Capítulo 17
Damien
Me vuelvo hacia la mujer sentada a mi lado mientras el coche zigzaguea entre el tráfico camino a la batalla.
Ivy luce tan estoica y hermosa como siempre.
Una reina de hielo capaz de dejar mudos a los hombres con una simple mirada.
Debería haberle concedido su petición. Está demasiado cerca.
Este coche resulta demasiado estrecho. Está arruinando mi concentración.
Primero, me había rogado que no siguiera adelante con la adquisición. Mi respuesta fue un rotundo no. Jamás diría que sí. El tren salió de la estación hace mucho. Hay demasiada gente implicada en este acuerdo que quiere ver la adquisición consumada.
Y luego, cuando nos íbamos, le pedí a Nicole que cuidara de Lake.
Ivy se resistió y solo aceptó con la condición de que una segunda persona también se encargara de ella.
Por suerte, no hizo falta llegar a eso y el compromiso fue enviar a Lake a la guardería de la oficina.
Qué problema tiene con Nicole, nunca lo sabré.
Estoy a punto de cumplir mi misión. Algo que llevo esperando todos estos años, y lo único que me viene a la cabeza es lo dulce que estaba cuando me suplicó.
En lugar de regodearme con mi próxima victoria, me siento como un bárbaro a las puertas, dispuesto a destruir una ciudad próspera. Se lo tienen merecido; debo recordarlo. Los Hawthorne no son buena gente y merecen lo que les espera.
El asco de su padre cuando nos pilló en la cama. La decepción de su hermano. Su propia vergüenza, como si le avergonzara que la descubrieran con alguien tan inferior como yo.
Pero por más que lo intente, no consigo odiarla tanto como debería.
El coche pasa por un bache e Ivy sale despedida contra mí. Su pecho me roza el brazo. Mi cuerpo se tensa y regresa ese hambre familiar. El que solo ella puede saciar.
Se endereza y murmura una disculpa innecesaria. De pronto el coche parece ir más lento, aunque la velocidad no ha cambiado. Unos minutos más con ella a mi lado y podría hacer algo de lo que me arrepienta. Podría aceptar su oferta.
Castígame. Ódiame. Había un doble sentido inconfundible en sus palabras.
Por suerte, entramos en el aparcamiento de Hawthorne Inc.
y pasamos junto a una multitud de periodistas.
Los flashes de sus cámaras proyectan luces parpadeantes a nuestro paso.
Si Ivy no estaba nerviosa antes, desde luego lo está ahora.
No deja de juguetear con el teléfono que usaba para enviar mensajes hace un par de minutos.
Quiero preguntarle si le está escribiendo a su hermano. Pero ¿qué más da? Tengo votos de sobra, y ella ya no tiene derecho a voto. No puede hacerme daño.
Entramos en el edificio tal como lo planeé.
Del brazo y con mi séquito detrás. Somos los últimos en llegar.
La sala de juntas parece llena cuando entramos.
Nolan está de pie cerca de la cabecera de la mesa, hablando con sus subordinados.
Todos los hermanos Hawthorne están aquí, excepto el más joven.
Me pregunto si será la oveja negra de la familia.
Da igual, de todos modos. Intentamos ganarnos su voto, pero se abstuvo.
No fue bueno para nosotros, aunque tampoco malo.
Significaba que Nolan no tenía votos suficientes para frenarme, lo cual es bueno.
Los otros hermanos, sin embargo, se mantuvieron firmes en su negativa a dejarse persuadir. Han elegido morir juntos, supongo.
Todos se vuelven hacia nosotros cuando entramos. A Nolan, en particular, se le ensombrece el rostro al verme con su hermana del brazo.
—Ella no puede estar aquí —gruñe—. Le cediste todas tus acciones con derecho a voto, así que no tienes ni voz ni voto.
La siento tensarse como el acero. Alza la barbilla.
—En realidad, sí. Estoy aquí como representante de Raine.
Carey, Levi, Ty y Seb, apiñados en un rincón, jadean.
—¿Hablaste con Raine? —pregunta Carey mientras se acerca—. Él también ha aceptado traicionar a su propia familia —sonríe con suficiencia—. Típico.
—¿Quién dice que Raine quiera votar a favor de la adquisición? —responde Ivy.
Me inclino hacia su oído.
—No me habías contado este dato tan interesante.
—Me llamó justo antes de subir al coche. No me dio tiempo a decir nada.
Así que era al otro hermano a quien le escribía. Maldita sea. Demasiados Hawthorne para no perder la cuenta.
—Sinclair, ¿esto es idea tuya? —grita Nolan desde el otro extremo de la sala. Levi está hablando por teléfono con alguien y enseguida grita—: ¡Tengo a Raine!
La sala queda en silencio cuando una voz desde el teléfono dice:
—Sí, Ivy actúa como mi representante.
—¿Qué coño, Raine?
—¿Es Nolan? —Raine se ríe—. Que vaya a votar en mi nombre no significa que vaya a votar como tú crees.
—Puede votar como quiera —digo—. Tengo votos de sobra.
—¿Puedo hablar con él? —le dice Nolan a Levi, pero antes de que Levi pueda pasarle el teléfono, la llamada se corta. El teléfono de Raine queda inaccesible a partir de entonces.
—¿Podemos empezar la reunión? —digo—. Tuviste tu oportunidad de reunir votos. Hacerlo ahora es hacer trampas.
El labio superior de Nolan se curva con asco.
Toma asiento junto a la cabecera de la mesa.
La mujer que la ocupa es la presidenta de la compañía.
Una trepa de sesenta y tantos que lleva trabajando en Hawthorne Inc.
desde que era becaria. A estas alturas, bien podría ser una Hawthorne.
Ni siquiera intenté conseguir su voto; está con ellos a muerte.
Su voz firme da inicio a la reunión y todos toman asiento. Ivy se sienta frente a mí. Mejor para mí. Los demás hermanos y el resto de miembros de la junta ocupan sus lugares.
La presidenta repasa toda la información e instrucciones de rigor previas a la votación. Nadie escucha. Todos están pendientes de lo que está a punto de ocurrir. No aparto la mirada de Ivy.
¿Qué sorpresa me tiene preparada? Hago un recuento mental de los votos a mi favor. Voy dos por delante. Un margen bastante cómodo incluso si ella vota con Nolan.
—...Y finalmente, llegamos a la votación.
Todos se remueven y se yerguen en sus asientos. La presidenta empieza pidiendo el voto a Carey, que está sentado junto a Ivy. Vota en contra de la compra. Los dos votos siguientes también son en contra, igual que el siguiente, pero son personas firmemente alineadas con los Hawthorne.
Luego viene el grupo de votos de mi bando.
Los números van sumando a mi favor hasta que nos topamos con un problema.
Mi amiga parisina, Lynette, vota por Nolan.
Mierda. Parece que Nolan la convenció. Después viene otro que estaba indeciso, aunque algo inclinado hacia mí.
Un gestor de fondos de cobertura. Vota por los Hawthorne. Eso no pinta bien.
Así que, cuando terminan de votar todos, los votos a favor y en contra de la adquisición están empatados. Y mira tú por dónde, el voto de desempate es el de Ivy.
—¿Ivy? —dice Nolan con impaciencia—. ¿Cuál es tu voto?
Los grandes ojos de Ivy van de su hermano a mí. Juguetea con los dedos.
—Mmm...
—Bueno, ¿qué dijo Raine? —insiste Levi.
—No dijo nada. —Toma aire bruscamente—. Voy a necesitar un minuto.
No confío en ella en absoluto. Es evidente que está nerviosa y algo abrumada.
Recorre con la mirada los rostros pétreos de la sala.
Tiene los ojos agotados, y cuando se posan en mí, noto algo más.
Una súplica. Un instinto primitivo surge de lo más profundo de mis entrañas. Una necesidad de protegerla.
Miro a Nolan.
—Despejad la sala.
—¿Perdona? —suelta Carey con una risotada—. Según la votación, todavía no eres nuestro jefe. Puede que no lo seas nunca. Y además, la única persona que puede despejar la sala es quien preside.
—Todos fuera —dice Nolan. Nadie se mueve hasta que lo repite. Carey es el primero en levantarse. Le sigue Levi, y poco a poco todos van saliendo de la sala arrastrando los pies. Cuando por fin quedamos solo Nolan, Ivy y yo, Nolan dice—: Déjame llamar a Raine.
—Me dio el derecho de votar como yo quisiera. —La voz de Ivy tiembla, pero aun así suena firme.
Nolan la ignora, saca el teléfono y marca. Tras un silencio en el que nadie le coge tres llamadas seguidas, maldice y tira el teléfono sobre la mesa.
—¿Qué dijo exactamente?
—Llamó y le pregunté cómo estaba. Hablamos de la reunión y me pidió que fuera su representante. Y cuando le pregunté cómo quería votar, dijo que la elección dependía de mí.
Resoplo con incredulidad.
—Estás mintiendo.
Ivy me mira.
—Cree lo que quieras, pero es la verdad.
Nolan se recuesta en la silla y cruza los brazos.
—Entonces, ¿cómo vas a votar?
Ivy baja la mirada.
—No lo sé.
—¡Perfecto! —Nolan salta de la silla con una risa histérica—. Esta es tu venganza, ¿verdad? Traerlo de vuelta —gesticula hacia mí—, ayudarlo a hacer una compra encubierta, darle un puesto en la junta mientras engatusas a Raine para que te nombre su representante.
—¡Eso no es verdad! —grita Ivy.
—¿En serio? ¿Así que no estás enfadada conmigo por quitarte al amor de tu vida?
Las mejillas de Ivy se encienden mientras gira la cabeza para mirarme y enseguida baja los ojos.
¿El amor de su vida, eh? Nolan claramente se basa en el enamoramiento adolescente que ella solía tener conmigo.
Yo pensaba que era tierno. Me compraba todo tipo de regalos para demostrar su interés y yo intentaba no hacer nada al respecto, por muy dulce que fuera el gesto.
Era demasiado joven. Demasiado inocente. Esa imagen de ella cambió aquella noche fatídica.
Levanta la vista. ¿Quieres que se vaya? Como si existiera un vínculo telepático entre nosotros, le pregunto con la mirada. Sus ojos brillan, como diciendo sí.
—Déjanos.
—A mí no me das órdenes, Sinclair.
—Quiero hablar con él a solas —interviene Ivy.
Nolan se levanta y se ajusta el traje. Se acerca a Ivy con paso firme y dice:
—Recuerda quién es tu verdadera familia.
Y sale de la sala hecho una furia.
La energía crepita ahora que solo quedamos nosotros.
Hay una atracción invisible entre ella y yo que me hace querer volcar el escritorio como un salvaje, atraerla hacia mí, arrancarle el traje de rayas que lleva puesto y empalarla en mi polla.
Todo eso mezclado con la necesidad de abrazarla y consolarla.
Ah, y también la odio. Jodidamente. Irracional. Jodidamente irracional.
Me mira durante un largo rato, sin decir nada. Cuando creo que va a hablar, se levanta y empieza a dar vueltas por la sala. Luego se detiene. Me mira. Y vuelve a dar vueltas.
—Quizá ayudaría que me dijeras lo que estás pensando —señalo.
Se para en seco, de cara a mí. Se inclina hacia delante y se agarra al respaldo de una silla. Una pose que la hace parecer poderosa y que me excita.
—Si te ofrezco algo a cambio, ¿dejarás en paz a mi familia?
—No lo sé. Depende de la propuesta.
—¿De verdad quieres adquirir Hawthorne Inc?
—Es una empresa que fue de primer nivel y que puede recuperar su—
—No soy un inversor al que estés intentando seducir. Te estoy preguntando la verdad. La verdadera razón por la que haces esto. Es por mí, ¿verdad?
Una réplica de «no eres tan especial» me baila en la punta de la lengua, pero no puedo decirla. Sería mentira.
—Véngate de mí todo lo que quieras. Haz conmigo lo que te dé la gana. Soy yo a quien odias.
Me está pidiendo que retire mi ofensiva. El único problema es que no puedo dar marcha atrás en una decisión así por capricho.
—Tu súplica llega un poco tarde, princesa. El bárbaro ha traído a su horda y está aquí para saquear tu reino.
Abre mucho los ojos. —Pero estás dispuesto a considerarlo.
—Mucha gente cuenta con que este trato salga adelante.
—Pero Raine puede decir que no, ¿verdad? Si voto en contra, no será culpa tuya que no hayas podido convencernos de vender. ¿Y si ese fuera el caso?
—¿Y dejar que Nolan gane? —resoplo.
—¿De verdad te importa que Nolan gane, o te importa más que yo pierda?
Desmantelar Hawthorne Inc. y venderla por partes es mi sueño, ¿no? Pero cuanto más cerca estoy de conseguirlo, menos lo deseo. Es una sensación extraña. El sueño nació de la forma en que terminó mi relación con ellos.
Y ella tiene razón. No me importa si Nolan gana ni lo que eso signifique, pero ¿destruir a Ivy? ¿Por qué no puedo saborear la posibilidad de vengarme por fin? Porque es la madre de tu hijo, dice una vocecita.
El hijo que me ocultó durante años. El rostro apuesto de Lake aparece en mi mente, y con él, la ira.
—¿Qué puedes ofrecerme que valga los mil millones de dólares que perdería?
Se endereza. —Yo.