendo zapatillas de edición limitada o algo así.
Entramos y el local está aún más caótico de lo que pensaba. Hay dos baristas preparando pedidos, una persona en la caja e Ivy tomando nota.
Está en medio del meollo, trabajando a un ritmo vertiginoso que su personal iguala. No hace falta conocer su situación de plantilla para darse cuenta de que están desbordados. ¡Y eso que todavía es por la mañana! Ivy me ve enseguida, frunce el ceño y vuelve a centrarse en un cliente.
Me quedo embobado viéndola trabajar. Quién iba a decir que es la misma niña rica y mimada que conocí. O quizá nunca llegué a conocerla de verdad.
Trabaja rápido y con eficiencia, como si estuviera en piloto automático y nada pudiera distraerla. Una de las baristas abre la puerta del mostrador y Lake se suelta de mi mano y corre hacia su madre. Ella sonríe y me mira. Me acerco.
—No tenía ni idea de que te fuera tan bien —comento.
Está apuntando un pedido y no aparta la vista ni un segundo.
—¿Qué? ¿Te sorprende que esto no sea un capricho para mí?
En cierto modo, sí, y me da demasiada vergüenza admitirlo.
—¿Siempre es así?
Me ignora mientras atiende a un cliente, pero luego responde.
—Así no. Nos hicimos virales. Una influencer vino el domingo pasado y puso por las nubes nuestro croiclair de crema.
—¿Croiclair?
—Es un cruasán y un eclair mezclados en un plato nuevo. Está arrasando.
—¿Necesitas ayuda? Pareces desbordada —digo mientras echo un vistazo al mar de gente.
Por la mueca en su rostro, Ivy está a punto de negarse cuando una mujer irrumpe por las puertas de la cocina. Tiene una mancha de harina en el delantal azul, pero por lo demás, su uniforme de chef está limpio.
Silba al ver la cantidad de gente.
—Sí, nos encantaría toda la ayuda que puedas darnos.
—¡Sonya!
—Parece que te vendría bien. No creo que sea tan descabellado pedirle a tu marido que eche una mano un momento, sobre todo cuando él es parte del motivo por el que estamos en esta situación.
Arqueo una ceja mirando a Sonya.
—¿Cómo que soy yo la causa?
Ivy responde con sequedad:
—La influencer vino porque se enteró de nuestra boda y quería comprobar «si yo era de verdad o no». Sus palabras.
—Y se tragó esas palabras con el primer bocado del croiclair —suelta Sonya con una carcajada.
—Así que está claro que necesitas mi ayuda —aclaro.
Ivy suspira.
—Damien.
—Puedes trabajar en la cocina —interrumpe Sonya—. Nuestro ayudante de cocina ha ido a comprar ingredientes extra y nos vendría bien un par de manos capaces.