El acuerdo matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 11
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Capítulo 11

Ivy

—Quiero la custodia.

Las palabras que siempre temí escuchar brotan de sus labios justo cuando salimos de la habitación de Lake.

Se me va toda la sangre del rostro.

—No puedes presentarte aquí y exigir lo que te dé la gana. Estoy segura de que dijiste que nunca querías tener hijos.

—Ese era el antiguo Damien. El de ahora no va a permitir que me prives ni un segundo más de mi hijo.

Uf, qué terco puede llegar a ser. Es el mismo hombre que mostró un asco evidente cuando un amigo suyo decidió casarse en la universidad al enterarse de que su novia estaba embarazada. Y ahora irrumpe en mi vida exigiendo la custodia de un hijo que nunca quiso.

Tú lo invitaste a entrar, susurra una vocecita. Menudo error. Debería haber sabido que esto pasaría. Estaba demasiado desesperada para pensar con claridad.

—Ni siquiera sabes si es realmente tu hijo.

El labio de Damien se tuerce con asco.

—Era de esperar que dijeras eso, ¿no? ¿Hubo otros hombres a los que sedujeras en el jardín de tu padre?

—Sabes perfectamente que no fue así.

—¿En serio? ¿Y cómo fue entonces? —avanza hacia mí como un leopardo, y yo, como una presa, me quedo hipnotizada—.

Porque recuerdo perfectamente cómo me suplicabas que te follara —su voz se vuelve más grave mientras su mirada desciende de mis labios a mi escote—.

«Me he estado guardando para ti». ¿No fue eso lo que dijiste?

Solo que no eras virgen, ¿verdad? He estado practicando con un consolador, fue la excusa, si no me equivoco.

Noto cómo me arden las mejillas. A pesar de querer apartar la vista, sus ojos mantienen los míos cautivos.

—Eras mayor. Más experimentado. Deberías haberlo pensado mejor —le reprocho.

—Oh, vamos. No te hice nada que no quisieras.

El corazón me da un vuelco. Está cerca. Demasiado cerca. Siento su aliento rozándome las mejillas mientras habla.

—Lástima que a tu padre le contaras una historia completamente diferente.

—¡Yo no dije nada! —protesto.

—Exacto. Dejaste que tu padre y tu hermano pensaran lo peor y no dijiste nada para desmentirlo. ¿Por qué?

—No lo entenderías.

Él pensaba, y probablemente sigue pensando, que yo era la favorita de papá, pero nada más lejos de la realidad. Para mi padre yo era una molestia. No solo me habría echado de casa al enterarse, sino que habría arruinado la carrera de Damien.

Damien cree que mi padre arruinó su carrera al despedirlo, pero si yo hubiera admitido que me había acostado con él por voluntad propia, mi padre habría hecho algo mucho peor que vetarlo en el sector.

Aunque no me consideraba la niña de sus ojos, le horrorizaba la idea de que me casara con alguien de clase inferior.

Controlaba mi vida amorosa: desde con quién salía hasta quién podía ser mi amigo.

Y cuando descubrió que no solo estaba embarazada, sino que el hijo era de Damien, me echó de casa y me cortó el grifo en cuanto le dije que no iba a deshacerme del bebé.

Incluso se aseguró de que cualquiera que intentara ayudarme sufriera las mismas consecuencias económicas. Era su manera de presionarme para que abortara. Y cuanto más me mantenía firme, más se empecinaba él.

Damien da un paso atrás, como si despertara de un trance.

—Tienes razón. Las mujeres que yo conozco jamás harían algo así.

Se pone a caminar de un lado a otro por el salón, con la mano en la barbilla y la mirada perdida. Entonces se detiene, alza la cabeza y dice:

—Como quieras. Hagamos una prueba de ADN.

Respiro hondo. Una prueba me dará tiempo suficiente para buscar un abogado y estudiar mis opciones.

—De acuerdo. ¿Cuándo quieres hacerla?

—Lo antes posible. Y mientras tanto, los dos os venís a mi casa.

Abro los ojos de par en par.

—¿Para qué?

—Para empezar, podrías huir con mi hijo. No pienso perder de vista a Lake.

—No. No puedes arrancarnos de aquí así como así. Tiene colegio, amigos, una rutina.

—Primero: es verano y los colegios están cerrados.

Mierda. Esperaba que no lo supiera.

—Segundo: si quiere jugar con sus amigos, puede quedar con ellos. No se lo voy a impedir. Y en cuanto a la rutina, se hará una nueva. Tiene siete años.

Me cruzo de brazos.

—No vamos a ir a ninguna parte contigo.

—Puedo quedarme aquí si lo prefieres. Tu piso es pequeño, pero seguro que nos apañamos. No me importa dormir en el sofá —se encoge de hombros.

La idea de tener a Damien apretujado con nosotros en este espacio tan pequeño me aterra más que vivir con él en lo que imagino será un enorme adosado o algo parecido. Cruzármelo de camino a la ducha no es precisamente mi idea de una buena mañana.

—Está bien, le diré a Lake que vamos a pasar unos días de visita.

◆◆◆

La casa de Damien no es un adosado, sino un ático en una de las direcciones más codiciadas de la ciudad.

Es moderno y exactamente lo que esperarías de un multimillonario soltero como él.

Parece el típico diseño de un decorador de interiores, lo cual me sorprende.

Damien es de los que impregnan su personalidad en cada rincón de donde viven.

—¿Te has mudado hace poco? —pregunto después de que nos haya enseñado el piso.

Me mira.

—Llevo aquí casi cuatro años, la verdad.

Es muy diferente del último sitio donde recuerdo que vivía. Aunque carece de personalidad, no puedo negar que es un salto enorme.

A Lake le encanta. No ha dejado de mirar a su alrededor y absorberlo todo desde que llegamos. Cuando le dije que nos quedaríamos con Damien, al principio dudó, pero todo eso quedó olvidado cuando supo que tendría su propio baño. Ahora no para de tirarme de la mano para que lo suelte.

Pero no puedo. Tengo miedo de que Damien se lo lleve y huya con él. Irracional, lo sé, pero no puedo quitarme esa sensación de encima. Solo cuando Lake me da un tirón fuerte, cedo por fin. Pensaba que saldría corriendo por el apartamento, pero se queda quieto, mirando a Damien.

Damien esboza una sonrisa y se agacha a la altura de Lake.

—¿Y bien? ¿Qué te parece?

Lake mira a su alrededor y asiente.

—Está bien. La casa de la abuela es parecida a la tuya, pero mejor.

Damien no se inmuta ante la franqueza infantil de Lake y le frota la cabeza.

—Tú, tu madre y yo nos quedaremos aquí un tiempo. ¿Qué te parece? —pregunta.

Lake me mira, buscando confirmar si lo que dice Damien es verdad. Asiento.

—¿Por cuánto tiempo? Después del verano tengo que volver al cole, y mis amigos me echarán de menos si me voy mucho tiempo.

Damien se ríe.

—Un hombre que sabe lo que tiene que hacer. Me gusta.

Le revuelve el pelo a Lake y se incorpora. Se vuelve hacia mí.

—Parece que te quedarás aquí el verano. Al menos hasta que —se inclina y me susurra al oído— te aplaste en los tribunales.

Un escalofrío me recorre la espalda.

—No dejaré que me quites a mi hijo —le susurro.

Y no iba a dejar que me intimidara. Ahora tengo dinero. Dinero que todavía está vinculado a él y, conociendo a Damien, podría encontrar la manera de congelarlo. Aun así, estoy segura de que puedo liquidar lo suficiente para plantarle cara.

—¿Quieres apostar? —desafía Damien.

—¿Apostar qué?

Los dos bajamos la mirada hacia Lake, que nos observa con el ceño fruncido, captando la tensión en la habitación. Busco a tientas una excusa, pero Damien es más rápido.

—Tu madre me estaba diciendo que no te gusta la pizza, y yo le dije que seguro que sí.

Lake se ríe.

—Me gusta la pizza, pero mamá dice que no es sano comerla en el desayuno, la comida y la cena todos los días.

—¿Has comido en el desayuno?

Lake niega con la cabeza.

—¿Y en la comida?

Vuelve a negar.

—¡Genial! Pues pizza para cenar.

Lake me mira con cautela.

—No te preocupes por mamá. Mi casa, mis reglas.

Lake ignora a Damien y sigue mirándome, esperando mi permiso. Asiento. Se le ilumina la cara y empieza a dar saltos.

Damien pide más pizza de la que necesitamos tres personas y, media hora después, montamos un picnic improvisado en el salón. Damien y Lake llevan el peso de la conversación durante la cena mientras yo lucho por terminar una sola porción.

El corazón no me ha dejado de latir desbocado desde que se conocieron.

Y ahora, mientras los observo, no puedo ignorar las similitudes.

No me extraña que Damien supiera que Lake era su hijo desde el momento en que lo vio.

No solo se parecen físicamente, sino que también tienen los mismos gestos.

Los dos enfatizan las palabras con las manos.

Los dos inclinan ligeramente la cabeza cuando escuchan a alguien.

Y hablando de pizza, les gustan los mismos ingredientes.

Me quedo en silencio y los dejo hablar. Parecen tener temas de conversación infinitos, y a regañadientes tengo que admitir que Damien sería un buen padre.

Se le dan bien los niños de forma natural. Es atento, le sigue el juego a Lake cuando se va por las ramas, es juguetón y divertido. ¿Debería haber hecho más por contactar con él? Todos estos años estuve convencida de que no quería saber nada de mí ni de mi hijo. ¿Y ahora? No sé qué pensar.

Cuando terminamos, acuesto a Lake mientras Damien recoge los platos y las cajas de pizza vacías.

—Es divertido —dice Lake mientras lo acuesto—. Mucho más divertido que Brad.

Niego con la cabeza mientras le abrocho la parte de arriba del pijama.

—¿Dices eso porque te gusta su casa?

—¡No! Es... —Lake levanta la vista mientras busca la palabra adecuada—. Es fácil hablar con él. Me siento cómodo.

—¿Y no te gustaba hablar con Brad? —lo levanto, lo meto en la cama doble y le tapo el cuerpecito con las sábanas.

—Me gustaba hablar con Brad, pero a Brad no le gustaba hablar conmigo.

Sus comentarios tan directos nunca dejan de hacerme gracia. Su honestidad infantil es refrescante, y espero que la conserve todo el tiempo que pueda. La verdad es que a Brad, a diferencia de Damien, nunca se le dieron bien los niños, pero hizo todo lo posible por ser amable con Lake.

—¿Quién es Brad? —la voz de Damien retumba desde la puerta. Me vuelvo y lo veo apoyado en el marco con los brazos cruzados, marcando bíceps.

—El exnovio de mamá.

—¡Lake!

—¿Eres su nuevo novio? —le pregunta a Damien.